La ceguera como patria: sobre El ejército ciego, de David Toscana

El ejército ciego

David Toscana

Madrid, Editorial Alfaguara, 2026

240 págs

Hay episodios de la historia tan atroces que la memoria oficial escoge ocultarlos bajo el pudor de una nota a pie de página, y hay novelistas —pocos, empedernidos exhumadores de la parte de la odisea humana olvidada— capaces de devolverles la voz que la crueldad les arrancó junto con los ojos. David Toscana (Monterrey, 1961), narrador que desde Estación Tula viene demostrando que el norte de México es tan fértil en vidas desoladas como cualquier estepa balcánica, ha ganado el Premio Alfaguara 2026 con El ejército ciego, novela que parte de un hecho documentado con la parquedad con que las crónicas medievales solían registrar el horror: en el año 1014, tras la batalla de Klyuch, el rey Basilio II —a quien la posteridad, con ese gusto suyo por apodos que no dejan lugar a la ambigüedad, llamó «bulgaróctono», el matabúlgaros— ordenó cegar a quince mil prisioneros, dejando tuerto a uno de cada cien para que, cual lazarillos de una procesión dantesca, condujeran a sus compañeros de regreso a casa.

De ese fogonazo de barbarie bizantina, que Gibbon despachó en un par de líneas divulgativas y que la historiografía búlgara ha convertido en mito fundacional del resentimiento nacional, Toscana extrae más que una crónica de la crueldad, que sería la tentación fácil, la del morbo literario bien administrado para lectores somnolientos, una épica al revés, una Anábasis de ciegos donde el regreso a la patria no es la recompensa del héroe, sino la comprobación de que la patria y los conciudadanos, cuando por fin se alcanza como Ulises a su regreso a Ítaca, no sabe qué hacer con sus vencidos. Porque ahí reside el verdadero hallazgo de la novela, el que la separa del tedioso anecdotario bélico: el zar Samuel, dice la leyenda, murió de la impresión al ver llegar a su ejército convertido en una fila de cuencas vacías, y con él feneció también cualquier posibilidad de que aquellos hombres fueran recibidos como mártires. Vuelven y nadie los quiere. Vuelven y son una carga que el enemigo les endosó con más eficacia que con cualquier flecha.

Toscana construye su relato coral —recurso que domina desde Santa María del Circo— por boca de uno de esos ciegos, lo que le permite ensayar una prosa que renuncia deliberadamente a la écfrasis, a la voluptuosidad descriptiva que tan buenos resultados le ha dado a la novela histórica, desde Flaubert hasta Umberto Eco, para instalarse en un régimen sensorial distinto: el oído, el tacto, el rumor de una reata de desarrapados que avanzan a tientas por el imperio búlgaro sin poder ver ni el paisaje que atraviesan ni el desprecio con que la gente los mira. Es una apuesta arriesgada —¿cómo sostener 229 páginas privando al lector de la vista, sentido que la novela ha privilegiado desde el realismo decimonónico?— y Toscana la resuelve con insólita fortuna, tirando de la palabra como sustituto de la imagen: sus soldados ciegos inventan, fabulan, se cuentan historias para poblar de sentido un mundo que ya no pueden mirar, y en ese ejercicio de imaginación compartida el novelista encuentra su verdadero asunto, que no es la guerra ni el imperio bizantino, sino la literatura misma como prótesis auxiliar de la mirada perdida.

Late en el fondo de estas páginas una lección que Borges, ciego él mismo de oficio y de destino, hubiera suscrito a cierraojos, nunca mejor dicho: que la ceguera no es solamente tiniebla, sino también, y de manera casi vengativa, una liberación. Los ciegos de Toscana, despojados de heroísmo y de patria, se construyen —a través de la palabra, del relato, de la mentira piadosa que se cuentan unos a otros— un territorio que ningún emperador puede arrebatarles. Ahí, y no en la crueldad de Basilio II, está el verdadero centro de gravedad de la novela: en esa dignidad que se fragua no a pesar de la barbarie, sino en su exacto reverso, como si el escritor mexicano hubiera querido demostrarnos que toda historia de vencidos, bien mirada —o bien oída, mejor dicho, en este caso—, acaba siendo también una historia de resistencia.

