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La súbita decisión del presidente Biden de encargar a los servicios de inteligencia USA un análisis más cumplido sobre los orígenes de Covid-19 ha abierto otra caja de Pandora cuyo contenido, sea cual fuere, va a colocar en una posición difícil a muchos actores de esa saga. En definitiva, el presidente ha puesto patas arriba la versión dominante de que la pandemia tenía una sola causa: la transmisión natural del virus a los humanos por mediación de otro animal o hipótesis zoonótica. A sus defensores les toca ahora medirse con la de un accidente de laboratorio -un lab-leak como en su pasión por las apócopes le llaman los medios anglos- y la atención de la opinión pública se ha fijado en el debate argumental a favor de una y otra opción.

¿Habrá un ganador?

No estamos ante una final de la Champions y se hace difícil pensar en el triunfo nítido de una de esas dos hipótesis. Incluso pueden aparecer otras a medida que se investiguen éstas. Sin embargo, desde diciembre 2019 hemos asistido a un amplio cruce de argumentos no directamente científicos sino procesales y de oportunidad: ¿qué medios de prueba asisten a la comunidad científica para proceder a lo que realmente importa, es decir, a la localización exacta de las causas del Covid-19 de suerte que pueda prevenirse una nueva iteración de tan terrorífica enfermedad?

Lo que ha roto la nueva posición de Biden es la exigencia de enviar sin más al cubo de la basura a cualquier hipótesis distinta de la zoonosis. Hasta hace escasos días y hasta la nueva orden presidencial, si alguna inmunidad de rebaño ha acompañado a las correrías del virus, hay que buscarla en la actitud dogmática e inquisitorial que ha caracterizado a una multitud de aquiescentes científicos; a los grandes medios de comunicación, a las GAFAA y a algunas afamadas revistas científicas; a buena parte de las élites políticas progresistas; y, al fondo, al gobierno chino. Todos ellos y ellas han incidido hasta la saciedad en sus ataques a la libertad de discusión propia de la discusión científica y han acallado con ridícula altanería las opiniones contrarias. Hoy todos ellos y ellas corren a toda prisa un espeso velo sobre sus afirmaciones anteriores que, sin embargo, ahí seguirán per saecula en la red.

Pero «si finalmente se comprueba que la pandemia de Covid tuvo por causa un accidente de laboratorio en Wuhan estaremos ante uno de los mayores escándalos científicos de la historia: investigaciones aventuradas que posiblemente incluyeron técnicas dudosamente éticas para aumentar la peligrosidad de los virus; ejecutadas en laboratorios escasamente protegidos; encubiertas vergonzosamente por un régimen más interesado en la propaganda que en las vidas humanas. Una catástrofe para el mundo entero». Conviene, pues, dedicar algo de atención a las responsabilidades compartidas por sus protagonistas.

Empecemos por los científicos. Matt Ridley comentaba hace poco la reacción inicial de la mayor parte de su comunidad. «En marzo del año pasado había un amplio y razonable consenso experto -compartido por mí- que veía sólo ruido seudocientífico en la hipótesis del origen de laboratorio de la pandemia, algo así como los OVNIs o el monstruo de Loch Ness. Yo estoy convencido de que la Naturaleza es mejor ingeniero genético de cuanto nosotros podamos serlo nunca y de que, por tanto, algo tan pujante en capacidad infecciosa y de contagio no podía haber salido de un laboratorio».

Ridley remitía así a lo que suele conocerse como el consenso de la comunidad científica, es decir, a la concordancia de una mayoría notable de expertos en un campo de investigación sobre las condiciones de aparición de los fenómenos que tratan de averiguar y explicar. En general, pues, aunque difícilmente alcancen completa unanimidad, los muy diversos miembros de cada subcomunidad científica suelen estar de acuerdo a la hora de responder a las cuestiones fundamentales de su especialidad.

