El moderadito, «legislador de su propia reflexión»

Moderaditos. Una defensa de la valentía en política

Diego S. Garrocho

Barcelona, Debate, 2025

112 págs.

¿Está el conocimiento reñido con la maldad? Sería la pregunta que Sócrates se habría hecho, ya largo tiempo atrás, para rebatir a Protágoras y concluir que nadie obra alejado del bien voluntariamente, según cuenta el diálogo homónimo de Platón. Poco después, la ética aristotélica impugnaría esta concepción, no por misantropía, sino por reconocimiento de la debilidad humana: claro que es posible conocer el bien y ser incapaz de ejecutarlo.

Recuperar aquella pregunta tan antigua tiene aquí sentido porque es de esa misma sensibilidad de donde nace el último libro del profesor Garrocho, Moderaditos (Debate, 2025), cuyo subtítulo descubrirá mejor su carácter eminentemente clásico: Una defensa de la valentía en política. Reformulando la preocupación socrática, cualquiera que se dedicara hoy a la política sabría dar, aunque fuera de manera intuitiva, una definición de valentía ―es más, podríamos incluso sospechar que dicha definición se compadecería casualmente con las siglas de su partido―, pero ¿actúan por ello realmente como valientes? Impugnando el eco de aquella intuición del maestro de Atenas, así presenta el autor su declaración de intenciones: «Cualquier persona sabe que el insulto, la banalización del disenso o la demonización de quienes no piensan como nosotros encarnan un fracaso personal. […] Lo único que trataré de justificar en este texto es que quienes optan por obrar de esa manera jamás podrán decirse valientes».

El marco en el que se desarrolla el ensayo del profesor Garrocho incluye la premisa, anticipada por autores como Voegelin o Steiner, de que, en un mundo secularizado, las ideologías son las nuevas religiones. La consecuencia que Garrocho extrae es lógica y, por desgracia, familiar: cuando las ideas políticas abandonan el compromiso liberal de competir entre ellas para, en su lugar, convertirse en una cuestión de fe, el espacio político se transforma en un conjunto de trincheras identitarias. Hasta la fecha, este ha sido el aspecto de este libro del que más se ha hecho eco la prensa. Sin embargo, el hallazgo de Moderaditos descansa en otro tiempo muy anterior a los principios del liberalismo clásico: su reivindicación de la valentía como solución, no sólo por ser justa, sino sobre todo por hacernos más felices.

Frente a la opinión común, Garrocho propone que la cobardía ―al evitar el riesgo de apostar nuestros valores en la timba de la democracia― no redunda en una mayor felicidad. Por el contrario, defiende que existe una disposición eminentemente melancólica en el carácter de quien reduce toda su identidad a una ideología inamovible. Esta idea, que podría pasar desapercibida, es una de las más valiosas para aquella tradición que, junto con Atenas y Roma, completa nuestra herencia cultural: quien entrega lo que tiene, quien no se reserva nada para sí, será recompensado. La dicha, entonces, dependería también de que uno estuviera dispuesto a desprenderse de sus ideas mediocres. Puesto que quien es más sabio también es más feliz, la cobardía, tal y como la presenta este ensayo, sería entonces una forma de egoísmo que conduciría a la infelicidad.

Garrocho perfila la valentía como un rasgo necesario para el buen ejercicio de la libertad, la humildad y, especialmente, de la moderación, tres tempos que componen un vals a lo largo de todo el libro. A través de una breve genealogía que se remonta a la σωφροσύνη (sophrosyne) como virtud clásica relativa al dominio de las pasiones, el autor distingue la moderación de la mera tibieza por atender la primera a una demarcación fundada en las formas en lugar de en el contenido. Es decir, aquellos que sufren el desprecio de sus pares con agravios como «moderaditos» no lo hacen por defender propuestas muy alejadas de ellos, sino por hacerlo de un modo singular que se alejaría de aquel comportamiento que se describe como «testosterónico»; la relación entre la masculinidad y las poses bravuconas en política es un asunto que Garrocho únicamente sobrevuela con ingenio, pero al que podría haber dedicado un número considerable de páginas. 

