ENSAYOS
Un sol poble, una sociedad dividida
por Santos Juliá

Insurrección independentista; insurrección civil, pacífica pero agresiva; insurrección ciudadana; abierta rebelión; revolución nacionalista de masas; revolución ciudadana y tecnológica; golpe parlamentario que ha conducido a una revolución, literalmente; revolución que será legalista; revolución popular en las calles: no, no se trata de definiciones extraídas del auto de procesamiento de varios dirigentes del procés dictado por el magistrado del Tribunal Supremo Pablo Llarena; se trata, por el contrario, de conceptos que repiten una y otra vez Enric Ucelay-Da Cal y Arnau Gonzàlez i Vilalta, el primero destacado historiador del catalanismo político e historiador nacionalista el segundo, no menos destacado por su activismo en pro de la independencia catalana, para definir, según las impresiones que les llegan de la calle y de las instituciones de la Generalitat, lo que ha ocurrido en Cataluña durante los meses de septiembre y octubre de 2017.

No hay más salida que la derrota con honor o el éxito: cualquier otra sería tomada como una rendición, sostiene el ciudadano Gonzàlez i Vilalta, añadiendo que, aunque parezca al revés, la Generalitat posee una gran fortaleza para que esta insurrección ciudadana o esta rebelión abierta triunfen, como muestra el hecho de que Carles Puigdemont y su gobierno se hayan «saltado decenas de sentencias, avisos, interlocuciones, la Constitución, el Estatuto, las fiscalías, las audiencias y… siguen en sus cargos». 
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La paradoja constitucional hispana
por José María Ruiz Soroa

En una conferencia pronunciada en el Senado con motivo de la conmemoración de los veinticinco años de la Constitución, el hispanista Sir John Elliott constataba que «para un historiador de la España de los siglos XVI y XVII [...] la característica más sorprendente de la España posterior a 1978 es la vuelta a un sistema político parecido en rasgos generales al de la monarquía española bajo la dinastía de los Austrias». Un tal retorno al austracismo histórico constituía, desde luego, un fruto inesperado en un régimen institucional nacido de una Constitución que, ante todo, se presentaba en 1978 como un texto racional normativo. No como una ordenación nacida de la facticidad histórica y sus contingencias, sino como una impulsada por un esfuerzo racionalizador consciente y deliberado para crear un nuevo orden de convivencia. Paradójico: arrancando de la ley como razón común, habríamos llegado en España a la ley como prescripción de la historia particular. Un retorno muy propio de un país en cuya evolución política la verdad de la historia ha tenido un peso elevado, no tanto por su propia fortaleza como por la tradicional debilidad de la verdad de la razón.
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John Ford, los dos lados de la epopeya
por Rafael Narbona

El año próximo se cumple el 125º aniversario del nacimiento de John Ford. Cuestionado en los años setenta, actualmente nadie pone en duda su talento cinematográfico. Cabe preguntarse cómo le gustaría ser recordado. ¿Como un genio artístico o un artesano? ¿Cómo el poeta de la epopeya del Oeste o como un director con distintos registros? Yo creo que le habría gustado ser recordado como auténtico bastardo. Nunca le agradó que lo llamaran poeta o artista. Siempre repitió que su trabajo consistía en hacer películas del Oeste y que su única motivación era cobrar un cheque que le permitiera abastecerse de puros y güisqui, pero casi nadie le tomaba en serio. Todos los que participaban en sus películas advertían su grandeza como director y aguantaban como podían sus bellaquerías. Aficionado a maltratar a los actores con inaudita crueldad, sus comentarios hirientes y, en ocasiones, sus agresiones físicas, no lograban disipar la admiración que despertaba su talento. Thomas Mitchell, que trabajó a sus órdenes en Huracán sobre la isla (The Hurricane, 1937), La diligencia (Stagecoach, 1939) y Hombres intrépidos (The Long Voyage Home, 1940) no se mordió la lengua al describir su forma de dirigir: «El peor hijo de puta que he conocido nunca. Es un tirano. Pero me arrastraría por esas malditas rocas a pleno día con tal de volver a trabajar con él». Mitchell se refería al rodaje de La diligencia en Monument Valley, donde actor y director intercambiaron sarcasmos y desplantes. John Wayne –por entonces, un rostro habitual en las películas de serie B− ya se había acostumbrado a los gritos y las humillaciones, pero Mitchell, que poseía una larga experiencia como actor teatral, no se dejaba intimidar. Harto de las imprecaciones de Ford, se encaró con él y le dijo: «De acuerdo. Vi María Estuardo». 
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Mayo del 68: París y Barcelona
por Guillermo Carnero

Al intentar precisar la relación entre la España de la séptima década del siglo XX y los sucesos del llamado «Mayo francés», me viene a la mente la pregunta de Sócrates en el Protágoras acerca del conocimiento y su transmisión: si es preferible emplear un discurso racional, o la narración de una historia. A mi modo de ver, quien ha sido testigo y partícipe (aunque minúsculo) de un hecho histórico tiene recuerdos que merecen ser narrados cuando aportan una experiencia personal que excede la anécdota.

La historia que cuenta Sócrates es de gran alcance: habiendo recibido Epimeteo y Prometeo el encargo divino de dotar de distintas facultades a los seres vivos, quedó el hombre inerme y desprotegido, privado de garras, dientes mortíferos, pelaje grueso y alas, e inferior en resistencia y velocidad en la carrera y el salto. Entonces Prometeo le concedió en compensación la inteligencia y el fuego. Es en verdad uno de los mitos más abarcadores que existen. ¿Podemos aplicar la epistemología del Protágoras a los acontecimientos cuyo cincuentenario conmemoramos en estos momentos?
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Stalin: esperando a Hitler
por Stanley G. Payne

Cuando hace tan solo tres años, en 2014, apareció el primer volumen de la monumental trilogía de Stephen Kotkin sobre la vida y las políticas de Stalin, quedó claro que esta obra sería una de las más exigentes de entre todas las numerosas biografías de los dictadores del siglo XX. Las dimensiones del proyecto son impresionantes. El primer volumen había cubierto la vida de Stalin hasta su quincuagésimo primer cumpleaños en 1929 y se extendía durante casi novecientas páginas con un cuerpo de letra cada vez más reducido, con las notas al pie compuestas en páginas de triples columnas y texto muy compacto. El segundo volumen sigue el mismo formato, pero es incluso más largo. Casi un millón de palabras integraban el primer volumen, mientras que las casi mil doscientas páginas del segundo contienen bastantes más de un millón.

La investigación es exhaustiva. Kotkin parece haber consultado todos y cada uno de los documentos disponibles y ha examinado todo lo que escribió Stalin que se ha conservado, así como todo aquello que está documentado que dijera. También ha estudiado lo que Stalin leyó, e incluso lo que subrayó con lápices azul, rojo y verde en documentos de Estado. El empleo de la literatura secundaria es muy abundante, aunque no exhaustivo. En algún sitio hay que poner el límite.
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