El celo, un tributo salvaje a las malas víctimas

El celo

Sabina Urraca

Madrid, Alfaguara, 2024

312 págs

El celo, tercera novela de Sabina Urraca, encarna a la perfección los motivos por los que tantas escritoras han repetido, una y otra vez, que no existe una literatura femenina como tal. La narración del duelo por la pérdida de una pasión, una amiga o una madre; de la crueldad sufrida y de la perpetuada; del deseo que hierve tras la piel y se expande al materializarlo… excede los límites de lo categorizado como íntimo y se vuelve experiencia colectiva, como cualquier herida o roce diseccionados a través de la ficción. Las grandes novelas están hechas de carne, de invención, de mentiras y de memoria. Las novelas escritas por mujeres, evidentemente, no son una excepción.

En este libro, la autora traza un retrato minucioso del abatimiento humano y, a su vez, de la capacidad de resistir, de entrar de nuevo en movimiento a pesar del dolor. Tomando como premisa la huida tras una relación de maltrato, utiliza la palabra como vehículo para arrojar un haz de luz sobre las secuelas de la violencia, a menudo silenciadas, omitidas, subestimadas. Recuerda a esa posibilidad con que fantasea un personaje de Lucia Berlin en uno de los relatos que conforman su Manual para mujeres de la limpieza: «¿Y si nuestro cuerpo fuera transparente, como la puerta de una lavadora?». Desde la hinchazón y las supuraciones del organismo que enferma, minimizadas por los médicos, hasta la autocompasión y el morbo, no hay vergüenza que escape a esta lente de microscopio que se empeña en alumbrar por igual lo escabroso y lo terrorífico. El resultado es una lectura inquietante en el mejor de los sentidos; una lectura que escuece, raspa y rechina. Una lectura que suscita desazón y que logra provocar, incluso, auténtico asco.

En cuanto a la protagonista, se trata de una víctima que cumple con los parámetros de sufrimiento exigidos para serlo, a la vez que rompe rotundamente con las expectativas patriarcales de pureza, buena conducta y voluntad de sanar que se tienen sobre estas. Por un lado, somos testigos de cómo se aísla, descuida su salud física, se alimenta a duras penas. Vive entre el silencio y el susto, escondiéndose ante cualquier olor, sonido o silueta que despierte sus sospechas de que el peligro, siempre latente, siempre de fondo, se convierta de repente en una amenaza tangible. Bajo su antigua carcasa de mujer adulta, ahora es casi una niña desvalida, un animal tembloroso abandonado a su suerte. En ese sentido, es la prueba viva del lastre que la violencia de género puede acarrearle a un cuerpo. Asimismo, ofrece una representación del enloquecimiento en que este no emerge de la nada, no brota sin preámbulo; nos muestra, no solo aquello que entendemos socialmente como locura, sino también su caldo de cultivo, sus detonantes de género y de clase.

Sin embargo, este arquetipo de mujer deshecha muta en la ficción, como suele ocurrir en la realidad, a otra que todavía boquea como un pez revolviéndose fuera del agua, una alimaña a la que han disparado dentro de su propia guarida y que, obstinada, escapa renqueando. Lo llamativo, lo subversivo incluso, es que, también como en la realidad, la supervivencia no atiende a criterios de contención, de autosuperación o de productividad. La ausencia de un trabajo remunerado y de su búsqueda, el consumo de drogas legales e ilegales o la acumulación de mensajes sin responder y de conocidas a las que ya no se saluda al cruzarse andando por la calle… estas decisiones del personaje, voluntarias o no, son ejemplos de todo aquello que no aparece en los manuales de pautas para seguir poniendo un pie delante del otro tras el desmoronamiento de los andamios del propio presente. Y que, no obstante, a menudo son inseparables de ese proceso de formar parte del mundo de nuevo, de reaccionar al entorno como un ente vivo. Como alguien que, en algún momento, volverá a hacer promesas y a creerse las ajenas; a sentir hasta la extenuación algo distinto al miedo, quizá no mejor ni peor, pero sí distinto. Alguien que volverá a ansiar con avidez, a salivar y a activarse como un resorte, empujada por impulsos, no exclusivamente por inercias.

