DISCUSIÓN

Unamuno y sus cartas: defensa de la epistolografía

Salamanca, Universidad de Salamanca, 2017
1.112 pp. 35 €
 

Auge de la epistolografía y decadencia de las cartas

Vivimos años de esplendor de la epistolografía como fuente de la historia literaria, ahora que esta vuelve a tomar vuelo propio y se distancia de las idolatrías lingüísticas: de la apoteosis de la textualidad y del culto de las estructuras. En las cartas de un autor están a menudo los secretos de las obras más complejas o de los proyectos literarios más ambiciosos y, a menudo, los resortes de la decisión misma de ser escritor. No hay nada que explique una obra literaria mejor que leerla en esa suerte de estereofonía (cierto que equívoca a veces) que nos proporciona la intimidad escrita del autor.

Valgan unos relevantes ejemplos de los ofrecidos por la investigación filológica de los últimos veinte años. El epistolario de Juan Valera (cuya edición definitiva ha sido una proeza de su editor, Leonardo Romero Tobar y su equipo) ha evidenciado su peculiar relación con el romanticismo del que desconfiaba y el mundo clásico que amó, la complejidad de su agnosticismo y la singularidad (y las disidencias) de su trayectoria narrativa. Disponer de las cartas completas de Juan Ramón Jiménez (propósito que está a punto de rematar Alfonso Alegre Heitzmann para la colección Epístola, de la Residencia de Estudiantes) ha desvelado la «política poética» de quien fue el más obstinado de los defensores de la autonomía (y la responsabilidad, a la vez) de la poesía. La correspondencia de Pedro Salinas (que en 2008 reunieron y completaron Enric Bou y Andrés Soria Olmedo) puso en primer plano los términos de su vivencia del exilio y los del fascinante misterio privado de la vida afectiva del autor, pero también se plasmó allí, sobre todo, la inventiva, el ingenio y el humor de quien estas cartas confirman como uno de los mejores prosistas de su tiempo. La Fundación Max Aub ha logrado ‒con más empeño que medios materiales‒ dar a conocer el valioso archivo que tiene depositado en su sede de Segorbe; incluye un montón de cartas (que el autor guardaba cuidadosamente: copia de muchas propias y de todas las que recibió) que retratan de cuerpo entero a un escritor muy celoso de su lugar histórico en la literatura del siglo XX, y que alumbran las encrucijadas del exilio tanto como lo hizo su obra de creación. Muy cerca de ella han de ponerse las cartas intercambiadas con sus compañeros de destierro (Francisco Ayala o Jorge Guillén), los escritores de su generación (Vicente Aleixandre) y sus estudiosos (cercanos a su edad, como Manuel Tuñón de Lara, o más jóvenes, como Dario Puccini e Ignacio Soldevila).

Otras correspondencias reflejan un pugilato fértil de personalidades (recordemos el puñado de cartas intercambiadas entre Carmen Martín Gaite y Juan Benet, rescatadas no hace mucho por José Teruel, donde brillan muy altos el buen humor y la discrepancia, el descontento y el afecto) y otras son insustituibles para evocar un clima histórico: el mundo intelectual de la posguerra española se entiende mejor a la luz de las cartas intercambiadas entre una mujer madura y derrotada, Elena Fortún, y una joven Carmen Laforet que tiene todavía intacta la ilusión, pero también ha cursado a fondo el desasosiego (en edición de Cristina y Silvia Cerezales), y se pormenoriza en el epistolario del caviloso Antonio Buero Vallejo y el más atrevido Vicente Soto, que vive fuera de España (la edición es de Domingo Ródenas y, como la anterior, figura en la colección Obra Fundamental, de la Fundación Banco Santander).

Retrato de Miguel de Unamuno, de Maurice Fromkes (Museo del Prado)

Alguien pensará que ese esplendor de la epistolografía ha venido a ser como la exigua parte luminosa que nos ha dejado el presente eclipse de la carta como forma de comunicación. La filología del futuro va a poder contar con muy pocos borradores enmendados, ninguna prueba de imprenta corregida a mano (como aquellas galeradas míticas que emborronaba Balzac o en las que Galdós hacía dibujos) y, sobre todo, tampoco habrá muchas misivas de escritores a sus confidentes, a sus amantes, a sus editores o a sus colegas. La comunicación electrónica y la compulsividad comunicativa de hoy son muy remotos herederos de la retórica deshilvanada y afectiva de la carta escrita sobre el papel. Los ridículos emoticonos no reemplazan al vocabulario afectivo de las cartas de anteayer, ni el exabrupto del tuit que se pretende ingenioso al razonamiento demorado.

