Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

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Como suelen decir en Estados Unidos, nada tiene tanto éxito como el éxito. Cuando una persona, una compañía o un gobierno aciertan varias veces en sus acciones tendemos a pensar no sólo que el éxito los ha acompañado hasta ahora, sino que han encontrado la fórmula mágica -la Gran Estrategia- para conseguirlo reiteradamente.

Que se lo cuenten a Mark Zuckerberg. A 7 de septiembre 2021 las acciones de Meta Platforms, el nuevo nombre de Facebook, esa compañía que comercializa relaciones sociales, es decir, hamburguesas sin carne, se cotizaban a US$382,18, el precio más alto de su historia. En 22 de abril 2022 estaban a menos de la mitad (US$184,11). El mismo día de ese batacazo sus dirigentes concluían que Facebook se había venido abajo. Nunca me he interesado por Facebook y no soy analista financiero, así que no me propongo juzgar el atolladero en que se ha enredado Zuckerberg. Parece que no tuvo en cuenta que Apple podía cambiar las reglas de su sistema de navegación para hacerlas más privadas, un directo al plexo solar del vendedor de humo al que Time eligió en 2010 como personaje del año. Sic transit.

China lleva en la cumbre del éxito muchos más años y con muchos más méritos. Su tránsito desde una economía agraria atrasada a otra industrial desigualmente próspera ha sido el más rápido de la historia y su economía sigue aún una trayectoria ascendente. Todavía -con grandes dosis de fantasía- la reciente sesión de su Asamblea Nacional Popular esperaba un crecimiento de 5,5% de su PIB para este 2022. Es comprensible que sus dirigentes lo atribuyan a su propia capacidad y los turiferarios locales y extranjeros se hagan lenguas de que ese resultado se debe a la Gran Estrategia que rezuma el Pensamiento XJ etcétera.

Igual que Zuckerberg, pero elevado a la enésima potencia el PCC cuenta con una pléyade de admiradores que se encarga de cantar sus loas a capela. Muchos lo hacen gratis et amore. Realmente admiran los aciertos del gobierno chino.

A otros los teledirigen astutamente los servicios de Pekín. Hace unos días The Economist (23/04/2022, p. 35) se hacía eco de la historia de Christine Ching Kui Lee. La señora Lee, una afamada abogada británica nacida en Hong Kong se desvivía en ayudar a ciudadanos británicos de origen chino para que participasen en la política nacional y Theresa May, la anterior primera ministra, la distinguió como uno de sus Puntos de Luz (personalidades notables que ayudan a cambiar su comunidad). El pasado 14 de enero el MI5 denunciaba en una alerta de seguridad que Lee actuaba por cuenta del Frente Unido para conseguir que sus financiados defendiesen los intereses de Pekín. El Frente Unido es un departamento del PCC cuya tarea es influir en la opinión pública en asuntos sensitivos sin que se vea la mano del partido. El de Lee no es más que uno de los casos acreditados de esas actividades.

Pero hasta sus críticos, como Rush Doshi y muchos otros, piensan que algo de mágico hay en los éxitos del PCC, una especie de preternatural olfato canino para dar siempre con el hueso del poder. Que los dirigentes comunistas chinos acierten puede ser cuestión de suerte; pero mayormente lo hacen, dicen estos críticos, porque cuentan con esa famosa Gran Estrategia que les permite planear sus acciones detalladamente y a largo plazo. Por ejemplo, Xi ha sabido dotarse de objetivos y programas ambiciosos para alcanzar las metas de los Dos Centenarios que enunció en el 19o Congreso (2017). Las primeras, supuestamente ya conseguidas, serían la erradicación de la pobreza extrema y doblar la renta per cápita de 2010, al tiempo del centenario de la fundación del PCC (2021). Para 2035 China será una sociedad xiaokang (moderadamente próspera en todos los aspectos, que le dice Xi con su inmoderada gula por las sentencias sin sentido) y en 2049, centésimo aniversario de la fundación de la República Popular, se convertirá en un país socialista fuerte, democrático, civilizado y moderno. A corto plazo los planes quinquenales y otros dedicados específicamente a diferentes facetas de la vida nacional serán los escalones para coronar tan altas metas. Todos ellos sabiamente planeados y eficazmente ejecutados.