Lo que no necesariamente equivale a unanimidad. Las distintas comunidades científicas suelen mantener una estudiada desconfianza hacia los argumentos de autoridad y hacia los contextos semánticos que excluyan el desafío a las opciones más ampliamente aceptadas. Las conquistas de la ciencia son siempre provisionales y valen hasta que otro grupo de científicos aporte hechos que minen su estabilidad mediante experimentos controlables y repetibles. Como suele decirse en la jerga post-popperiana, cualquier hipótesis científica tiene que estar siempre expuesta a una eventual falsación. Pero mientras no se produce, la comunidad científica suele limitar sus esfuerzos a la llamada ciencia cotidiana, es decir, al aprendizaje, asimilación y validación de las hipótesis que sustentan un paradigma compartido.  

Volvamos al Covid-19. Lo que llenó de dudas a Ridley y franqueó su paso al campo contrario a la zoonosis fue la sugestión transmitida a la opinión pública y así arraigada entre buena parte de sus colegas de que ésa era la única explicación posible para el nuevo fenómeno. No sólo la defendían muchos científicos y periodistas famosos. La propia OMS -la sedicente cumbre institucional de la comunidad sanitaria mundial- había salido en su defensa.

¿Qué decir sobre los detalles contradictorios aportados en la carta dirigida a la revista Science por un grupo de 18 científicos el pasado 30 de abril, y afinados más tarde por Jamie Metzl, uno de sus redactores?  ¿Era verosímil el informe de un servicio de inteligencia USA, publicado en los últimos días de la administración Trump, y según el cual en noviembre 2019 tres investigadores del Instituto de Virología de Wuhan necesitaron atención médica «por síntomas similares a los de Covid-19 y otras enfermedades estacionales»? ¿Dónde hallar explicación para los hechos que no se ajustaban al patrón zoonótico?

Desde luego, no entre las conclusiones de la investigación conjunta de la OMS y China publicadas el 30 de marzo pasado.

Sigue Ridley: «El punto de no retorno, irónicamente, se alcanzó en aquella “conferencia de prensa” de febrero 9 en Wuhan en donde un equipo de científicos occidentales que representaba a la OMS participó dócilmente en una sesión de propaganda de tres horas tras un viaje de estudio de doce días. Estrictamente controlados durante su visita, los científicos occidentales (todos ellos previamente aprobados por el gobierno chino) no tuvieron acceso a poco más que a las presentaciones de sus colegas chinos y no procedieron a la menor investigación independiente. Y, sin embargo, sus conclusiones se presentaron ante la opinión mundial con el sello aprobatorio de la OMS».

Ni un solo recuerdo hubo en aquella conferencia de que si algún laboratorio en el mundo había recolectado ávidamente muestras de coronavirus y secuencias genéticas entre murciélagos herradura, no era otro que el que tiene su sede precisamente en Wuhan. Su directora, la doctora Shi Zengli, presumía en 2019 de contar con al menos cien virus del tipo Sars en su base de datos. Pero esos datos básicos (raw data) dejaron de estar disponibles en línea el 12 de septiembre 2019, poco antes de que Covid-19 se presentase en sociedad. La doctora Shi explicaba esa cercanía cronológica evocando la necesidad de evitar ataques clandestinos a sus bases de datos.

También justificaba los trabajos de su laboratorio por la necesidad de predecir y evitar una nueva pandemia. Sin embargo, recuerda Ridley, en el mejor de los casos no lo consiguieron; y, en el peor, la han causado. ¿Por qué tras el Sars 2002 los científicos tardaron tan solo unas pocas semanas en concluir la hipótesis zoonótica de un contagio entre las civetas que se vendían en algunos mercados húmedos y sus vendedores y, sin embargo, hoy, con mucha mejor tecnología y tras de dieciocho meses de búsqueda, las autoridades chinas han examinado más de ochenta mil animales por toda China sin haber encontrado un solo portador de Sars-CoV-2?

