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El español en el mundo de la pospandemia


El español, lengua internacional: proyección y economía. (En el V Centenario de Nebrija). Prólogo de Santiago Muñoz Machado
José Luis García Delgado (Director)
Madrid: Universidad Nebrija/ Civitas/ Thomson Reuters, 2021
220 p.

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En 2003, Espasa publicó El valor económico de la lengua española, una obra colectiva dirigida por Ángel Martín Municio, que pretendía representar una primera aproximación econométrica al español, en su doble aspecto de lengua oficial en España y en las repúblicas de Hispanoamérica, y de lengua de relación internacional. Aunque el libro llevaba la fecha de 2003, el estudio había concluido el año anterior (de hecho, su propio director, académico de número de la RAE y presidente desde 1985 de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, había fallecido en noviembre de 2002). De modo que el estudio que aquí comentamos, aunque terminado en 2021, tendría que haberse publicado en 2022, año del Centenario de la muerte de Elio Antonio de Nebrija, como una puesta al día del cuadro que ofrecía el publicado en 2002 bajo la dirección del ilustre biólogo y químico riojano.

En el caso del proyecto que ha dirigido García Delgado, el planteamiento interdisciplinar ha concedido un papel importante a la Economía, pero el peso de esta en el conjunto resulta menor que en el que dirigió Martín Municio. De los dieciséis investigadores, solo un tercio de ellos son economistas (seis, si incluimos entre estos a un historiador, catedrático jubilado de Historia e Instituciones Económicas). El resto comprende a tres destacados sociólogos, un especialista en Métodos Cuantitativos, cinco lingüistas y un diplomático y antiguo embajador de España en EEUU. El libro tiene, por tanto, un carácter interdisciplinar que, sin duda, evita el excesivo sesgo economicista del de 2022, pero que no acaba de plasmarse en una visión coherente de los problemas y tendencias de la situación presente.  Las colaboraciones individuales, incluso las más brillantes, no se integran en un diálogo de enfoques y disciplinas. En general, la información que aportan los distintos especialistas es muy interesante —en algunos casos excesivamente detallada— y los análisis son en general rigurosos. El lector que decida no saltarse páginas ni capítulos terminará con un buen número de conocimientos nuevos, tanto teóricos como empíricos, en diversos campos más o menos relacionados con la lengua española en la situación actual, pero tendrá que poner de su parte un esfuerzo adicional muy considerable si quiere sacar una idea cabal de la relación entre todos ellos.

Comencemos, por ejemplo, con el capítulo 5, el dedicado a «Lengua e internacionalización empresarial: el caso español», del Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense José Antonio Alonso. Es un artículo de diez páginas (incluyendo bibliografía) que compendia un trabajo más extenso aparecido en 2016, escrito en colaboración con otros dos economistas, José Luis García Delgado y Juan Carlos Jiménez, Lengua, Empresa y Mercado. ¿Ha ayudado el español a la internacionalización? (Barcelona: Ariel/ Fundación Telefónica). El artículo de Alonso no menciona bibliografía posterior a este libro. De hecho, el estudio (encuesta) de los tres autores del mismo es citado por el propio Alonso como el fundamento de su breve argumentario. En el apartado del artículo que aparece bajo el epígrafe «Lengua y mercado», tras preguntarse si «las teorías de la internacionalización brindan argumentos para pensar que la existencia del español [como lengua internacional] constituyó un factor positivo en la experiencia internacional de la empresa [española]» y si «coinciden en esa opinión los propios empresarios», Alonso apela al libro-encuesta de 2016 para demostrar que efectivamente, eso es así, y que un 52% de las empresas encuestadas (1.705) coincidían en declarar que «el uso del español como lengua dominante en el mercado de destino les ha supuesto una ventaja para su estrategia internacional)», lo que no deja de ser un truismo. Acabo de ver una película danesa en la que un matemático intenta vender al ministerio de economía un algoritmo que prueba cómo, hasta un cierto nivel de ingresos, los daneses compran coches de KIA o Toyota, y de ahí para arriba prefieren los de Mercedes Benz o Audi. Como uno de los funcionarios ministeriales observa, «¿por qué querríamos comprar un algoritmo que permite saber que los ricos compran Mercedes y los pobres KIA?». Porque el algoritmo nos informa de la complejidad de los factores que inciden en este tipo de decisiones, arguye el matemático. La secuencia siguiente nos lo muestra en la calle, con la consabida caja de cartón ondulado que contiene todos sus bártulos.   