Venga ya…

Ese venturoso camino de perfección que iba a ser el asombro de los siglos ha empezado a renquear justo antes del 20o Congreso del partido que se celebrará a finales de este año. La política cero covid; la ralentización del crecimiento económico y la posición de China ante la agresión rusa a Ucrania son tres importantes vías de agua que Xi tendrá que contener. No va a resultarle fácil.

Hoy me ocuparé de la primera.  

Desde el comienzo de la pandemia China ha insistido en que desconocía cómo y cuándo se originó Covid-19. Es falso. Según Pekín, no ha habido ningún fallecido por la plaga después de los cuatro mil y pico que reconoció para Wuhan y Hubei en abril de 2020 hasta que hace unos días aceptó otros 19 en Shanghái, una ciudad de 25 millones de habitantes y con un feroz brote de la variante ómicron. Una trola digna del Guinness. A lo largo de la evolución de la pandemia ha mantenido que su política de cero covid era la única eficaz y un ejemplo para el resto del mundo. Otra fábula dentro de una burla envuelta en una pamema.

Hasta ahora sabíamos un poco sobre la forma en que el virus SARS-CoV-2 se extendió, pero un reciente editorial de WaPo ha ampliado considerablemente el campo de visión.

Sabíamos que en 30 de diciembre 2019 el comité de salud de Wuhan había enviado un mensaje urgente a los centros sanitarios de la ciudad; que ese mismo día Li Wenliang, un oftalmólogo del Hospital Central de la ciudad había advertido en una red social que siete personas habían contraído un virus similar al SARS 2003 y estaban en cuarentena; que el 1 de enero Li y otros médicos habían sido convocados por la policía y advertidos de que se abstuviesen de divulgar rumores (el Dr. Li moriría pocos días después víctima de Covid-19); y que ese mismo día se había clausurado el mercado de pescado de Huanan.

Sabíamos que Xi Jinping y el Comité Permanente del Politburó habían abordado el asunto en una reunión el 7 de enero 2020, pero no consideraron oportuno darle publicidad; que entre el 6 y 17 de ese mes, el departamento de salud de Wuhan anunció que no se habían detectado nuevos casos; que el 11 rebajó los 59 casos inicialmente registrados a 41; y que, a pesar del silencio oficial, los rumores animaron a varios millones de residentes a abandonar Wuhan antes de que la ciudad fuera finalmente confinada.

Sabíamos que en 14 de enero el director de la Comisión Nacional de Salud había anunciado a sus colegas provinciales que la situación era «severa y compleja, la peor desde el SARS 2003» en una teleconferencia cuyo texto fue publicado por Associated Press; que nada de eso se comunicó al público; que, ante un número creciente de casos, la televisión estatal reconoció que existían serias posibilidades de transmisión interhumana del virus; y que en 23 de enero anunció el cierre de la ciudad.

Pero nada sabíamos de los antecedentes cruciales recogidos en el editorial de WaPo.

El 24 y 25 de diciembre 2019 una investigadora de la empresa Vision Medicals de Guangzhou en el sur de China examinaba una muestra de fluido procedente de un lavado broncoalveolar y tomada de un hombre de 65 años hospitalizado por una enfermedad respiratoria, una especie de neumonía causada por un virus similar al SARS 2003. La investigadora se alarmó y a las 09:28 del 26, a través de WeChat, un medio similar a WhatsApp y muy usado en China advirtió del asunto a un colega. «No es una broma», respondía éste. Poco más tarde, a las 10:24, ella insistía: «Identificación final: coronavirus, murciélago, SARS. Taxonomía: subtipo SARS»Para no alargar el texto, algunos de los mensajes entre colegas aparecen condensados en uno. Esa tarde, tras más trabajos de confirmación sobre la infecciosidad de la muestra, la investigadora había creado un árbol filogenético, es decir, un diagrama evolutivo que mostraba el parentesco del virus con otros dos coronavirus procedentes de murciélagos.

