La mayoría de los científicos venderían su alma al diablo, incluso aquellos totalmente seguros de no tenerla, a cambio de ser recordados como autores de una sola de las grandes ideas de la ciencia. A Edward O. Wilson se le recordará siempre como responsable de tres de ellas. Es cierto que sólo una de las tres es estrictamente suya; la Sociobiología, una polémica teoría con partidarios y detractores y que contó entre los últimos a uno de los pocos científicos contemporáneos de talla comparable a Wilson, S. J. Gould. Las otras dos, Biofilia y Biodiversidad, no son ideas surgidas originalmente del pensamiento de Wilson, ni él tuvo nunca la pretensión de atribuírselas, pero son imposibles de evocar en contextos científicos sin traer a colación a este gran biólogo norteamericano, que las popularizó y desarrolló en varias de sus obras.
Por si esto fuera poco, Wilson cosechó en vida los dos éxitos que desea cualquier científico. El primero es el que todos confiesan: el éxito académico. En este ámbito no pudo pedir más: es considerado el «padre» de la biología de la conservación, recibió la medalla de la ciencia del gobierno de los Estados Unidos, escribió más de 400 artículos científicos y obtuvo el premio Crafoord (considerado el «Nobel de la biología») otorgado por la Real Academia Sueca de Ciencias. Pero es que también obtuvo el éxito, de deseo menos confesable, del reconocimiento social: logró dos premios Pulitzer, alcanzó gran éxito popular con varios de sus libros, fue elegido miembro honorario de decenas de instituciones y universidades y era reconocido como un líder conservacionista en todo el mundo. Tras su muerte en diciembre de 2021 a los 92 años y en plenas facultades mentales, como si la propia naturaleza también hubiera querido premiarlo, recibió elogios tales que hubieran hecho sonrojarse al mismísimo Luis XIV.
Historias del mundo de las hormigas fue su última obra. Se publicó en 2020 y se editó en España en 2022 y trata sobre la gran especialidad de Wilson; las hormigas. Porque, además de todo lo anterior, Wilson fue, tal vez por encima de todas las cosas, el mirmecólogo más grande y famoso que haya existido, y el descubridor de más de 400 especies de hormigas del total aproximado de 15.000 actualmente descritas. En su longeva vida profesional escribió una treintena de libros sobre los temas más variados (el sentido de la vida, la conservación de la naturaleza, el origen de las sociedades humanas o la creatividad) e incluso una estupenda autobiografía. Pero, sobre todo, dedicó varios de ellos a popularizar el mundo de los insectos sociales en general y el de las hormigas en particular.
Llegados a este punto es legítimo preguntarse ¿qué aporta Historias del mundo de las hormigas a la inmensa obra de Wilson y a la divulgación científica en general? Pues es difícil de decir. El libro está escrito tras noventa años de vida y casi ochenta de profundización en el mundo de los insectos sociales, y es obvio que Wilson cuenta con un conocimiento inigualable sobre las hormigas y con un bagaje de descubrimientos e investigaciones suficiente para llenar muchos cientos páginas de relatos apasionantes. Sin embargo, las dimensiones y el propio título la obra dejan ya claras sus (escasas) pretensiones: se trata de un pequeño libro de historias ―casi historietas― sobre este grupo de animales. Los capítulos son breves y en todos ellos una o varias especies de estos insectos extraordinarios amagan con convertirse en protagonistas. Wilson los comienza siempre relatando hechos sorprendentes, a veces maravillosos y en ocasiones estremecedores sobre las hormigas: hormigas que deforestan selvas y expulsan conquistadores; que marchan en enormes columnas cazando todo tipo de animales; que mueven sus mandíbulas a cientos de kilómetros por hora; que secuestran y esclavizan a otras hormigas; que cultivan hongos y ordeñan pulgones… Y unos párrafos después aparece el autor en una expedición, una investigación, un descubrimiento o una vivencia personal y abandona el relato de la maravilla para desarrollar el de la anécdota personal. De esta manera, el libro pasa de relatar historias sobre el mundo de las hormigas contadas por Wilson a contar historias sobre Wilson en el mundo de las hormigas, que parece lo mismo, pero no es igual.
Y es que la buena divulgación científica tiene como condiciones obligatorias que el lector experto no tenga ninguna objeción sobre los hechos relatados (de esto hay garantía absoluta si Wilson escribe sobre hormigas) y que el lego pueda profundizar en conceptos complejos gracias a la claridad de la escritura y a la capacidad de comunicación del especialista. Y este autor ya ha demostrado sus dotes para la buena divulgación haciendo comprensible lo difícil en libros apasionantes como Biofilia o Viaje a las hormigas. Sin embargo, este Historias del mundo de las hormigas no desarrolla ni profundiza en los relatos que aborda y se resiente de la necesidad permanente de Wilson por aparecer en primer plano. Desde la propia introducción del libro, el autor nos aclara que lo relevante no será tanto lo relatado, sino su juicio sobre ello. Así, en uno de los primeros párrafos «descubrimos» que las hormigas «forman sociedades que rivalizan tanto en forma como en variedad con las que crean los seres humanos» (la sociobiología no es negociable), que el Homo sapiens surgió «de forma accidental» (podría ser, pero es sólo una conjetura) o que finalmente «llegarán visitantes de otros sistemas solares» (es posible, aunque la Paradoja de Fermi está tan viva como siempre).
Sin duda es meritorio escribir un libro con noventa años, y puede ser una ocasión excelente para volcar los conocimientos de toda una vida en una síntesis final. Pero cuando se ha divulgado ya el ingente saber adquirido en varios libros excelentes, y sólo se van a dar unas pinceladas de ciencia para poder contar episodios personales, tal vez sea mejor dejar pasar la ocasión. Podría decirse que este libro es divulgación científica para la era de X (antes Twitter) porque los relatos pueden ser interesantes, pero son siempre breves y epidérmicos, y el autor de los mensajes tiene tanta o más relevancia que la propia historia que se cuenta.
Pablo Pardo Santano es profesor del Centro Universitario Cardenal Cisneros y doctor en Geología por la Universidad de Alcalá.