No se trata de que artículos como el de Alonso no contengan reflexiones interesantes acerca de cómo se toman las decisiones de internacionalizar las empresas, pero no parece ser un misterio que la comunidad de lengua influya en las mismas. Cuando el equipo de Martín Municio presentó sus conclusiones, al término de un ciclo expansivo de las empresas españolas en Latinoamérica y EEUU, iniciado a comienzos de la década anterior y, sobre todo, en torno al año clave de 1992, ninguno de los que en algún sentido estuvimos implicados en aquel proyecto econométrico veíamos necesario insistir en que el mercado americano (no sólo en el hispanoamericano ni en el latinoamericano —que incluiría a Brasil— sino en el estadounidense) se ofrecían unas condiciones muy favorables a la expansión de las empresas españolas por la mera «existencia del español», y eso que el panorama comenzaba a oscurecerse a causa del ascenso ubicuo de los populismos, que en muchas de las «repúblicas hermanas» acosaban a las grandes empresas españolas (de comunicación, financieras y compañías aéreas) que desde los años iniciales del ciclo mencionado habían constituido la vanguardia de la internacionalización.

El estudio del equipo de Martín Municio (avalado por la RAE y el Instituto Cervantes, que dirigía en 2002 quien esto escribe) no acusaba todavía el efecto de este cambio en las políticas latinoamericanas, y se mantenía en un tono de discreto optimismo, si bien menor del que había presidido sólo un año antes el II Congreso Internacional de la Lengua Española, celebrado entre el 16 y el 19 de octubre de 2001 en Valladolid. Sin embargo, ese mismo año 2001, Nicolás Sánchez-Albornoz, que asistió al Congreso de Valladolid en su calidad de primer Director General del Instituto Cervantes (yo era el último en esas fechas), había publicado en el homenaje al hispanista argentino Isaías Lerner un trabajo de demografía en el que auguraba un descenso del índice de crecimiento de las comunidades hispanófonas, a medida que estas fueran aumentando su nivel de vida. El declive demográfico comenzaba ya a notarse en los hispanos de EEUU, y eso, según Sánchez-Albornoz, implicaría también un descenso del número de hablantes del español, lo que favorecería a lenguas situadas un poco por detrás de aquel (por ejemplo, el árabe). Aun admitiéndolo, nos consolaba pensar que ni el árabe ni el chino, por su carácter de lenguas-complex, mucho más fragmentadas dialectalmente que el español, podrían competir con este por el estatuto de segunda lengua internacional de relación.

En esas fechas, todavía las Academias de la Lengua Española y, por supuesto, el Instituto Cervantes, tendían a ver un futuro fastuoso para la lengua española, cuya demanda en la enseñanza de idiomas extranjeros, crecía exponencialmente (o así lo creíamos entonces). Sin embargo, el atentado contra el World Trade Center de Nueva York, algo más de un mes antes de la apertura del Congreso de Valladolid, había inaugurado un ciclo depresivo en la economía internacional (y fundamentalmente en la occidental) que llegó a su paroxismo con la gran crisis financiera de 2008. La enseñanza del español como lengua extranjera iba a verse seriamente afectada, empezando por su presencia en las universidades de EEUU, donde los departamentos de lenguas modernas (de todas, pero, en particular, del español) iban a sufrir una drástica pérdida de financiación.