WaPo: «este diálogo ocurrió 28 días antes del cierre de Wuhan […] A finales de diciembre y principios de enero, un número de investigadores y el gobierno chino sabían que el virus podía propagarse rápidamente, pero ocultaron la verdad al público. En esas semanas el virus se disparó, causando una pandemia que, según la cuenta oficial, ha matado a 6 millones de personas. El número real es probablemente el doble o más».

La investigadora había adoptado el alias de Perrito Montañero para sus contactos en red y se identificaba con la imagen de un perrito descansando en un prado. Sus reflexiones las resumió en un blog que publicó el 28 de enero, pero «no quería verme envuelta en nada» y lo borró dos días después. Recientemente DRASTIC, un grupo de investigación que ha dedicado muchos esfuerzos a ilustrar el origen de la pandemia recuperó y tradujo ese blog, así como copias de los mensajes en WeChat, pero no ha facilitado su identidad (tampoco lo ha hecho WaPo) para evitarle problemas. «Su historia», comentaba WaPo, «desvela un encubrimiento con trágicas consecuencias y de proporción histórica. Un serio peligro quedó oculto hasta que fue demasiado tarde. Y sucedió así por una forma de actuar que da prioridad a la estabilidad política al precio que sea, por un pasmoso secretismo estatal y por los errores de unos funcionarios de sanidad que no se atrevieron a hablar».

Una vez que el laboratorio de Perrito Montañero se puso al tanto del problema, no paró en barras: hizo desinfectar el lugar, destruyó las muestras y avisó del peligro a sus empleados. Sus dirigentes se pusieron en contacto con el hospital de Wuhan y con el Centro Estatal de Control de Enfermedades, viajaron a Wuhan en 29 y 30 de diciembre y remitieron sus avances sobre el genoma del virus al Instituto de Patología Biológica de la Academia China de Ciencias Médicas. Es decir, alertaron a todos los organismos oficiales de los que dependían.

Hay noticias de fuentes independientes de que el virus se había estado extendiendo por Wuhan ya en noviembre 2019 o incluso antes. Un empleado del consulado USA dice que su unidad sabía ya a mediados de octubre que la ciudad sufría de una gripe desusadamente dura que empeoró en noviembre. Un virólogo de la universidad de Columbia mantiene que un colega de la universidad Sun Yat-sen de Guangzhou le había avisado a mediados de diciembre 2019 de una enfermedad respiratoria desconocida que se extendía por Wuhan.

A medida que pasaban los días a Perrito Montañero le producía un profundo desasosiego la desidia del gobierno que no advertía a la población. «Noto que algo falta», escribía el 31 de diciembre mientras los medios chinos hablaban de rumores y seguían sin informar de la situación al público. Y así siguieron la mayor parte del mes de enero. El 3 el Comité de Salud Nacional imponía una mordaza a los laboratorios: no se podía informar de la enfermedad a ningún medio ni comentarla en las redes sociales. El 5 el Comité de Salud de Wuhan mantenía que no había signos de transmisión interhumana. Ese mismo día el Dr. Zhang Yongzhen había conseguido secuenciar el genoma del virus en un laboratorio de Shanghái. La OMS pedía -en privado- información a China, pero sin respuesta. El 14, uno de sus funcionarios reconocía que la pandemia era una posibilidad real. 

Dos semanas más tarde, Perrito Montañero publicaba su versión del proceso y, como se ha dicho, la borraba un par de días después. En abril seguía desconsolada por haber estado tan cerca de la verdad y sin haber conseguido salvar vidas. Para entonces ya había un millón de casos de Covid-19 por todo el mundo. Cerró su historia con un poema. «No es aterrador que la profecía se tornara verdad / Lo aterrador es que mis predicciones lo hicieran / El guion siguió mis augurios / Estoy horrorizada».

Dos meses más tarde (24 de febrero 2020) el Centro de Control Médico estatal comunicó a todas sus oficinas una nueva política: todos los estudios científicos sobre cualquier clase de coronavirus tenían que ser aprobados desde el centro según instrucciones emanadas directamente de Xi Jinping. Seguía el encubrimiento.

