Teoremas

El rescoldo

JOAQUÍN LEGUINA

Alfaguara, Madrid


La literatura es memoria pero, en los últimos tiempos, la memoria ha devenido en una fórmula literaria. Parece como si la amnesia que propicia el actualismo mediático y el ostracismo de la memorización en el aprendizaje escolar impelieran a escritores de nacionalidad y talantes diversos a recobrar lo que parecía condenado al olvido eterno. Toda pesquisa necesita un rescoldo que nutra ese retorno al pasado. Y antes de ocuparnos de El rescoldo de Joaquín Leguina saquemos a colación algunas novelas recientes donde la memoria es fórmula. A bote pronto y sin gran esfuerzo memorialístico saltan a la cuartilla Soldados de Salamina, de Javier Cercas: La meitat del'ànima (La mitad del alma), de Carme Riera; El libro de las ilusiones de Paul Auster, o las Memorias de ultratumba de Chateaubriand; y, cómo no, La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón.

Una observación: con la lógica excepción de Auster, tres de los cuatro títulos citados tienen en la Guerra Civil el acontecimiento que provoca la diáspora de los personajes condenados al olvido, la clandestinidad o el sometimiento. Y de esa fórmula nace El rescoldo de Joaquín Leguina, recreación de la España anterior a la tragedia del 36; desde los ambientes universitarios a los usos y costumbres de una mujer representativa de esa liberación sexual que se atribuye a los años republicanos. La historia de Francisca, y su relación en un triángulo sin hipocresías que le permite compatibilizar el matrimonio con su primo, el matemático Jesús Vió, y la pasión sexual por el anarquista Germinal Ors, es «el rescoldo» que llevará a su nieto Adolfo a indagar en las vidas de sus abuelos. Todo comenzará en 1952 a partir de la lectura del testamento de Vió. Su preocupación en el lecho de muerte es que «ocurriera lo que ocurriera, nunca vendieran la casona del pueblo».

Si Auster nos presenta al profesor de El libro de las ilusiones traduciendo a Chateaubriand, Leguina nos lleva a Cambridge, donde Jesús Vió se enfrenta a dos de los tres retos que marcarán su existencia: el primero es matemático y se lo plantea el profesor Lardy, el mal llamado teorema de Fermat: «No es un teorema, pues nadie hasta ahora ha conseguido demostrarlo». Y añade el maestro: «La Matemática, más que cualquier otro arte o ciencia, está destinada a hombres jóvenes». Espoleado por el reto, Vió consagrará su vida al enigma de aquel juez del siglo XVII que en sus ratos libres se dedicaba a martirizar a sus colegas con hallazgos cuya demostración se guardaba. Pero, además de Fermat, Vió habrá de sobrellevar su homosexualidad a raíz de la relación con un rubio londinense; no en vano, su aprendizaje sentimental transpira la atmósfera del grupo de Bloomsbury donde florecen extrañas parejas como Litton Strachey y Dora Carrington, o el Forster que escribió Maurice. El tercer acontecimiento vital de Vió será la relación con su prima, la sensual Francisca, y la peculiar relación que mantendrá con ella y el ácrata Germinal, llevando los usos de Bloomsbury a la Zaragoza del Pilar y la Academia Militar, nada menos. La relación entre primos y el estudio de los números primos, que Leguina ya adelantó en uno de los relatos de su libro Cuernos, constituye otro de los senderos hacia la catarsis.

Haciendo un uso pertinente de la Matemática, el erotismo y el ambiente republicano, Leguina irá desplazando la atención concentrada hasta entonces en Vió hasta conseguir que los personajes secundarios dejen las zonas de sombra para situarse en el albero de la trama. El dubitativo Vió va dejando paso a su prima Francisca, personaje redondo en lo literario y suponemos que en su físico sensual: hace salir al matemático del armario del fingimiento y lo empuja al sudoroso torbellino vital. También sobresale, vigoroso, un colega de estudios, el griego Petros Papachristos; «engolfado en los números primos», ejerce con su temperamento dionisíaco de contrapunto al acomplejado Vió de los años londinenses. Tampoco son secundarios el nieto de Jesús Vió, empecinado en meterse entre los bastidores de aquel mundo que la guerra aherrojó; o el viejo Rafael Ventura, único testigo de aquellas ilusiones republicanas que «habían arruinado la impaciencia y la desmesura de unos y la mala fe y el miedo de los otros». De la biblioteca de don Rafael surgirá, como si del Cementerio de los Libros Olvidados se tratara, la tesis doctoral de Jesús Vió: El último teorema de Fermat y las curvas elípticas. Cuando uno acaba la novela se da cuenta de que el título no es gratuito: el teorema de la memoria está repleto de curvas elípticas o, cuando menos, de elipsis que aumentan la pasión de la lectura.

Al igual que las novelas anteriormente citadas, El rescoldo de Leguina se alimenta de personajes reales, lo que aporta verosimilitud a las pesquisas. Cercas metía en su historia al malogrado Bolaño, y aquí están el anarquista Ramón Acín, amigo de Buñuel y «financista» del documental sobre Las Hurdes, o Jorge Semprún, en su etapa de ministro de Cultura del gobierno de Felipe González. No faltan tampoco homenajes a escritores aragoneses como Jarnés o Sender, y a Vallejo, Pavese, Benet y Muñoz Molina. Leguina consigue lo que pretendía: rinde tributo a un universo cultural arrasado por la guerra, juguetea con el lector por medio de teoremas, números primos y números entre primos; lo convierte en investigador en la segunda mitad y finalmente le demuestra su propósito: te he traído hasta aquí para que veas que hay que recuperar el pasado, tasarlo y aprender de él, aunque en algún aspecto el olvido sirva de lenitivo para la supervivencia. El lector queda satisfecho con una historia legible que Leguina cierra con una humorada: el anexo con el último teorema de Fermat, todo un canto a la complejidad de la memoria.

Ficha técnica

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