En segundo lugar, y ligada también a su carácter moderado, se encuentra la humildad entendida como escepticismo. Frente a quienes se habitúan a esconderse tras certezas que ni siquiera han sido edificadas por su propio intelecto, Garrocho plantea que el moderadito es aquel capaz de algo tan primario como dudar, de uno mismo y de quienes ofrecen a bajo costo paquetes cerrados de dogmas. Cuestionar a nuestros rivales ideológicos siempre es tarea fácil ―incluso, placentera―; lo valiente es discutir dentro de la propia bancada. Su propuesta no es sólo moral, sino también epistémica: «metodológicamente podría llegar a ser útil asumir que quienes piensan de manera opuesta a nosotros siempre tienen, al menos, una cuota de razón». Valdría la pena preguntarse cómo sería nuestra vinculación con la sociedad, el mundo y el saber si incluyéramos esta premisa en nuestro razonamiento. Mientras haya responsables en nuestros partidos políticos creyendo que no todos sus militantes tienen por qué pensar por sí mismos, harán falta moderaditos.

No obstante el ensayo es realista, y reconoce que un gesto de valor así puede traer consigo una profunda soledad. También Aristóteles se preguntaba, hacia el final de su Ética Nicomáquea, si acaso el sabio necesitaba de amigos y del favor de los dioses. En efecto, hay que ser muy valiente para ponderar y renunciar voluntariamente a una necesidad tan humana como el abrigo de una comunidad de iguales, pero es el precio por señalar que el rey va desnudo. Ser libérrimo hasta el punto de escapar del yugo de unas siglas ―casi mafiosas, parecería por su descripción― no es sencillo, especialmente cuando el pan de nuestros hijos puede depender de ello, y aunque a Garrocho le honre la interpretación caritativa, cabría señalar que las más de las veces lo que está en juego no es tanto el pan como servidumbres más lamentables. En cualquier caso, como confiesa el filósofo, si existe algo peor que la soledad es que su causa sea el desprecio. Así, su elogio final al derecho a decepcionar es, además, de suma relevancia para las generaciones jóvenes que somos recibidas en un mundo tan polarizado como gregario. Cuando lo que se espera de nosotros es elegir facciones en lugar de ser ciudadanos críticos y libres, en palabra y obra, entonces decepcionar se convierte en un acto de valentía. Los ecos del poeta Henley en su reivindicación de figuras como Pasolini o Weil como «legisladores de su propia reflexión» son, en este sentido, extraordinarios.

En las  conclusiones a este ensayo marcado por la tradición liberal, Garrocho reivindica para el quehacer humano el republicanismo clásico, con el fin de «rehabilitar un cierto compromiso cívico» con la valentía y la moderación y, así, reconstruir una democracia deseable. El vocabulario no es azaroso, y su gramática de la recomposición parece insinuar que alguna vez, tiempo atrás, existió verdaderamente ese santo grial. Cabría sospechar que no fue más que otro mito fundacional, pero para asegurarnos haría falta otro libro. En cualquier caso, tal voluntad heroica acabaría por anular el sentido mismo del ensayo: una sana democracia sería aquella en la que no hiciera falta nunca más ser valiente para ser libremente moderado. No obstante, Garrocho reconoce la batalla perdida que todo ello parece en nuestros días. Por eso, la imagen con la que cierra no es tampoco casual: esta vez, el escudo que abraza el derrotado león de Lucerna es el de la moderación y este ensayo, su último acto de dignidad.

Moderaditos. Una defensa de la valentía en política se inscribe en un espacio privilegiado entre dos mundos que la intelectualidad española no debió divorciar jamás: la filosofía y el periodismo o, si se prefiere, la academia y los medios de comunicación. Sin tratarse de una lección universitaria, la pluma ágil de Garrocho ―más mordaz que de costumbre― se exhibe cargada con la tinta de una larga tradición de la filosofía política que comparece sin abrumar y que oscila entre la ortodoxia y los márgenes. A la sombra de Platón y Aristóteles aparecen nombres célebres como los de Hobbes, Tocqueville o Arendt, pero también figuras dignas de reivindicación al estilo de Chateaubriand y La Rochefoucauld. Al mismo tiempo, es inevitable presentir entre líneas la lucidez de quien ha visto de cerca la política descarnada, lo cual parece suceder hoy más en los pasillos de una redacción que en la Cámara de nuestro Congreso. En consecuencia, leer a Garrocho no sólo es útil para instruirse en la ética clásica, sino también para calibrar hasta dónde puede continuar devaluándose nuestro escenario político actual.  

Mercedes López Mateo es investigadora en la Universidad Autónoma de Madrid, donde realiza su tesis doctoral sobre el arraigo en la filosofía de Simone Weil y su recepción de los clásicos. Es autora de Arqueología de los cuidados (Alianza, 2025).

Socrates y Platón, Escuela de Atenas, Rafael (1509). Wikimedia
Socrates y Platón, Escuela de Atenas, Rafael (1509). Wikimedia

Ficha técnica

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