Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!


Tenemos que hablar de Putin. Por qué Occidente se equivoca con el presidente ruso
Mark Galeotti
Capitán Swing, Madrid, 2022.
117 p

Una historia breve de Rusia. Cómo entender la nación más compleja del mundo
Mark Galeotti
Capitán Swing, Madrid, 2022
175 p.

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Nos movemos en un mundo cada vez más complejo e inabarcable desde todos los puntos de vista pero, al mismo tiempo, no podemos abdicar de nuestra necesidad de comprender y dar un sentido a todo lo que acaece a nuestro alrededor. Esta contradicción se resuelve, como todo el mundo sabe, de un modo parecido a lo que suele decirse de la rotura de la cuerda, que siempre tiene lugar por la parte más fina o débil. Trasladado a nuestra comprensión del mundo, eso significa que, lejos de profundizar en el conocimiento, lo que normalmente todos tendemos a hacer es simplificar según conveniencia y, paradójicamente, lo hacemos tanto más cuanto mayor es la complejidad. Gran parte de los problemas colectivos de nuestra época tienen ahí su fuente primigenia: los nacionalismos (y hasta los aldeanismos) como respuesta a la globalización, las soluciones populistas como resultado de la complejidad del sistema democrático o la vuelta a una identidad casi tribal en sociedades en las que convivimos de forma cada vez más plural e interconectada. La aceleración de nuestro tiempo histórico introduce otra dimensión en ese proceso: pretendemos cabalgar al compás de la actualidad pero es imposible estar al día de todo lo que pasa en un mundo en que nada nos es ajeno y que nos permite conocer en tiempo real todo lo que sucede en cada uno de sus rincones.

Me hace gracia por ello ver cómo ahora, en estas últimas semanas –ya meses, por desgracia- con motivo de la invasión de Ucrania por las tropas rusas, han surgido por doquier expertos en la geografía e historia de ambas naciones y en sus relaciones mutuas, en estrategia y táctica militar, en cuestiones de armamento, propaganda y desinformación, en la inserción del conflicto en el nuevo escenario geopolítico del siglo XXI y hasta en el perfil psicológico de los máximos dirigentes de ambos bandos. Periodistas, contertulios y polígrafos que nunca se habían ocupado de Rusia, ni de Ucrania, ni de aquella parte de Europa, que desconocen todo acerca de la historia próxima y remota de aquellos países, que no saben una palabra de sus lenguas, sus culturas o sus raíces, disertan con aplomo y contundencia en las más diversas tribunas mediáticas, como si no hubieran hecho otra cosa en su vida que dedicarse en cuerpo y alma al estudio del asunto. Con todo, como siempre, hay grados, desde el opinante que es consciente de sus limitados conocimientos y muestra un cierto pudor o contención hasta el vociferante que proclama que el conflicto es simplemente consecuencia de la enajenación del mandatario ruso, sin descartar la influencia de la enfermedad terminal que otros le han atribuido. Y todo esto sin contar las comparaciones penosas y ramplonas del susodicho con Hitler o Stalin –dependiendo de la trinchera ideológica del dictaminador- o, según los más listos, con Pedro el Grande.