El gran apoyo de la Dra. Shi en la comunidad científica ha sido el Dr. Daszak, un parasitólogo británico, «habilidoso cazador de subvenciones» -Ridley- y de quien ya se ha dado noticia aquí. A lo largo una exitosa carrera Daszak ha fundado un imperio especializado en la localización y análisis de diversos virus, especialmente en China. Su EchoHealth Alliance, una fundación sin ánimo de lucro creada hace diez años ha conseguido ayudas de hasta 17 millones anuales de dólares del Pentágono y otras agencias estatales USA. El salario anual de Daszak, recuerda Ridley, está en 400.000 dólares y ese pequeño cui prodest de la literatura policíaca ayudaría a explicar su entusiasmo por los trabajos del Instituto de Virología de Wuhan y su espaldarazo a la hipótesis zoonótica en el comunicado de varios expertos publicado el 19 de febrero, 2020 por The Lancet. Daszak fue su principal redactor.

En marzo 2020 la revista Nature Medicine publicó otra carta de un segundo grupo de cinco científicos liderado por el Dr. Kris Andersen en defensa de la zoonosis como única explicación posible de la pandemia. «Nuestro análisis muestra claramente que el Sars-CoV-2 no es un constructo de laboratorio ni un virus manipulado a sabiendas».

Aunque ambos textos tenían más de razonamiento político que científico, no encontraron una respuesta inmediata de la comunidad científica, pese a los obvios conflictos de interés de algunos de sus autores. «Durante 20 años [virólogos como Daszak JA] habían estado jugando a un juego peligroso y oculto a la atención del público: crear en sus laboratorios virus aún más peligrosos [refuerzos de función JA] que los naturales […] Si el Sars 2 fuera el resultado de un experimento de laboratorio, podía esperarse una reacción brutal del público». Pero tras ser recogidos por otros personajes más reputados en la sanidad USA, como el Dr. Anthony Fauci, ambos textos pasaron a los medios de comunicación sin romperse ni mancharse y se convirtieron en la opción mimada por ellos.

Sin embargo, entre 2014 y 2019 el Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas (NIAID por sus siglas en inglés), un organismo público estadounidense dirigido por Fauci, había financiado (ver más arriba) las actividades del equipo de la Dra. Shi a través de la EchoHealth Alliance de Daszak. Si el Covid-19 hubiera salido de aquel laboratorio, el Instituto Nacional de Salud (NIH por sus siglas en inglés), el organismo del que depende el NIAID del Dr. Fauci, se hubiera encontrado en la difícil posición de haber financiado un experimento que ha tenido como resultado la muerte de, al menos, 3,7 millones de personas por el ancho mundo hasta el día de hoy (4 de junio, 2021).

El 11 de mayo de 2021 Fauci afirmó categóricamente ante el Senado USA que «ni NIH ni NIAID han financiado investigaciones de refuerzo de función». Una afirmación que podía entenderse de forma lata o restringida según que la operación se refiriese a cualquier clase de experimento o sólo -como mantenía EchoHealth Alliance- a los realizados con virus obtenidos de humanos.

Bizantinismos semánticos aparte, parece difícil evitar que «el NIH financió una línea de investigación de la que pudo brotar el virus Sars 2 en un laboratorio extranjero que no operaba en las mejores condiciones de bioseguridad».

Vista así, la súbita decisión de Biden parece menos sorprendente. Se trataría de una operación de anticipación y control de riesgos en el caso de que una renovada atención a la financiación de los experimentos del equipo de la Dra. Shi por el fisco estadounidense se convirtiese en una bomba de relojería presta a estallar. En este aspecto «el gobierno americano comparte un raro interés común con el chino. A ambos les preocupa proyectar luz sobre el hecho de que los trabajos sobre coronavirus de Shi fueran financiados por el NIH americano. Imagínese un eventual intercambio privado parecido a éste. Gobierno chino: “Si esa investigación era tan peligrosa, ¿por qué la financiaron ustedes, y encima en nuestro territorio?”. Respuesta del gobierno USA: “Pero ¿no fueron ustedes quienes le permitieron escapar? ¿Es necesario mantener esta discusión en público?”».

