
La casa de los líos
En los hábitos estadounidenses de lectura figura siempre, con un espacio tan privilegiado en el interés como extenso en volumen, el dedicado a la vida, hazañas, milagros, desventuras y escándalos de la clase política del país. En particular, en lo referido a los presidentes. Es un género que, naturalmente, cuenta en su haber con una larga y brillante nómina de profesionales dedicados a la historia –no en vano, los llamados «presidential historians» cuentan con un especial reconocimiento entre los colegas del ramo?, pero que se ve habitual y frecuentemente enriquecido por volúmenes pegados a la realidad del momento y cuyos autores suelen tener el periodismo como profesión. Unos y otros cubren exhaustivamente, y en general con ilustrada prosa, los detalles más insignificantes o trascendentes de la trayectoria de los mayores y menores dirigentes del país y forman por sí mismos un capítulo de imprescindible recordación para una ciudadanía que tiene a gala conocer la complejidad de su peripecia para, en lo posible y deseable, aprender de ella. Es, por lo demás, un género poco o nada dado a la hagiografía y nutrido de, por lo general, cuidadosas investigaciones. Aunque luego no falten quienes, por sí mismos o por encargo, tengan la tentación de poner en duda su veracidad.










