La sindromina es una droga blanda

El amor es una droga dura

CRISTINA PERI ROSSI

Seix & Barral, Barcelona

La peripecia de esta novela se cuenta pronto. Su protagonista, Javier, es un fotógrafo de los que se rifan las agencias de noticias y luego las revistas especializadas: «Una lente montada sobre el trípode del cuerpo». Amante de un cierto género de dizque buena vida y sometido al estrés que la misma comporta (sexo, alcohol, drogas), su corazón está a punto de jugarle una mala pasada y Javier se asoma a ese abismo del que no se retorna. Enmienda, pues, la escritura de su existencia; se retira al campo, en compañía de una mujer equilibrada y serena, que no sé si programáticamente se llama Gema. Un día acude a la ciudad (no importa el pretexto) y en ella reencuentra a una mujer a la que había olvidado, una mujer mucho más joven que él, Nora, cuyo nombre también implica todo un programa, al menos desde el padrecito Ibsen. La belleza de Nora sacude ahora a Javier: pasada la perplejidad inicial de por qué no lo hizo cuando se conocieron años atrás, bien puede decirse con absoluta exactitud que esa belleza le sorbe el seso. Y como la gata Nora juega con el ratón Javier, la espiral de la autodestrucción, por más que no sea querida, vuelve a ponerse en marcha: hay agrónomos que opinan que la falta de lluvia llega a producir en las plantas lo que ellos denominan estrés hídrico, y la planta humana regada con alcohol no parece ser una excepción. Pero es que, además, al alcohol se le suman muy seguido las rayas de coca. La vida de Javier deviene obsesión por la posesión de Nora, y el final está cantado, pero mejor no lo cuento porque ofrece una variante un poco peculiar.

Como todo cuanto escribe Cristina Peri Rossi, El amor es una droga dura es un texto de excelente calidad literaria, en gracia a la cual pueden perdonársele ciertos tics que ya son casi manierismos (por ejemplo la insistencia en escribir pene-tración y las formas conjugadas del verbo pene-trar con ese guión monomaníacamente intercalado y etimológicamente discutible), así como también algún que otro pleonasmo («los agujeros de sus narinas», pág. 10) y el atropello de citar a don Antonio Machado fiándose de la memoria y convirtiendo el bello «no prueba nada / contra el amor, que la amada / no haya existido jamás» en un abominable «Contra el amor, nada prueba la inexistencia de la amada». Hay, por lo demás, alguna que otra imprecisión idiomática como la de «"El deseo de Nora es no ser cogida", en el doble sentido de la palabra, se dijo Javier» (pág. 174): pero es que el verbo coger encierra 24 acepciones, y supongo que ese doble sentido al que la autora se refiere traiciona sólo su propio origen rioplatense, con una acepción del verbo que en España si se conoce es de oídas, no por uso común en el hablante peninsular. En orden a la narración misma cabe señalar que resulta cuando menos raro el hecho de que Javier y Francisco, su amigo y confidente, no se hablen durante toda la novela nada más que por teléfono, hasta el final, y eso a pesar de encontrarse los dos en la misma ciudad y debiendo sentir ambos lo mucho más que les convendría conversar lo que conversan sentados frente a frente. De todos modos, como se ve, no se trata nada más que de lunares. La novela se lee de cabo a rabo con fluidez y hasta con interés, al menos todo lo que es narración pura y dura, no tanto así las disquisiciones y bastante menos los capitulillos insertados en cursiva.

Lo que no acaba de convencerme es la congruencia interior de la propia narración. Se nos sugiere que al reencontrarse con Nora, Javier sucumbe al «síndrome de Stendhal», esto es: a un estado anímico de trastorno provocado por la contemplación de la belleza y cuyo ilustre precedente se remonta a un pasaje de Rouge et noir, la novela de don Henri Beyle. Pero lo que se deduce del relato no es otra cosa sino que Javier quiere llevarse a Nora a la cama, cueste lo que cueste, y le termina costando la salud y casi la vida. Y no hay nada más natural en que se la quiera llevar al huerto si tomamos en cuenta la propia caracterización de la mirada de Javier que nos hace la autora en una página tan temprana como la 21: «La cámara era como un falo permanentemente erecto, con el cual intentaba penetrar la realidad, dominarla, conquistarla y retenerla». Si la joven es hermosa y apetecible, basta sumar 2 + 2 = 4 sin necesidad de recurrir al síndrome de Stendhal. Dicho sea de la manera más directa posible: me parece que en esa ecuación que quiere subyacer al libro, habita una psicopatología de recebo. Porque la relación que existe entre el dichoso síndrome de Stendhal y las ganas de encamarse con una persona (por mucho que el protagonista se sienta anonadado por la belleza de la misma…, e incluso vale preguntar: ¿no sería ello un acicate más?), es la misma que pudiéramos establecer entre el principio de Arquímedes y las mareas. Me queda la impresión de que en cierto echar mano a algunos conceptos superepatantes de la psicología, recurso harto generalizado en la literatura de nuestras calendas, no hay más que el deseo de encontrarle alternativas al manoseado complejo de Edipo. Novelas con una armazón tan sólida, novelas tan bien escritas como El amor esuna droga dura, no necesitan las muletas de lo que llamaré la sindromina. Porque es justamente en ellas donde se nota el pie de que andan rengas.

Ficha técnica

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