Un interés que los grandes medios también colaboran en silenciar. Hasta el momento y pese a su enorme interés no ha habido un solo gran diario o cadena de televisión que haya ofrecido a sus seguidores una visión completa del eventual lab-leak. ¿Por qué?

Una razón es la omertà que mantienen entre sí virólogos y periodistas especializados. A diferencia de los reporteros políticos, los redactores de ciencia prestan poca atención a los motivos de sus fuentes, así que cuando éstas no les ayudan, se quedan sin saber qué decir. Adicionalmente cuenta la inclinación de tantos de ellos hacia la izquierda del espectro político, lo que los ha llevado a aceptar al eventual accidente de laboratorio como una teoría conspirativa insostenible. Si bajo Trump no tenían inconveniente en denunciarla, no tenían por qué cambiar ahora de actitud.

[La sustancia y los entrecomillados de los párrafos anteriores provienen de un trabajo de Nicholas Wade. Durante años Wade ha trabajado para la sección de ciencia de NYT].

***

Iba a acabar aquí esta columna de cuyo contenido me preocupaba una posible interpretación en clave paranoica pero justo en ese momento final apareció en mi correo el aviso de que la bomba de relojería acaba de estallar. Voy a ello.

La edición de 3 de junio 2021 de Vanity Fair se abría con un larguísimo artículo (once mil palabras) de Katherine Eban titulado The Lab-Leak Theory: Inside the Fight to Uncover COVID-19’s Origins. Lo que sigue trata de recoger los elementos nuevos que esa investigación añade a los muchos ya conocidos. A menudo traduciré casi al pie de la letra los datos hasta ahora ignorados.

El trabajo comienza con un teaser, un señuelo para captar la atención del lector: la creación de un grupo independiente de investigación que se autodenominó DRASTIC por las siglas en inglés de su nombre: Equipo de Investigación Descentralizado, Radical y Autónomo para investigar el Covid-19. Los miembros de DRASTIC hacían honor a su santo y seña y se fueron agrupando individualmente a través de los medios de comunicación social. Su cometido apuntaba a llenar los vacíos fácticos de la discusión sobre el origen de la pandemia respondiendo a un interés colectivo que echaban en falta en los medios oficiales y en los grandes grupos de comunicación. «Los de DRASTIC investigan mejor que el Departamento de Estado» apuntaba David Asher, un analista contratado por esta última institución.

Pero en realidad no estaban solos. El problema de Foggy Bottom -la metonimia que los entendidos usan para referirse a la sede de asuntos exteriores USA- no era la falta de interés por el origen del virus sino un choque de intereses burocráticos. Junto a quienes trataban de profundizar en el problema, otros preferían dejar las cosas tal y como estaban. En un memorándum citado por Vanity Fair un alto funcionario de la casa recordaba las advertencias agoreras de otros: iniciar una seria investigación sobre Covid-19, decían, sería como hollar un nido de víboras.

¿Por qué?

Varias razones. La primera, metodológica. Hay una larga y bien documentada historia de trasmisiones epidémicas por causas naturales en las que los animales transmisores se han mantenido incógnitos durante meses o años. Para algunos virólogos las particularidades de Covid-19 podían deberse, pues, a causas por entero naturales. A esa opción zoonótica la completaban con convicciones morales y de autoridad: defender la hipótesis de un accidente de laboratorio había sido declarado irresponsable por grandes figuras de la ciencia y de los medios.

