Ánimo, de nuestra tierra nos echan


A LA INTEMPERIE. EXILIO Y CULTURA EN ESPAÑA
Jordi Gracia
Anagrama, Barcelona
248 pp. 16,50 €

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En el verso 14 de la edición crítica del Cantar de Mío Cid, a cargo de Alberto Montaner Frutos, se lee la reacción del Cid ante la orden de su exilio: «¡Albricia, Álvar Fáñez, ca echados somos de tierra!». El editor aclara en la nota correspondiente: «¡Qué buena noticia (= albricia), Álvar Fáñez, que hemos sido desterrados!». Enseguida explica que don Ramón Menéndez Pidal –aunque no él ni otros editores más modernos– interpoló a continuación un verso tomado de la Primera Crónica General: «Mas a grand onra tornaremos a Castiella». En 1925, Pedro Salinas, discípulo de don Ramón, publicó una versión modernizada donde el Cid proclamaba: «Ánimo, Álvar Fáñez, ánimo, de nuestra tierra nos echan, / pero cargados de honra hemos de volver a ella».

El ensayo de Jordi Gracia se centra en esta actitud vital, que el mismo Salinas habría de recordar para darle ánimos a Guillermo de Torre (fuera de España desde 1927, pero con la España republicana en el corazón, igual que don Pedro, que se fue en el verano de 1936) en una carta fechada el 8 de enero de 1941 que Gracia destaca en epígrafe: «¿No se le imagina a usted la situación de las letras en España sub specie goyesca? Se podría trazar un terrible capricho, con las figurillas de todos estos pobres escritores que juegan a creerse libres, mientras que al fondo mueven los hilos las malas razones, los falsos motivos: temor, afán de colocarse, bajeza, pobre instinto de conservación. No. Nosotros estamos mucho mejor, mil veces mejor. Haremos o no haremos, pero tenemos lo esencial, libertad de hacer. Por gracia verbal nosotros, los desterrados, los echados de tierra, como decía el Cid, nos hemos traído la libertad de espíritu; a ellos sólo les queda la tierra, son los in-terrados». De hecho, el trabajo de Jordi Gracia se centra en el primer verso, aunque no renuncia a explicar el segundo.

En efecto, de entre la extensa panoplia de los intelectuales desterrados por la victoria franquista, selecciona a quienes pudieron sentir esa extraña alegría ante la adversidad, aunque al final el regreso, cuando fue posible, no resultara siempre cargado de honra. Al proponer para su ensayo «unas pocas claves de interpretación complementarias sobre la percepción del exilio» a fin de «caracterizar su larga peripecia», no sólo contribuye a un debate, sino que también traza las medidas del campo, pues sugiere la oportunidad de comprender la cultura desde 1939 como «una red de redes con múltiples nódulos entre los que figura también España».

En línea con esa posibilidad de polisistema, acude al maestro Claudio Guillén, quien estableció una polaridad bajo la cual caben la mayoría de las respuestas literarias al exilio. El primer polo remite a una consolación de Plutarco que recogieron estoicos como Séneca (citamos de la antología que publicó en 1944 en Buenos Aires la exiliada María Zambrano): «Con tal que se me permita contemplar la luna y el sol […], con tal que viva en esta compañía, y me mezcle, en cuanto pueda mezclarse el hombre a las cosas del cielo, con tal que mi alma, aspirando a contemplar los mundos que participan de su naturaleza se mantenga en las regiones sublimes, ¿qué me importa lo que piso?». El segundo, a los poemas del Ovidio relegado al confín más remoto del Imperio romano, donde se describe una pérdida, una fragmentación o un empobrecimiento de la persona. En su conjunto, esta polaridad se produce como diálogo o enfrentamiento entre las dos tendencias, en el encuentro de ambas con las condiciones históricas concretas.

Gracia se interesa por los partidarios del primer modelo, sobre la base de un amplio conocimiento de la investigación en ese campo, tributaria sobre todo del esfuerzo colectivo promovido por Manuel Aznar Soler, como muestra la bibliografía final. Quizá la primera virtud de este ensayo es que despierta el interés por glosar, apostillar, matizar, en positivo o en negativo, huyendo siempre de moralinas y maniqueísmos teológicos en última instancia.

El autor detecta las formas de «reparación, consuelo y alivio» de algunas personas que fueron capaces de construir sus vidas a la intemperie, a la par de los vencidos del interior. Con ellos reanudaron vínculos muy tempranamente. Como ellos, empezaron a pensar desde la gran desilusión de los años cincuenta en la construcción de un futuro común para la sociedad española cuando Franco muriese (no todo fue «el único camino» del Partido Comunista de España). Por último, el exilio volvió a estar a la intemperie en la sociedad posfranquista, desatenta o seducida por otras novedades. Muchos de esos nombres pasaron directamente al canon sin pasar por el tráfico de la calle. (Con todo, dónde están hoy los despreciadores de aquellos viejos que llegaban tarde y sin ejemplos que ofrecer.)

