La biblioteca del fin del mundo

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No lo advertí hasta que pasaron unos días. Mi biblioteca crecía con nuevos ejemplares, pero no se trataba de obras que yo hubiera adquirido, sino de volúmenes que irrumpían en los anaqueles de forma misteriosa. No sabía de dónde procedían. Mi mujer me aclaró que ella tampoco los había comprado. Vivimos en las afueras de Algar de las Peñas, casi en el fin del pequeño mundo compuesto por los trescientos habitantes de este pueblo de la sierra norte de Guadalajara. Los dos hemos superado los ochenta años. Intentamos no pensar en la muerte, pero sabemos que nuestro tiempo se acaba. Me llamo Rafael Narbona y fantaseo que mi nombre tal vez dejará un leve rastro en la memoria de los hombres. He publicado más de dos mil artículos y unos quince libros. Se trata de una miscelánea de escaso valor. Espero que la indulgencia de unos pocos lectores permita que mi escritura no se hunda en un olvido total. Me conformaría con ser una nota a pie de página en la historia de la literatura. Me avergüenzo de mi vanidad, pero ¿existe algún hombre que no haya incurrido en esa mancha?

La primera vez en que reparé en la existencia de nuevos ejemplares reaccioné con perplejidad. Media docena de volúmenes en rústica y sin título ni autor en la portada ocupaba el espacio que separaba Mientras agonizo, de Faulkner, de los cuentos de Flannery O’Connor. Parecían haber escogido un territorio fronterizo entre la desolación y la esperanza, el nihilismo y la cada vez más minoritaria fe en el viejo Dios de la tradición cristiana. Alarmado, los hojeé para averiguar de su contenido. Cuando descubrí que hablaban de los habitantes del pueblo, mi perplejidad mudó en espanto. Carecían de mérito literario. Escritos en un estilo impersonal, narraban la vida de mis vecinos y, lo que era más turbador, el momento de su muerte.

Unos días después, aparecieron nuevos ejemplares, esta vez entre la Comedia de Dante y el Ulises de Joyce, dos universos que se repelen, pues uno representa el orden como designio metafísico, y el otro, el desorden como fatalidad ontológica. Examiné uno de los libros y descubrí horrorizado que hablaba de mí. No quise leer la última página. Lo coloqué en el lugar donde se encontraba, pensando que lo más sensato sería destruirlo, pero mi veneración supersticiosa del libro me impidió hacerlo. Además, pensé que si lo quemaba, sería como arrojarme yo mismo a las llamas.

Mi mujer y yo eludimos hablar de lo que estaba sucediendo, quizás pensando que de ese modo convertiríamos el hallazgo de los libros en una borrosa pesadilla, pero una tarde acudió a visitarnos el padre Juan y el azar quiso que sus ojos advirtieran que algo había cambiado en mi biblioteca. Siempre he sido meticuloso con el orden y la limpieza, cultivando en no pocas ocasiones las absurdas simetrías. No agrupo los libros por el tema o el autor, sino por tamaño o colecciones. Esta costumbre pueril tal vez expresa mi miedo al caos. El padre Juan notó de inmediato que un puñado de libros rompía la simetría en un anaquel.

-¿Nuevas adquisiciones?

Se levantó y cogió uno de los ejemplares, un pequeño volumen con las pastas rojizas, las esquinas desgastadas y la cubierta lisa, sin nada que indicara su contenido ni su autoría. Lo abrió y, después de unos minutos leyendo, su mirada se turbó con una niebla de color ceniza.

-Es la historia de mi vida y habla de mi muerte. Menciona la fecha exacta y afirma que seré un muerto entre los muertos, que se borrará de mi mente el pasado y apenas comprenderé el presente. Solo distinguiré el futuro y mi conciencia se extinguirá por completo después del juicio final.