Para Vanity Fair, sin embargo, su trabajosa investigación llevaba a otra conclusión. Defender la aparición natural o espontánea del virus contribuía a mantener en la sombra los conflictos de interés creados por las notables ayudas a la investigación virológica de instituciones extranjeras subsidiadas por el gobierno USA. «En una reunión en el Departamento de Estado se intimó a los funcionarios que exigían transparencia al gobierno chino que no planteasen la cuestión de los refuerzos de función desarrollados por el Instituto de Virología de Wuhan, pues eso atraería atención indeseada sobre la financiación otorgada por el gobierno americano».

Poco después se sabría que el instituto del Dr. Daszak había canalizado parte de esos fondos hacia, entre otros, el Instituto de Virología de Wuhan sirviendo de tapadera privada para ocultar el uso de fondos públicos. David Asher, que por entonces se ocupaba de seguir el día a día de la investigación sobre Covid-19 para el Departamento de Estado, se mostraba convencido de que existía una poderosa facción burocrática del gobierno federal favorable a la realización de investigaciones encubiertas de refuerzo de función por persona interpuesta.

¿Aunque esos agentes fueran chinos como el equipo de la Dra. Shi? Respuesta: tanto mejor. Dada la trayectoria del gobierno chino, que no reparaba en mentir, confundir a su pueblo y reprimir a eventuales «soplones», el gobierno chino era el mejor cazo para mantener limpia a la sartén americana. La Dra. Shi no se iría de la lengua por la cuenta que le traía.

El 9 de diciembre 2020 se celebró en Foggy Bottom una reunión de representantes de cuatro unidades administrativas para discutir la postura oficial ante la prevista visita a China de representantes de la OMS que se iba a celebrar a principios de febrero 2021. El grupo acordó exigir a China que permitiese «una investigación completa, creíble y transparente con acceso ilimitado a mercados, hospitales y laboratorios gubernamentales», tras de lo cual se trató un asunto espinoso que generó posturas encontradas: ¿cómo iba a abordar Estados Unidos la cuestión del Instituto de Virología de Wuhan?

La polémica venía de lejos. Un pequeño grupo de la sección de Control de Armas, Verificación y Cumplimiento llevaba meses ocupándose de ello y había obtenido información clasificada [secreta JA ] sobre el caso de tres investigadores del Instituto participantes en investigaciones de refuerzo de función de coronavirus y que habían enfermado en otoño de 2019 justo antes de que se conociese la aparición de Covid 19. [Para Vanity Fair ese incidente parece haber sido la causa última del cambio de postura sobre el virus del presidente Biden el pasado 26 de mayo JA].

Según documentos en poder de Vanity Fair, un sector de funcionarios encabezado por Christopher Park, a la sazón director de Política Biológica en la Sección de Seguridad Internacional y No Proliferación del Departamento de Estado, venía siendo partidario de mantener total silencio sobre el papel del gobierno USA en investigaciones de refuerzo de función. Para otros, esa posición equivalía a un encubrimiento de actividades dudosas y se decantaban por una claridad total sobre el asunto.

La discusión había llevado anteriormente a Miles Yu, el analista principal del Departamento de Estado para asuntos de Asia Oriental, a redactar en abril de 2020 un informe para Mike Pompeo, el Secretario de Estado USA, que lo utilizó para exigir acceso a las actividades de los laboratorios chinos. No se sabe si ese informe llegó al presidente Trump, pero el 30 de abril 2020 la Oficina del Director de Inteligencia Nacional emitía un ambiguo comunicado -dedicado en apariencia a calmar los ánimos sobre el origen del virus- en donde se mantenía que «no había sido compuesto por mano humana ni modificado genéticamente», aunque esa Oficina continuaría vigilando «si la pandemia se debía a contacto con animales infectados o era el resultado de un accidente de laboratorio en Wuhan».

