Crónicas de muertes anunciadas


Chicas muertas
Selva Almada
Barcelona, Random House, 2015
187 pp. 17,90 €

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«Hace un mes que comenzó el año. Al menos diez mujeres fueron asesinadas por ser mujeres»: así comienza el epílogo de Chicas muertas, crónica en la que la novelista argentina Selva Almada hace un alegato de notable calidad contra la violencia de género en su país. «Tres adolescentes de provincia asesinadas en los años ochenta, tres muertes impunes ocurridas cuando todavía, en nuestro país, desconocíamos el término femicidio»: en torno a estos tres asesinatos cometidos en pueblos del interior argentino, el libro saca a la luz otros casos similares nunca del todo esclarecidos y escenifica la pervivencia de un feroz machismo institucionalizado.

Todo empieza con el arte de una película de terror: un hombre que hace un asado en una casa de pueblo toma vino con toda la serenidad del mundo; es verano, lleva alpargatas. A su lado lo observa su niña, la misma autora del libro que se recuerda inmersa en una calma que puede romperse en cualquier instante. El clima rural, sin caer en el costumbrismo, recorre todo el libro. Se trata de una de las marcas y de los intereses propios de la autora, como ya se vislumbró en sus dos primeras y festejadas novelas: El viento que arrasa y Ladrilleros. Aparece una galería de escenas cinematográficas, como la de los niños cazando bichitos de luz, la descripción de unos vecinos ante la televisión en el porche y recurrentes y agoreros fenómenos atmosféricos, que dan al conjunto un empaque de suspense y verosimilitud unidos. Diríase que el fresco de la cotidianeidad actúa de trampa para que el latigazo provocado por la noticia de «los hechos» resulte aún más emotivo.

A partir de ahí, Selva Almada se presenta como rastreadora de unos crímenes que le han quedado vivos en la memoria de su infancia. A través de una serie de entrevistas en cada uno de los lugares afectados del interior de Argentina intenta que aquello no se olvide. Al recordar uno de los asesinatos en el que una joven fue encontrada apuñalada en su cama, la narradora confiesa qué sintió cuando se enteró de la noticia: «Mi casa, la casa de cualquier adolescente, no era el lugar más seguro del mundo. Adentro de tu casa podían matarte. El Horror podía vivir bajo el mismo techo que vos».

El tono quiere ser a la vez el de una curiosa, una conversadora y una denunciante. En la pesquisa se respira la voz de una mujer que no puede callar la injusticia contra otras como ella. La cronista hace del libro una abierta crítica a la desidia policial, al sistema judicial argentino y a su relación corrupta con una clase política de raigambre caudillista. La indagación saca a la luz detalles clave en las entrevistas con los hombres y mujeres con los que Almada se cita para conversar. Los diálogos sirven para mostrar los primeros planos de quienes todavía se estremecen rememorando los días del crimen, sus arrugas, las manos entrelazadas en una mesa. Se trata de una literatura que vale para la denuncia y el alegato. La curiosidad, la conversación y la denuncia como pilares del entramado de las crónicas suelen conducir también a escenas escalofriantes: la mano de una madre buscando en la boca abierta de un cadáver, en la morgue, un diente que la identifique como su hija.

Sin embargo, lo más alarmante de leer Chicas muertas es constatar el machismo que pervive en la vida de los pueblos y que muestra que nada ha cambiado desde aquellos tiempos. Las chicas mueren y morirán por ser mujeres. Entre los diversos ejemplos que revelan esta verdad terrible, uno que la resume: un muchacho cuenta que por esos lares todavía se acostumbra a  «hacer un becerro», es decir, en un grupo de amigos, uno de ellos embauca a una chica previamente elegida y, cuando se gana su confianza, busca la oportunidad de llevarla a un lugar oscuro y solitario, no azaroso, adonde llegarán los otros para violarla uno a uno.