Al Perrito Montañero no le preocupaba demasiado el origen de la pandemia. Su hipótesis inicial la atribuía al contacto con animales salvajes, posiblemente murciélagos, aunque «también cabe que algún investigador que haya manipulado virus elaborados por mano humana se haya infectado casualmente», como se lo apuntaba un colega testigo de un reciente brote accidental de brucelosis. El colega también le recordaba que en Wuhan había un Instituto de Virología. En definitiva, la insistencia del gobierno chino en negar la evidencia sólo puede explicarse por una total indiferencia hacia sus súbditos -nunca ciudadanos- y hacia el resto de la humanidad. Ahora sí sabemos con total claridad que faltó a su deber de informar a su pueblo y al resto del mundo. Aún hoy, sin embargo, sigue insistiendo dolosamente en su ignorancia. La pandemia puede haberse deberse a lo que sea, excepto a la incuria de sus dirigentes. Nunca han reconocido ni reconocerán su abismal cinismo, ni su incalificable pasividad.

Lo que lleva directamente al asunto del origen de Covid-19, aún por resolver y no por falta de hipótesis razonables. Ya me he ocupado anteriormente del caso -en el recto sentido policial de la palabra- y no voy a detenerme en detallarlo. Recojo las conclusiones del libro de Alina Chan y Matt RidleyViral: The Search for the Origin of Covid-19. Harper Books: Nueva York 2021 que me parece lo mejor de cuanto he leído hasta ahora sobre este asunto.

Si hay algo innegable es que el virus apareció en Wuhan. Chan y Ridley coinciden con el relato de WaPo y sitúan el primer caso conocido en 24-25 de diciembre 2019 cuando cayó en manos de Perrito Montañero. También coinciden en señalar que el primer aviso a las autoridades llegó desde su laboratorio en 27 de diciembre.

La primera explicación oficial del origen del virus de Wuhan partió lógicamente de fuentes chinas y -no tan lógicamente- fue inmediatamente aceptada por la OMS en 14 de enero 2020. El virus tenía un origen zoonótico, es decir, la hipótesis fuerte era la de transmisión desde algún animal a humanos. El cierre del mercado húmedo de Huanan y las investigaciones de la Dra. ShiLa Dra. Shi Zhengli es una viróloga especializada en coronavirus originados en quirópteros y directora de departamento en el Instituto de Virología de Wuhan. Ha investigado asiduamente sobre la relación entre los coronavirus y algunas especies de quirópteros. en el Instituto de Virología de Wuhan parecían prestarle apoyo.

Finalmente, en noviembre 2020 la OMS daba a la publicidad un documento elaborado tres meses antes en el que declaraba su agnosticismo sobre el arranque del brote de Covid-19 pero dejaba sin mencionar la teoría de su eventual origen en un accidente de laboratorio. Especialmente digna de resaltar era la presencia en el equipo OMS del Dr. Peter Daszak que en febrero de 2020 había agitado las aguas con un escrito colectivo aparecido en The Lancet en el que se condenaban las teorías conspiratorias que mantenían que Covid-19 no tenía un origen natural.

A finales de enero 2021 un equipo de la OMS participó en una misión conjunta sobre Covid-19 con un equipo científico chino y en 9 de febrero dio a conocer sus conclusiones en una conferencia de prensa. El juicio de Chan y Ridley es perentorio. «La OMS y el gobierno chino querían que creyésemos que en algún lugar […] algún animal entró en contacto con un murciélago herradura, contrajo una enfermedad, fue sacrificado, congelado y enviado a miles de millas a un mercado de Wuhan. Milagrosamente el virus no sólo sobrevivió en la carne del animal por un largo período de tiempo, sino que consiguió infectar eficazmente a alguna persona al llegar a Wuhan. Sin embargo, no causó enfermedad alguna en su lugar de origen […] pese a que todo lo que sabemos de los virus nos dice que habría sido mucho más infeccioso antes de ser congelado que después. Pese a no haber infectado a un solo humano antes, en Wuhan se mostró tan eficaz como para trasmitirse a una primera víctima animal y, desde ella, a algunas personas. Y, para coronar su obra, el virus se desvaneció misteriosamente»Chan y Ridley, cit., p. 252-253.

