Una casa en la sierra. Los recuerdos que sobreviven a las fotografías

Las formas del olvido

Marc Augé

Barcelona, Gedisa, 1998

112 págs.

Vidas minúsculas

Pierre Michon

Barcelona, Anagrama, 2021.

208 págs.

En la casa hay una foto de mamá a los 15 años —o esa edad cree que podría tener—. Una foto donde está acompañada de tres amigas del colegio. Se reconoce a ella y señala a otra compañera. Alguien que, poco tiempo después de tomada la foto, nunca más volvió a ver. Intuye que vino a Lima, pero en realidad no lo sabe. Desapareció por completo del pueblo. 

Es algo inusual. Los personajes de sus fotos casi siempre regresan en fotos posteriores. Chacos es un pueblo pequeño, de un flujo de vida común en sus habitantes. Las personas de una misma generación comparten todas un mismo colegio, uno que luego terminan o dejan —antes más que ahora—; alguno buscará la forma de continuar con su vida dentro del pueblo y los otros, la mayoría, lo abandonará. Se irán por periodos largos para solo regresar paulatinamente. Las fiestas son los momentos estelares del año, así que una forma de medir el paso del tiempo es reparando en los rostros de las colecciones fotográficas. Rostros que se repiten en los intervalos de una fiesta a otra. 

Jesusa no es uno de esos rostros. Tímida, humilde, un poco más alta que mi madre, y parte también de la banda del colegio. Jesusa Jesús Valle es —o era, quizás— natural de Escurrumi, pueblo aledaño a Chacos que no contaba con escuela propia. Por ello, sus padres decidieron que lo mejor era separarse de su hija y dejarla viviendo con sus abuelos. Jesusa tocaba el tambor en la banda y no era una estudiante sobresaliente. En esta versión de su historia, donde es un personaje secundario, su timidez le ha impedido conservar en una memoria ajena grandes frases o una actuación memorable. Pero es la protagonista de una foto en el álbum familiar de su compañera de colegio. Fotos que fueron tomadas por la cámara del profesor Javier, el cual decidió comprarla en la ciudad para fotografiar el pasacalle de sus alumnos por Fiestas patrias. Dos de esas fotos fueron regaladas a mi madre. Jesusa también debió recibir algunas. Quizás aún las conserva, imágenes del pueblo que habitó hasta cuarto de primaria —antes que sus padres regresaran y se la llevaran—, con compañeras de las que no sabe cómo continuaron sus vidas.

El olvido

Las fotografías resguardan el pasado, pero el tiempo sigue su curso sobre nosotros. En las colecciones de fotos están los recuerdos que no visitamos. Raras veces alguien se sienta en la sala de su casa para abrir el viejo álbum familiar. Pocos están listos para un ejercicio tan desgastante. Escenarios abandonados, personas ausentes, episodios olvidados. El retorno a los días felices, aunque también, a la añoranza y a la tristeza recapturada.

Sin embargo, es una idea muy común y extendida pensar en el pasado como un tiempo mejor. Las armas de la nostalgia generan una certidumbre de unos años donde éramos mucho más felices; pero si empleamos la sinceridad con nosotros mismos, es bastante complicado encontrar en el retroceso de nuestras fotos esos episodios que con tanta ansiedad, y seguridad, buscamos. A lo mucho, la búsqueda termina en el encuentro con escenas borradas casi por completo de la memoria. Escenas que una fotografía revive y aviva.

En la casa aún sobrevive la foto del primer puesto que tuvimos en Lima. Un bloque pequeño, no más de 3×3 de tamaño, ubicado en un extremo de San Juan de Lurigancho. Puede que se deba a que es un recuerdo de la adolescencia del primer hijo. Su primera responsabilidad siendo el protagonista en la ciudad; por eso está ubicado en el centro de la foto, esbozando algo cercano a una sonrisa. Su juventud ayuda a ubicar el tiempo: sus rasgos menos acentuados, su delgadez, su piel aún quemada por el sol del campo. Una fotografía destinada a ser una postal enternecedora. Pocos meses después, un incendio traería abajo todo el rústico centro comercial. Esa foto es el único recuerdo de esos días.

«Dime qué olvidas y te diré quién eres», escribió Marc Augé en Las formas del olvido1. ¿Qué olvidamos en las fotos de los viejos álbumes familiares? Lo primero que olvidamos son las emociones. El conjunto exacto de emociones que se activaron en ese preciso momento del tiempo. ¿Se supone que deberían estar relacionadas con la alegría? En un sentido lógico es lo adecuado. De otra forma, ¿por qué deberíamos atesorar un momento triste? ¿Por qué permitir que ocupe un lugar en la casa años después de ocurrido? ¿Por qué redescubrirlo y no botarlo a la basura? O quemarlo.

¿Necesitamos también preservar las tristezas? Quizás sería necesario recomponer nuestros álbumes de fotos. Separar la paja del trigo. La felicidad de la tristeza. La nostalgia de la melancolía. Un álbum exclusivo al buen pasado y otro, al fondo del pasillo que sirve de almacén, a los malos recuerdos. Esto haría más amigable la visita a estos duros bloques de memoria; pero, aunque intentemos, algún detalle terminará por estropear nuestra fantasía. Alguna fachada empobrecida, alguna vejez prematura que se borró con los años posteriores, la ausencia de alguien, la mirada, la pose.