De un modo o de otro, sobre el papel en blanco, el menos cuidadoso de los corresponsales sabía que rendía culto a un género literario que legó el mundo clásico, redescubrió gozosamente el humanismo (donde se llegó a inventar la carta ficticia, destinada únicamente a la publicación), y desde entonces, se movió –cuando se trataba de cartas de escritores‒ en ese estatuto difuso donde se mezclaban la intimidad y lo público, la inmediatez y la voluntad de estilo. De las cartas de Cicerón y Séneca nacieron, en buena medida, el ensayo moderno y, más a la larga, los derroteros psicológicos de la novela, género de géneros. Pero antes había nacido la epístola poética, que Horacio concibió como punto de confluencia del tenso ardor de la oda y de la vivacidad expresiva y cómplice de la sátira. Uno de los epistológrafos que se han citado algo más arriba, Pedro Salinas, escribió (seguramente en su exilio de Puerto Rico, a mediados de los años cuarenta) la mejor de las reflexiones sobre los poderes de la carta y, de propina, casi una divertida historia de su pedigrí estético: un centenar y pico de páginas que vale la pena volver a leer. Y lo llamó «Defensa de la carta misiva y de la correspondencia epistolar» (en El Defensor, 1948; edición española, 1967) porque ya entonces le parecía amenazado el porvenir del género.

La epístolomanía de Unamuno

Por los mismos años en que Salinas escribía su ensayo, empezaba a conocerse el epistolario de Miguel de Unamuno, seguramente el más copioso y revelador de los legados por el siglo XX español. Lo tuvo presente Manuel García Blanco, abnegado y meritorio pero no siempre fiel editor, en sus dos colecciones de Obras completas, de 1944 y 1959, y tuvo el propósito de cerrar el tercero de sus encargos, el de 1966-1971, con un volumen que recogiera el millar de epístolas que había reunido, pero su muerte lo impidió. Ya en 1941, Adolfo Alas había dado a conocer un Epistolario a Clarín, que incluyó alguna carta impresionante de Unamuno sobre la que volveremos. En 1963 apareció la importante correspondencia dirigida a Pedro de Múgica, editada en Chile por Sergio Fernandez Larraín, y en 1968, las cartas intercambiadas con Luis de Zulueta, editadas por Carmen de Zulueta, hija de su corresponsal. A partir de entonces menudearon las publicaciones de escritos íntimos o de artículos dispersos. Laureano Robles, profesor salmantino, fue durante unos años el más activo en lo que toca a las cartas: publicó las intercambiadas con Azorín y dos misceláneas valiosas y algo arbitrarias, Epistolario inédito (1991, 2 vols.) y Epistolario americano (1996). Pero la culminación del empeño estaba reservada a Colette y Jean-Claude Rabaté, estudiosos de la biografía del escritor y editores de las Cartas del destierro (1924-1930), que el año 2012 vino a ser un anticipo de la actual edición completa del Epistolario. Su primer volumen –cartas de los años 1880-1899, publicado en 2017‒ recoge trescientas de las casi dos mil ochocientas que los editores tienen localizadas y cuya edición correrá de cuenta de la Universidad de Salamanca, que ha vinculado este propósito a la conmemoración del octingentésimo aniversario de su fundaciónLos dos autores lo son también de Miguel de Unamuno. Biografía, Madrid, Taurus, 2009, y En el torbellino. Unamuno en la Guerra Civil, Madrid, Marcial Pons, 2017. Sobre la constitución del mundo intelectual del escritor son importantes los libros de Jean-Claude Rabaté, Guerra de ideas en el joven Unamuno (1880-1900), Madrid, Biblioteca Nueva, 2001, y Stephen J. Roberts, Miguel de Unamuno o la creación del intelectual español moderno, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2007..