Consigno lo anterior porque no quiero aparentar aquí lo que no soy. Lo diré claramente: en esta ocasión no escribo, como en otros momentos o situaciones, a partir de mis conocimientos adquiridos –pocos o muchos- sino todo lo contrario, desde mi desconocimiento. Cierto que, como historiador, no voy a alegar con falsa modestia una ignorancia total, porque esto tampoco respondería a la verdad, pero sí debo confesar que mis lecturas previas –esas que ahora pudieran servirme para encuadrar el problema- han sido desafortunadamente bastante limitadas. Como cualquier ciudadano atento a lo que ocurre, he procurado ponerme al día durante las últimas semanas, leyendo todo lo que caía en mi mano sobre el conflicto, al mismo tiempo que desempolvaba viejos ejemplares de mi biblioteca, en particular sobre la historia rusa. De la mano, por ejemplo, de mi admirado Orlando Figes, he dado un repaso a libros que tenía casi olvidados. Obviamente, todo ello no me hace más docto, ni siquiera más perspicaz, en el análisis de la cuestión y, en cualquier caso, por supuesto, esa mencionada sesión de relecturas no aminora mi sed de novedades sobre el tema. Por todo ello podrán entender que acogiera con júbilo y acto seguido, con auténtica voracidad lectora, los dos libros de Mark Galeotti que acaba de publicar Capitán Swing: uno sobre Putin y otro sobre Rusia. Lo que pueden leer ustedes a continuación son, pues, ni más ni menos, las impresiones de alguien que, lejos de ser perito en la materia, quiere simplemente entender más y mejor lo que sucede en el otro extremo de nuestro Viejo Continente, arrasado –una vez más- por sus fantasmas seculares.

            Empecemos por el autor porque, si no me equivoco mucho, Galeotti no es muy conocido en nuestros lares. Que yo sepa, su única obra hasta ahora vertida al español era La ley del crimen (traducción de Sergio Lledó Rando, RBA, 2019), una monografía sobre una de las grandes familias de la mafia rusa que, sinceramente, no despertó mi interés. En la sinopsis biobibliográfica de la solapa del ejemplar que tengo entre las manos se destaca su formación en Cambridge y en la London School of Economics y su condición de autor especializado en la historia rusa y en asuntos de seguridad y delincuencia transnacional. Profesionalmente, ha trabajado en diversas universidades y centros de investigación europeos y estadounidenses, aparte de desempeñar al mismo tiempo labores de asesoría en diversos organismos internacionales de seguridad. Según parece, esas múltiples funciones académicas y consultivas no le han impedido desarrollar una prolífica carrera como divulgador, promotor y publicista, impulsando como editor diversas revistas especializadas en la criminalidad global y escribiendo algo más de una veintena de libros hasta la fecha. Entre ellos, estos dos que acaban de aparecer en nuestro mercado editorial y que van a ser el centro de nuestra atención. Adelanto ya, como rasgos comunes, que se trata de ejemplares claramente orientados al gran público, con una extensión inferior a las doscientas páginas, sin notas ni relación bibliográfica al final de los mismos. O sea, libros que bien pueden leerse en una tarde, el formato apropiado para quienes quieren ampliar sus conocimientos pero no están dispuestos a emplear en ello un esfuerzo desmedido.

            El volumen dedicado a Putin, el más breve de los dos, tiene un subtítulo que no creo exagerado calificar de provocador: Por qué Occidente se equivoca con el presidente ruso. Se trata, como es obvio -y ya desde la misma portada- de enganchar al lector potencial, pero compromete mucho al autor, en el sentido de que le impele a dar una o, más bien, varias respuestas que no defrauden las expectativas. En otras palabras, se le va a pedir a Galeotti que explique bien –y, por supuesto, nos convenza- por qué estamos equivocados respecto a Putin y en qué exactamente estamos equivocados. Diré ya desde aquí, aunque suponga descubrir las cartas desde casi el comienzo, que Galeotti sale bastante airoso del empeño, aunque no les voy a ocultar que, en mi opinión, hace algunas pequeñas trampas y no despeja algunas incertidumbres que no son precisamente peccata minuta. Pero procedamos con orden.

