Ensayos RdL
La generosidad de la divulgación
Divulgar no es un arte menor. Exige un suficiente saber y una gran voluntad de comunicación, y aun así, no alcanzan ambos atributos para un buen divulgar. Posiblemente el secreto –y arriesgo mi propia gramática de receptora– estriba en la generosidad de quien, de quienes, están por la labor. Este es el caso de Salud, dinero y amor.Cómo viven las mujeres españolas dehoy. El título ya propone la pista divulgativa al retomar los tres valores, «las tres cosas que hay en la vida…», que nuestra cultura latina ha propuesto como paradigmas de la felicidad. Cuestionadas o no, lo cierto es que esas tres cosas hace mucho tiempo que nos articulan –a todos– los proyectos y los obstáculos de nuestra vida.
La ficción de un absoluto
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Un Gracián ad usum delphinum
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Lector, mi semejante, mi hermano
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Un mundo ya ido
Toda antología es, por definición, una utopía. Pretende ofrecernos lo más característico –no necesariamente lo mejor– de la obra de un escritor, con la máxima fidelidad a su estética. Tarea imposible, tratándose de poesía, pues la descontextualización que impone este tipo de libros arranca a los poemas del poemario, presentándolos como muertas mariposas de entomólogo. Tras esta advertencia, digamos que la dedicada a Campoamor por Víctor Montolí cumple bien sus propósitos. Combina, por una parte, la teoría poética del autor con su praxis poemática, y por otra intenta librarlo del prejuicio de escritor «démodé» que lo mantiene actualmente en semiolvido. Tan ardua tarea se realiza con amplio caudal de conocimientos, buena metodología editorial e indudable «oficio». Nada que objetar, pues,
La casa vacía de Revel
Me han fascinado siempre las memorias, las autobiografías, los libros de recuerdos por la arrogancia casi biológica que supone en la mayoría de los casos embarcarse en operación semejante; es decir, para publicar un tomo –¿se han fijado que son siempre anormalmente gruesos?– sobre la vida de uno, hay que tener, para comenzar, una excelente opinión de sí mismo. Muestras existen, sin duda, altamente cualificadas. Churchill se ganó su derecho a escribir memorias y Azaña también. Cuando uno ha sido alguien, testigo privilegiado de algo, o cuando se sabe cultivar esa fórmula que se podría llamar «Yo y mi tiempo», siempre con más atención a lo segundo que a lo primero, puede que haya asunto. No todas las exigencias anteriores