Estamos a punto de celebrar los veinticinco años de vida del Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar, nacido poco después de haberlo hecho el siglo, y se cumplen también cinco años de la inauguración de la Casa de la Memoria La Sauceda. Completaban la propuesta del Foro de Estudios Gibraltareños cuyos primeros pasos comenzaron en 1991 con la revista Almoraima como soporte de los estudios interdisciplinares que muestran la realidad del microcosmos con vida propia en esta franja de orografía compleja y de enorme riqueza etnográfica que no ha sido suficientemente reconocida por razones diversas hasta estas últimas décadas. Tiempo atrás, en 1946, un poeta algecireño, José Luis Cano, había apoyado a Enrique Canito en la puesta en marcha de una revista clave en la difusión temprana de la obra de los exiliados: Ínsula. Se cumplen ahora veinticinco años de su fallecimiento. Cerrado y abierto, pues, este mundo, al mismo tiempo, por Gibraltar, con Ceuta y Marruecos al sur, tras el Estrecho, más cerca que lejos, entre Málaga y Cádiz a los costados, ha construido una realidad económica, social y cultural con vida propia que subyuga a cuantos hemos tenido la fortuna de acercarnos a sus gentes.
Es, en este ámbito, en el cual ha de ser ubicado este libro cuyo sustento son las entrevistas realizadas a medio centenar de mujeres que en un periodo de diez años han dejado sus testimonios de las penalidades sufridas en plena guerra civil por el asesinato de personas de sus propias familias. Aquí radica el acierto de este libro: haber dejado expresarse con sus propias palabras, con la llaneza del lenguaje popular aprendido en la conversación más que en los libros, unos hechos que marcaron su vida de manera muy dolorosa y con secuelas insuperables. El testimonio, para ser válido, requiere de la autenticidad que solo el testigo puede proporcionar cuando habla desde el conocimiento de los acontecimientos y lo hace desde la cercanía necesaria para que nada perturbe sus sentimientos. Haber elegido a mujeres es el otro acierto de este libro. Aquella generación de mujeres que llegaban a la juventud cuando les estalló la guerra, que apenas se habían casado y tenido sus hijos, hubieron de sostener a familias rotas, a viudas, a huérfanos, a huidos… reponer la maltrecha economía, si así puede decirse, reponer relaciones familiares desde el silencio, mucho silencio, pero sin olvidar, todo un ejercicio de superación realizada por aquellas mujeres de pocas letras y mucha vida.
Libro, pues, para ser leído con calma, a sorbos, sin prisas, sin dejar pasar detalle alguno pues sólo así es posible captar la vida del alma de aquellas mujeres, muchas de las cuales hubieron de huir… hacia donde pudieron: Gibraltar o Málaga en los primeros meses de la guerra, o Ceuta o Casablanca, o salir hacia el norte hasta Francia y regresar, o… quedarse en el pequeño pueblo casi acurrucadas. En su corazón quedaban experiencias terribles de abuelos, padres, maridos, hijos asesinados, lo mismo que otras tantas mujeres cuyos nombres y recuerdos permanecieron en quienes han sido entrevistadas a lo largo de estos diez últimos años.
Así pues, estas páginas encierran conocimientos y sentimientos de una represión terrible, contados con una entereza sólo explicable por la fuerza de unos recuerdos grabados con la violencia que imprimen las armas. Y, al tiempo, sin una brizna de odio, dispuestas a perdonar para construir la convivencia, tímidas al dar nombres para no enturbiar. ¡Qué generosidad llena de ese cristianismo apenas eclesiástico que ha sobrevivido en España, aunque de manera poco visible, en la gente de nuestros pueblos!
El escenario es el Campo de Gibraltar, sus pueblos, Algeciras, La Línea, Los Barrios, San Roque, mas también Gibraltar que desempeñó un papel muy importante durante la guerra y en los años siguientes y sin cuyo conocimiento es difícilmente comprensible la relación con la «colonia» cuando se ve desde fuera. La ayuda mutua de las gentes discurrió paralela a la relación entre los Estados y muchos eran los lazos familiares que la verja no podía negar. Tremendo el testimonio de la madre que cogió a sus siete hijos y llegó a Gibraltar cruzando por Tánger, cuando se había cerrado la verja, para visitar a su padre moribundo. Pero, no menos, Marruecos, pues de allí llegaban los «moros» que formaban parte del ejército franquista y fueron ejecutores de muchos de estos asesinatos; pero, no menos, refugio de quienes podían cruzar el Estrecho y refugiarse en Casablanca para aprender ese francés que se mezcló con el español andaluz cuando pudieron regresar.
¿Es un libro de historia? Pues sí, lo es. Mas con una mirada que se proyecta no desde la equidistancia racional que analiza los procesos con una lente de aumento sino desde la cercanía del antropólogo que tiene sensibilidad por compartir las consecuencias en la vida cotidiana. Ahí los testigos tienen la palabra y los entrevistadores les dejan expresarse sin mediaciones librescas o académicas para que la autenticidad que caracteriza al testigo quede como garantía para el lector.
El libro tiene una segunda parte más analítica en la cual se adquiere una visión más global de los procesos que conforman los testimonios, se cuantifican las víctimas de asesinatos, las vejaciones que sufrieron quienes quedaban vivos, los parentescos, la identidad de los culpables y su insensibilidad al apretar el gatillo, como queda de manifiesto en varios testimonios. Y se deja un espacio para valorar el silencio y el miedo que ha mediado entre los hechos y la narración. Varias décadas en las cuales una generación o varias vivieron sin decir nada. Sólo silencio. Callar. Nadie sabía nada… Era cuestión de supervivencia.
La última parte del libro lleva como epígrafe «Lo que dicen los documentos». Recogen estas páginas el resultado de la investigación realizada por estos grupos gibraltareños en estas tres últimas décadas y, más concretamente, por el Foro por la Memoria del Campo de Gibraltar y la Casa situada en Jimena. No faltan la indicación de los archivos consultados y las principales referencias bibliográficas. Ahí encuentra el lector datos estadísticos del número de fusiladas, procesadas, vejadas hasta la violación, refugiadas y exiliadas.
Bien justificada queda, pues, la recuperación de la memoria histórica por justicia y reparación. A las mujeres entrevistadas a quienes se pregunta por esta urgencia, responden afirmativamente sobre la necesidad de la exhumación de las fosas y la necesidad de que la España democrática supere todas las formas de violencia y haga justicia a quienes murieron durante la guerra y en los años que siguieron de Régimen Franquista, por ser fieles a sus ideas, sin haber hecho ningún mal, sin ni siquiera haber ostentado cargo alguno pues este libro deja bien claro que los asesinados eran gente del pueblo.
Juan Miguel León Moriche, autor del libro, periodista de profesión, persona muy comprometida «en hacer memoria y ayudar a otras personas a hacerla», nos deja un testimonio de valentía, de generosidad y de humildad. Excelente profesional, pone la grabadora o el bloc de notas al servicio de las entrevistadas, sin protagonismo alguno, se apoya en entrevistas realizadas por compañeros y traza suave, casi imperceptiblemente, un método de trabajo para que el libro tenga unidad. Y para que quede clara la posición que ocupa en esta historia no duda en entrevistar a su propia madre, Ana Moriche Ruiz, pues ella misma fue víctima de aquella represión.
José Luis Mora García es profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid. Su trayectoria ha estado dedicada a la Historia del Pensamiento español e iberoamericano.