            Dividido en 11 breves capítulos (la mayoría, entre ocho y diez páginas; algunos, más breves aún), el opúsculo ofrece en cada uno de ellos una determinada caracterización de Putin, que se contrapone a lo que supuestamente se piensa en Occidente de él. Así, por ejemplo (capítulo primero), si en términos alegóricos se ha extendido la imagen de un Putin como hábil jugador de ajedrez, Galeotti rechaza el simbolismo y lo sustituye por el de yudoca, con todos los rasgos diferenciales que ello comporta. A continuación (capítulo segundo) se reconoce que Putin fue, efectivamente, un miembro del KGB pero se subraya que esa experiencia le marcó de un modo bastante distinto de lo que se piensa fuera de Rusia. En tercer lugar, contra el tópico de que su obsesión es resucitar la URSS o reconstruir el imperio de los zares, Galeotti nos habla de su necesidad casi enfermiza de obtener seguridad, prestigio, honor y respeto para su país. Cuarto, frente a la imagen de rapacidad, se nos argumenta de manera convincente que el dinero es para el mandatario ruso un medio, no un fin en sí mismo. Putin, señala seguidamente Galeotti, no es un doctrinario, ni siquiera un ideólogo, mucho menos un filósofo, sino un nacionalista, un patriota a la vieja usanza y en funciones de ejercicio del poder, un pragmático. En términos políticos, dista mucho de ser audaz o aventurero, más bien todo lo contrario, aborrece las jugadas de riesgo y solo decide dar un paso cuando juzga que el terreno es seguro. Otra cosa distinta es que se equivoque –o que lo equivoquen– en sus estimaciones, como ha pasado con la invasión de Ucrania.

            Los pasajes que me han parecido más brillantes y, sin duda, más sugestivos, son los que Galeotti consagra a la práctica política del Kremlin. A menudo se habla de la oligarquía rusa como una mafia, pero el paralelismo más significativo entre el gobierno y esta organización criminal lo encuentra Galeotti en el modus operandi, la poniátiye, por decirlo con una palabra rusa, que viene a ser algo así como convenir algo sin explicitarlo. Como cuando el capo dice a sus subordinados «actúen como ya saben» o «hagan lo que tengan que hacer». Putin no se mancha en los pormenores cotidianos, simplemente ordena a su corte –sus fieles, sus espías, sus emisarios- que no le defrauden, por favor. Conviene destacar que este rasgo, más allá de sus ribetes pintorescos o anecdóticos, resulta más determinante de lo que a primera vista parece pues, según Galeotti, ello implica que los objetivos concretos o definidos en la gobernación del país tienden a ser sustituidos por unos planteamientos difusos que permiten el encubrimiento de responsabilidades, si algo sale mal, o la prodigalidad discrecional en caso de éxito. De cualquiera de las maneras, las altas autoridades del Estado –y no digamos ya la cúspide suprema- se comportan con un grado de arbitrariedad que no encuentra paralelismo con el funcionamiento usual de la maquinaria administrativa en Occidente. Como bien puede suponerse, esta opacidad, esta falta de controles y esta estructura engrasada por afinidades, favores y sobreentendidos generan una gigantesca cadena de corrupción a todos los niveles. Aquí está la esencia del régimen y no en ninguna veleidad de imponer un sistema totalitario, como dicen algunos. La rigidez, el autoritarismo, el espionaje y la persecución del disidente son tan solo los mecanismos necesarios para que no se cuartee el sistema de poder establecido.

            Siendo brillante y convincente, como antes dije, el retrato que ofrece el libro de Putin y de su forma de ejercer el mando y reconociendo, por otra parte, que Galeotti se nos muestra como un excelente conocedor de los entresijos del poder ruso, debo añadir para no dejar nada en el tintero que no es menos cierto que el autor utiliza algunos trucos –probablemente legítimos- para encandilar al personal y dotar a su pequeño ensayo de una pátina rompedora que, al final, resulta serlo en mucha menor medida de la pretendida. Para empezar, es falso que el libro constituya una impugnación de la imagen de Putin que ha elaborado Occidente por la sencilla razón de que no hemos elaborado una sola imagen del autócrata ruso sino muchas y muy variadas y algunas de ellas incompatibles entre sí. En segundo lugar, para resaltar la originalidad de su obra y reforzar el valor de sus aportaciones, Galeotti escoge sistemáticamente como antítesis de su punto de vista la elaboración más primaria o pedestre del mandatario ruso de entre las que circulan por Occidente. Eso es, en cierto modo, jugar con ventaja.

