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La naturaleza, ¿enemiga o aliada del ser humano?

Contra la naturaleza

Lorraine Daston

Herder Editorial, Barcelona. 2020

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«¿Por qué los seres humanos, en muchas culturas y épocas diferentes, consideran de forma generalizada y persistente que la naturaleza es una fuente de normas para la conducta humana?».

En Contra la naturaleza, Lorraine Daston, directora emérita del Instituto Max Planck de Historia de la Ciencia en Berlín —premiada con el Pfizer y el Dan David—, pretende dar respuesta a este interrogante desde una renovada antropología filosófica. No es extraño por ello que comience —y termine— el ensayo citando la antropología de Immanuel Kant. Del filósofo prusiano, Daston quiere conservar «su espíritu», esto es, el estrecho vínculo entre humanidad y racionalidad, pero «no la letra»: pretende indagar en una razón específicamente humana, rechazando cualquier semejanza con el mundo animal, extraterrestre y hasta angelical que pudiera adquirir esta facultad en su abstracción universal.

Así, aunque la autora cuestiona la validez de la «falacia naturalista» —que consiste en el empeño del ser humano de imponer los valores que encuentra o imagina en la Naturaleza—, también explica su aparente necesidad,. Daston retoma ahora, con nuevos bríos, la temática de las Lecciones que impartió en la Universidad de Harvard («The Tanner Lectures on Human Values»), en 2002. En ellas, a través de un método genealógico y fenomenológico, registra históricamente el nacimiento y la muerte de intuiciones y suposiciones del ser humano que sitúan a la Naturaleza como fuente de normas y referente explicativo de la realidad. Su enfoque transita desde el escepticismo del capítulo inicial, titulado «¿Cómo se convierte el “ser” en “deber ser?», hacia una suerte de reduccionismo kantiano en su capítulo final. Dado que tan solo somos capaces de conocer los fenómenos tal y como se presentan a nuestros sentidos, pero no las cosas en sí mismas, los seres humanos apelamos a la naturaleza para justificar nuestras acciones. Esta apelación al orden natural, aunque sea a menudo superflua respecto del orden moral, nos ayuda en nuestras reflexiones y nuestras acciones, por mucho que el escéptico más descarnado insista en que la infinidad de órdenes naturales existentes hace de la falacia naturalista algo arbitrario y, por tanto, inconcluyente.

La autora dedica los tres siguientes capítulos del libro a otros tantos órdenes naturales a los que el ser humano ha apelado desde antiguo. Son las naturalezas que denomina «específicas», «locales» y «universales». Las primeras hacen referencia a las que consideramos las esencias de las cosas, esto es, sus formas características, sus propiedades y tendencias. Las naturalezas locales, por su parte, conciernen a los aspectos propios de cada paisaje, como el clima, la geología, la fauna y la flora. Se incluyen también aquí las tradiciones y costumbres de las gentes que configuran, en mayor o menor medida, un conjunto armónico. Por último, las naturalezas universales, con sus leyes uniformes, representan el orden máximo en el imaginario humano. Constituyen una novedad histórica fruto de la revolución científica, apadrinada por Descartes o Boyle en el siglo XVII.  Al contrario de lo que sucede con las naturalezas específicas o las locales, en este caso, su carácter universal las hace en principio inviolables. En el ámbito de la ciencia, la newtoniana Ley de Gravitación universal ejemplificaría este orden natural universal. En política, por su parte, su correlato lo constituye la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, de finales del siglo XVIII.

Lo fundamental de esta clasificación es que subraya la estabilidad y continuidad que producen estos ordenes naturales en el desenvolvimiento del ser humano. No obstante, Daston se pregunta: si la naturaleza es materia no pensante —inquiere—, ¿cómo es capaz de «obedecer» leyes que requieren un asentimiento consciente?

Para dar respuesta a esta pregunta, en los capítulos quinto y sexto, Daston se centra en el ámbito de las emociones humanas. Llama «pasiones de lo antinatural» a las perturbaciones morales que surgen de la ruptura del orden natural. En el caso de las naturalezas específicas, los monstruos resultantes de la violación del orden reproductivo de las especies producen horror. El quebrantamiento de las naturalezas locales, como en el caso de las catástrofes naturales, genera terror, mientras que en el plano moral suscita confusión e indignación, al revocarse las costumbres establecidas mediante actos libres de la voluntad y autónomos. En último lugar, la violación de las leyes naturales universales concita el asombro, como en el caso de los milagros. Por su rareza e intensidad, estas pasiones antinaturales tienen un carácter simbólico y regulatorio, ya que «contribuyen a afilar los perfiles de los diferentes tipos de orden natural que vigilan» y «ofrecen intuiciones sobre las fuentes de otras intuiciones morales fundamentales», como la indignación o la ira.

Los tres capítulos finales del libro conforman propiamente una antropología filosófica. En ellos, Daston presenta la normatividad del ser humano como la condición de posibilidad para deducir un conjunto de normas de cualquier orden natural. El carácter descriptivo y prescriptivo de las normas junto con la actitud natural del ser humano de reconocerlas y comprender su fuerza, justifica lo que denomina «la mansión del debería», esto es, la necesidad colectiva de disponer de un orden coherente que oriente y dé confianza a una comunidad capaz de sustentar promesas y predicciones. La explicación histórica y evolutiva de las normas —se lamenta— ha descuidado tradicionalmente esta condición apriorística y radical del ser humano, lo que ha desfigurado el relato.

La naturaleza, por supuesto, no entiende de normas ni de leyes. El ser humano le impone un orden del que carece. De este modo, la «falacia naturalista» es un hecho consumado: los humanos antropomorfizamos la naturaleza como referente en nuestros juicios morales y lo hacemos por su familiaridad y por ser depositaria de todos los órdenes posibles e imaginables. La gran variedad y cercanía de los órdenes naturales —«tan palpables como las rocas»— los hace más aparentes y, por tanto, preferibles a los órdenes sociales, religiosos o artísticos, más difusos y difíciles de representar. Está en nuestro código genético y social actuar así. No hacerlo sería ir —como apunta el título del ensayo—contra natura.

Antonio Gil es licenciado en filosofía por la universidad de Essex.

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Imagen: Jay Mantri
Imagen: Jay Mantri

Ficha técnica

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