Comprendí que el libro le situaba en el sexto círculo del Infierno de Dante, en la ciudad de Dite, con los epicúreos, que no creían en la vida eterna y que ni siquiera subsistirían como almas arrojadas al abismo. Había oído que el padre Juan carecía de fe, pero que lo ocultaba porque consideraba que ya era demasiado tarde para retroceder. Su vida era una impostura, pero jamás lo reconocería. Además, le afligía pensar en el desaliento que cundiría entre sus escasos fieles, y el regocijo de los que no creían en Dios.

El cura se marchó de casa, balbuciendo frases incoherentes, incapaz de soportar su destino. Una semana después nos visitó Julián. También reparó en el desorden creciente de mi biblioteca. Cada mañana aparecían libros nuevos. Surgían –o nacían- de noche, como intrusos que aprovechan las sombras para asaltar una casa ajena. Cada vez se parecían más a una madreselva salvaje que invade un jardín, aferrándose a cualquier saliente o valla para consolidar su conquista. La simetría se había diluido hasta convertirse en un simple vestigio. Cuando observaba las pocas hileras que aún conservaban su disposición original, tenía la impresión de contemplar los frescos de Pompeya o el Mosaico de la Batalla de Issos, cuyos colores habían sobrevivido milagrosamente a los estragos del tiempo. Mi pequeño paraíso se desmoronaba, pero aún sobrevivían algunos rincones caracterizados por el orden, ofreciendo una resistencia tan hermosa como inútil.

Julián repitió la operación del padre Juan. Extrajo un volumen y lo exploró con sus gafas de vista cansada. Se olvidó de nosotros y leyó casi durante media hora sin levantar la mirada, ni disculparse por ignorarnos.

-Es mi biografía –dijo, guardando las gafas en un estuche-. Habla de mi estancia en la cárcel y del fallecimiento de mi mujer. De mis años como albañil y tipógrafo. De mi soledad y mi tristeza. Y revela la fecha de mi muerte. Incluso dice qué me espera en ese más allá en el que no creo: una quietud inmutable en Malebolge, con la cabeza hacia atrás. Es el castigo que Dante reserva a los falsos profetas.

-¿Por qué? ¿Cuáles son sus profecías?

-Soy anarquista y creí que algún día todos los hombres vivirán en paz, sin propiedad privada ni rencillas. En el fondo, siempre supe que era una creencia ingenua, pero esa idea me ayudó a vivir. Esa idea era una falsa profecía y Dios me condena a mirar eternamente hacia atrás, privándome del futuro. No entiendo muy bien ese castigo, pues en la eternidad ya no habrá tiempo y, por tanto, hablar de pasado, presente o futuro será absurdo.

Julián se marchó más tranquilo que el sacerdote, pero noté en su semblante la sombra que arroja la muerte sobre el que se atreve a mirarla cara a cara. Valeria, la famosa actriz, no reaccionó con la misma calma. Cenó con nosotros un sábado por la noche. Mi mujer preparó una ensalada y tofu, pues Valeria es vegetariana y no consume ni carne ni pescado. Tampoco se viste con prendas de origen animal. Nala, su perrita, y Mindy, mi vieja amiga de cuatro patas, corrieron por la casa, y cuando se cansaron, se tumbaron en el sofá, con los cuerpos muy pegados y los ojos sumidos en un tranquilo sueño que delataba su bienestar. Con un vestido veraniego y la melena roja flotando sobre los hombros desnudos, Valeria habló de sus pasiones: el teatro, el cine, la poesía. Su mirada chispeaba alegremente, pero el azul de sus ojos no podía ocultar el hondo pesar que lastraba su alma. El suicidio de Héctor, su pareja, siempre estaba ahí, introduciendo unas briznas de infelicidad incluso en los momentos más luminosos. Habían pasado muchos años, pero el recuerdo de aquel drama no se había desvanecido.

Cuando Valeria advirtió la confusión que se había apoderado de la biblioteca, no pudo reprimir su estupor:

-¿Qué ha sucedido? Los libros siempre estaban muy ordenados, casi como si respondieran a un propósito estético.

No fui capaz de relatar que cada noche aparecían nuevas obras, amontonándose sin ningún orden ni criterio en las estanterías.