Ni la felicidad ni la tristeza llegan a ser universales en la mayoría de las fotos. Conviven entre ambas, escondiéndose en los pequeños detalles; acechando en la memoria. En esta foto que sostengo ahora alguien está sonriendo —lo cual no es siempre algo a tomar en cuenta—. En su mirada hay extrañeza e incomodidad. Apura una pose que la persona de la cámara le pide que haga. Es el momento de captar el instante, de pararse en medio y cuadrar bien los hombros, de apoyarse en el repostero de la cocina, de mojarse el cabello con agua: son los 17 años y durarán poco, y necesitan ser inmortalizados. Lo reconozco y no creo que piense en estos años muy seguido. No creo que quiera ver la foto una vez más.

Aunque no se puede saber si en los años futuros cambie de opinión.

La reconstrucción

Es una confortable ilusión imaginar un lugar donde encontremos en imágenes toda la historia de nuestra vida familiar. Como si las vidas pasadas se encontraran en un catálogo de episodios. Debe haber personas con episodios que datan desde los tatarabuelos hasta el último de los hijos. Deben existir árboles genealógicos resguardados con esa entereza. Pero no es lo habitual. En nuestras historias hay temporadas más completas que otras, episodios faltantes, personajes sin rostro. En ese sentido, buscar en el pasado es reparar en la ausencia.

Pierre Michon buscó llenar estos huecos de la biografía de sus antepasados en su novela Vidas minúsculas2. Para ello, empleó sus recuerdos, algunos objetos heredados, archivos, conversaciones, pero también especulación. Bastante especulación. La nuestra, la vida de las personas comunes, está llena de vacíos y fechas inexactas. Desentrañar las biografías familiares es especular, dejarse guiar por el relato de los padres, creer en el punto de vista de los seres queridos. Dudar. Pero dudar casi no es una opción. Las fuentes son escasas y la duda, en este caso, improductiva.

Las únicas pistas verdaderas, si las hay, son las actas de gobierno y las fotos. En la única imagen que mi madre conserva de su padre él posa junto a mi abuela. Es un hombre bajo, de pose forzada y manos arrugadas. Aún conserva el cabello negro y la sombra de su barba es oscura. No son los últimos días, en ellos mamá lo recordará con la voz apagada y la barba blanca. No son los últimos días, pero ya luce acabado. Quizá demasiado viejo para una imagen tomada en los ochenta —es la fecha que ella cree—. Pero su mirada y expresión calza con lo narrado por ella. Cálida, compasiva, con el cansancio acumulado sobre la frente y los ojos. La excepción al padre pueblerino al que se aferra después de su muerte: un hombre gentil y comprensivo, incapaz de golpear y doblegar, blando. Algo quizá demasiado bueno para los caminos agrestes del campo.

Hace pocos años uno de sus hermanos tomó la foto para crear una copia expandida y a colores. El resultado la decepcionó. La pintura resalta el rostro bronceado de su padre y da sentido a los colores de su ropa, pero modifica en algo su expresión. Es un cambio mínimo, imperceptible para la vista común, no así para alguien que interiorizó el recuerdo de sus detalles.

La nueva foto no pudo opacar la imagen original. Pese a su opacidad y tamaño, es el único recuerdo válido de la imagen de su padre.

La mayoría de las imágenes necesitan de un relato. Una narración inexacta que se apoye en las vivencias acumuladas para explicar el recuerdo congelado. O, lo que es lo mismo: una mirada del presente tratando de dar sentido al pasado. ¿Modificamos nuestros recuerdos? Creo que es más justo afirmar que en un momento los perdemos y luego tratamos de recuperarlos. Días o años después, en intervalos donde la vida va cambiando alrededor de nosotros. La persona que recupera el sentido de una vieja foto puede que ya no sea la misma persona que era al haberla perdido.

Ahora veo una casa en una foto sin fecha. Sé que es mi casa en el pueblo. Hasta hace poco pensaba que era la casa en la que pasé mis primeros años —antes de que dejemos Huánuco para emigrar a Lima—, pero mis hermanos me aclararon que solo vivimos un año en ese lugar. El escenario de los borrosos recuerdos infantiles cambia, entonces. Pierde la locación, sería más preciso. En ellos estaba en un patio —que era este patio— y caminaba y corría mirando en el exterior de una casa —que era esta casa. Quizás puede que no hayan sucedido, que cierta impresión al descubrir la imagen haya maquinado una escena para justificarla. O puede que sí y no sea este patio. Es difícil saberlo, antes todas las casas se parecían en Santiago de Chacos.

Augé remarcó la importancia del olvido en la edificación de los recuerdos —«Los recuerdos son moldeados por el olvido como el mar moldea los contornos de la orilla»3—. De alguna manera, lo que aún recordamos ha prevalecido sobre todos los demás recuerdos. El olvido talla los hechos puros para darle forma a la memoria. Para darle un sentido al pasado. Para darle un sentido a las fotos de los viejos álbumes familiares.

Agustin Ricci Upayacu (1997) es periodista y comunicador social por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos.

  1. Marc Augé, Las formas del olvido, Barcelona, Gedisa, 1998, pág. 24. ↩︎
  2. Pierre Michon, Vidas minúsculas, Barcelona, Anagrama, 2021. ↩︎
  3. Marc Augé, Las formas del olvido, Barcelona, 1998, pág. 27. ↩︎

Memories. Imagen de Debby Hudson
Memories. Imagen de Debby Hudson

Ficha técnica

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