Conviene detenerse, además, en la genealogía literaria a la que esta novela se afilia sin necesidad de subrayarlo con demasiada vehemencia. La tradición del relato de los vencidos tiene en las letras hispánicas un linaje robusto, de Bernal Díaz del Castillo a los cronistas indianos que escribían para que no se olvidara lo que el poder oficial deseaba borrar, y Toscana se inscribe en ella con la misma astucia con que sus personajes ciegos aprenden a caminar sin ver: sabiendo que la historia, disciplina que Tucídides quiso fundar sobre la exactitud de los hechos, es en realidad una construcción retórica tan manipulable como cualquier otra, y que la novela —el género bastardo que Cervantes legitimó a fuerza de ironía— puede corregirle la plana allí donde la crónica calla. Late también, no sin cierta ironía, el eco de aquella otra ceguera fundacional de nuestras letras, la de El lazarillo de Tormes, donde Lázaro aprendió a sobrevivir precisamente al servicio de un ciego: aquí los papeles se invierten, y son los ciegos mismos quienes deben aprender, sin mano que los guíe salvo la del tuerto de turno, el oficio de sobrevivir a la propia derrota. Hay, asimismo, algo del sarcasmo mordaz con que Voltaire despachaba las guerras de gabinete en la prosa de Toscana, aunque el mexicano prefiera la compasión al desdén: la novela no ahorra al lector la sospecha de que toda gesta bélica, mirada de cerca, es menos cuestión de honor que de contabilidad —quince mil pares de ojos, un tanto por ciento de guías tuertos, no es sino una operación aritmética disfrazada de castigo ejemplar—, y en ese combate de la épica contra la aritmética reside buena parte de la mordacidad, contenida pero disfrutable, que recorre el libro. El humor negro, bastante presente, nunca es gratuito: Toscana lo administra con el mismo cuidado con que sus personajes administran sus escasas fuerzas, sabedor de que la risa, en estas páginas, es también una forma de inteligencia, entre la resignación y la rebeldía que es resistirse a morir, como antes mencionábamos. También hay notables huellas y homenajes al albanés Ismail Kadaré, autor de El general del ejército muerto, El cerco, El firmán de la ceguera o El nicho de la vergüenza, y que ha sido muy importante para el autor.

Cabe preguntarse, llegados a este punto, si Toscana no está escribiendo, bajo el disfraz del episodio bizantino, una alegoría bastante menos remota de lo que podríamos suponer. México, tierra que conoce bien las columnas de desplazados, los regresos que nadie celebra y las derrotas que el poder político convierte en anécdota folclórica, sobrevuela en estas páginas medievales, y esa es, a nuestro juicio, la mayor sutileza del libro: la de no forzar el paralelismo, dejarlo respirar tranquilo en el subtexto, confiar en que el lector avisado —el que ha leído también El ejército iluminado, con su ejército de niños invasores, o La ciudad que el diablo se llevó— sabrá reconocer bajo el ropaje de Basilio II a todos los Basilios que la Historia, con mayúscula y sin escrúpulos, sigue alumbrando con cada generación. Por otro lado, El ejército ciego presenta tramos, sobre todo en el largo periplo de regreso, en que la reiteración de la fórmula estilística —el tanteo, la caída, la reflexión filosófica del ciego narrador— hace que al lector le pesen las palabras como les pesan las jornadas de marcha a sus protagonistas, así que el uno puede sentir, en ciertos capítulos, la misma fatiga que Toscana busca inocularle deliberadamente, compensando con el hallazgo verbal necesario, esa prosa poética suya, para saciarle la sed de la caminata. Así las cosas, el jurado del Alfaguara acertó al premiar una novela que reivindica, en tiempos de literatura fácil y de superventas como brújula moral, el viejo oficio de convertir el espanto de la historia en materia transitable por la imaginación.

En cuanto al estilo, Toscana ha sido siempre austero hasta el ascetismo, heredero más de Rulfo que de la opulencia barroca que otros narradores hispanoamericanos —Alejo Carpentier, Julio Cortázar, el primer García Márquez— ejecutaron al enfrentarse a materiales históricos de parecida densidad. Esa sobriedad, que en otras novelas suyas es una opción literaria, se revela aquí casi como una necesidad orgánica: no se puede escribir sobre ciegos con la prosa recargada de quien todavía confía en el poder de la imagen, y Toscana, consecuente con su propio experimento, despoja su lenguaje de casi todo adorno visual para dejar que el ritmo de la frase, su cadencia casi salmódica, haga el trabajo que los ojos ya no pueden hacer. Es una prosa que se lee, en cierto modo, como se camina de noche: con las manos por delante, confiando el paso a un instinto que la costumbre va afinando paso a paso, página tras página. Toscana ha publicado, en suma, una fábula sobre la ceguera que ha concebido con una lucidez poco común; y el lector, al cerrar el libro, comprende que también él ha realizado el mismo trayecto a tientas, guiado por una voz, la de Tosacana, que —como el tuerto entre los ciegos búlgaros del siglo XI— sabía exactamente hacia dónde lo conducía.

David Felipe Arranz es periodista, filólogo y comparatista, fundador y director del magacín cultural El Marcapáginas.

Ofrenda votiva romana usada para pedir la sanación de alguna enfermedad de la vista. Ca. 200 aC. Science Museum Group Collection
Ofrenda votiva romana usada para pedir la sanación de alguna enfermedad de la vista. Ca. 200 aC. Science Museum Group Collection

Ficha técnica

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