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El abismo entre «tan poca vida» y «un poco de vida»

Tan poca vida

Hanya Yanagihara

Lumen, Barcelona, 2015

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A Little Life llegó a mí a través de un grupo de lectura. Como casi todos los que conozco, los grupos de lectura tienen una duración limitada. Mientras existen, llenan de conversación y de motivos para compartir. Pero encuentran su final por desgaste, por agendas, por cambios en la vida de sus integrantes o por otras razones. A ese grupo me invitaron hace cuatro años y ahora está llegando a su fin, luego del libro # 30, A Little Life fue justo el último que analizamos en grupo, en septiembre de 2023.

Ese grupo tenía dos condiciones: estaba conformado por mujeres y se leían novelas escritas por mujeres. A Little Life es un libro escrito por una mujer que presenta, sobre todo, personajes masculinos. Las mujeres son personajes secundarios en la obra, pero absolutamente estructurales en las vidas de los protagonistas. Madres, tías, abuelas, esposas, novias, cuidadoras. Es una manera de acercarse al mundo visto por las mujeres sin darles papeles protagónicos. Es una primera confrontación: la escritura femenina no tiene que ser sobre mujeres, ni ser feminista o asumir posiciones al respecto.

Algunas integrantes del grupo expresaron molestia por las descripciones descarnadas o por el exceso de dolor que se narra. Incluso una persona leyó algunos comentarios que se encuentran en internet y que van en esa línea. Para otras, fue un libro arrollador. Todos los libros son únicos, pero algunos nos trastornan o nos cambian. Yanagihara crea una vida plural completa. Muy rápidamente el lector entra en una historia de cuatro amigos, Willem, Jude, JB y Malcolm. La novela ahonda en la amistad, el afecto, el crecimiento, el abandono, la violencia, el sufrimiento, los sueños, las esperanzas. La autora va presentando a cada uno, su vida y sus sueños, su percepción de la vida, del pasado y del futuro, la memoria, la familia, la estigmatización, las penurias, el entorno. Nos hace llorar, nos hace devorarlo en poco tiempo.

Desde la amistad y el amor, en diversas facetas, se introduce al lector en la segunda confrontación: ¿proteger a un amigo es amor, afecto o egoísmo? ¿Buscamos salvar al otro o salvarnos a nosotros mismos para evitar enfrentar una pérdida? ¿Hasta cuándo, dónde o cómo cuidar y proteger? ¿Nos cuidamos o debemos cuidarnos por no hacer daño a otros, a quienes nos cuidan, nos quieren? Se trata de la confrontación de querer salvar y no comprender, pero a la vez, de cómo en la búsqueda de sentido, de reconocimiento, algunas personas aprenden a callarse, a cerrar la boca porque todo puede ir en su contra.

Se produce la reflexión sobre cómo los actos de una persona inciden en la vida de otras. Cada decisión, cada momento. Un viaje, una manera de acoger a un estudiante, a un nieto, una amiga, decidir un lugar de residencia, un estudio, una institución. Un abuso. Una mentira. Compartir o no una sonrisa, una ritualidad, mantener unas prácticas en común. «“Qué habría pasado si…” […] Las peores posibilidades involucran a otras personas. Las mejores también» (p. 562). ¿Qué somos sin eso? ¿Qué es una persona sin ese contacto e influencia? ¿Podría ser diferente?

Entre sueños e ideas, los cuatro personajes se buscan a sí mismos. Buscan identificarse, reconocerse. Para unos, eso significa romper, para otros adoptar, para otros reconocimiento y fama. JB, hijo de migrante haitiano, intenta reafirmar su identidad en la diferencia: «[los haitianos] nunca lo reconocían como uno de los suyos. Y no lo era, por supuesto. Hasta él sabía que tenía más en común con Henry Young el Asiático, Malcolm, Willem o incluso Jude que con ellos. Solo había que mirarlo» (p. 65).

