En busca de la identidad perdida


Guerra del tiempo y otros relatos.El recurso del método. El arpa y la sombra. Concierto barroco
ALEJO CARPENTIER
Biblioteca Alejo Carpentier, Alianza, Madrid, 1998


La consagración de la primavera
ALEJO CARPENTIER
Castalia, Madrid, 1998


El siglo de las luces
ALEJO CARPENTIER
Seix Barral, Barcelona, 1998

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¿Qué se puede escribir que no haya sido escrito ya sobre Alejo Carpentier? ¿Cómo establecer algo parecido a un balance sobre esa estatua del comendador de la literatura latinoamericana, esa vaca sagrada inamovible, el escritor culto por excelencia, el maestro de la novela épica, el que logró brindarle sus letras de nobleza a América Latina, integrando al subcontinente en el marco de la historia universal? ¿Cómo realizar una semblanza política o personal, a los dieciocho años de su muerte, cuando no se tuvo el privilegio de conocer al autor?

Eso no es del todo cierto, en realidad. Yo vi a Carpentier en una ocasión, en París. Fue la primera y la última vez, en vísperas de su fallecimiento, la tarde anterior a aquel 24 de abril de 1980. Era en uno de los interminables pasillos de la Unesco, durante el transcurso de una semana dedicada a la cultura cubana. Carpentier caminaba solo. Yo me había sentado a observar al gran escritor como se observa un monumento, intentando imaginarme lo que le estaba pasando entonces por la cabeza. De repente titubeó, llamó a su esposa, Lilia, y alcanzó a apoyarse en ella. Esa noche yo tuve el presentimiento de que se iba a morir. Y fue lo que ocurrió.

El monumento erigido desde entonces a Alejo Carpentier se me fue desmoronando poco a poco, al igual que el político y el hombre. Recuerdo que los actos de la Unesco se desarrollaban en el mismo momento en que decenas de miles de cubanos tomaban el camino del exilio hacia la Florida a través del puerto del Mariel. Para mí fue todo un símbolo. Era una putrefacción de la primavera, no su consagración. Los acontecimientos estaban acabando con lo que fue la esperanza proclamada del escritor. La Historia, a la que él había querido darle un sentido, siempre positivo, siempre progresista, se manifestaba en una dirección contraria, sin respeto alguno hacia la estatua del comendador.

A lo largo de sus relatos y novelas y, también, de sus escritos teóricos, perfectamente complementarios de su obra de ficción, como si fueran una mera prolongación de ella, Alejo Carpentier procuró encontrar su lugar y, por ende, el de Cuba y el de América Latina, en la historia. Más que su lugar, su identidad. En su relato «Semejante a la noche», la guerra de Troya viene a ser, finalmente, la misma guerra que la conquista de América o que las cruzadas. Poco importan las diferencias de épocas y de contextos (una noción, sin embargo, fundamental en su teoría). En otro de sus relatos cortos, «Los advertidos», los mitos llegan a fundirse uno con otro, concretamente el del viejo Amaliwak, de origen americano, con el universal y bíblico de Noé: una aplicación a la literatura de las teorías de Lévi-Strauss. Pero lo más significativo tal vez sea aquel personaje de Los pasos perdidos que, en medio de la selva, era capaz de recitar, en griego, la Anábasis de Jenofonte. La cultura, para Carpentier, estaba allí donde menos se esperaba uno encontrarla.

Hay algo patético, sin embargo, en esa búsqueda desesperada de la identidad y en la afirmación de su importancia universal. Como si el proceso no fuera natural, como si Carpentier, a través de la cultura y de los mitos, tratara de resolver su propia dualidad existencial, un pie en Europa, otro en América. Por eso, casi todos sus personajes efectúan un constante vaivén entre ambos continentes. En América está el paraíso perdido, el de Rosario en Los pasosperdidos, pero en Europa, ¡ay!, en Europa está la legitimación del propio escritor, está la tragedia y está la historia, las dos últimas íntimamente mezcladas.

Tan mezcladas como las revoluciones frustradas, por ejemplo la guerra de España, y las victoriosas, como la cubana, naturalmente, unidas a pesar del tiempo y la distancia en el libro que fue considerado, desgraciadamente, como el testamento político de Carpentier: La consagración de la primavera. Y digo «desgraciadamente» porque es su libro más esquemático, más militante, el menos complejo en cuanto a la caracterización de los personajes y al desarrollo de sus dudas internas. Hay que señalar aquí la pobreza de la edición «crítica» de Julio Rodríguez Puértolas, que olvida total y absolutamente la crítica en aras de la apologética. Rodríguez Puértolas debería meditar estas palabras del biógrafo francés Alain Absire (AlejoCarpentier, Julliard, París, 1994) quien, con gran honestidad, expresa sus dudas acerca del escritor admirado: «En Alejo Carpentier, lo que más me molesta no es su compromiso como ser humano sino, más bien, el militantismo de su libro-justificación».

En cuanto a los cuatro libros publicados por Alianza Editorial (Guerra del tiempo y otros relatos,El recurso del método, El arpa y lasombra, Concierto barroco), cabe preguntarse a qué se debe esa elección arbitraria. El criterio, con absoluta evidencia, no ha sido ni cronológico ni literario. No hay ninguna explicación, ninguna introducción para tratar de dar a entender la coherencia del conjunto. Hay que felicitarse, sin embargo, de la publicación, al principio del volumen Guerra del tiempo y otros relatos, de tres cuentos inéditos, escritos probablemente en la época en que el escritor cubano mantenía fructíferos contactos con los surrealistas, que muestran a un Carpentier divertido y ligero, que prefigura al de Concierto barroco, mucho menos preocupado con la identidad y la historia, situado en las antípodas de lo épico. En el primero de ellos, inconcluso, titulado «El estudiante», escribe Carpentier: «El estudiante tenía una cita con la Albertina de Marcel Proust, a las cuatro, detrás de La Magdalena». Y así por el estilo: «…el estudiante entró en una funeraria y pidió de comer». Como se ve, antes de adentrarse en lo real y maravilloso, Alejo Carpentier quiso ser surrealista.

Por último, last but not least, queda el volumen de Ramón Chao abusivamente titulado Conversacionescon Alejo Carpentier. Ese libro es un engaño. No se trata de «conversaciones» sino de declaraciones hechas por Carpentier en distintas fechas y en distintos lugares, en ensayos o en discursos. Ramón Chao (él mismo lo confiesa en su introducción) ha realizado un compendio, una especie de antología de páginas escogidas del escritor a las que les ha agregado las preguntas. A todos los periodistas les ha ocurrido alguna vez coger declaraciones de aquí o de allá para «arreglar» una entrevista, a veces a petición del entrevistado. Confieso haberlo hecho yo también. Pero a nadie se le ha pasado por la cabeza hacer lo mismo para fabricar un libro. Las «declaraciones» de Carpentier aquí recogidas (se trata de una reedición del libro de Ramón Chao, publicado por primera vez en 1985) habían sido publicadas mil veces y, fuera de su contexto, no ofrecen mayor interés, a pesar de que el libro haya sido aprobado por el mismo Carpentier. Sólo la oralidad, fielmente transcrita, podía agregarle algo al misterio de una personalidad tan compleja, que nunca logró encontrar lo que tanto había buscado: su propia identidad.

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