La experiencia de poder leer, casi día por día de su vida, las cartas de Miguel de Unamuno confirma la raigambre romántica de la personalidad del escritor: romántica es la construcción de su propio yo en conflicto permanente con el misterio y el destino; romántica es su concepción del paisaje como diálogo con lo inmutable y revelación de los sentimientos primigenios; romántica es su concepción de la Historia como oscuro movimiento subterráneo de la vida colectiva que se agita en la superficie y permanece indemne en su interior. Y romántica es, por supuesto, esa necesidad compulsiva de comunicación (de la que el propio autor se acusa) y que se vierte en cartas interminables donde se reflejan una congoja íntima, el entusiasmo de una lectura, la comezón de escribir un nuevo libro y la emisión de una opinión sobre cualquier cosa. En la obra literaria de Unamuno, la carta es un género que, a veces, se presenta como tal (en dos de los Tres ensayos de 1900, por ejemplo), pero también como la forma implícita de lo que llamó «soliloquios» y, en muchos otros casos, es una forma configuradora (a modo de umbral) de otros géneros: cartas hay en las novelas, unas veces incluidas en la trama misma y otras a modo de marcos prologales, como sucede en Nuevo Mundo, Amor y pedagogía, Niebla, San Manuel Bueno, mártir, La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez, e incluso en la justificación de los poemas apócrifos de Teresa (Rimas de dentro).

Y es que la epístola fue la expresión más vivaz de la comunicación estética en el tiempo romántico, desde el artículo de costumbres a la novela sentimental. Pero el de Unamuno es un romanticismo tardío, de reflujo más que de pleamar, que también corresponde al momento de la configuración del intelectual moderno: una condición profesional que compartía los campos de la dedicación universitaria, el ejercicio libre de la crítica y una presencia social y política activa. La literatura de Unamuno dialoga con los lectores, pero, a la vez, él los escoge, les confiere coprotagonismo en la brega cotidiana de sus ideas, y de ahí que la subterránea forma epistolar predomine. Colette y Jean-Claude Rabaté han sabido subrayar las exigencias de la misiva en una frase unamuniana que citan en el prólogo a su edición del epistolario: se trata, en fin, de «o no escribir cartas, o escribirlas de veras», entregándose a ellas y al corresponsal, por lo que vienen a ser, a menudo, el boletín urgente de un permanente «taller de escritura».

No importa que el destinatario sea un amigo personal o un admirado maestro. Lo era, y así se lo reconoció muchas veces, Francisco Giner de los Ríos, a quien escribe Unamuno el 22 de febrero de 1899. Y, tras el habitual y poco convincente autorreproche («¿cuándo me curaré de mi epistolomanía?»), Unamuno no tarda en descargar su habitual fardo de proyectos en marcha, que ahora son la Vida del romance castellano. Ensayo de biología lingüística, que nunca llegó a escribir; una reflexión sobre la irracionalidad del concepto de Dios (a partir de las concepciones de Kant), de la que queda constancia en varios borradores, y unos «ensayos en forma de diálogos», que debieron de ser una de las múltiples variantes del género. Pero lo que importa es la reflexión final: «¿A dónde irá a parar todo ello? ¿Cuál será mi verdadera obra al cabo? Mi vida; todo lo que haga». «Mi vida» o, quizá, «mis cartas».

De la intimidad a la extimidad

He recordado ya que sus cogitaciones se dirigieron muy a menudo a un círculo de destinatarios íntimos, una suerte de discipulado no expreso pero sí fiel, con quienes Unamuno ensaya una y otra vez las artes del «maestro», otra figura ideal que pertenece también a la tipología romántica que llega al Zaratustra nietzscheano. En esta época de su vida, el apostolado estuvo compuesto por el compositor y filólogo Pedro de Múgica, que vivía en Berlín; Juan Arzadún, vizcaíno como él, escritor aficionado y militar de profesión; el socialista bilbaíno Timoteo Orbe; el intelectual y activista catalán Pedro Corominas; el periodista Francisco Fernández Villegas; el siempre atribulado Leopoldo Gutiérrez Abascal, paisano suyo, como el adinerado y culto José María Soltura y el comerciante ateo Pedro Jiménez Ilundáin. Ellos fueron los testigos privilegiados de los ejercicios de aquello que Jacques Lacan denominó extimidad, al llamar la atención sobre la implícita paradoja que comportaba: la intimidad es una zona que sólo puede reconocerse si se exterioriza, por lo que exhibirla es, en rigor, un modo de reforzarla.

