¿Es el cristianismo una forma de totalitarismo?

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Lo malo de ser un católico escéptico es que puedes llegar a pensar que la institucionalización del sentimiento religioso es una catástrofe para el espíritu. Ser católico se identifica hoy en día con una oposición numantina al preservativo, el matrimonio gay, el aborto y la eutanasia. No entiendo la condena moral de los métodos anticonceptivos, salvo que se atribuya a Dios un poder medieval, donde se incluye un derecho ilimitado sobre el cuerpo de los otros. Me parece grotesco reducir el cristianismo a unas posiciones tan primarias y esquemáticas. Sin embargo, no creo que esa actitud surja de una perspectiva estrictamente teológica, sino de consideraciones de naturaleza política. El control sobre el cuerpo es uno de los principios básicos del poder totalitario. El objetivo es cortar de raíz la libertad del individuo, regulando las distintas etapas de su desarrollo: concepción, nacimiento, identidad sexual, paternidad y óbito. La socialización de la sexualidad puede ser una forma de educar al instinto o una estrategia de dominación. Las fantasías del marqués de Sade pierden su potencial liberador cuando traspasan el umbral de lo imaginario y se transforman en realidad. Sade asocia el placer a lo trágico: «En el amor, todas las costumbres son borrascosas». Georges Bataille expresa una visión semejante: «La extrema seducción colinda, probablemente, con el horror». Cuando el sexo no se somete a ciertos ritos y acepta límites, desemboca en barrocas parafilias, pero cuando el deseo se inhibe por tenebrosos dogmas, el individuo pierde su capacidad de elegir, transformándose en siervo de intereses ajenos.

El aborto plantea un espinoso dilema, pues la medicina, la biología y el derecho se enfrentan al problema de definir claramente qué es una persona o, más exactamente, cuándo puede hablarse de vida plenamente humana y no de simples células embrionarias. En las sociedades libres y democráticas se han fijado plazos para interrumpir un embarazo no deseado. Establecer analogías entre el aborto y las políticas genocidas constituye una insensatez y una grave ofensa a la verdad. No parece menos descabellado criminalizar la homosexualidad o clasificarla como una aberración. La homosexualidad es tan antigua como nuestra especie y expresa una parte de nuestra naturaleza. En cuanto a la eutanasia, el derecho a elegir una forma digna de morir, sin sufrimientos innecesarios, parece tan innegociable como la libertad de expresión. ¿Por qué la Iglesia católica se muestra tan inflexible en estas cuestiones? Su intransigencia parece inconsecuente con el mensaje evangélico, que destaca como valores esenciales el perdón, la reconciliación y la fraternidad. En el Evangelio de Juan, Jesús perdona a la adúltera, desviándose de la ley de Moisés, que ordenaba su lapidación. Algunos historiadores afirman que el pasaje es una interpolación posterior, pero esa objeción sólo corrobora la autoría colectiva de los Evangelios (y del resto de los libros bíblicos). Para el creyente, el Espíritu Santo ha inspirado hasta la última coma de las Sagradas Escrituras, pero desde una perspectiva crítica puede deducirse fácilmente que los contrastes y las contradicciones no son tan significativas como un nudo central de afinidades, especialmente en el Nuevo Testamento, donde las bienaventuranzas de Mateo y Lucas se manifiestan a favor de los pobres, los humildes, los sencillos, los pacíficos y los perseguidos, condenando la violencia y la desigualdad. La Iglesia católica se considera la heredera de Cristo, pero desde sus inicios ha ejercido un poder temporal que ha prodigado condenas, prohibiciones y excomuniones. Su interés por la dimensión corporal del ser humano es pura biopolítica, pues expresa la voluntad de crear una sociedad que reduce al individuo a una deplorable minoría de edad. Los sacramentos (bautismo, penitencia, eucaristía, confirmación, orden sacerdotal, matrimonio y unción de enfermos) se despliegan como una gigantesca malla que contiene todos los aspectos de la vida humana. No son ritos que constituyan al hombre como persona, sino mecanismos que liquidan la autonomía de la sociedad civil.

El cristianismo se convierte en totalitarismo cuando litiga contra las libertades y repudia derechos que se han incorporado al ordenamiento jurídico de los países más avanzados en materia de moral y costumbres. El nacimiento, el sexo y la muerte no pueden ser administrados, invocando la voluntad de un Dios caracterizado con los atributos de un césar o un emperador. De acuerdo con las palabras del teólogo Hans Küng, el Dios cristiano es «el buen Dios que se solidariza con los hombres, con sus necesidades y esperanzas. Que no pide, sino que da; que no humilla, sino que levanta; que no hiere, sino que cura. […] Dios quiere la vida, la alegría, la libertad, la paz, la salvación, la gran felicidad última del hombre, en cuanto individuo y en cuanto colectividad. […] El cristianismo es un humanismo realmente radical, capaz de integrar y asumir lo no verdadero, lo no bueno, lo no bello y lo no humano: no sólo todo lo positivo, sino también –y esto es lo que decide el valor de un humanismo– todo lo negativo, incluso el dolor, la culpa, la muerte, el absurdo» (Jesús, trad. de José María Bravo Navalpotro, Madrid, Trotta, 2014). Algunos han intentado conciliar marxismo y cristianismo, pero se trata de una combinación imposible. El marxismo no es un humanismo, pues su visión escatológica de la historia rebaja al individuo a una variable intrascendente. La utopía socialista no apunta hacia la libertad y la igualdad, sino hacia una dictadura totalitaria y burocrática con una política exterior expansiva, imperialista. Los carros blindados de la Unión Soviética paseándose por Praga reflejan la esencia del marxismo-leninismo, que no reconoce ningún derecho al enemigo de clase ni admite el pluralismo político. El humanismo revolucionario alumbró la deshumanización del hombre, con niveles de represión desconocidos desde el nazismo. El capitalismo sin rostro humano no ejerce la violencia institucional, pero no es menos deshumanizador, pues abandona a su suerte a los más débiles y vulnerables.

Tal vez el rostro más humano del cristianismo lo ha mostrado Pier Paolo Pasolini en El Evangelio según san Mateo (1964). Se ha dicho que Pasolini –ateo, homosexual, anticlerical– hizo una puesta en escena basada en la teoría marxista, pero el Jesús (Enrique Irazoqui) que aparece en la película no es un líder obrero agitando a las masas, sino un joven carpintero de Galilea que se inmola para ser semilla de libertad y testimonio de esperanza.

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