Malcolm, por ejemplo, se busca en el deber ser y en la autonomía: «hacía la lista de lo que debía solucionar, y rápido, el año siguiente: el trabajo (paralizado), la vida amorosa (inexistente), la sexualidad (sin resolver), el futuro (incierto). Los temas eran cuatro, siempre los mismos, aunque a veces cambiaba el orden de prioridad» (p. 59). Por su parte, Willem, el guapo del grupo, reflexiona sobre la búsqueda de la felicidad: «Había ocasiones en que la presión por conquistar la felicidad resultaba casi opresiva, como si eso estuviera al alcance de todos y cualquier situación intermedia fuera culpa de uno. ¿Trabajaría Willem año tras año en el Ortolan y tomaría los mismos trenes para acudir a audiciones una y otro y otra vez, avanzando tal vez una pulgada cada año, un progreso tan minúsculo que apenas contaría?» (p. 35).

Finalmente, para Jude, parece que se trata de ser otro. No importa qué o quién, pero otro. Su esfuerzo por borrar el pasado lo fuerza a dudar de su presente, y mucho más de su futuro: «Sus compañeros de habitación —sus amigos— no andaban lejos, y él había sobrevivido otro día sin divulgar ninguno de sus secretos, había interpuesto un día más entre quien fue y quien era ahora. Este era un logro que merecía celebrarse durmiendo, y así lo hizo: cerró los ojos y se preparó para disfrutar de otro día en el mundo» (p. 80).

He ahí el abismo entre «tan poca vida» y «un poco de vida». El primero es la traducción oficial del título del libro. Pero A Little Life también se traduce como «un poco de vida». La portada parece una expresión de sufrimiento. Es la fotografía Orgasmic Man (1969) de Peter Hujar. Yanagihara ha contado que durante muchos años coleccionó fotografías de varios artistas, y que este libro es un ejercicio de cruce de artes, de lenguajes. Cómo puede narrarse en palabras lo que atrapa una instantánea.

JB, el artista del grupo, podría ser un alter ego de la autora. Él mira y ve. Hace bocetos. Toma fotografías sin permiso. Descubre que en sus fotografías puede congelar la inmortalidad de un instante. O lo intenta. Como hace la autora a través de las palabras, con una maestría técnica mediante la cual logra atrapar, presentar pero no develar. Si bien en todas las historias se llega a un clímax, el lector devora página tras página buscando ese momento, pero ella lo hace avanzar en la lectura, poco a poco, con pinceladas y a través de descripciones y diálogos como en la vida real, permite a sus lectores y lectoras ir poco a poco, adelante y atrás. Yanagihara es una observadora incisiva y una escritora con conocimiento, técnica, disciplina, sensibilidad, y respeto hacia sus lectores. «Un artista, al igual que un escritor o un compositor, necesitaba temas, necesitaba ideas» (p. 77). Ella es una artista que observa, refleja y expone la cotidianidad social, cultural e íntima.

Acá termino, para pasar a leer la siguiente novela de Yanagihara, To Paradise, y esperar una invitación a un nuevo grupo de lectura. Mientras tanto, me aventuro a decir que, más allá de los concursos y premios que ha recibido (finalista para el Premio Booker de ficción, ganadora del Kirkus Price de ficción en 2015, y finalista del Premio nacional del libro de ficción de 2015), A Little Life será un libro indispensable en unos 50 o 100 años para recrear y entender lo que era Nueva York en los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI. «Nueva York estaba habitada por la ambición. A menudo era lo único que todos los neoyorkinos tenían en común» (p. 36). Pero más que permitirnos adentrarnos en Nueva York, A Little Life es un libro que de ninguna manera nos deja, como lectores y lectoras, igual que antes de tenerlo en nuestras manos.

Ana María Corrales estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Los Andes, Colombia; una Maestría en Ciencias de la Educación en la Universidad de Sherbrooke, Canadá; y una Maestría en Gobierno y Administración Pública en la Universidad Menéndez Pelayo, en conjunto con el Instituto Universitario Ortega Marañón, España. Durante 10 años fue profesora de Español y Literatura. Desde 2009 ha trabajado en temas de desarrollo y paz. Es autora del libro Cuando te borra y ha publicado ensayos y columnas de opinión.

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Dos hombres en las cataratas de Belmore, Australia. Imagen: Jacky Zeng
Dos hombres en las cataratas de Belmore, Australia. Imagen: Jacky Zeng

Ficha técnica

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