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Con unas rápidas líneas trataré de explicar a los lectores que han tenido la paciencia y la generosidad de seguir mi blog Orientalismo la decisión de ponerle fin en su avatar presente.

Según mi cuenta, tras la última entrega del pasado 30 de julio, los blogs publicados hacían ciento veintidós. En total, casi tres años de puntual contacto semanal con sus seguidores y, a ojo, unos cuatrocientos días de trabajo en jornadas de ocho horas. Quien quiera echar la cuenta, calcule tres horas diarias de lecturas de prensa más una media de seis horas semanales para la escritura. Si además se suman las dedicadas a leer los numerosos libros a que he hecho referencia en los blogs, la estadística sube un pico. Vamos, que la mayor parte de mi vida intelectual durante estos tres últimos años ha girado en torno a Orientalismo. Un esfuerzo, tal vez, loable pero desmesurado. Hay otras cosas que leer, nuevos cursos que enseñar, más viajes –de todas clases– que emprender.

Esos trabajos blogueros, al menos en lo que me toca, no se han ido por el sumidero. El blog me ha sometido a una dura disciplina, tan férrea que, a menudo, apretaba como un cilicio. Pero «lo que no mata nos hace más fuertes», que es la versión hortera con la que los amantes de Nietzsche traducen «lo que no mata, engorda». Al tiempo, el blog me ha empujado a salir a medias de un solipsismo tentador y un tanto gandul. Siempre he tratado de explicarme el mundo en que me ha tocado vivir, pero si mis cavilaciones se me antojaban justas, con eso me daba por satisfecho. A santo de qué compartirlas. Así que durante muchos años las guardé mayormente para mi coleto o para los estudiantes que asistían a mis cursos o para las revistas académicas en las que he escrito. Sólo ocasionalmente había tratado de llegar a audiencias mayores desde Revista de Libros o con algún libro. El blog me obligó a arriesgar más. 

Más difícil resulta estimar su interés para los lectores. La única estadística que rebota a los autores son las recomendaciones en las redes sociales. Me dicen que no es una cuenta plausible y me explican quienes saben que importa más el número de visitantes y el tiempo que dedican a su visita, variables ambas que desconocemos los autores. Así que, pese a todo, para juzgar lo del interés, nos tenemos que atener, aun marginalmente, a las recomendaciones. Con ellas en la mano y en términos taurinos, yo diría que al blog lo ha acogido un silencio discreto hisopado por algunas palmas y un par de salidas a los medios. Estas últimas me pillaron por sorpresa, pues, a mi entender, los blogs que las causaron trataban de asuntos menores, pero los gustos propios no siempre son la mejor vara para medir los del lector. También –todo hay que decirlo– creo haber batido un récord de indiferencia con el último blog: ni una sola recomendación. Tal vez sea mejor así. Como apuntaba Julio Camba en La rana viajera, «[desde que me salió un admirador], yo no puedo escribir, porque [su] imagen me obsesiona por completo. Se me ocurre un asunto bonito, cojo la pluma e inmediatamente me digo: “¿Le gustará esto al señor de Guadalajara?”».

Con lo anterior en la cabeza, le he propuesto al director de Revista de Libros sustituir Orientalismo por otra fórmula: un trabajo mensual y monográfico sobre China. ¿Por qué? Ante todo, no estoy muy seguro de que el género blog sea lo mío. Los blogs exigen tomarse demasiado en serio a uno mismo. Son los hermanos mayores de las autofotos (selfies) y unos y otras animan a pensar que cualquier nimiedad debe importar justamente porque nos ha sucedido a nosotros. Con Instagram Direct y sus siameses la cosa va a empeorar un poco más todavía. Ahora ya podemos meternos en tiempo real en la vida de los otros (hoy a la Stasi el trabajo se lo habrían dado hecho y de balde) y, la verdad, no creo que la mía tenga suficiente morbo para competir con las hermanas Kardashian.

Me da además el remusguillo de que, con el tiempo, a mis blogs los ha arrastrado la querencia y han dado en lo que de verdad me gusta hacer, que es reflexionar sobre asuntos de mi interés que, tal vez, lo sean también del general. Vamos, que han dejado de ser blogs. Por eso, a partir de ahora trataré de hacer mi santa voluntad por las claras con un género poco frecuente en los medios españoles: el análisis crítico, a caballo entre la noticia y la opinión.

¿China? ¿Acaso no vamos a vivir horas de gran tensión en España durante los próximos meses? No me cabe la menor duda, pero llevo treinta años fuera de mi país y, con la gran distancia geográfica y cultural que nos separa, resulta difícil contribuir al análisis sin cometer errores de bulto. No sé por qué este mes de septiembre se me antoja similar al de 1934, pero mi ejemplar de las Cròniques parlamentàries (1934-1936) de Josep Pla (Barcelona, Destino, 1983), que me aclararía muchas dudas, anda arrumbado en algún almacén de algún lugar del mundo y aún no está en Kindle.

Nada más lejos de mi que fungir de geoestratega, pero voy a enunciar una banalidad muy parecida a las que a ellos les gustan. China es el gran eje del triángulo con vértices en Manchuria, el sur de India y Nueva Zelanda, donde vive la mitad de la población del planeta y allí se va a definir el futuro de mis hijos y de mis nietos, tal vez incluso el mío, que son los únicos horizontes temporales por los que puedo sentir una afinidad no impostada. En Europa remoloneamos para aceptarlo y nos consolamos con nuestro soberbio patrimonio cultural (por cierto, ¿no tenía algo así Palmira?) para no responder a la pregunta –¿cuántas divisiones tiene Bruselas?– que hoy hace Putin en memoria de Stalin. Es la misma que hará mañana Xi Jinping o alguno de sus sucesores. Y hasta Estados Unidos tendrá que hacer sus cábalas al respecto una vez ido el presidente Obama y amortizado ese prescindible legado histórico suyo que tanto le preocupa y tantos disgustos nos va a dar.

Todo esto era ya cierto cuando empecé a escribir Orientalismo, pero el reloj no para y, como la reina roja, hay que correr mucho para seguir donde estábamos. Mi impresión es que, desde la llegada de Xi Jinping a la cumbre, en China está fraguándose una tormenta. No sé si será una tormenta perfecta, pero sí parece venir acompañada de gran aparato eléctrico. Eso es lo que me propongo analizar en las entregas de La China de Xi Jinping, que comenzará el 1 de octubre próximo, en el sexagésimo sexto aniversario de la proclamación de la República Popular por Mao Zedong en Tiananmén.

Nos vemos pronto.

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