
La ceguera como patria: sobre El ejército ciego, de David Toscana
Hay episodios de la historia tan atroces que la memoria oficial escoge ocultarlos bajo el pudor de una nota a pie de página, y hay novelistas —pocos, empedernidos exhumadores de la parte de la odisea humana olvidada— capaces de devolverles la voz que la crueldad les arrancó junto con los ojos. David Toscana (Monterrey, 1961), narrador que desde Estación Tula viene demostrando que el norte de México es tan fértil en vidas desoladas como cualquier estepa balcánica, ha ganado el Premio Alfaguara 2026 con El ejército ciego, novela que parte de un hecho documentado con la parquedad con que las crónicas medievales solían registrar el horror: en el año 1014, tras la batalla de Klyuch, el rey Basilio II —a quien la posteridad, con ese gusto suyo por apodos que no dejan lugar a la ambigüedad, llamó «bulgaróctono», el matabúlgaros— ordenó cegar a quince mil prisioneros, dejando tuerto a uno de cada cien para que, cual lazarillos de una procesión dantesca, condujeran a sus compañeros de regreso a casa.















