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1.

En Camino del Calvario, el maravilloso cuadro de Brueghel en el Kunsthistorisches Museum de Viena, Jesucristo cargando la cruz es apenas una figura entre cientos, pequeña, que se pierde entre tantos personajes y es difícil encontrar pese a que da sentido al cuadro y lo justifica.

Llamamos artes a veces y otras simplemente cultura a la suma de prácticas creadoras que surgen de la pulsión de algunos, los creadores, por pintar cuadros como este, componer música o tocarla, inventar historias o reflejar la realidad en prosa o versos, crear o recrear un personaje, concebir una figura de danza o una pieza escénica o plástica, escribir o dirigir teatro, hacer fotografías, modelar, tallar, labrar, forjar o diseñar en busca de una figura, hacer una película, proyectar un espacio y construirlo e intentar, en cualquier caso, conocer y entender a través de ese acto creativo un aspecto de uno mismo o del mundo en mayor profundidad.

Pulsiones inasibles, invaluables e inconmensurables, parte de lo más profundo de la naturaleza del ser humano y de lo mejor que tiene y de las que resultan prácticas muy diversas de experiencia creadora –danza, música, artes plásticas, teatro, literatura, filosofía, cine, arquitectura– que se plasman de formas distintas e interesan o conmueven de modos diferentes a sus lectores, espectadores y oyentes. Al público, en definitiva.

Y también a otros artistas, que pueden apropiarse de esas creaciones, intervenirlas, interpretarlas, contradecirlas, darles la vuelta… y construir a partir de ellas su propia obra. Como el director polaco Lech Majewski ha construido la fascinante película El molino y la cruz sobre el cuadro de Brueghel, recreándolo en el sentido literal de la palabra y sacando a cada figura del lienzo para volverla de carne y hueso en la pantalla.

Son creadores, como Brueghel y Majewski, quienes sienten la necesidad de concebir e indagar en la realidad de maneras diferentes a lo que puede hacerse por otras vías y quienes tienen ese talento para ello que a veces llamamos genio.

Pero cultura no es solamente el trabajo de los creadores, sino un concepto amplio que ha ido incorporando con el tiempo a una amplia panoplia de profesiones, oficios, empresas culturales, instituciones y representantes de disciplinas académicas y campos de estudio que se llaman de formas diversas y hacen cosas distintas según el campo de creación en que se muevan. A diferentes grados de distancia de los creadores están editores, galeristas y comisarios, que trabajan con ellos mano a mano, intervienen en su proceso creativo y ayudan a conformarlo e insuflar esa cualidad especial que distingue y realza su trabajo; críticos capaces de hacer criba, explicar y poner en situación y en contexto, agrupar, dar sentido y permitir la comprensión del aficionado o profano; académicos que estudian y consolidan; gestores culturales en su variedad de formatos; agentes literarios o artísticos, agentes de artistas, representantes de músicos o actores; marchantes de arte y subasteros, distribuidores y agentes de ventas de películas, distribuidoras de libros; equipamientos variados con sus directivos y su personal, fundaciones y sus patronatos, funcionarios públicos de áreas y departamentos de cultura, sociedades de acción cultural, másteres para gestores, secciones de cultura en los periódicos, revistas especializadas, expertos y mundo académico. Por no hablar de inventores y promotores de teorías de cultura y desarrollo y otras construcciones conceptualistas para las que la práctica artística se convierte en excusa o instrumento para otros intereses; de compiladores o analistas del valor económico de la cultura, de teóricos de los derechos culturales.

El concepto-ómnibus cultura abarca y acoge a tantos oficios que el creador se difumina, se pierde y se vuelve apenas un elemento más entre muchos. Uno más, equiparable a los otros, casi prescindible, difícil de encontrar a menudo, pese a que, como la figura central de Brueghel, da sentido sine qua non al concepto y lo justifica. Un instrumento de la cultura. Un engranaje.

2.

