ENSAYOS
Fernando Pessoa: la ceremonia de la confusión
por Guillermo Carnero

Decía Ramón Gómez de la Serna en Ismos que, desde que se hizo público el Futurismo, los italianos se habían hasta tal punto habituado a ver llover panfletos que acabarían saliendo a la calle con paraguas. La época de la Vanguardia histórica (el primer tercio del siglo XX) se distinguió, en efecto, por la hipertensión teórica que dio lugar a una constante proliferación de manifiestos, brotados de dos pulsiones contradictorias: la mesiánica de anunciar la supuesta buena nueva de cada cual y la autopunitiva de forzar su rechazo, y complacerse en él.

La Vanguardia produjo un reducido número de sistemas de pensamiento coherente y relevante, y junto a ellos una plétora de seudoteorías nebulosas e inconsistentes, supuestamente distintivas y arrogantemente excluyentes, cobijadas bajo denominaciones caprichosas: «juegos de enrevesamiento», como decía Ramón. Juegos dados a convertir en complejo lo que en su propia sencillez no llega a ser, casi siempre con una última intención solapada: disfrazar de originalidad el eco, y librarlo del estigma del sucursalismo.
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Felipe II: retrato en negros y grises
por Juan Eloy Gelabert

Hubo una época en la que artistas como Francis Bacon y otros decidieron emplear su talento en lo que se conoce como retrato fantástico o imaginario. Pinterest ofrece una nutrida galería de semejantes especímenes bajo la no menos extravagante etiqueta de «Fantastic and Otherwordly Portraits». Nos resulta familiar el Inocencio X de Bacon tanto como las variaciones de Picasso sobre Las meninas. Una de éstas (María Agustina Sarmiento), guarda cierta similitud con el Felipe II de Antonio Saura que luce en la cubierta de El demonio del Sur. Nunca antes había prestado especial atención a otra cosa que no fuera el texto. Pero la mera contemplación de este Felipe de Saura, y su inequívoca filiación con los retratos debidos a Alonso Sánchez Coello, Juan Pantoja de la Cruz o Sofonisba Anguissola, me ha llevado a pensar que acaso el diseño de la cubierta –en la que los colores dominantes no son otros que el gris y el negro– no haya sido fruto de la mera casualidad. Pues fantástico o imaginario (mejor, tal vez, imaginado) resulta ser en buena medida el asunto tratado por el autor, al ocuparse como lo hace de una leyenda que, además, es negra. Esta y todas ellas pertenecen, en efecto, a un género literario que el Diccionario de la Real Academia define en su segunda acepción como un «relato basado en un hecho o un personaje reales, deformado o magnificado por la fantasía o la admiración».
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Populismo: anatomía del espectro
por Manuel Arias Maldonado

Si 2016 fue el año del populismo, coronado por la victoria de Donald Trump en las presidenciales estadounidenses y la decisión de los votantes británicos de abandonar la Unión Europea, 2017 fue el año en que se frenó su irresistible ascenso: esperábamos lo peor y lo peor no llegó. Pese a la incesante alerta mediática, no se concretó ninguna de las amenazas previstas: el partido de Geert Wilders apenas subió cinco escaños en las elecciones holandesas, Marine Le Pen cayó con estrépito en la segunda ronda de las presidenciales francesas y Norbert Hofer, candidato de la ultraderecha a la presidencia de Austria, no logró superar al político verde Alexander Van der Bellen. A ello podríamos añadir el fracaso del procés independentista en Cataluña, fenómeno nacionalista de tintes populistas, así como la creciente sensación de que el Brexit ha sido un fenomenal error colectivo cometido en nombre del pueblo. Si el proverbial espectro recorría Europa, en fin, dejó su sitio a un hondo suspiro de alivio.
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Caravaggio, Modigliani y Fortuny: vida y novela de los artistas
por Vicente Molina Foix

A estos tres artistas no les une su modo de pintar ni su tiempo, sino la desgracia. Fueron enormemente admirados cuando vivían: Modigliani por los «happy few» del París bohemio de Montparnasse y Montmartre, lo que le hizo célebre y pobre; Caravaggio por una pléyade de cardenales, príncipes y embajadores proclives a perdonar sus desmanes; Fortuny, que llegó a rico, por lo más selecto del coleccionismo internacional. Y en los juicios del gusto, el veredicto de la posteridad les ha sido propicio. A Caravaggio se le tiene con toda justicia como el fundador de una fecunda estirpe de pintores de la luz y la nueva realidad convulsa afrontada por el Barroco; Modigliani dejó un sello figurativo lánguido, pero no melifluo, en una época en la que sus contemporáneos rompían o desfiguraban las formas; Fortuny, en la segunda mitad del siglo XIX, cuando otros soñaban ya el cubismo y practicaban un simbolismo delicuescente, cultivó la estampa orientalista, las escenas de costumbrismo anecdótico, el retrato a monarcas y damas de la alta sociedad, seduciéndonos hasta hoy por la sabiduría de la pincelada y el secreto de una felicidad pictórica hecha de gracia en el dibujo y genio en el color.
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Paul McCartney, el Beatle tranquilo
por Rafael Narbona

John Lennon ha pasado a la posteridad como el principal genio creativo de los Beatles. Sus propias declaraciones contribuyeron a promover esa imagen: «Yo empecé la banda. Yo la disolví. Tan simple como eso». Paul McCartney siempre ha ocupado un lugar secundario, lastrado por la fama de blando y sentimental. La trágica muerte de John Lennon consolidó su condición de mito moderno. No ya sólo del pop, sino de la cultura, donde ocupa un lugar privilegiado como un espíritu inconformista, provocador y visionario. Su oposición a la guerra de Vietnam, su pacifismo militante y sus originales performances lo situaron más allá de la música, aproximándolo a una especie de santidad laica. Aunque algunas biografías han cuestionado esta interpretación, aireando sus flaquezas y sus miserias, el apego al mito ha prevalecido sobre cualquier intento de rebajarlo. Mientras tanto, la figura de Paul se ha mantenido en el plano de los mortales. Nadie ha negado su talento musical, pero su celebridad nunca ha disfrutado de una connotación mítica. Simpático, sencillo y avispado, podría ser el hijo de un vecino de escalera. Su éxito colosal produce asombro y quizás envidia, pero la fama no lo ha transformado en una leyenda. Podría ser el yerno perfecto, cariñoso y atento o, sencillamente, la estrella que no ha olvidado a sus amigos. ¿Verdaderamente es así? ¿Lennon debe ser recordado como un genio que ha trascendido el terreno de la música, y McCartney como un brillante compositor, pero con una mente mucho menos inspirada y una trascendencia artística notablemente menor?
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