El más odiado

El soldado de porcelana

HORACIO VÁZQUEZ RIAL

Ediciones B, Barcelona, 1997

880 págs.

Curioso destino, más bien poco envidiable, el de Gustavo Durán, excelente músico, compositor y pianista, modelo apolíneo del pintor canario Néstor Martínez de la Torre para su gran obra, Poema delAtlántico, creada sobre los muros del Museo de Las Palmas, admirado hasta el extremo por Federico García Lorca («diría que reunió las dotes del político y del cortesano, del soldado y del hombre de letras»), íntimo amigo de Alberti, Hemingway o Ilya Ehremburg, y luego de Jaime Gil de Biedma. Antes de la guerra, Durán parecía instalado en los márgenes de cualquier compromiso, y de repente, al estallar el conflicto, vino a cuajar en atrevido soldado y capaz organizador, cofundador del mítico Quinto Regimiento y nada menos que general de brigada del ejército de la II República. Después, en los durísimos años de la guerra fría, sería imputado de traidor, «renegado y agente de los norteamericanos», por sus antiguos compañeros, humana e ideológicamente lejanísimos. En riguroso turno odiado por hunos y hotros, la figura de Gustavo Durán, músico y militar, funcionario tachado de espía, llevaba largo tiempo esperando que alguien se atreviese a reconstruir su cambiante y sugestivo perfil de mil caras.

A cubrir ese hueco ha salido Horacio Vázquez Rial, escritor hispano-argentino de Barcelona, autor de buenas novelas de menor alcance, como Historia del Triste (1986) o La reina de oros (1989), y de una útil aproximación a La guerra civilespañola, embarcado en un ambicioso proyecto narrativo del que Elsoldado de porcelana formaría parte, previsiblemente destacadísima, porque no se escribe todos los años ni así como así un relato de ochocientas sesenta y tantas páginas sin concesiones a la verborrea que a la vez, y complementariamente, ahonda en los personajes centrales, no sólo en Gustavo Durán, y llena sus páginas de vida, trazando un impresionante fresco, bien construido, de individuos secundarios y gentecillas de paso, un poco al modo barojiano pero al margen de su habitual desaliño.

Cronológicamente, El soldado deporcelana abarca desde la guerra de Cuba hasta el final de los sesenta, cuando fallece Gustavo Durán, un hombre en buena medida desconocido y un personaje, comprometido de modo pasajero con ciertas causas, de verdad tan sólo entregado a sus resortes más íntimos que siempre creyó, o al menos eso parece, en la dignidad del hombre, creencia que en este siglo hunos u hotros nunca dejaron en la impunidad.

Bien documentado Vázquez Rial, en general riguroso y hasta exhaustivo en el planteamiento espacio-temporal de la historia, eso acentúa la sorpresa de algún desliz demasiado evidente, al estilo del que le lleva a situar en el centro de Madrid, a los cuatro o cinco días del 18 de julio, una conversación entre Gustavo Durán, el coronel Vicente Rojo y María Teresa León y Rafael Alberti (pág. 307), que a la desazón bastante trabajo tenían con mantenerse ocultos en Ibiza para salvar el pellejo.

Se trata de un error, ¿o una licencia?, tan llamativa como excepcional a lo largo de la obra, pues quien se entretenga en analizar su urdidumbre encontrará numerosas pruebas, que sí dan su auténtico tono, de lo contrario. Eso, por ejemplo, es lo que me ha sucedido a mí, sorprendido –debo reconocerlo-por la puntualidad con que Vázquez Rial se hace eco del episodio, todavía no escrito, de la represión franquista en mi ciudad natal, Béjar, el único punto desde Badajoz hasta el norte de Castilla en que se planteó resistencia al impetuoso avance inicial de los sublevados, con datos y referencias, mayúsculas y minúsculas, que prueban un trabajo de documentación sencillamente admirable.

Un poco entre Galíndez de Manuel Vázquez Montalbán y Bella enlas tinieblas de Manuel de Lope, Vázquez Rial se atiene menos que el primero pero más que el segundo a la literalidad de las fuentes, pero no es menos convincente que aquél ni, comparado con éste, pierde capacidad metafórica o fluidez narrativa, estableciendo un difícil equilibrio, a mi entender logrado, entre el desbordamiento creativo y la consistencia de un planteamiento pegado a la historia, que únicamente se resiente en algunos momentos de la tercera parte, «Guerras civiles», con tres o cuatro cápsulas de ensayo entrometidas al hilo de los acontecimientos y más de un personaje empeñado en componer frases históricas a cada instante.

Son –insisto en ello– reparos mínimos. Sólo de tarde en tarde aparece una novela tan fundadamente ambiciosa, cruzada por un personaje de mil caras, aunque radicalmente unitario, y ambientada en una época, aparte de dilatada, en la que todos los contrastes fueron posibles. Metáfora del pesimismo, dirán algunos. Metáfora de la lucidez, diría yo. Tanta iniquidad y tanto heroísmo son los dos ángulos complementarios de nuestro siglo, que mutuamente se iluminan, o ensombrecen.

Ficha técnica

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