El ventrílocuo y la muñeca

Amor africano

JAVIER MAQUA

Algaida, Sevilla, 275 págs.

Javier Maqua, creador todoterreno –guionista de cine y televisión, dramaturgo, director de películas, novelista–, se mantiene en la narrativa española en un nivel más que digno al que le falta, tal vez, el aldabonazo definitivo en la puerta a la que no deja de llamar. La penúltima novela de Maqua, Padre e hija, era un «tour de force» al que frustraban las apelaciones al costumbrismo de sal gorda, y sobre todo un final esperpéntico a lo Sharpe o, más castizamente, a lo Ramón de España. Amor africano, la última novela de Javier Maqua, cuenta con el morbo inicial de tratar sobre la relación, poco habitual a pesar de Nabokov, entre una nínfula y un cuarentón. Justo al revés de lo que ocurría en la reciente novela de Clara Sánchez, El misterio de todos los días. Cierto que tanto Sánchez como Maqua, o mejor, la publicidad en torno a sus novelas, prometen más de lo que dan. Es decir, que tan atípicas relaciones se quedan, en el papel, en estrategias dialécticas, en avances o trailers, nunca en escaramuzas corporales imposibles para la probada sutileza de estos dos inteligentes autores. Bien que la época en que Javier Maqua sitúa su novela, posguerra española en el Marruecos del protectorado, permitiese tan sólo los juegos que Maqua propone y que terminarán desembocando en un inevitable matrimonio. Es decir, que el morbo anunciado se queda en pretexto. Un pretexto inteligente –y provocador– para hablar de una historia áspera, en la que la huérfana de un fusilado por sus ideas izquierdistas en los primeros días del alzamiento, se ve obligada a adentrarse en el Marruecos español y profundo bajo la tutela de su tía. Ésta regenta un café de ambigua reputación, en el que la presencia de la niña, exuberante y precoz como no podía ser menos, resulta una bomba. El paréntesis, los paréntesis a lo largo de toda la novela, vienen dados por el periplo carcelario de la madre de Isabel (la niña protagonista). La madre, condenada a muerte por comunista, «Pasionaria de Ceuta» la llama un personaje de la novela, va recorriendo los penales de la España tétrica, gravitando sobre la figura de su hija. El personaje de la madre, tal vez el más ambicioso, resulta el menos logrado. Sin duda por la dificultad de enfocar con acierto su imagen en la lejanía. Mientras tanto, rodeada de militares y falangistas de opereta (el capítulo El morrongo, demasiado grotesco, es bien significativo de los excesos caricaturescos de Javier Maqua) y de moros colaboracionistas, Isabel inicia su relación con el estraperlista Rafael Piannini. A partir de este momento, y pues el conflicto amoroso no avanza con resolución, quedándose en descripciones costumbristas de cómo se llevaba en la época un noviazgo bajo período de luto, así el de Piannini, Javier Maqua se limita a ilustrarnos sobre los usos y maneras de una sociedad, la neocolonial española, en trance de desaparecer. Ahí radican los mayores aciertos de Javier Maqua, un escritor que posee un estilo funcional y sin embargo brillante y que sabe contextualizar sus historias. Se echa en falta, con todo, una mayor profundización en sus personajes, por momentos meros títeres en función del viento por donde sopla la narración. La voz de Isabel Pedregal Piannini, utilizada como contrapunto a las palabras de la narradora, su hija Julia Piannini Pedregal, resulta demasiado impostada, al igual que poco dosificado su empleo. Cierto que el propio autor en página introductoria se autocita con la siguiente, y definitiva, frase: «Tú eres el ventrílocuo, yo soy tu muñeca». Palabras subrayadas, todavía, por la más rotunda: «Muñeca… y algo más» del mismísimo Philip Marlowe. Javier Maqua aldabonea con fuerza en el portón de la narrativa española contemporánea. Deberá seguir llamando.

Ficha técnica

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