Lo más curioso, sin embargo, es que en el último capítulo Galeotti arroja piedras sobre su propio tejado, el que ha construido trabajosamente en los capítulos precedentes sobre las premisas de que «es preciso conocer a Putin» y «tenemos que hablar de Putin». De nada sirve una y otra proposición cuando el propio autor reconoce en estas páginas finales que conocer o hablar de Putin no va a cambiar nada porque nuestro margen de maniobra es cercano a cero: «Resulta difícil que pueda haber alguna mejora apreciable en las relaciones con Rusia mientras Putin siga en el Kremlin». A lo más que podemos aspirar es a minimizar daños, corolario que al propio autor le parece «deprimente y poco ambicioso» (p. 108). Pero todavía hay más. El libro está escrito en 2018 y publicado en inglés en 2019; la edición española introduce una coda fechada en abril de 2022, cuando ya se ha producido la invasión de Ucrania. Pues bien, en esa brevísima coda de cinco páginas, Galeotti repite no menos de seis veces que estamos ante un Putin distinto, que los más de veinte años de poder le han convertido en otra persona, que ejerce el poder de manera diferente y hasta que es hoy «una caricatura de lo que era». Dando por bueno el retrato de los capítulos precedentes, ¿de qué nos sirve, si ese Putin ya no existe?

Galeotti se agarra a un clavo ardiendo: reconoce que estamos, en cualquier caso, ante el fin de la era putinesca. Aun así, «cuando él ya no esté, seguirá siendo necesario hablar de Putin, aunque solo sea durante un tiempo. Su caso servirá de advertencia para los rusos y también para Occidente» (p. 117). ¿Por qué? Aunque Galeotti no desarrolla la idea, sugiere en distintos momentos que Putin es importante no por sí mismo ni, mucho menos, por su excepcionalidad, sino más bien por todo lo contrario, por lo que representa y simboliza en grado máximo: una forma de concebir la autoridad y ejecutar el poder que trasciende a las personas concretas y adquiere la categoría de especificidad rusa, en tanto que pauta habitual en la política del Kremlin independientemente del tipo de régimen y los vaivenes ideológicos. Por decirlo en términos primarios, Rusia es Rusia, con Pedro I, con Catalina la Grande, con Lenin, Stalin, Breznev… o Putin. Es en este punto donde el lector que ha cerrado el libro sobre el último de los citados haría bien en apresurarse a abrir el volumen que lleva como subtítulo Cómo entender la nación más compleja del mundo. Esta síntesis de la historia rusa tiene formalmente las mismas características que el ejemplar sobre Putin: es breve, aunque algo más extenso (ciento setenta y cinco páginas), consta de capítulos relativamente cortos y está escrito de forma muy ágil, de manera que su lectura se hace cómoda y rápida.

Soy consciente de que muchos de ustedes reputarán poco menos que como insensata o desmesurada la pretensión de compendiar toda la historia rusa en un formato de esas características. Yo, más bien, lo considero un reto. Sé por experiencia lo difícil que es hacer una buena síntesis, mucho más difícil que escribir una monografía de mil páginas. Y adelantaré una vez más mi conclusión: Galeotti lo hace bien, francamente bien. Es verdad que, como él mismo reconoce en las páginas introductorias, no tiene más remedio que emplear la brocha gorda pero, como es obvio, el que esté interesado en profundizar dispone de otros muchos libros y en estas mismas páginas se dedica un apartado al final de cada capítulo a una serie de sugerencias de lectura para todos los que quieran saber más. Lo más importante es el objetivo último que aquí se persigue, explicitado en estos términos: «el libro no pretende realizar un tratamiento comprehensivo de cada detalle, sino más bien explorar los auges y caídas periódicas de esta extraordinaria nación, y cómo los propios rusos han entendido, explicado, mitificado y reescrito esta historia» (p. 13). En términos más sencillos, bien podría decirse que Galeotti esquematiza al límite la historia rusa para extraer una serie de constantes –ciertamente no muchas, menos de una decena- que permitan una interpretación de conjunto de una trayectoria que se extiende a lo largo de mil años. Ocioso es subrayar que tal propósito tiene limitaciones objetivas, a las que se atiene el autor y con las que tiene que contar el lector. Y, complementariamente, una no menor carga subjetiva. No se le pueden pedir peras al olmo, por decirlo con llaneza. Pero, si se aceptan las reglas del juego –llamémosle así-, debe reconocerse que la exposición de Galeotti cumple sobradamente sus propósitos.