El exilio fue muy largo. A la derrota siguió el silencio y el miedo en los dos lados (salvo la resistencia armada), por lo menos hasta la suerte de Stalingrado (1942). Así en Salinas, en carta a Guillén (5 de marzo de 1940): «Me pasa, querido Jorge, que tengo una actitud neta y clara, en contra: contra el franquismo, cada día más fervorosamente y con más convicción íntima, sin posibilidad de sombra de transacción con esa sangrienta farsa. Pero cuando paso a mi programa en pro, ya me pierdo»; y el 5 de octubre: «De lo del mundo no quiero hablar. Porque cada día me siento más desesperado; y más firme, al mismo tiempo en mi odio absoluto, creciente y yo creo que inagotable al nazismo y al fascismo. A veces llega a lo obsesivo, y me exalto como no quisiera, ante la diaria avalancha de atrocidades, mentiras y estupideces que producen y vierten sobre el mundo, sin cesar». La suerte de la guerra alimenta la esperanza, y su final, el desengaño, cuando se desvanece la ilusión de que la derrota del nazismo provoque la del franquismo: «Muy desengañado estoy de la política, pero nunca, nunca, pude creer que Franco mandaría en España, una vez caído Hitler. Es la mayor estafa que han dado» (17 de diciembre de 1945). La guerra fría hace el resto. Pero quince días más tarde (6 de enero de 1946) se expresa así ante Américo Castro: «Entretanto, lo único posible, vitalmente, moralmente, es hacer lo que V. hace, pensar, escribir, trabajar profundamente. No comprendo cómo un español pueda oír sufrirse su ocio vacío, a no ser que él mismo esté vacío, o lleno de politiquerías baratas. El que vuelva a España con las manos tan sin nada como cuando salió, o cargado de combustible para la nueva hoguera sacrificial, no merece volver. Sólo nos justificará lo que llevemos, cada cual según su capacidad y medios. Si el destierro es bueno es por lo que tiene de espoleo y de purificador. Por lo menos nosotros hemos tenido la inmensa suerte de haber podido seguir pensando sin tener que ahormar nuestro pensar y nuestro hacer a modelos de Estado, como aquellos pobres que viven y sufren en España». En 1939 vio en México «la perduración de la taifa» entre los antifranquistas y se alegra de haber escapado a los enfrentamientos. Gracia se interna en el epistolario de Salinas y en la autobiografía del joven rebelde Fontseré, así como en los gestos y acciones de continuidad con la Edad de Plata de Lapesa y Blecua en el interior, correlativos de la vuelta al trabajo de un Adolfo Salazar en México. La lectura de los epistolarios, sobre todo, por su carácter privado, da una dimensión y un grosor distinto a la trama que se teje entre los vencidos de ambos bandos y con quienes en el interior comienzan a ser disidentes. Si José Gaos, transterrado en México, condena la deserción de Ortega en 1942, diez años después ese desertor dará aliento a los jóvenes opositores.

Para Gracia, la encrucijada más decisiva del exilio tiene lugar entre 1946 y 1948, cuando hay que barajar la desilusión y el aprendizaje, el regreso cauteloso o la vida libre del exilio. Otra vez destacan estos tipos que no se resignan: Ferrater Mora, quien probablemente poseía él mismo ese rasgo sin nombre propio, pero compuesto «de cuatro esenciales virtudes: pasión, lucidez, piedad, ironía», que atribuyó a su amigo Salinas el Francisco Ayala de la revista Realidad y del fundamental artículo «¿Para quién escribimos nosotros?» (1949): todos hemos perdido «la posibilidad de dirigirnos a esa comunidad activa, hosca y amarga, sí, pero sensible, que era la nación española». Es cierto que las condiciones de los exiliados son menos opresivas de las que se han quedado bajo la censura del Estado totalitario, en orden a expresarse con libertad. Pero, de hecho, la institución literaria que se presupone cuando un escritor dice escribir «para todos» casi no existe. En cambio, aparecen peligros nuevos: el primero es el nacionalismo, quizá comprensible entre los vencidos, aunque «factor venenoso» una vez que la guerra de España se ha convertido en una lección moral universal. «Bien mirado –argumenta Ayala–, todos los escritores viven hoy en exilio», puesto que si hay una «España peregrina» es exactamente porque hay otra «España cautiva».

A la vez, ese texto instaura una dialéctica entre exilio y resistencia a la que Gracia da justamente mucha importancia, pues en ella se pusieron ciertas bases del futuro común después de Franco. Aranguren respondió a Ayala en 1953, mientras se producían regresos más o menos cautelosos (no cabe resumir la casuística de Gil-Albert, Pere Quart, Buñuel o Llorens). No es telón de acero, sino la cortina de hojalata (con la que de vez en cuando se secciona una vena), y que desde los años sesenta se atraviesa con cierta facilidad –la revista Ínsula, primero, Papeles de Son Armadans ya en los sesenta, y distinta–, aunque nunca cesara la política de agresión o asimilación de los exiliados por parte del Régimen. Matices. Más regresos o visitas con diferente grado de lucidez y comprensión del país (Chacel, Aub) y salidas nuevas (Soldevila). La CIA pagó los Cuadernos por la libertad de la cultura (1954): en ellos escribieron muchos antifascistas, del exilio y el interior. El Partido Comunista expulsó a Semprún por hacerse cargo de los cambios. Sin los comunistas, el contubernio de Múnich (1962) se propuso inventar el futuro, con exiliados o sin ellos. Al final, la «democracia caníbal» los digirió y los puso en el estante honroso del canon. El problema sigue siendo nuestra capacidad de hacerlo fructífero.

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