Aquellos maravillosos años


Entre amigas
LAURA FREIXAS
Destino, Barcelona, 1998
198 págs. 1.900 ptas.

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Es ya un lugar común que la literatura, mejor dicha la buena literatura, no es una cuestión de temas sino, fundamentalmente, de forma. Ahora bien, cuando un escritor adopta un fondo argumental manido se enfrenta a la necesidad de revestirlo de un nuevo barniz, a fin de no provocar la sensación de lo ya visto o leído, tan desagradable en el receptor. La novela de Laura Freixas peca de muchas cosas pero, ante todo, de obviedad. Entre amigas se plantea como el reencuentro de dos mujeres que, tras quince años, conciertan una cita para volver a verse. El punto de partida, como puede observarse, no varía mucho de bastantes películas de éxito norteamericanas. Sin embargo, ese límite, tan sutil en ocasiones, entre un buen literato y un mero observador de la realidad está precisamente en saber captar lo trascendente dentro de la trivialidad; en darse cuenta, en definitiva, de que las existencias más ordinarias pueden esconder los conflictos internos más hondos. Por el contrario, Freixas reduce su labor a reproducir los más tópicos ingredientes de una generación que, ahora, alcanza los cuarenta, esto es, sensación de ver reducidos a la nada los ideales revolucionarios de los años setenta; sentimiento de culpa por haber caído, casi sin quererlo, en un aburguesamiento antaño aborrecido; maternidad vivida con la doble impresión de, por un lado, haber traicionado una filosofía y, por otro, de sentir una felicidad siempre perseguida por la culpa. A ello se une una referencia constante e inoportuna, en la mayor parte de los casos, a un acerbo cultural común, guiños de complicidad a un potencial lector que se busca, casi descaradamente, de antemano: canciones, sobre todo francesas, de corte reivindicativo, manifestaciones estudiantiles, llamadas a la historia española reciente: Franco, los grises, el No-Do…

La novela se estructura básicamente en dos partes. La primera, previa al encuentro entre las dos amigas, supone un momento de reflexión, por parte de Elisenda, de su situación actual y de aquellos maravillosos tiempos ya perdidos. Es, en efecto, en estas primeras páginas en las que la novelista habría tenido que penetrar, de manera intensa, en la psicología de una mujer que ve derrumbarse su vida y que necesita, ahora más que nunca, de la compañía de un ser, Tina, que fuera fundamental en su historia pasada. Sin embargo, la incapacidad manifiesta para forjar un personaje psicológicamente complejo pretende ser sustituida por una serie de anécdotas vitales, de secundario interés, especie de cuñas que intentan conferir unidad a una narración deshilvanada. Eran también esas primeras páginas de la obra las que hubieran podido crear, en la descripción indirecta de Tina, un cúmulo de expectativas en el lector. No es así, por el contrario. Para su caracterización se echa mano, de nuevo, de rasgos arquetípicos y maniqueos: artista progre y bohemia que vive en París y que, rebasada la treintena, se pregunta si su vida ha tenido verdadero sentido. De esta forma, cuando el encuentro entre Elisenda y Tina se produce, el lector tiene la sensación de asistir a la prolongación innecesaria y estéril de una historia que se ha extinguido muchas páginas atrás. Es más, cuando creemos concluida la agonizante prosa de Entre amigas, unas veinte páginas finales, éstas sí, absolutamente prescindibles, vienen a desacreditar aún más, si cabe, una novela buena en intenciones pero muy desafortunada en su resolución narrativa. La sucesión de tópicos tenía que desembocar, claro está, en el gran tópico final: happy end al más puro estilo folletinesco. El regreso del guerrero (en este caso guerrera) a su guarida familiar, donde encuentra, como si nada hubiera pasado, el cobijo de su esposo.

A todo ello hay que unir la recurrencia, tan común en muchos de nuestros más jóvenes novelistas, a un costumbrismo más propio de la centuria pasada que de los tiempos actuales; una primera persona desdibujada y falta de profundidad psicológica; y, en fin, un enfoque lastimero de la condición femenina que huele a trasnochado.

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