Ese mismo día «el lanzador de bombas en jefe [bomb-thrower-in-chief es la expresión utilizada por Vanity Fair]» entró en acción. Trump contradecía a sus servicios de inteligencia en una conferencia de prensa donde se refería a información clasificada según la cual el virus había salido del Instituto de Virología de Wuhan. Cuando le pidieron las pruebas, el presidente se limitó a decir que no tenía autorización (?) para ello. Los grandes medios vieron en esa respuesta otra de las ocurrencias disparatadas a las que, según sus periodistas, el presidente recurría en las ocasiones comprometidas y la atribuyeron a su proclividad a la xenofobia.

Algunos de esos medios no fueron especialmente honestos. Desde 2018, cuando un grupo de diplomáticos americanos visitaron el Instituto con motivo de la apertura de su laboratorio BSL-4 [máximo nivel de seguridad] se sabía por un columnista del WaPo que la falta de técnicos adecuadamente entrenados y de protocolos claros de actuación constituían una amenaza para la seguridad de sus operaciones. Por su parte, los dirigentes del Instituto se enorgullecían de que su capacidad para «investigar patógenos de nivel 4 entre los que se cuentan los virus más violentos y capaces de crear altos riesgos de trasmisión aerosolizada de persona a persona».

La comunidad científica internacional permaneció callada al igual que los grandes medios. «Sobre quien se atreviese a levantar la voz recaería la pena de ostracismo». Y siguiendo esa pauta se silenciaron muchas voces discrepantes que no brotaban del espacio trumpista, sino de los propios ciudadanos chinos en WeChat y otras redes y de un trabajo anunciado para publicación en febrero de 2020 de dos investigadores chinos [Vanity Fair no aporta la referencia JA] que planteaba un problema clave: ¿cómo había podido llegar a una gran ciudad china (11 millones de habitantes) en China central una nueva cepa de virus justo en mitad del invierno, cuando los murciélagos de Yunan estaban hibernando a miles de kilómetros, y cómo pudo convertirse en el epicentro de los contagios un mercado en el que no se vendían quirópteros? Los autores no se mordían la lengua: el principal sospechoso no podía ser otro que el Instituto de Virología local. Pero el trabajo desapareció de Internet rápidamente.

También en esa temprana fecha, Matt Pottinger, un funcionario del Consejo de Seguridad USA (NSC por sus siglas en inglés) había puesto en marcha un equipo de seguimiento de los orígenes del virus ubicado en el área que se ocupa de las armas de destrucción masiva. En su trabajo, los miembros del grupo NSC habían encontrado un artículo de 2015 firmado por la Dra. Shi y Ralph Baric, de la universidad de Carolina del Norte, donde explicaban cómo un nuevo coronavirus podía infectar células humanas. Usando ratones, insertaron una proteína proveniente de murciélago herradura en la estructura molecular del virus responsable del Sars 2002 y crearon un patógeno nuevo e infeccioso. Los autores agradecían la contribución financiera del NIH estadounidense y de la EchoHealth Alliance de Peter Daszak, un viejo conocido en estas páginas.

Mientras el NSC desarrollaba su investigación apareció un estudio de 23 autores que trabajaban para la Academia Militar de Ciencias Médicas de China y donde se refería cómo, por medio de una tecnología conocida como CRISPR, habían generado ratones con pulmones similares a los humanos para estudiar si podían contagiarse con Sars-CoV-19. El equipo del NSC subrayó que ese experimento se había realizado en el verano de 2019 y sus miembros empezaron a preguntarse si los militares chinos habían llevado a cabo su experimento como una prueba de posible infección entre humanos. Pero cuando los investigadores del NSC se lo explicaron a miembros de otras agencias, «no nos tomaron en serio… La respuesta fue muy negativa», recuerda Anthony Ruggiero, director sénior del departamento de No Proliferación y Biodefensa.

Vanity Fair ofrece a partir de ahí muchos detalles sobre cómo esa investigación que parecía definitivamente muerta volvió a recobrar pujanza, pero sería excesivamente largo e innecesario recordarlos uno a uno. En cualquier caso, el interés por la hipótesis del laboratorio se renovó en el verano 2020 con la recuperación del incidente de los tres investigadores del Instituto de Wuhan referido más arriba y arrumbado hasta entonces en los archivos del Departamento de Estado.