Un gestor cultural con altas responsabilidades entonces en el ámbito de la acción cultural en el exterior me dijo hace unos años que lo importante no son los creadores: son los gestores, decía, quienes promueven en realidad que haya cultura y hay que fomentar la gestión para que de ahí surja después la creación. Algo parecido expresaba la Ministra de Cultura francesa, Aurélie Filippetti, en declaraciones al poco de ser nombrada en 2012:

El editor tiene un papel eminente en el proceso creativo. […] cuando uno escribe en su casa necesita tener la opinión de un editor que venga a sancionar, en el mejor sentido. Es decir, a dar un juicio profesional sobre el texto que está elaborándose. Y sin eso, incluso si uno se autopublica, y pudiendo llegar a un público a través de las redes, no hay ese reconocimiento de sentirse escritor. El escritor no nace más que a través de la mirada del editor. […] Hace falta esta mediación para reconocerse como autor, y saber que tu texto es en realidad un libro. No todos los textos son libros. Es el editor quien hace la literatura.

Voilà. Es el editor quien hace la literatura. Son los gestores quienes hacen la cultura. He ahí un salto conceptual enorme por el cual algo es aquello que lo permite y no lo que lo constituye. El cómo en vez del qué. Se invierte el verdadero orden de las cosas, lo que es elemento sine qua non se vuelve accesorio y de importancia instrumental, si acaso, y actividades de segundo o tercer grado adquieren, en cambio, importancia primordial. Lo que es causa se vuelve consecuencia y cultura no resulta ya el conjunto de prácticas que surgen de la pulsión creadora de los artistas y en torno a las que ha ido surgiendo esa multitud de actividades y oficios, sino al revés: cultura es lo que ayudan a conformar los mediadores, promueven los gestores, acogen los equipamientos, analizan los teóricos, se enseña en los cursos de gestión cultural y miden los indicadores. Mediadores e industria se sitúan como elementos iniciales y originarios cuyo trabajo es el que genera actividad cultural. La creación es su producto, consecuencia de lo que ellos hacen, como si creadores y público derivaran de su trabajo y hubiera quienes escriben, componen, esculpen o pintan gracias a ellos; y quienes leen, ven arte, oyen música o acuden al teatro sólo porque establecen el marco necesario.

3.

Es verdad, tiene razón Filippetti, que no hay escritor sin editor y que hay algo fundacional en su proceso de selección, criba y limpieza, parte fundamental del proceso de creación.

Mal que nos pese, una novela autopublicada o sacada a hurtadillas en Amazon u otras páginas web para autores noveles y novelas descarriadas sin discernimiento ni criba sigue siendo algo casi inédito y más cercano a la naturaleza del manuscrito que a la del libro. La autopublicación no convierte a la obra en libro ni a su autor en escritor: ¡cuánto se publica que no lee nadie ni traspasa el más bajo umbral de reconocimiento y permanece en el anonimato de lo que casi no existe o, peor, en el desprestigio del quiero y no puedo!

Es marginal la pureza de quien quiere permanecer al margen de la industria y no plegarse a tener editor, editorial, agente: quizá que sus libros no se vendan casi en librerías. Buena parte de los autores que se publican a sí mismos, bien son malos y lo que pasa es que no han sido acogidos por ninguno de esos engranajes de la industria del libro, bien, en realidad, están esperando a serlo. Un libro publicado así y que llegue a tener fama de público o crítica –es decir, se venda en cantidad relevante o sea admirado y encomiado por los especialistas– será finalmente cooptado por una editorial y su autor por un agente de ventas e incorporados uno y otro a la cadena industrial del libro. No debe de haber muchos agustíngarcíacalvos que, de verdad y por opción, quieran publicarse a sí mismos un libro tras otro y se pretendan tan libres como él dice querer a sus parejas.

