ENSAYOS
La pandemia, los expertos y los políticos
por Francisco Bello

En el último siglo ha aumentado el peso de los expertos en la resolución de las crisis. Pero esto presenta más dificultades de lo que parece.  Presuntamente, una autoridad científica ha de ser independiente. A la vez, ha sido reclutada por políticos que deben responder ante la ciudadanía. El equilibrio es complicado. Durante la reciente pandemia, el asesoramiento de los especialistas ha contribuido decisivamente a que se adoptara la decisión en política económica más trascendental dentro de la historia de la humanidad durante un periodo de paz: los países, con algunas excepciones, han decidido parar voluntariamente la mayor parte de su actividad económica y aislar a sus poblaciones en sus casas. ¿Balance? Analizaremos en qué han fallado los modelos usados para estudiar la pandemia y el papel cada vez más político y menos científico de quienes los auspiciaban.  Los dos factores combinados han ido erosionando, de forma gradual pero inexorable, la confianza que la sociedad tiene en lo
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La COVID-19 y las arrogancias de la filosofía
por Ernesto Castro

La COVID-19 nos ha ofrecido una situación inmejorable para comprobar el bajísimo nivel de la filosofía contemporánea. Cientos —quizá miles— de filósofos han escrito o hablado sobre el coronavirus y, la mayoría de las veces, el resultado ha sido entre trágico y esperpéntico. Se ha constatado la nula formación virológica e informática que tiene el grueso del gremio filosófico, con tantas dificultades para impartir docencia telemática en tiempos de distanciamiento social y tan predispuesto a departir sobre asuntos de los que no tiene ni idea. El hecho de que, durante lo más crudo de la pandemia, en abril y mayo de 2020, la Enciclopedia Stanford de Filosofía —algo así como el Rincón del Vago filosófico mundial— publicase tres nuevas entradas sobre temas como la «Ética de la robótica y la inteligencia artificial», la «Filosofía de la biomedicina» y la «Resistencia imaginativa» añade un toque irónico delicioso a esta situación.
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La sombra de Miguel Delibes es alargada
por Rafael Narbona

El 17 de octubre de 2020 se cumplen cien años del nacimiento de Miguel Delibes. Su obra aún goza de prestigio, pero se lee poco, supuestamente porque ha quedado anticuada. Su realismo, a pesar de innovaciones puntuales, parece de otra época, cuando los pueblos y las pequeñas ciudades eran el horizonte de la mayoría de los españoles. Su afición a la caza menor le aleja aún más de las nuevas generaciones. Para muchos, Delibes ha envejecido mal y tiene pocas cosas que decir a los más jóvenes. Creo que es un juicio injusto y equivocado. La obra de Delibes anticipa muchos aspectos de nuestro presente: la creciente deshumanización de las relaciones personales en los grandes espacios urbanos, la epidemia de soledad derivada de la incapacidad de establecer vínculos duraderos, la degradación de la naturaleza por su explotación irresponsable, la crisis de los valores morales y espirituales alentada por un creciente nihilismo, la destrucción de la intimidad por el desarrollo de una tecnología que penetra en todos los ámbitos, la manipulación de las conciencias por los medios de comunicación de masas, las intolerables desigualdades que arrojan a la marginación a miles de personas, el menosprecio de los ancianos y los enfermos, la necesidad de superar el trauma colectivo que supuso la Guerra Civil («la gorda», por utilizar la expresión empleada en Madera de héroe). Podemos decir que Delibes fue un visionario en su crítica de la modernidad, no un nostálgico del pasado, y un español que comprendió la urgencia de sanar las heridas abiertas por la confrontación entre las dos Españas. Dos Españas que solo pueden interpretarse como una inaceptable mutilación de lo que debería ser una nación con una mirada crítica sobre su pasado y una apertura permanente hacia un porvenir de concordia y prosperidad.
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«Famélico estáis. Es que no como»
Sobre la necesidad de la cultura y del museo
por Fernando Checa

La actual situación de emergencia sanitaria a nivel global ha reabierto el viejo debate en torno a la necesidad y perentoriedad de la cultura en una situación de crisis económica. Se trata de una cuestión que va más allá de los problemas en torno a su financiación, aunque, finalmente, siempre acabe concretándose en términos económicos. Dada la amplitud del tema nos centraremos en uno de los ámbitos más significativos de la cultura en los tiempos actuales, como es el de los museos de arte, aunque sin perder de vista, como haremos al final, una perspectiva de carácter general.
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Vértigo en el Liceu
por Anna Grau

—Tant queixar-se d’en Franco, tant queixar-se d’en Franco… Si et portes bé, no et passa res…