Valeria alargó la mano y cogió un libro con las pastas azules, las esquinas dobladas y el lomo agrietado. Como los anteriores, carecía de título, pero hablaba de algo casi más preciado que su propia vida. Después de leer unas páginas, lanzó un grito y dejó caer el ejemplar.

-¿Qué esto? Menciona el suicido de Héctor, afirmando que ahora es un viejo árbol picoteado por unas horribles criaturas.

Valeria lloró, tapándose el rostro enterrado con las manos. Mi mujer y yo necesitamos mucho tiempo para calmarla y decidimos acompañarla a su casa. Nala y Mindy caminaban detrás de nosotros, cabizbajas y silenciosas, como si comprendieran que había sucedido algo terrible. De nuevo, uno de los libros que se habían colado en mi biblioteca asignaba un destino terrible a una persona cercana. Héctor no había vivido en el pueblo, pero todos conocíamos su historia. ¿Qué clase de horrible demiurgo había creado los libros que habían asaltado mi biblioteca? Me recordaban a los pueblos bárbaros del norte, que incendiaban los pueblos de la costa, quemando y degollando sin piedad. No cometería el error de leer el libro que adelantaba mi destino. Había hecho todo lo posible por olvidar el lugar donde lo había colocado. Vivir en la ignorancia del futuro es un don. Casandra anticipa la caída de Troya, pero su profecía no evita la tragedia. La clarividencia es una maldición.

Los vecinos comenzaron a hablar de la biblioteca. Algunos afirmaban que era una abominación, algo monstruoso que era necesario destruir. En el bar de Martín, los más viejos hablaban de maleficios y demonios, asegurando que un mal espíritu se había apoderado del pueblo. Martín ya no se atrevía a visitarnos y, poco a poco, los vecinos dejaron de saludarnos. Mi mujer tuvo que soportar comentarios despectivos mientras compraba el pan, y yo casi recibo una pedrada mientras paseaba por la orilla del río. Oculto detrás de los arbustos, alguien intentó descalabrarme. ¿Pensaban que de ese modo acabarían con los libros sin título, cuyo crecimiento no cesaba? Ya había segundas y terceras filas, y volúmenes dispersos por pasillos y habitaciones, ocupando toda clase de superficies. Cuando íbamos a sentarnos, teníamos que apartarlos. Mi mujer y yo comenzamos a odiar un formato que nos había proporcionado incontables horas de dicha. Ya no mostrábamos ningún respeto por ellos. Los arrojábamos al suelo con desdén, sin preocuparnos de que las hojas se desencuadernaran. Nos sentíamos como apóstatas que reniegan de sus viejas creencias. Una tarde hicimos una pequeña hoguera, quemando la mayoría de los libros que habían infectado la biblioteca. Fue inútil. Al día siguiente, se habían multiplicado, diseminándose como un virus. Casi parecían burlarse de nosotros, abarrotando las estanterías y apilándose en el suelo como torres. Tuvimos la impresión de contemplar un cuadro de Francis Bacon, con su carne descuartizada, transitando de la palidez al brillo obsceno de la sangre.

El padre Juan, Julián y Valeria se arrepentían de haber compartido su experiencia con algún vecino. No esperaban que la noticia corriera como el fuego, incendiando los ánimos. Una noche vinieron a visitarnos. Lo hicieron de forma clandestina, como si fueran conspiradores. Nos sentamos en el patio trasero, bajo un emparrado que permitía observar las estrellas.

-Tiene que existir una solución –dijo Julián-. Nunca he creído en el destino.

-Es cierto –añadió Valeria-. Cada ser humano escribe su futuro. Nada está fijado de antemano.

-Estoy de acuerdo –intervino el padre Juan-. Dios respeta nuestra libertad.

-¿No sería una buena idea destruir los libros? –preguntó Julián.

-Lo hemos intentando –dijo mi mujer- y ha sido inútil.

-¿Pero de dónde salen? –preguntó Valeria.