Es el editor quien tiene la capacidad de avistar, discernir, escoger, dar forma, pulir, impulsar, promover; quien conforma el texto como libro y convierte a la persona que escribe en escritor; quien aconseja al autor, lo acompaña y lo lleva a ferias y festivales; quien le consigue el reconocimiento, lo consuela cuando no vende, no lo invitan, no lo recogen en una antología o no gana el premio que esperaba. Del mismo modo que es la galería la que sitúa y lanza a un artista, coopera a fijar sus precios, le da valor añadido, lo lleva a las ferias que dan la visibilidad necesaria para lograr un nombre y una voz reconocible. Difícilmente existirán frente al mundo el artista sin galería, el músico sin casa de discos o representante, el actor sin representante, el escritor sin editor o agente. Un músico empezará quizá colgando su música en MySpace, YouTube o la plataforma online acorde con su estilo, pero, si uno de sus temas «pega», verá hacer fila ante su puerta a empleados de sellos discográficos esperando contratarlo y editar sus discos, agentes que querrán representarlo y difundirlo en los medios, promotores que propondrán giras y conciertos.

La independencia del creador es casi imposible. García Calvo y algunos podrán editarse a sí mismos, un músico triunfar gracias a YouTube y el boca a boca, un artista plástico vender directamente su obra en su taller: pero mantenerse al margen de lo que llamamos industrias culturales, incluso en tiempos 2.0, no sólo los deja fuera del circuito económico, sino también del itinerario hacia el reconocimiento y el prestigio.

Son los mediadores quienes logran encauzar el genio y que creadores y público puedan relacionarse y aquéllos exponer su trabajo, difundirlo, y hasta vivir de él, y éste acceder a lo que le interesa o lo conmueve; quienes acotan el terreno y lo demarcan; los críticos e historiadores quienes agrupan, explican y dan sentido, quienes a menudo crean el marco teórico y el ámbito práctico por el que el resultado de un proceso creativo pasa a ser arte, y cultura por tanto, y deja de ser simple habilidad técnica, oficio o trabajo de aficionado. Es el exhaustivo trabajo del crítico e historiador del arte Michael F. Gibson sobre el cuadro de Brueghel, Le Portement de Croix de Pierre Bruegel l'Aîné (París, Noêsis, 1996, traducido luego por él mismo como The Mill and the Cross) en lo que se basa la película de Lech Majewski. Gracias a Gibson entendemos mejor el cuadro y pudo hacerse la película. El vínculo entre creadores, críticos y mediadores es estrecho y necesario.

Y, sin embargo…

4

Y, sin embargo, no es cierto que sea el editor quien hace la literatura o los gestores quienes hacen surgir la creación.

La creación está primero, es lo primero, es el acto original (un acto de creación en los dos sentidos) que da lugar a una manifestación sublime que otros (el público) necesitamos contemplar, oír o admirar. Sólo ese acto original –la creación– es fundacional –creador– y, por tanto, imprescindible y sine qua non. Irreemplazable. Es el escritor quien hace la literatura, el poeta quien hace poesía, el músico quien compone, los artistas, los coreógrafos, los dramaturgos, los cineastas quienes crean y aportan esa mirada diferente a las cosas que llamamos arte.

El genio del creador es la materia prima que necesitan mediadores, gestores e industria. Como la madera, el hierro, el petróleo o la bauxita, se puede moldear, transformar y utilizar, pero no fabricarse. Mediadores y gestores son fundamentales, sin duda, pero existen sólo porque hay quienes tienen la pulsión creadora y el genio que los lleva a crear y otros la necesidad de ver, oír o leer lo que producen. No habría sin ellos nada a lo que llamar cultura, nada que ordenar y clasificar, nada que promover, consolidar o a lo que dar sentido, nada que publicar, vender o subastar; no harían falta gestión e intermediación, no existiría tanto oficio, tantas actividades; no habría premios que dar ni fundaciones que establecer en torno. Más allá de cualquier interpretación o categorización, lo que el creador quiere decir lo dice a través de su trabajo. Sólo de la pulsión creadora surge el acto creativo. Nada es comparable a su fuerza y su naturaleza es, por tanto, diferente a la del resto: los demás rodean y envuelven, sólo el acto creativo está en el centro.

Me gusta más por eso lo que dice otro francés, Jean-François Revel: «Si le talent a parfois besoin d’aide, l’aide ne fait pas le talent» («Puede que el talento necesite a veces ayuda, pero la ayuda no hace el talento»).

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