La carta del 23 de noviembre de 1897, escrita a Gutiérrez Abascal, pinta muy certeramente el significado de ese grupo humano en la vocación intelectual de Unamuno: «Mis relaciones epistolares se estrechan. Quiero conservarlas con usted y sin tanto retraso como esta vez. Me escribe Soltura que está ahora en Barcelona, y Orbe. Soltura ha caído en un estado de indiferencia estoica, de pasividad, de nihilismo, que me da pena y espanto. Ha perdido la ilusión del vivir y pasea su aburrimiento de un lado a otro [...]. Orbe vive en un cierto sonambulismo con momentos de desfallecimiento, sostenido por una bondad íntima, verdadera y que espero que le valga recompensa [...]. El pobre Corominas está en un estado muy especial ¡Ah! ¡Si Dios me concediese el que pueda ayudarle un poquito, una chispita a llevar alguna calma a todos estos amigos y que esta labor me dé calma a mi también!» Y lo que sigue es un pío (y mendaz) deseo que, sin embargo, retrata anticipadamente la relación de Unamuno con una órbita pública mucho mayor, que muy pronto tendría: «Renunciaría, creo, a escribir al público si esto intensificara mi acción sobre los cuatro o cinco amigos que me oyen y sienten [...]. ¿Cuántas veces no he dicho que mi verdadera vocación es la de predicador? A lo que mi naturaleza íntima, una llamada para mí patente y, ¿por qué no decirlo?, la gracia acaso, llaman y es adonde voy».

La brega por conseguir un público

Entre el cenáculo de fieles y la futura expectativa de un público más amplio, Unamuno buscaba el eco de su obra y sabe que debe escoger con cuidado ya sea el libro que revele el espíritu contristado de una generación (¿quizá la novela Nuevo mundo?), ya la reformulación filosófica del cristianismo (¿Meditaciones evangélicas?), ya una filosofía del lenguaje (¿Vida del romance castellano?) o una novela de ambición tolstoiana sobre la guerra carlista (Paz en la guerra) de la que debió nacer una paz civil en los corazones. En carta a Pedro de Múgica, fechada en 1892, ya le reconocía que «deseo aprender a dominarme y sacrificar muchas de mis ideas sin empeñarme en meter todas las que se me ocurren», pero no por eso renuncia, y no sin cierto orgullo, a ser «el crítico feroz, el psicólogo despiadado, el atropellado censor, el ignorante de lo que pasa hoy en el cenáculo romanista de la docta Berlín, el descontentadizo y displicente».

De ese mismo año de 1892 es, sin embargo, la kilométrica y algo cómica carta que escribe a Juan Solís, un pariente de Concha Lizárraga, que vivía en Guernica. Solís debió de haberle preguntado algo sobre sus trabajos a su futuro primo y este no se para en barras, porque «me cuesta menos escribir que hablar y escribiendo reflexiono mejor, así es, desde hoy dos de octubre empiezo a desarrollar el punto difícil, y es la inconcebibilidad de lo absoluto». Lo que viene a continuación es la respuesta a cuatro preguntas («¿Qué es la ciencia? ¿Quién es Dios? ¿Qué es la razón? ¿Qué es existir?») que llevan su tiempo y sus cuartillas. Y, quizá por eso, la carta se interrumpe en un momento de la argumentación y leemos con asombro que «estas tres proposiciones aclararé; ahora voy a dar un paseíto. Vuelvo hoy y en otro rato vuelvo a las andadas». Y, efectivamente, la carta prosigue.

Al lado de esas cartas que rebosan el libre afán de comunicar, también hay cartas «interesadas», asedios intelectuales a figuras a las que se admira y donde la prenda de intercambio es la sinceridad

El futuro autor de Amor y pedagogía –la gran novela de su tiempo sobre la oquedad de las «escuelas», la vanidad de los «maestros» y la docilidad de los «discípulos»‒ vería luego con saludable distancia tanto la ilusión de apabullar a los Juan Solís, como la soberbia de tutelar a su heterogéneo cenáculo epistolar. Pero, al lado de esas cartas que rebosan el libre afán de comunicar, también hay cartas digamos «interesadas», asedios intelectuales a figuras a las que se admira y donde la prenda de intercambio es la sinceridad y la disposición irrestricta para dialogar. Es curioso seguir la pista de las cartas a Leopoldo Alas que aparecen en este primer volumen del Epistolario. La primera, del 28 de mayo de 1895, la escribe sin conocer personalmente a «Clarín» y con la rebuscada excusa de enmendarle un error que concierne a la etimología de «adolescencia», palabra que nada tiene que ver con «dolor» ni con «adolecer», sino con el verbo latino olescere, «crecer orgánicamente». Y reconoce paladinamente su intención de dialogar con el crítico al que considera quizás el más cercano a su espíritu: «¡Verá lo que hay de pretexto en la ocasión de que me he servido para enviarle esta carta!» Y así es, porque en la segunda epístola, del 31 de mayo, ya lo llama «amigo y compañero» (ambos son catedráticos) y le habla de los artículos de En torno al casticismo (en La España Moderna, una revista en la que «Clarín» escribió, pero de la que se separó en términos no muy buenos), y también de las tendencias místicas que cree que comparten. Lo que le da ocasión para resumir la trama de su novela Nuevo mundo que, por cierto, tanto se parecía al inconcluso proyecto clariniano de héroes fracasados esbozado en Una medianía y Cuesta abajo.