El informe de la OMS examinaba otras hipótesis, entre ellas la posibilidad de un escape accidental desde el Instituto de Virología de Wuhan, pero las difuminaba, de suerte que la conferencia de prensa creó más dudas de las que consiguió despejar. El Dr. Thedros, su director general dio marcha atrás: «todas las hipótesis permanecen abiertas y requieren más estudio», lo que le valió ser tildado de extremadamente irresponsable por la parte china al dejar abierta la posibilidad del accidente de laboratorio. 

Chan y Ridley acaban exponiendo las debilidades y las fortalezas de las dos grandes hipótesis enfrentadas: zoonosis y suceso accidental. A favor de la zoonosis: «no hay pruebas concluyentes de un accidente»; a favor de esto último: «hay una total ausencia de pruebas de un acontecimiento zoonótico en el origen de esta pandemia. Por el contrario, la proximidad del brote con el Instituto de Virología de Wuhan -el mayor recolector mundial de coronavirus emparentados con SARS- […] ofrece una opción convincente para la hipótesis del accidente»Chan y Ridley, cit., p. 279 para la hipótesis zoonótica y p. 290 para la accidental.. Ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor.

Desde el comienzo de esta peripecia me he inclinado por la última hipótesis. No soy biólogo, ni virólogo, ni epidemiólogo, ni ninguna otra clase de ólogo con mando en plaza, pero sí creo conocer algo de las tretas del PCC y de las mentiras de sus órganos de expresión. Hasta ahora han hecho todo cuanto está en su poder -que es mucho- para evitar la investigación independiente de un asunto de tan negras consecuencias para la humanidad. Tal vez algún día el gobierno chino -el actual o el que le suceda- se avenga a dar una amplia explicación de lo sucedido o permita hacerlo. Hasta ese momento, para mí, el virus de Wuhan, en Wuhan se queda. Estoy satisfecho de haberlo escrito así ya en abril 2020 cuando tal desplante parecía una insensatez.

Es ese mismo gobierno el que por más de dos años se ha presentado como un modelo para la lucha antivirus en el mundo y, en general, como el prototipo global del gobierno eficaz. Uno de los fulcros de su autobombo han sido las estadísticas de Covid-19.

Se diría que en China la pandemia es de un género distinto a la del resto del mundo. A mediados de abril el reciente brote de la variante ómicron en Shanghái (25 millones de habitantes, más de la mitad de España) había causado 300.000 contagios y sólo 19 muertes. En el resto del mundo, a finales de noviembre 2021 había una media de 195 fallecidos por cada 100.000 habitantes: por ejemplo, 298 en Estados Unidos, 376 en Rusia, 188 en Alemania. En China sólo 1.

La media china de fallecimientos ha subido inexplicadamente en los dos últimos años, pero el número de los debidos a Covid-19 no se había movido desde los cuatro mil y pico de abril 2020 hasta que Shanghái añadió 19 hace poco. Sin embargo, Hong Kong, donde no se ha aplicado la regla de cero covid, se había cobrado 9.267 entre sus más de 7 millones de habitantes hasta el pasado 27 de abril.

¿Ha sido la misteriosa mano del destino la responsable de tan llamativa desviación? La respuesta es seguramente más mundana. «Biológicamente la variante ómicron del virus no es muy distinta de la del resto del mundo. Lo que hace a China excepcional es un gobierno resuelto a propagar la narrativa de haber conseguido unos resultados excepcionales en su gestión de la pandemia». Añadamos que en éste y otros muchos asuntos también ha manipulado sus estadísticas cuando lo ha creído necesario.

Sea como fuere, el gobierno chino ha insistido una y otra vez en la eficacia de su política anti-Covid que, dice, forma parte de su filosofía de gobierno: primar la salud y el bienestar de su pueblo sobre cualquier otra consideración. Como los déspotas ilustrados: todo para el pueblo, pero sin el pueblo.

