Conciencia y culpa

El perdón de los pecados

ANTONIO FONTANA

El Acantilado, Barcelona

320 págs.

8,65 €

Desde estas páginas, y a propósito de la última novela de Miguel Bermejo, De espaldas a nosotros , constatábamos, hace ahora dos meses, una saludable recuperación de la narrativa de vuelos líricos, aquella que gravita entre los recuerdos, como crueles condicionantes del presente, y un deseo de expresarlos desnudos, esenciales, sin aditamentos que los embadurnen de apósitos espurios. El mismo punto de partida e idéntico anhelo literario volvemos a encontrar en El perdón de los pecados , primera novela del periodista y crítico literario Antonio Fontana, finalista del Premio Café Gijón en su edición de 2003. Con una lengua contenida y mesurada, el autor malagueño se propone penetrar en la turbulenta conciencia de una mujer madura, obligada, muy a su pesar, a reencontrarse con viejos fantasmas que, si no muertos, creía dormidos en su interior. Una llamada de teléfono y un viaje en tren la hacen regresar, sin apenas tiempo de adecuación, a los lugares y gentes de su infancia; a su familia, destruida en primera instancia por su padre, huido en busca de aires más saludables, y rematada por su propia cobardía; y, sobre todo, al ámbito donde vio fraguarse, a golpe de sufrimiento, un sentimiento de culpa del que nunca pudo desprenderse del todo. La muerte de su madre y hermana no son sino las excusas que la llevan, de manera inexorable, a su propio fin, más cercano ahora, pues la vida que había inventado en Madrid, olvidando sus orígenes, se desmorona al contacto con ese otro tiempo, esas otras gentes y esos otros olores que tan alejados había querido mantener. Un aliento mortuorio, sí, que con afán lírico impregna un relato de ritmo lento, sin apenas acción, en el que la información que proyecta a Ángela hacia su pasado es sabiamente suministrada, en pequeñas píldoras, de las que protagonista y lector cobran conciencia al unísono.

Con todo, y admitiendo de antemano las que no son desdeñables virtudes del texto, El perdón de los pecados se nutre de una interminable panoplia de tópicos que acaban por oscurecer una prosa a ratos exquisita. Poco importa que un tren de provincias se convierta en el marco elegido para que, a través de los recuerdos, la narradora nos sumerja en un pasado lleno de obstáculos, por mucho que el recurso en sí nos traiga a las mientes mil y una novelas más. Tampoco que el estímulo que provoca la retrospección sea una niña que, cándida y recelosa, pide a nuestra protagonista que le lea un cuento, ni tan siquiera que las frases del libro que lleva entre sus manos entablen un diálogo forzado con su propia experiencia vital, o que el destino final de este tren fantasma, sin viajeros apenas, nos recuerde, con meridiana claridad, otros territorios míticos –la Celama de Luis Mateo Díez, por ejemplo– empapados, con la misma o mayor carga poética de un olor a muerte… Todos estos aspectos y muchos otros del mismo cariz permanecerían callados, máxime tratándose de una primera novela, si la llegada de Ángela a Barranca, esto es, la bajada a los infiernos de la memoria protagonizada por la narradora, no estuviera gravada por una nueva sucesión de situaciones y figuras estereotipadas y una cierta tendencia a los tintes melodramáticos. Porque, en efecto, tanto las primeras –muerte de madre e hija que encuentran el fin de sus días abrazadas, unidas para la eternidad en la incomprensión– cuanto la segunda –hermana retrasada para quien la madre de Ángela ha sacrificado su existencia y que ella ha abandonado en el más absoluto desamparo– constituyen elementos carentes de autenticidad, cuando no concesiones a la galería, de todo punto contrarios a la intensidad y poder de evocación del relato. Si a ello añadimos una recreación en clave costumbrista de los tipos rurales que van saliendo al paso –farmacéutico, estanquera, labradores…– y sus patéticas condiciones de vida, relatadas con un detallismo superfluo, acabamos por ver defraudadas las expectativas generadas por la novela en sus primeros acordes.

Sea como fuere, El perdón de los pecados esconde entre sus páginas un tono elocuente en su sencillez, un ritmo sosegado y un estímulo lírico que merece ser seguido de cerca en ulteriores ocasiones, cuando, quizá, todos los aderezos que hemos apuntado en estas líneas vayan siendo depurados.

Ficha técnica

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