Pero, por parte de Unamuno, había una expectativa de intercambios espirituales que Alas defraudó. El próximo volumen del Epistolario de nuestro escritor incluirá la carta extensa e impresionante de Unamuno a Alas (fechada el 10 de mayo de 1900), por cuenta de su exigua y decepcionante referencia a Tres ensayos (en El Imparcial), que empieza por ser un paladino reproche a su desatención y acaba por ser toda una autobiografía en carne viva, que el éxtimo Unamuno decide escribir en tercera persona: «Esta carta va a ser una confesión, voy a desnudarme en ella y alguna vez a desnudarle el concepto que de usted tengo formado». Es, por supuesto, mucho más y casi todo tiene que ver, en el fondo, con la brecha espiritual abierta entre los intelectuales de la Restauración, hijos de la «Gloriosa» de 1868, y quienes, como Unamuno, fueron los incómodos albaceas del fracaso del canovismo: los acres comentarios sobre Juan Valera frente a los elogios que tributa a Vicente Blasco Ibáñez, las paladinas acusaciones de plagio de su novela Paz en la guerra que formula contra Galdós y su episodio nacional Luchana, las citas encomiásticas de las tarascadas de Ramiro de Maeztu contra el propio «Clarín», todo contribuye a una querella (¿generacional?), que es «parte de queja, parte de recriminación, parte (¿por qué no?) de consejo; sólo quisiera que de ella saliera una amistad verdadera». Pero «Clarín» murió trece meses después y cuando recibió la carta faltaba muy poco para que conociera el fatal diagnóstico de su tuberculosis intestinal. Nada sabemos de su reacción al asedio unamuniano, siempre en pos de reconocimiento: no se han conservado las cartas de Alas a Unamuno, como se comprueba en el Epistolario (tomo XII de sus Obras completas), compilado por Jean-François Botrel (el Epistolario a Clarín, que ya se ha citado, fue publicado por su hijo Adolfo Alas en 1941, en un volumen de Editora Nacional, lleno de inevitables pero enojosos elogios al «Movimiento salvador» de la Patria; en 1943, un segundo tomo, con el título de Epistolario, recogió las cartas intercambiadas con Marcelino Menéndez Pelayo y fue acompañado de un expresivo prólogo de Gregorio Marañón que es una reivindicación en toda regla del liberalismo del siglo XIX español).