En la lucha contra la pandemia esa gobernación se ha resumido en varias medidas acumulables: realización masiva de pruebas epidemiológicas; imposición de cuarentena a todos aquellos nacionales o extranjeros portadores del virus o que hayan estado en contacto con alguno de ellos; confinamientos generalizados; control de toda la población por medio de aplicaciones digitales; campañas de vacunación. El modelo se ensayó a toda prisa en Wuhan y se ha perfeccionado y extendido a todos aquellos lugares en donde pueda haber aparecido un solo caso de Covid-19.

Durante los 76 días que duró el confinamiento de Wuhan sus residentes no podían abandonar sus domicilios ni realizar actividades sociales en el exterior sin prueba de ausencia de contagio. Las condiciones de vida en Wuhan se tornaron crecientemente represivas. «En la primera y segunda semanas los residentes podían salir a comprar víveres y los supermercados estaban abiertos. Después, a medida que aparecían nuevos casos del virus se ordenó a las personas de edad quedarse en casa y no salir», recordaba uno de ellos. Otros detalles aún más chocantes pueden leerse en los blogs de Fang FangDiario de Wuhan: Sesenta días desde una ciudad en cuarentena. Planeta: Barcelona 2020.

La vigilancia del confinamiento y de las cuarentenas corría a cargo de unos llamados controladores residenciales (sólo en Shanghái hay unos 50.000), una especie de funcionarios de bajo rango que realizan tareas de control de los habitantes de edificios y vecindarios y sirven de correa de transmisión hacia las autoridades locales o la policía estatal. Los lectores de las novelas de Qiu Xiaolong los conocen bien. El gobierno local echó mano de ellos para que proveyesen de víveres a quienes estaban obligados a permanecer en sus casas. Al tiempo, las autoridades impedían la difusión de noticias sobre la situación y reprimían duramente los comentarios críticos. Cuando se levantó el cierre de la ciudad montaron una exposición para cantar sus alabanzas.

Pero la gran novedad de covid cero ha sido el uso del control por internet. Los chinos reciben en sus móviles un certificado de su estado de salud con un semáforo: verde cuando no hay problemas; amarillo cuando es dudoso; y rojo si pueden ser portadores del virus o haber estado en contacto con alguno. ¿Cómo sabe el gobierno esto último? Por el uso de las apps de AliPay y WeChat que siguen sus movimientos por doquiera que se usen para hacer un pago (conviene recordar que en China los pagos digitales han sustituido casi al cien por cien al numerario). El semáforo en rojo impide viajar por cualquier medio o salir de zonas restringidas y en más de una ocasión ha llegado repentinamente a ese color cuando el gobierno trata de impedir que el destinatario viaje.

La bajada oficial de los contagios y la supuesta desaparición de víctimas mortales han servido también para legitimar al régimen comunista, que ha jugado fuerte al refuerzo del orgullo nacional. Lo que no deja de ser una autotrampa porque, en estas condiciones, mientras haya la posibilidad de algún nuevo contagio, el gobierno no podrá cantar nunca una victoria definitiva sobre Covid-19. Ni siquiera el omnipotente PCC puede saber hasta cuándo persistirá la amenaza.

Lamentablemente para sus dirigentes la política de covid cero parece haber empezado a encontrar una creciente resistencia tras el confinamiento total de Shanghái. Basta con ver las fotos y los vídeos de protesta que han escapado al control de la censura y la ubicua alarma en Pekín por un eventual brote del virus el pasado 24 de abril. Unos pocos rumores de posibles cierres de edificios y calles bastaron para que los residentes de Chaoyang, una barriada donde vive el tout Pékin, cayesen sobre los supermercados locales y dejasen sus anaqueles como si hubiera pasado una plaga de langosta. Toda una muestra de confianza en el covid cero.

Por si acaso Xi puso definitivamente el mingo mientras andaba de tournée por la isla subtropical de Hainan. «No podemos relajar la prevención y el control»; «hay que poner a la gente y a la vida sobre todo»; «persistir es vencer», dijo. Y se volvió a Zhongnanhai tan fresco.


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