-No lo sabemos –dije- y creo que nunca lo averiguaremos. Voy a escribir a un viejo amigo. Confío en su lucidez. Quizás se le ocurra algo.

Me levanté de la mesa y encendí el ordenador, buscando la dirección de mi antiguo profesor de lógica, Álvaro Delgado-Gal. Ya había rebasado los noventa años, pero su lucidez permanecía intacta. Le envié un correo, explicando lo sucedido, no sin pensar que tal vez se preguntaría si había perdido la cordura. Tardó cerca de una hora en contestarme, sugiriéndome que habláramos por el chat. Por supuesto, no manifestó ninguna sorpresa. Su cortesía británica le impedía incurrir en esa forma de impertinencia que consiste en pedir explicaciones racionales para cualquier acontecimiento, por extravagante que sea.

-Perdona que haya tardado en responder –se disculpó.

Pensé que le había sorprendido estudiando el teorema de Gödel o releyendo la Teoría de la justicia de John Rawls, pero me equivoqué.

-Me has pillado con un Tintín entre las manos.

Incapaz de reprimir mi curiosidad, le pregunté:

-¿Cuál?

El cetro de Ottokar. Fue el primero que leí y cuando llegan los veranos, me gusta volver a él. Es como recuperar un fragmento de mi infancia.

-En mi caso, el primer álbum de Hergé fue Tintín en América. Me lo regaló mi hermano Juan Luis. En francés.

-Yo también leí El cetro de Ottokar en francés. En cuanto a lo que me dices, ¿no has pensado que la vida es una cadena de causas y efectos? Un pequeño cambio altera toda la secuencia, conduciendo a un escenario diferente. En una inferencia lógica, es suficiente incluir una negación para cambiar el resultado. Tal vez esa podría ser la solución.

Mis invitados se mostraron un poco escépticos. No porque desconfiaran de Álvaro, sino porque la fatalidad parece irreversible cuando ha empezado su labor destructora. Sin embargo, cada uno decidió cambiar algo de su existencia. El padre Juan dejó de leer a Cioran y Schopenhauer. Lo hacía a escondidas, pensando que su pesimismo era una fiel descripción de la realidad. Después de dos semanas de abstinencia, comenzó a recuperar la fe, pensando que tal vez Dios no era una fantasía inspirada por el miedo a la muerte.

Julián revisó su concepción de la propiedad privada. Todo ser humano aspira a ser propietario de su casa y de algunos bienes, y eso no es malo. Solo había que poner freno a la acumulación abusiva. Esa reflexión le hizo experimentar el alivio del que renuncia a un sueño imposible.

Valeria se distanció del rencor que sentía por Héctor. En el fondo, nunca le había perdonado que se suicidara. Ahora comprendía que el suicidio no era un acto voluntario. Héctor no podía ser juzgado, sino compadecido. Esa idea hizo que el resentimiento cediera rápidamente hasta desaparecer.

Unas semanas después, los libros que habían invadido la biblioteca habían desaparecido y el orden se había restablecido solo, como cuando un árbol recupera su posición vertical tras el paso de un violento huracán. El incidente cayó en el olvido y Algar de las Peñas recuperó su plácida rutina.

Ha pasado casi un año, pero por la noche a veces escucho un rumor y me levanto sobresaltado, pensando que tal vez ha vuelto la extraña marea que inundó mi biblioteca con ejemplares de inexplicable origen. Si regresara, ni mi mujer ni yo buscaríamos los libros que relatan nuestra muerte. La inmortalidad quizás solo consiste en ignorar ese porvenir donde nuestro yo comenzará a disolverse. Atribuimos una importancia excesiva a un momento que no existirá para nuestra conciencia.

Álvaro me escribió hace unos días, comentándome que la muerte en realidad solo era una falacia ideada por un dios perverso para reducirnos a la impotencia.

-Recuerda la frase de Spinoza: «El hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría es una meditación no sobre la muerte, sino sobre la vida».

Los filósofos dicen muchas tonterías, pero en algunos casos tienen razón. Sin duda, este es uno de ellos.

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