Maestros y discípulos

La difícil relación con Alas plantea otro problema: la noción de modelo literario en la vida de Unamuno. Por supuesto, nunca la buscará en los aspectos técnicos de un estilo admirado, ni siquiera en la sugestión especial de una obra concreta (no se olvide que Unamuno fue un quijotista que desdeñaba a Miguel de Cervantes); le importaba más confrontar con la de otros su propia decisión de ser escritor y, a partir de esta, buscar la forma de entregarse a sus obras y a sus lectores. Pero esta noción –aparentemente tan ajena a las opciones estéticas‒ engendra más de una vez admiraciones impensadas: su devoción por Gustave Flaubert, el más exquisito y desdeñoso de los escritores franceses, puede ser un ejemplo. Una temprana carta a Pedro de Múgica (16 de diciembre de 1890) confesaba que Madame Bovary es «uno de los libros mejor pensados, mejor sentidos y mejor escritos que conozco». Ya un madrugador ensayo de Carlos Clavería en Temas de Unamuno (1953) habló de esa larga influencia y del motivo principal que la despertó, consignado en el artículo «Leyendo a Flaubert» (La Nación, diciembre de 1911): «Este enorme Flaubert, este puro artista está henchido de entusiasmo por el arte y a la vez de escepticismo, de íntima desesperación [...]. En obras de autores mediocres no se nota la personalidad de ellos, pero es porque no la tienen. El que la tiene la pone por dondequiera que ponga mano y acaso más cuanto más quiera velarse. A Flaubert se le ve en sus obras y no sólo en el Federico Moreau de La educación sentimental, sino hasta en la misma Emma Bovary [...]. Él, Flaubert mismo, decía que el autor debe estar en sus obras como Dios en el universo, presente en todas partes, pero en ninguna de ellas visible». Aquella era también la vocación de Unamuno y no habrá de extrañarnos que percibiera muy tempranamente la importancia que la correspondencia de Flaubert tendría en la comprensión de su obra y su persona. En 1911, Unamuno ya había escrito en «Leyendo a Flaubert», una apasionada declaración de hermandad espiritual en torno a su común epistolomanía: «Leed la correspondencia de Flaubert y veréis al hombre, al hombre cuya terrible ironía era un grito de vencido; al que hombre que sufrió con madame Bovary, con Federico Moreau, con madame Arnoux, con San Antonio, con Pécuchet... Veréis al hombre cuya religión era la desesperanza y cuyo odio era el del burgués satisfecho de sí mismo que cree conocer la verdad y gozar la vida, y os suelta una necedad cualquiera, a nombre de la fe o a nombre de la razón [...]. ¿Es extraño que un hombre así, como el hombre Flaubert, el solitario de Croisset, padeciese la dolencia de la insoportabilidad de la tontería, de la bêtise humana? Y para no tener que soportarla se enterraba entre libros, a desahogar su dolencia en sus inmortales obras». No ha de extrañarnos que la correspondencia personal acabara por ser un sacramento unamuniano.

Por supuesto, Unamuno tampoco fue indemne a otros modelos literarios de carácter colectivo o nacional. El debelador del casticismo anquilosado e hierático también buscó formas de fe colectiva, aplicables a la vida literaria. Y por eso sus cartas reflejan alguna que otra vez la huella del meteoro que fue la novela rusa en las letras de los años ochenta y noventa. En otra carta de 1892 a su confidente Pedro de Múgica habla de Guerra y paz, que releería atentamente en las vísperas de su Paz en la guerra, pero también confiesa que no le gustó Ana Karenina, aunque le fascinó Sonata a Kreutzer. En ella encontró lo que, sin duda, buscaba previamente, «aquella rudeza, aquella verdad áspera y dura [...]. Es hermoso ver a ese extravagante venir de las estepas rusas y largar esa ducha violenta a esta sociedad burguesa, anémica, neurosilla, infatuada, corroída por las pestes gangrenosas del intelectualismo, del pietismo, de la bigoterie [devoción estrecha y excesiva], de la educación fina». Estos son, no nos engañemos, los términos que –desde Emilia Pardo Bazán, siempre avizora, hasta Pío Baroja‒ acompañarán los encuentros con las letras del este de Europa. «Me llamó la Esfinge: puse mis ojos en los suyos. Hondos como el abismo; sentí el dulce vértigo de lo desconocido, interrogué y, como el poeta alemán, aguardo, sin gran esperanza, a que el rumor del oleaje me traiga la respuesta»: tal había escrito Emilia Pardo en las páginas de La revolución y la novela en Rusia (1887).

Aquellos años y los que vendrían luego eran inseguros y estaban cruzados de presagios –malos o esperanzadores, viene a ser lo mismo‒, como lo están los días de hogaño, que se les parecen algo. La crisis de 1898 fue mucho más que el fácil rótulo puesto como marbete a un grupo heterogéneo de escritores y también bastante más que la respuesta a una guerra colonial perdida, como tantas otras lo fueron en el periodo axial del imperialismo moderno. Ya sabemos que Unamuno, después de haber denunciado la inminencia de la confrontación desde mediados de los años noventa y señalado a los culpables (los enriquecidos con los bonos de guerra) y a los corifeos interesados de la catástrofe, decidió aprovechar las imprevistas vacaciones anticipadas que decretó la universidad al final de la primavera de 1898 para pasarlas en Vitigudino, en pleno campo charro, bebiendo leche recién ordeñada y tomando notas filológicas sobre la toponimia local. Y regresó para aconsejar –en el impresionante artículo «La vida es sueño (reflexiones sobre la regeneración de España)» (La España Moderna, noviembre de 1898)‒ que se dejara en paz a los españoles, a los que «ahora les van con la cantinela de la regeneración, empeñados en despertarles otra vez de su sueño secular».