El libro del equipo de García Delgado es mucho más realista que lo que el entusiasmo oficial de los primeros años 2000 trasladó al del de Martín Municio. Pero no sólo porque haya cambiado el humor de los expertos. Dígase lo que se quiera, el optimismo era bastante general en la España de 2001, todavía a comienzos de la segunda legislatura de Aznar. Veinte años después, en el segundo año de pandemia, el ánimo estaba por los suelos, pero las contribuciones de García Delgado y sus colaboradores al estudio de la situación internacional de la lengua se fundamentan en investigaciones estrictamente empíricas. El mismo artículo de José Antonio Alonso al que he aludido en términos que pueden parecer poco elogiosos es una buena muestra de la voluntad de atenerse a los hechos. Insistir en que, en 2016, sólo el 52 por ciento de los empresarios españoles encuestados veía en la «existencia del español» una ventaja internacional para la expansión de sus empresas habría sonado a derrotismo quince años antes. Tras la experiencia del acoso populista a la Marca España en las últimas dos décadas, es lógico suponer que muchos de aquellos se sientan decepcionados.

Por otra parte, y en lo que a la demografía lingüística se refiere, el estudio de 2022 reconoce que, tanto en los países de lengua inglesa como en otros de lenguas distintas del español, es ya difícil que la segunda generación de la inmigración hispana mantenga la lengua de sus padres, y en las siguientes, en el dudoso supuesto de que la conserven, no constituye ya la principal seña de identidad comunitaria. En tal sentido, se situaría más en la línea del pronóstico de Sánchez-Albornoz que en el de las grandes expectativas del fin de siglo, cuando, por ejemplo, se sostenía contra toda evidencia (desde España) que el spanglish no era un síntoma claro de sustitución lingüística en un contexto claro de diglosia, sino el resultado de los esfuerzos de los emigrantes hispanos que aún no dominaban el inglés de hacerse entender por los anglófonos.

El planteamiento del estudio de 2021 es asimismo realista cuando admite —empezando por el director del proyecto— que el español no es una de las lenguas de la Ciencia, ni de la teórica ni de la aplicada. Tal reconocimiento no faltaba tampoco en los expertos de 2002, pero se compensaba con la tesis de que la nuestra era una de las más importantes lenguas de cultura, con una sobreabundancia de premios Nobel de Literatura, por ejemplo. No obstante, resulta desazonante constatar que la literatura española traducida a otras lenguas ocupa el noveno lugar entre las lenguas de cultura. Sin embargo, se resalta la pujanza de formas de la cultura popular como la telenovela, la canción latina, etc., con gran capacidad de penetración en sociedades muy diversas, donde se han convertido en medio informal de aprendizaje del español.

Este hecho, el de la fuerza de la cultura de masas en español, otorga a la lengua una ventaja comparativa en una época de expansión global de la digitalización. Incluso el lingüista David F. Vítores se atreve a aventurar (con bastante prudencia, eso sí) que la revolución de los macrodatos y de la Inteligencia Artificial podría dar una nueva oportunidad al español para parangonarse en condición de lengua tecnocientífica con las que hoy señorean ese campo. Dicho autor, que contribuye al libro con un artículo titulado «Ante un tiempo nuevo: el español en la Ciencia y en la Red», concede una gran importancia a la introducción, a finales de la década pasada, «del aprendizaje profundo a través de redes neuronales digitales…así denominado por las similitudes que guarda con el cerebro humano: las “neuronas” aparecen conectadas en el software y los conjuntos sinápticos pueden fortalecerse o debilitarse en el proceso de aprendizaje». En este sistema, observa David F. Vítores, no se necesita segmentar las frases para traducirlas. Resumiendo: en el campo de la comunicación formalizada, podría llegar, antes que tarde, un momento en que ya no tenga sentido oponer el inglés al español como lengua de comunicación científica o como idioma de internet. A modo de epílogo, Antonio-Miguel Bernal pone en paralelo este «tiempo nuevo» del que habla Vítores, con el de Elio Antonio de Nebrija, uno de los cinco grandes humanistas de la transición del siglo XV al XVI, junto a los otros cuatro grandes ciceronianos: Maquiavelo, Erasmo, Moro y Vives. Nebrija fue uno de los grandes adelantados de la tecnologización (gramatical) de las lenguas europeas no clásicas, aunque en esto deberíamos también refrenar el chovinismo que nos suele invadir, sobre todo en épocas de desolación, y conceder que, si bien la Gramática sobre la lengua castellana (1492) fue la primera gramática solvente de una lengua moderna, no fue la primera gramática: la precedieron la Gramatichetta toscana de León Battista Alberti y una curiosa gramática del francés, Le Donait François, cerca de1409.

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