Hay tantos libros como tipos de personas. Los hay que iluminan, los hay que destrozan y también los hay que aburren. Vallesordo pertenece a una categoría inusual: la de los libros que rescatan partes de nosotros mismos que creíamos perdidas para siempre en algún rincón de la memoria. No hay que confundirlo con esas obras que nos acercan a una realidad difícil de comprender o que nos muestran una perspectiva vital aún no contemplada. No. Vallesordo es un recuerdo destilado.
Jonathan Arribas consigue traernos de vuelta a la infancia a través de la mirada de Nico, un niño que vive en un pequeño pueblo castellano llamado Vallesordo. Su mundo lo habitan Abuela, su madre, su padre, Tía Justi y algún que otro adulto más de carácter estricto y problemas complejos. Tan complejos que para Nico son más bien nubarrones sueltos en una tarde de verano; su sombra acecha, pero no impide la luz. Él tiene la cabeza en asuntos más importantes: la final de Fama, su programa de baile favorito; los ratos que pasa con Izan y Telma, sus mejores amigos; o la búsqueda de latas de Coca-Cola que convertir en tacones para bailar bumbumplac, cadera y melenazo.
Arranca la novela con una pregunta directa y aparentemente sencilla: «¿Tú sabías a los doce años cuál era el verano más importante de tu vida?». Y digo aparente, porque la mayoría de niños de doce años no podrían contestarla. A los doce años, y en las edades que los anteceden, todo es a la par crucial e insignificante. En mi caso, me resultó tan trágico que las niñas del campamento me acusasen de tener piojos como el divorcio de mis padres.
Y ahí la maestría. Jonathan Arribas construye con total veracidad la consciencia de un niño para el que asistir al casting de sus sueños tiene más peso que las tragedias familiares, ya que en el programa de baile encuentra la comprensión adulta de la que carece en su entorno. En la novela, los personajes infantiles actúan ajenos a la lógica de los mayores. A través de Nico, Izan y Telma, rescatamos certezas perdidas, como que ponerse camiseta de manga corta acelera la llegada del verano. Mediante su mirada nos libramos de prejuicios y culpas: aunque Nico no se atreva a besar a su amigo Izan, en ningún momento se castiga por desearlo. Simplemente es lo que hay, igual que los problemas de salud mental de su madre, a los que no da especial importancia aunque le afecten de forma directa:
Mi madre no contestó y subió el volumen del Candicras, que a veces discutían por eso, porque abuela se encabritonaba con el titiriritirí titiriritirí y después acababan dando unas voces que se oían en todo el pueblo y alrededores. A mí tampoco me gustaba el sonido ese, aunque ya no le decía nada, porque un día se lo dije y me dio una colleja de las que duelen. Me acuerdo que ese día salí corriendo en cuanto se levantó del escaño, pero fue peor, porque como no me dejé pillar se enfadó más todavía, y me insultó por todo el corral hasta que me agarró, y pumba. Se lo conté a abuela a ver si me defendía, pero no me defendió, sólo le dijo oye, en la cabeza no le pegues.
Vallesordo no destaca por su historia, sí por su forma de contarla. Arribas emplea con soltura una primera persona sembrada de castellanismos, coloquialismos, onomatopeyas, dichos populares y «nuevas palabras viejas», como las denomina el autor en los agradecimientos del libro. En Vallesordo los rabos de los perros se empuntian y los adultos vuelven cansutos de trabajar. No ateos, hay AntiDios, aunque al leerlo a una se le quede un poco cara de flipiflipi. También se escucha el fffftt ffffftt de Abuela al sorber el vaso, y el ggggg del váter viejo tras tirar de la cadena, y el quilínquilín del monillo que acompaña una anécdota de Tía Justi sobre el marido que se suicidó. La apuesta por el lenguaje oral se ve reforzada con el ritmo pausado de la trama, en sincronía con el flujo de pensamiento del narrador, reflejando fielmente la sensación de estar conversando con un niño de carne y hueso. En ocasiones también se aplica a otros personajes, sobre todo a Abuela, a quien el narrador observa con especial interés:
Abuela leyó la nota renqueando, como los de parvulitos cuando están aprendiendo a juntar las letras. Ni-co tie-ne hoy la sesi-ón de fot-os del co-legio.
La naturalidad del discurso hace imposible no encariñarse con el protagonista, cuya soledad es palpable en cada página del libro. Para recalcarla, el autor opone la despreocupación infantil a la amargura adulta. Los niños resuelven sus problemas con cuatro chillidos y alguna torta, y luego a otra cosa. Los adultos, sin embargo, se relacionan entre sí desde un lugar de desánimo, de hastío perpetuo y mano dura. Si bien es efectivo, ya que no hace falta nombrar la soledad del protagonista para mostrárnosla, en ocasiones esta aspereza resulta caricaturesca: los adultos más cercanos al protagonista —su madre, su padre y, a ratos, Abuela— parece que apenas tuvieran interés por conocer quién es realmente. Y aunque esto sea una realidad más común de lo que a nadie le gustaría, el erial de ternura sorprende por su ausencia de altibajos. En Vallesordo los niños no reciben abrazos, ni besos de buenas noches, ni expresiones de orgullo de quienes les trajeron al mundo. Se tienen a sí mismos, y punto. De hecho, el receptor de la historia de Nico no es una persona cercana a él, ni siquiera un diario. Es el taxista que le lleva y le recoge de las clases de baile pagadas por su abuela, que toma la decisión de apoyar sus sueños poco antes de perder la memoria.
En contraposición, las relaciones entre los niños están narradas con la honestidad de quien ha analizado con bisturí su propia infancia. Izan, Telma y Nico forman un trío simpático pero destinado a disolverse desde el principio. Sus intereses, sus personalidades y sus estructuras familiares apuntan a una deriva inevitable sobre la que Arribas da pistas desde el inicio, donde menciona a Paula, una amiga que no vuelve a aparecer hasta el final, confirmando así la sospecha. El ocaso de la infancia, momento en el que tomamos las primeras decisiones para definir nuestra personalidad, es inevitablemente solitario por mucho amor que a uno le rodee. ¿Cómo te vas a sentir comprendido cuando aún no te has conocido del todo a ti mismo, y quien crees ser es más bien un deseo que una certeza reforzada por la experiencia?
Vallesordo es una novela que trasciende la simplicidad de su trama gracias a un mundo narrativo rico, una voz infantil excepcionalmente lograda, y un lenguaje único. Con sencillez, Jonathan Arribas consigue devolvernos a la infancia durante un rato sin caer en clichés nostálgicos. Aún no sé si volveré a pasearme por las calles de este pueblo, pero sí que siempre llevaré conmigo ciertos recuerdos del verano más importante de la vida de Nico. A fin de cuentas, ahora, de nuevo, también son los míos.
Marina Aparicio es escritora, productora y directora graduada en Filmmaking por la University of The West of England y Máster en Gestión de la Industria Cinematográfica por la Universidad Carlos III de Madrid. Actualmente está preparando la dirección de su próximo corto, Perpetua navidad azul. En el ámbito literario, ha publicado la novela Puntos calientes (2021, ediciones en el mar) y varios relatos. También ha formado parte de las residencias artísticas de la Fundación Antonio Gala, en la modalidad de narrativa.