Ya al final de este primer tomo del Epistolario se recoge una importante serie de cartas sobre el Desastre. Sus reacciones son siempre complejas. Unamuno era un nacionalista español, pero no un patriota castizo. Y hace lo posible por entender lo que en aquel momento significaban los brotes catalanista y vasquista, que estaban dando el salto desde la queja historicista a la desafección y la ruptura. Y se siente particularmente cerca de un sector de catalanismo que, en el fondo, ha seguido fiel a la tradición radical de los años revueltos de 1830-1848. Léase la impresionante carta que escribe a Joan Torrendell en agosto de 1899 acerca del regionalismo y el patriotismo, donde postula la aceptación del primero «por amor a la unidad, a la unidad viva y fecunda, a la que asciende como frondoso árbol, y no la que cual losa de plomo baja». Porque, en rigor, «todos saben que quieren algo, y en último caso, más vale esta agitación confusa y embrollada como es, que el marasmo de muerte o las hueras declamaciones de un patriotismo libresco y de retórica».

Una interesante carta a Francisco Navarro Ledesma (10 de septiembre de 1899) le confronta con un regeneracionista liberal-conservador y nacionalista en cuyo artículo «La peste internacionalista» ha creído ver las peligrosas semillas de aquel revanchismo patriotero que impulsó las burlas contra Estados Unidos y la inquina contra la soberbia anglosajona. Unamuno no cree que la afirmación de las naciones sirva para nada en el escenario del internacionalismo futuro: «Por encima de las patrias que luchan el triste combate, álzase la solidaridad de los intelectuales y por debajo de ella, la de los cordiales de los pueblos todos [...]. Si el siglo que viene ha de ser, como supone el Sr. Navarro, un siglo de lucha de grandes nacionalidades y no de disolución de estas para preparar la federación universal, vale más no ver este siglo». Pero el internacionalismo unamuniano remite nuevamente a un ideal profundamente romántico y de vaga raíz libertaria, quizá también tocada del ensueño medievalizante que, a lo largo de la centuria, exhibieron los nazarenos alemanes, los prerrafaelitas británicos, los wagnerianos y los simbolistas y decadentistas de toda laya; el catastrofismo siempre genera sus vacunas y Unamuno nos sugiere que los imperios de hoy recuerdan la profunda crisis del imperio romano, «cuando los bárbaros estaban dentro de él». Y quizás el porvenir nos reserva a todos, vencedores y vencidos, el retorno de una nueva Edad Media «de fecunda disgregación y de recogimiento, como lo fue aquel bendito sueño del que [los pueblos] despertaron confortados».

Del 27 de diciembre de 1899 es la carta de Unamuno que cierra este epistolario. Había vivido treinta y cinco años y le quedaban entonces otros treinta y seis (y unos pocos días) de vida. Era un hombre ya al final de su primera madurez, a la que había llegado siendo conocido y estimado, pero todavía llamativamente falto de obras que fueran más allá de los proyectos o de su febril actividad de publicista. Las obras maestras las escribiría muy pronto, sin embargo, y en ese trabajo más ovíparo (como él decía) y reposado dio sus mejores frutos. Pero su espíritu de «escribir a lo que salga» y «contra esto y aquello» siguió indemne y está vivo en sus cartas. Los próximos y esperados volúmenes de este Epistolario (en el que siguen trabajando Colette y Jean-Claude Rabaté) van a seguir siendo un indispensable vademécum de los lectores de Unamuno.

José-Carlos Mainer es catedrático emérito de Literatura en la Universidad de Zaragoza. Sus últimos libros son La isla de los 202 libros (Barcelona, Debolsillo, 2008), Modernidad y nacionalismo, 1900-1930 (Barcelona, Crítica, 2010), Galería de retratos (Granada, Comares, 2010), Pío Baroja (Madrid, Taurus, 2012), Falange y literatura (Barcelona, RBA, 2013) e Historia mínima de la literatura española (Madrid, Turner, 2014).

04/04/2018

 
COMENTARIOS

Vicenç gracia planas 04/04/18 14:20
Formidable en lo suyo.

luis armengol romero 06/04/18 18:18
como siempre un buen comentario a un libro que con toda probabilidad no será un best-seller...
aquello que uno nunca podía imaginar es que su autor llegase a citar un día a Jacques Lacan a propósito de la "intimidad", un concepto -cierto es- pura paradoja...

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