Este es mi padre acabando de cenar. Mi madre pela una naranja y calla. ¿Cuánto tendría yo entonces, siete años? Sé que tenía ocho cuando Franco se empezó a morir. Por la tele empezaron a pedir todas las noches que España rezara por él. A mí rezar no se me daba mal, lo hacía desde pequeña en la cama con mi madre: un padrenuestro, un avemaría y la oración del ángel de la guarda. Todo en catalán, como es natural.
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Renta básica, mínima y sus parientes
por Luis M. Linde

Introducción

Hace ya más de tres décadas, en 1986, en un contexto político y académico de crecientes dudas y críticas sobre el estado del bienestar construido en los países occidentales después de la Segunda Guerra Mundial, Philippe van Parijs, profesor de Ética Económica y Social en la Universidad de Lovaina, y Robert J.van der Veen, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Amsterdam, lanzaron, en un artículo titulado «Una vía capitalista al comunismo», una propuesta provocativa que Van Parijs refinó y completó en 1995, en su libro Libertad real para todos.

Si el Estado del Bienestar se había ido construyendo —puede retrocederse hasta Bismarck, como es bien sabido— en torno a sistemas de ayudas condicionales, es decir, dirigidas a colectivos que sufrían situaciones de pobreza, enfermedad, necesidad o abandono bien determinadas, la propuesta de los dos profesores daba un giro de 180 grados: sustituir el entramado de ayudas condicionales por una «renta básica universal» de la que serían beneficiarios, incondicionalmente, todos los ciudadanos por el hecho de serlo, del modo análogo a como es incondicional para los ciudadanos de un país, por ejemplo, la obtención del documento de identidad o el derecho de voto.
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Francisco Ayala, a la fecha
por José-Carlos Mainer

El marbete de «escritores del exilio de 1939» tiene tanta legitimidad histórica y emocional como imprecisión taxonómica. Define una circunstancia, pero no acota nada en términos de historia literaria. Lo señaló con rara lucidez uno de los concernidos por ese marbete, Francisco Ayala, en un artículo titulado «La cuestionable literatura del exilio» (Los Cuadernos del Norte, 1981). Y, sin embargo, a varias generaciones de intelectuales españoles nos ha servido para reconocer una de las más dramáticas consecuencias de la Guerra Civil y para entender mejor lo que el franquismo tuvo de excluyente y vengativo. Para quienes, bien a su pesar, se vieron marcados por el signo de la extraterritorialidad física, la condición de desterrados se convirtió en tema de su obra y vivieron en diálogo apasionado e ingrato con aquella amputación de su presente y quizá de su futuro. Otros, los menos, intuyeron que el alejamiento era una oportunidad de rehacer su vida, a menudo en horizontes más ricos e incitantes que los que habían dejado atrás.
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Murakami: Fan Service
por Ismael Belda

Para quienes nos gustan sus novelas –o, al menos, algunas de sus novelas–, Haruki Murakami puede ser un escritor difícil de defender. Sus dotes como prosista son, en el mejor de los casos, modestas; sus tramas tienen tendencia a lo espontáneo, deslavazado y simplista; sus diálogos parecen hechos de obviedades y pleonasmos, y sus intentos de sentido del humor no son convincentes, al menos en español y en inglés. Es, seguramente, el escritor vivo más odiado. En parte porque tiene mucho éxito (nadie odia a los escritores a los que nadie lee), pero, sobre todo, porque en sus libros hay algo que se presenta poderosamente como «no literario». Aun así, suele tener buenas críticas, es uno de los escritores mimados de revistas como The New Yorker y su nombre lleva años sonando para el premio Nobel.
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Amor indecible
por María Tausiet

¿Es mejor confesar o mantener oculta la pasión amorosa?Este ensayo se enmarca en el proyecto CIRGEN, financiado por el European Research Council (Horizon 2020/ERC-2017-Advanced Grant-787015). Según una larga tradición literaria, el amor secreto sería el más puro. Yendo un paso más allá, el amor unilateral que, aun sin ser correspondido, se sostiene, constante e incondicional contra viento y marea, encarnaría la virtud por excelencia. Pero, ¿se trata acaso de un sentimiento humano? Declarar el amor es el objeto de este libro, que aborda un tema clásico desde un punto de vista original. Inspirado en la literatura dieciochesca y en particular en las obras de Jane Austen, su autor, Fred Parker –catedrático de Literatura Inglesa en la Universidad de Cambridge–, nos sitúa ante algunas de las mayores dicotomías y paradojas que caracterizaron al Siglo de las Luces.
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Leszek Kołakowski, diez años despues
por Julio Aramberri