Entre las limitaciones antedichas hay una que, en mi opinión, se impone desde el principio: el autor no oculta que escribe desde el hoy, el aquí y ahora más descarnado y, desde tal atalaya, se dispone a mirar hacia atrás, a vislumbrar el pasado para que le ayude a entender el presente. No digo con ello que caiga en un presentismo de corto vuelo pero sí que su mirada viene condicionada por la necesidad de entender los fenómenos y actitudes que más le impactan de la Rusia contemporánea. En este punto se plantea una encrucijada o, mejor dicho, un dilema interpretativo consustancial a este tipo de planteamientos: el observador que examina la realidad que le rodea debe establecer si los rasgos característicos que contempla en la Rusia actual no son más que una variante específica en la obligada inserción, que a todos afecta, en un tiempo y circunstancia determinados –el mundo del siglo XXI, para resumir- o constituyen más bien el resultado de un proceso complejo de decantación histórica, en el que incluso puede distinguirse la marca de un pasado convulso que sigue gravitando. Por supuesto, cualquier respuesta en la práctica implicará una mezcla de ambas opciones, pero lo que me interesa destacar es que Galeotti es, en el caso de Rusia, un férreo defensor de la segunda de ellas, es decir, de la pesada herencia del pasado –un auténtico lastre-, hasta el punto de que su concepto clave, con el que abre y cierra el libro, es palimpsesto. El «pueblo palimpsesto» titula un epígrafe al comienzo. «El hipertexto del palimpsesto y sus ironías», titula otro al final. Y una reflexión, rayana en la perplejidad, al aplicarse al caso ruso: «¿cuántas veces, después de todo, puede escribirse encima de un palimpsesto antes de empezar con una página nueva?» (p. 162).

Cuando Galeotti examina los elementos que determinan la historia rusa, establece implícitamente una gradación: los dos más determinantes, los que condicionan todo lo demás, son la geografía y la extensión. Ubicada entre Europa y Asia, sin unas precisas fronteras naturales, «Rusia es el perenne “otro” para todo el mundo; para los europeos es asiática, y viceversa». Su historia, sigue diciendo Galeotti, «ha sido conformada desde fuera», invadida por los más diversos pueblos, «desde los vikingos a los mongoles, desde (…) los Caballeros Teutones a los polacos, desde (…) Napoleón a (…) Hitler» (p. 10). Su enorme extensión es su fuerza pero al mismo tiempo, paradójicamente, su debilidad: la historia nuevamente nos confirma que es muy difícil defender un territorio que se extiende a lo largo de once zonas horarias. Recuérdese la famosa frase de Catalina la Grande que, en mayor o menor medida, han suscrito todos los dirigentes rusos, independientemente de la época y las ideologías: «No tengo otra forma de defender mis fronteras más que expandiéndolas» (p. 101). Les suena, ¿verdad? Excéntrica respecto al eje europeo, extraña en el contexto asiático, Rusia se ha conformado de un modo peculiar, adaptándose a unas circunstancias casi siempre adversas, asimilando influencias diversas: «los propios rusos son un pueblo palimpsesto, ciudadanos de una nación hecha de retales que, más que la mayoría de los países, muestra estas influencias externas en cada aspecto de la vida».

