La novela de un literato


El guitarrista
LUIS LANDERO

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Como en títulos anteriores, Luis Landero vuelve en su cuarta novela a entablar un diálogo entre la realidad y la imaginación, a establecer un juego entre la memoria y el papel mitificador de la cultura, y a crear personajes soñadores en busca de su lugar en el mundo. Con todo, en El guitarrista se perciben de inmediato algunas diferencias notables en el tono narrativo y el punto de vista, pues la memoria es tan explícita y contundente como el yo del escritor, presente a lo largo del relato, y la voz del personaje parece certificar que lo que está contando no pertenece al universo de la ficción verosímil, sino al de la verdad de la experiencia. Poco importa, en principio, que lo contado haya sido real: lo que importa es que la literatura lo convierta en realidad imaginaria y que la imaginación acabe suplantando a la memoria.

La novela recorre el espacio vital que recrean los relatos de iniciación y de aprendizaje, ese territorio confidencial en que se evoca y mitifica el tiempo de la primera juventud y el descubrimiento de las emociones primarias. Nada nuevo aporta, por tanto, el planteamiento de la historia al recuperar y tamizar los recuerdos y la peripecia cotidiana del autor –oculto tras el personaje de Emilio–, cuando Landero, que aún no sospechaba siquiera que llegaría a ser escritor, vivía con su madre, trabajaba de aprendiz en un taller mecánico, estudiaba el bachillerato nocturno en una academia de la Gran Vía de Madrid y, animado por la vida bohemia de su primo Raimundo, aprendió a tocar la guitarra para llegar a ser artista.

Este último motivo no sólo será el motor de la trama, sino también el arranque del conflicto que enfrentará al personaje con su futuro previsible. Ante él se presenta por un lado la existencia establecida, el paño de la costumbre que le empuja a madurar en el oficio de vivir y a buscarse una salida rentable por los cauces habituales; pero por otro empiezan a abrírsele otros horizontes diferentes, aquellos que surgen de los sueños y le ofrecen el espejismo de la liberación. Sobre esta escisión descansa el sentido de la novela, pues el personaje, con el fin de romper ataduras y escapar de la vulgaridad, no duda en abandonar trabajo y estudios y poner sus ilusiones, energías y metas en una disparatada aventura como guitarrista profesional.

Paralela discurre su educación sentimental, que conforma el segundo motivo de la novela y constituye, sin duda, otra forma de soñar. El personaje va dejando testimonio de su iniciación erótica y amorosa de manera sutil y sugerente, primero en los ingenuos contactos imprevistos con una desconocida, y más tarde en la inocente historia amorosa, que vertebra la narración, con la mujer del dueño del taller. Convertido de forma inesperada en su profesor de guitarra, Emilio se introduce poco a poco con Adriana en una vorágine emocional, inconsciente y arriesgada en las actitudes, que le empuja a tomar decisiones casi teatrales y a apostar fuerte en un juego amoroso del que aún es novicio. Su condición de soñador, que no mide las fuerzas ni controla los medios y las estrategias, le hace tropezar en trampas obvias, sucumbir en un desenlace humillante e integrarse en consecuencia en la estirpe de los perdedores.

Y, por último, desemboca en una proyección metaliteraria, de iniciación estética, que recuerda al libro anterior del autor Entre líneas: el cuento o la vida. El aprendizaje artístico de Emilio, nombre de referencia rousseauniana evidente, no se limita a la guitarra, sino que se desplaza también a la escritura literaria. Sus conversaciones con el señor Rodó, escritor oculto y bibliotecario de la Nacional, se materializan en reflexiones y apuntes metaliterarios que le dan a la novela otra perspectiva de formación. Landero ha escrito una historia de amor gobernada por la sublimación y coronada por la fatalidad, muy cercana al género del folletín, que alcanza forma estética mediante el proceso mitificador de la memoria. Lo que tiene de emoción y de exaltación está sostenido por la imaginación fascinada del adolescente ante el descubrimiento de los territorios inexplorados; lo que de fracaso y de dolor, resultado de lo anterior, está delimitado por los cercos estrechos de la vulgaridad cotidiana. Pero no todo procede del recuerdo. Landero sigue jugando con las referencias culturales y la tradición literaria. Por ejemplo, en la trama amorosa se perciben huellas argumentales de El curioso impertinente cervantino, aunque su desarrollo adquiera una dimensión distinta por el desenlace divergente de la historia con relación a su modelo y por su tono irónico, desconcertante y cruel que de repente subvierte toda la peripecia.

La novela, dije antes, nada nuevo aporta en cuanto a la planificación de su contenido como relato de aprendizaje. Quizá su novedad resida en el tratamiento de las anécdotas, en su visión de la realidad y en su capacidad mitificadora, en su forma de hacer universal lo personal y de convertir en mito lo concreto. Ahora bien, incluso en ese tratamiento se advierten, con excesiva explicitud, un tono narrativo de fácil ingenuidad que tiende a lo melodramático, un juego metaliterario con trucos y reflexiones bastante previsibles y una escritura fluida, más limpia y despojada de forzados artificios retóricos que la de sus otras novelas, y por tanto más comercial, que parecen haber sido concebidos para complacer a un tipo de lector cómodo que no exige de una novela otra cosa que el puro entretenimiento.

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