El cementerio del Este

Tenía razón Eric Hobsbawm: el siglo XX fue un siglo cortoEric Hobsbawm. Age of Extremes. The Short Twentieth Century 1914-1991, Londres, Time-Warner Books, 1995 (Historia del siglo XX, 1914-1991, trad. de Juan Faci, Jordi Ainaud y Carme Castells, Barcelona, Crítica, 2004).. Mucho más de lo que él suponía. Hobsbawm lo fecha entre 1914 y 1991, setenta y siete años, durante los cuales el acontecimiento clave fue la existencia de la Unión Soviética. Si usamos el sintagma en sentido estricto, el siglo xx se redujo a los treinta y seis años (1917-1953) en que Lenin y Stalin detentaron el poder. Tres años más tarde, en 1956, aquel enorme imperio se convirtió en un barco ebrio que pronto –pronto en términos de longue durée– quedaría a la deriva hasta convertirse en un naufragio.
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Lírica, voz y paisaje de Ignacio Aldecoa a los cincuenta años de su muerte
por Vicente Molina Foix

En una corta vida en la que sólo le dio tiempo a publicar cuatro novelas, Ignacio Aldecoa escribió muchas de las más bellas páginas de la prosa española del medio siglo xx, páginas que son fáciles de espigar en la narrativa breve y extensa de un escritor cuya fama, ya en la época en que lo leí por primera vez poco después de su muerte en 1969, se debía al dominio indiscutible en el género del cuento. Sus relatos, extraordinarios algunos, nunca perecerán, pero intriga hoy, en la relectura y la reconsideración de los antiguos prestigios, comprobar que él se consideraba, antes que cuentista, novelista de largo aliento y ambicioso programa. Sin olvidar nunca al poeta que empezó siendo públicamente en 1947.

Nacido en 1925 en Vitoria, inició en la Universidad de Salamanca los estudios de Filosofía y Letras, continuados en Madrid, ciudad adonde llegó con veinte años y en la que, descontando las temporadas estivales en Ibiza y un curso, el de 1958-1959, pasado con su mujer Josefina Rodríguez en Nueva York, viviría hasta el fin de sus días. Sus dos primeros libros publicados, Todavía la vida (1947) y Libro de las algas (1949), fueron de verso, que pronto abandonó, aun cuando la poesía quedaría, como dijo Caballero Bonald, «filtrada con metódica sagacidad en su prosa narrativa».
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Yo es otro: las políticas de identidad en los Estados Unidos
por Álvaro Delgado-Gal

La Declaración de Independencia de los Estados Unidos se resume para nosotros en el segundo párrafo, y este párrafo en tres afirmaciones lapidarias y consecutivas. La primera dice que todos los hombres son iguales; la segunda, que han sido dotados por el Creador de ciertos derechos inalienables; la tercera incluye, entre los últimos, el derecho a la Vida, la Libertad y la Búsqueda de la Felicidad. El orden auspiciado por Jefferson y ratificado trece años más tarde por los constituyentes franceses no impuso su lógica, claro es, de la noche a la mañana. Se tardó en separar el voto del nivel de renta, se tardó en suprimir la discriminación racial, se tardó en incorporar a las mujeres a las urnas. La democracia empezó siendo invariablemente censitaria (excepto por el brevísimo y estéril experimento de los revolucionarios franceses en 1792) y sólo para uso de varones (en los Estados Unidos, el sufragio se extiende a las mujeres en 1920; en España, en 1931; en Francia, en 1944; en Italia, en 1945). Pese a todo, la igualdad, en conjunto, ha ido inequívocamente a más. La discriminación en razón del género o la raza ha perdido peso en la ecuación social, y por mucho que haya repuntado el coeficiente Gini durante los últimos decenios en los Estados Unidos y Gran Bretaña, y algo más tarde en la Europa continental, resultaría extemporáneo sostener que el Estado Benefactor no ha servido para nada y que hemos sido devueltos a las rudezas del xix o del final de la Belle Époque. ¿Podemos concluir de aquí que el proceso igualitario no se ha interrumpido? El libro de Francis Fukuyama, un libro consternado, nos advierte de que contestar a esta pregunta se ha hecho, de pronto, muy complicado. Su argumento no es el convencional, a saber, que bajo la igualdad aparente se esconden formas de desigualdad pertinaces e injustas. No, el problema, para Fukuyama, no es económico sino ideológico. La cuestión, el busilis, reside en que un concepto inédito, conocido en los medios filosóficos y políticos como «identidad», ha enturbiado la propia noción de individuo y, de paso, los criterios para determinar cuándo dos individuos son iguales.
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