Ese tortuoso proceso ha generado en la nación rusa una tremenda inseguridad interior que algunos interpretan, quizá algo toscamente, como complejo de inferioridad pero que, esto sí, indudablemente, puede verse como un reflejo aumentado de la antes aludida excentricidad y de la permeabilidad de fronteras. La historia rusa delata esa constante esquizofrenia, ese ser o no ser -según el modelo europeo, en primer término-, perceptible como una constante a través de los siglos: impulsos reformistas, renovadores o ilustrados, seguidos inmediatamente de temores, retrocesos y ansias de refugiarse en lo más profundo de una pretendida alma eslava («rusificación»). Todo ello, según Galeotti, ha conformado como mecanismo de defensa un nacionalismo que, a fuerza de inseguridades y suspicacias, presenta a menudo un cariz agresivo. Pero, por encima de todo, ese nacionalismo ruso busca su lugar en el mundo reinterpretando su propia trayectoria histórica: de manera contumaz, argumenta el autor, «los gobernantes de Rusia cambiarían el pasado para construir el futuro que deseaban». Rusia, sigue diciendo, «se ha convertido en un país en el que reimaginar la historia no es solo un pasatiempo nacional, sino una industria» (p. 12). Tanta importancia se da a esta vertiente que el propio libro viene encabezado por un proverbio soviético que reza así: «Rusia es un país cuyo futuro es fácil de predecir; lo que es impredecible es su pasado».

Ya comprenderán que podía extenderme muchas páginas más sobre estas cuestiones, pero creo que bastará lo dicho para que se hagan una idea del tono y las pretensiones del volumen que comento. En conjunto, el repaso que hace Galeotti a la historia rusa, muy sumario, como no podía ser de otro modo, se atiene a las pautas tradicionales de primacía del enfoque político convencional, con pequeñas pinceladas acerca de la economía, la sociedad y la cultura. El dilema que subyace a tan diversas épocas históricas es, sin embargo, básicamente el mismo: la tensión nunca resuelta entre tradición y modernidad, inmovilismo y reformas, la interiorización y la búsqueda de un modelo externo. Los acontecimientos concretos, por más llamativos o aparatosos que resulten –desde las guerras ofensivas y defensivas hasta el terror bolchevique- encuentran siempre su basamento en última instancia en un nacionalismo paradójico, resultado de esa permanente encrucijada entre la fidelidad a las raíces y el fulgor de lo nuevo: ¿qué quiere ser verdaderamente Rusia?, se pregunta el autor. Aquí se encuadra el determinante papel de la reelaboración histórica antes aludida: la necesidad de trazar un pasado ad hoc que justifique los movimientos futuros como mera continuidad (coherencia con una trayectoria secular).

En ese contexto está muy bien trazado –enlazamos, esta vez para terminar ya, con el volumen sobre Putin- el surgimiento, meteórico ascenso y consolidación del nuevo autócrata, el que hoy rige los destinos del Kremlin, ofreciendo a sus súbditos restablecer la dignidad perdida: honor y respeto para Rusia, una Rusia europea y cristiana que no puede renunciar, por otro lado, a recobrar su estatus de superpotencia. Pero… ¿es eso realmente lo que quieren los rusos? Galeotti ponía punto final a su recorrido planteando esa incógnita. Luego vino la invasión de Ucrania y la necesidad de una coda: Rusia, aquí y ahora, se ha metido en un callejón sin salida. Lo mejor que podría pasar –a Ucrania, a Occidente, al mundo y, por supuesto, también a la propia Rusia- es que la historia muestre pronto que quien se ha metido en un callejón sin salida es solo Putin y su régimen. Cuanto antes quede claro, mejor.

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