El viaje de reconstrucción de los crímenes se hace con una cortina musical faulkneriana. Una mirada que apela a mostrar lo atroz simplificando los recursos, eliminando todo manierismo y haciendo de cada fresco un testimonio y una explicación de por qué iba a suceder lo que sucedió o por qué ya ha sucedido. Esta manera de contar tiene una larga tradición en Argentina, que sigue desarrollándose en obras como las de Hernán Ronsino (1975), entre los jóvenes, y Andrés Rivera (1928), entre los mayores, por nombrar sólo a dos autores clave. Almada se suma también a la lista con ecos de las dulzuras líricas de Haroldo Conti y, sobre todo, con la robustez dramática, la profundidad y el montaje cinematográfico de escenas del magnífico Rodolfo Walsh. De hecho, Chicas muertas fue nominada al premio Rodolfo Walsh, en la Semana Negra de Gijón de este mismo año (el libro ganador fue Escrito en negro, de Martín Olmos).

El elemento que termina de redondear esa invocación a San Faulkner –como solía llamarlo su representante en la tierra del Río de la Plata, Juan Carlos Onetti– es el manejo de la oralidad. Las voces dolientes y muchas veces extravagantes de esos parajes olvidados de toda justicia «hablan en el texto», se cuelan sin pedir permiso a guiones de diálogos, ni muchas veces a comas o puntos. La llaneza de la presentación de las voces de testigos y de la narradora tiene su secreto en la ausencia de diferentes alturas: no hay un sitial para el que escribe y otro para los que hablan. El autor-narrador, que aquí aspira a ser uno solo, no pretende superar en refinamiento a aquéllos que cuentan «con sus palabras». El tránsito de la narración busca la proximidad como una forma de honestidad literaria, como un ejercicio de realismo que obvia por principio cualquier efecto o filtro. Sin comillas ni necesidad de comparecer con otros formalismos, las voces de los fantasmas cobran más vida, su turno de penar, denunciar o recapitular se torna más vívido. Las muertas resucitan con lo que pudieron haber dicho; los testigos, señalando un nombre en el papel antiguo de un diario. Así, el relato respira veracidad, cercanía, naturalidad.

Uno de los puntos que aleja a este libro de la tradición estadounidense de lo que se llamó Nuevo Periodismo es cierto barroquismo que recuerda al realismo mágico caribeño. Esta aparición reiterada de caras y caretas que bailan para el lector, y oscilan entre la comedia y el patetismo, resulta una suerte de bestiario que quiebra el silencio del crimen con el ruido de lo extraordinario. Gitanos ladrones de niños, videntes borrachos, viejas que recogen huesos de lobos, magia negra, carnavales norteños a cuarenta grados a la luz de la luna, una prostituta con discapacidad mental que aparece degollada, un chino narco, entre otros, integran el equipo de lo insólito. En una reunión multitudinaria en la que todos quieren decir lo suyo, es difícil erigirse en moderador. No obstante, el juego de la buena literatura sabe otorgar el tiempo justo a cada jugador. ¿A quién de todos los novios, padres, hermanos, amigos, policías, jueces, periodistas, vecinos o políticos de cada pueblo hay que darle más espacio para dilucidar cada caso? Ese parece ser uno de los desafíos de este trabajo documental: cada participante se enfrenta en el campo de las páginas, sin saberlo, con una versión diferente a la suya. Un teatro finamente envuelto en una recreación ambiental: miradas entre íntimos para encontrar al culpable, sábanas ensangrentadas y tumbas con flores, un murmullo de madres y padres llorosos que siguen exigiendo justicia tantos años después, el perfil mudo de un hombre al que se le ha perdido el rastro, y que muchos juran que no puede ser inocente.

Un personaje que transita todo el texto es la tarotista, «La señora», a quien la propia Selva Almada, que habla en primera persona, va a visitar de forma periódica a lo largo de las entrevistas y la escritura, como si los hechos por sí solos no iluminaran la verdad de cada suceso y se necesitara una mano sobrenatural. La vidente revela a Almada que tiene una misión, como en la leyenda en que una vieja busca huesos de lobo durante un largo tiempo y, cuando los consigue, devuelve a la vida al animal tras un ritual y éste sale corriendo y en el camino se convierte en mujer. La cronista debe encontrar los huesos de las tres asesinadas para darles vida, «darles voz y después dejarlas correr libremente, hacia donde sea que tengan que ir».

Guillermo Roz es escritor argentino. Su último libro es Malemort, el Impotente (Madrid, Alianza, 2015).

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