Tras una serie de peripecias burocráticas, los investigadores de ese departamento organizaron el 7 de enero pasado una reunión por video con 29 expertos externos para evaluar confidencialmente la hipótesis del accidente de laboratorio y cuyas actas llegaron a poder de Vanity Fair. Tras del examen, en 15 de enero, dieron a la publicidad la ficha técnica del Instituto de Virología de Wuhan donde se recogía el asunto de los contagios de sus investigadores y se insistía en que habían participado en proyectos secretos del ejército chino que incluían experimentos de laboratorio con animales desde al menos 2017.

Vanity Fair continúa con un relato de la visita de la OMS a China que no ofrece diferencias notables con lo que ya sabíamos anteriormente, aunque subraya con especial interés la reacción, también inesperada, del director general de la OMS, el Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus. El mismo día en que se publicó el informe de la visita Tedros hizo pública su opinión de que «todas las hipótesis siguen encima de la mesa […] Aún no hemos encontrado el origen del virus y es nuestra obligación seguir a la ciencia y no descartar ninguna hipótesis hasta conseguirlo». Tal vez algún día Vanity Fair o cualquier otra fuente nos expliquen los detalles de ese cambio de parecer. 

Lo cierto es que, a partir de ese momento, varias revistas científicas comenzaron a abrir sus puertas a los defensores de la hipótesis maldita.

Por el momento, lo único que sabemos con certeza es que nadie puede ser tan crucial como la Dra. Shi para explicar el origen de Covid-19. El 30 de diciembre 2019 sobre las 7 de la tarde, Shi recibió una llamada de su jefe, el director del Instituto de Virología, en la que le instaba a estudiar inmediatamente varios casos de pacientes hospitalizados con una misteriosa neumonía. Al día siguiente, con una celeridad inaudita, su equipo fue el primero en secuenciar e identificar la enfermedad como un coronavirus relacionado con Sars.

Aunque Shi se había ofrecido a compartir muestras del virus con algunos colegas extranjeros, Pekín lo impidió y, a mediados de enero, un equipo de científicos militares dirigido por el virólogo supremo y experto bioquímico, el mayor-general Chen Wei, se hizo cargo de las operaciones de su instituto.

Por el lado americano, el equipo del NSC revisó las investigaciones conjuntas de militares y miembros del Instituto con un total de 51 artículos. También recordaron la existencia de un libro (Unnatural Origin of SARS and New Species of Man-Made Viruses as Genetic Bioweapons) escrito por un equipo de 18 autores -11 de los cuales trabajaban en la Universidad médica de la Fuerza Aérea china- donde se exploran diversos aspectos de la guerra biológica. Esas publicaciones han originado la hipótesis -que Vanity Fair se apresura a descartar como una teoría conspiranoica propia de la ultraderecha- de que el virus hubiera sido el resultado de experimentos para crear armamento biológico.

La coda, en fin, del trabajo de Vanity Fair no es alentadora.

El mayor obstáculo para lograr una conclusión satisfactoria al origen del virus es el paso del tiempo y tampoco está claro el interés de los actores principales en alcanzarla. «China es claramente responsable de haber obstaculizado la investigación. Si lo hizo por su habitual disposición autoritaria o porque tenía que esconder un accidente de laboratorio es imposible de saber y, probablemente, lo seguirá siendo. Estados Unidos también merece su cuota parte. Gracias a su inusual querencia por la mendacidad y por sus achaques racistas, Trump y sus aliados alcanzaron cero credibilidad. Y la práctica de canalizar fondos a dudosos programas de investigación a través de agencias interpuestas como EchoHealth Alliance ha expuesto a destacados virólogos a serios conflictos de interés justo cuando su experiencia era más endiabladamente necesaria».

De seguro, habrá más tomas.

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