El de la protagonista no es el único rostro que nos acompaña en esta travesía torpe y errática por los derroteros del después. A la Humana, así se hace referencia a ella, la acompañan la Perra, también sin nombre, adoptada sin planearlo tras encontrarla perdida en una rave; Mecha y el resto de mujeres a las que conocerá en el grupo de terapia; y todas esas figuras de su pasado, más lejano o más reciente, que han dejado un rastro tan profundo, tan oloroso, que la historia es inconcebible sin ellas. Por ejemplo, el exnovio, los abuelos y Bienvenido, el cachorro junto al que se crio.

En particular, Mecha y las demás compañeras funcionan en la novela como una especie de sala de espejos en una atracción de feria. La Humana se refleja en ellas y ellas se reflejan en la Humana. Los secretos, los horrores y los chascarrillos van alternándose en las reuniones en el centro de salud madrileño, empequeñeciendo todo aquello que hace sus vidas tan diferentes y amplificando lo que las acerca. Se reconocen mutuamente en esa brecha que abren en el sistema, al buscarse fuera del horario delimitado por la profesional que las convoca, para protegerse, rehuirse y acogerse unas a otras en ese margen que comparten. Con sus soledades, sus envidias y su nostalgia de todo aquello que las trituraba vivas, del sitio adonde nadie más entendería que quisieran volver. Hermanadas a pesar de ellas, o gracias a ellas, pero hermanadas al fin y al cabo. Como en esos versos de Alana Portero, en su poemario La habitación de las ahogadas, que dicen: «No encontrarán en nosotras más que la mueca rota de las poseídas, el / lenguaje corporal dislocado de las místicas griegas / que mordían los tallos vivos del monte Citerón».

Así, nos encontramos ante una novela coral, en que los diálogos se mezclan, a menudo sin una separación estricta, con la narración de los hechos, que no sigue tampoco una cronología lineal. La autora nos empuja a trompicones, arrastrándonos desde una escena de la niñez en el salón de casa de los abuelos, en un pueblo riojano, hasta una conversación en un foro, a raíz de una ansiosa búsqueda en Google sobre cuidados caninos. La infancia, la adolescencia y la adultez se disputan la trama, con el deseo como principal hilo conector entre las diferentes etapas vitales. La obra se interrumpe a sí misma, desafiando las formalidades, emborronando los límites de lo literario y volviéndose prácticamente indistinguible de la cotidianidad.

Esa proximidad y esa verosimilitud, al sostenerse sobre una prosa marcadamente sensorial y precisa, nos mantienen a medio camino entre la confidencia y el poema. La escritura de Sabina Urraca destila mordacidad y ternura, escrutinio y jolgorio, blandura y crudeza. El estilo narrativo, en definitiva, encaja indudablemente con el halo tragicómico que envuelve a la historia. Nos recuerda constantemente que en El celo, como en tantas obras, y quizá también como en tantas vidas, se defiende con uñas y dientes el derecho a los placeres inmerecidos, a la fiesta en mitad de la lástima.

Sol C. Medina (1997, València) es poeta y comunicadora. En 2023 publicó el poemario coescrito piel de naranjo (La Consentida). Ha colaborado con medios de comunicación como Pikara Magazine o El Salto, así como con iniciativas divulgativas en À Punt Radio, Proyecto Locus, el Centro de Estudios Katakrak y el festival Paraulapoder.

Imagen de Denise Jans
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Ficha técnica

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El mundo del libro, ese maravilloso invento que nos acompaña desde hace milenios, sufre en la actualidad transformaciones en su diseño, en su público y en sus propósitos. Así que, mientras aprendemos a leer en diagonal en los formatos digitales, seguimos pasando páginas, cuestionando premios y jurados, formando comunidades y asociaciones, y anunciando una y otra vez la muerte del papel que, afortunadamente, nunca llega a producirse.

Elvira Navarro es escritora de fama internacional. Su última obra publicada es La sangre está cayendo al patio.

Jesús García Calero es periodista, director de ABC Cultural.

Javier Moscoso, profesor de investigación del CSIC, es director de Revista de Libros.

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