El conflicto israelí-palestino, desde dentro


The Only Language They Understand. Forcing Compromise in Israel and Palestine
Nathan Thrall
Nueva York, Metropolitan Books, 2017
324 pp. $28.00

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Nathan Thrall cubre Israel, Cisjordania y Gaza desde 2010 para la ONG International Crisis Group, y vive en Jerusalén con su joven familia. Su profundo conocimiento de la historia reciente, su amplia red de contactos y su experiencia de la realidad cotidiana sobre el terreno le permiten ofrecer un análisis del conflicto israelí-palestino equilibrado, rico en matices y salpicado de citas que ilustran las percepciones y posturas de sus principales actores. El título de la obra que nos ocupa, «El único idioma que entienden», refleja su intención de rebatir un argumento comúnmente utilizado, sobre todo por Israel y sus partidarios: que la violencia es el mayor obstáculo para la paz. Al contrario ?afirma Thrall?, las presiones (militares, pero también económicas y políticas) han sido la única manera de obtener concesiones de ambos bandos, y serán necesarias para que el más fuerte, Israel, acceda a la reivindicación mínima del más débil: la formación de un Estado en el 22% de la Palestina histórica.

La obra comienza con un largo ensayo homónimo que realiza un repaso del conflicto desde la Guerra de los Seis Días, en la que los árabes perdieron no sólo Cisjordania y Gaza, sino también el Sinaí y los Altos del Golán. A fin de desarrollar su tesis, Thrall dedica mucho espacio, y no pocos elogios, a la actuación de Jimmy Carter durante el proceso que culminó en los Acuerdos de Camp David, que supuestamente demostrarían que una actitud firme por parte de Washington da resultados. Completan el volumen artículos ya publicados en medios como The New York Review of Books, Foreign Affairs y The New York Times, actualizados para la ocasión y clasificados bajo cuatro rúbricas: «Dominación», «Colaboración», «Confrontación» y «Negociación». Estos constituyen una crónica de los sucesos de los últimos años: las dificultades del primer ministro palestino Salam Fayyad y su consiguiente dimisión; las guerras en Gaza y las penosas condiciones de vida de sus habitantes; el dramático giro hacia la derecha en la vida política israelí; la tibia reconciliación de Hamás y Fatah; o la desesperada «Intifada de los Cuchillos».

Resulta cuando menos curioso que el caso de Camp David se destaque como ejemplo de la efectividad de las presiones. Thrall alega que Carter consiguió que Menájem Beguín firmase no sólo el tratado de paz con Anwar al-Sadat, sino también un segundo documento, el Marco para la Paz en Oriente Medio, que proponía la autonomía a los palestinos y sería el precursor de los Acuerdos de Oslo. Sin embargo, también nos recuerda que el presidente estadounidense perdió su coraje ante el lobby proisraelí y que fue el rais egipcio, decidido a recuperar el Sinaí y a llevar a cabo un realineamiento estratégico que juzgaba necesario, quien, con su inesperada visita a Jerusalén, forzó la mano de Beguín. Este, por su parte, decidió hacer la paz con Egipto porque con ello lograba dividir el frente árabe y garantizar la seguridad de Israel. El general Moshe Dayan, entonces ministro de Asuntos Exteriores, se lo explicó a Carter con la siguiente metáfora: «Un coche al que has sacado una rueda no puede avanzar» (p. 24). El plan de autonomía de Beguín no tenía otro objetivo que servir de coartada a Sadat ante la opinión pública árabe, que lo vio como tal.

De hecho, Thrall reconoce que el artífice de los Acuerdos de Oslo, Isaac Rabin, insistió en utilizar el Marco para la Paz de Camp David como base de las negociaciones, porque su propósito no era terminar la ocupación, sino reformularla. El propio Rabin declaró en el Knesset un mes antes de su asesinato que pretendía establecer «una entidad que sea menos que un Estado» (p. 32)Nathan Thrall reproduce una reveladora cita del que fue asesor de Seguridad Nacional de Jimmy Carter, Zbigniew Brzezi?ski, quien describió lo que los palestinos habían obtenido en Oslo como una «Basutolandia para los árabes» (p. 57), en referencia al territorio que los británicos establecieron en el seno de la Colonia del Cabo para el conflictivo grupo étnico de los sotho.. Israel mantuvo el control absoluto sobre casi dos tercios de Cisjordania, donde continuó expandiendo sus colonias, y subcontrató a la Autoridad Palestina el control de la población, que se concentra en el tercio restante y vio cómo la OLP se transformaba «de protector contra un ejército de ocupación en colectivo de empresarios motivados por intereses personales que obtenían contratos exclusivos de dicho ejército» (p. 147). La situación ha generado profundas divisiones en el bando palestino e impedido la repetición de acciones de resistencia no violenta organizadas en el pasado (manifestaciones multitudinarias, boicots de productos israelíes, negativa a pagar impuestos). Desde esta perspectiva, la militarización de la Segunda Intifada y los actos de «lobos solitarios» en los últimos años revelan un sentimiento generalizado de impotencia, frustración y desilusión con el liderazgo político.

El caso que Thrall pone como ejemplo parece, pues, cuestionable. No obstante, su tesis no carece de mérito, como lo muestran otras ocasiones en las que los israelíes se han visto obligados a retirarse, y que discute más brevemente. Dos de ellas se debieron a presidentes estadounidenses: después de la Guerra de Suez, cuando Eisenhower advirtió que cancelaría toda ayuda y que incluso no se opondría a la expulsión de Israel de las Naciones Unidas; y tras las primeras incursiones israelíes en Líbano en 1977 y 1978, durante las cuales Carter sí se mostró enérgico, amenazando con suspender la asistencia militar y actuando a través de las Naciones Unidas. Las otras retiradas ?de Líbano, en 2000, y de Gaza y cuatro colonias del norte de Cisjordania, en 2005? muestran la utilidad de la resistencia, pero también sus limitaciones: la primera fue una indudable victoria para Hezbolá, una milicia disciplinada, bien equipada y firmemente establecida en su territorio; la segunda, que Hamás presentó como un triunfo, resultó asimismo en la construcción del muro en Cisjordania y, eventualmente, en el asfixiante bloqueo de Gaza.

La historia del conflicto es de progresiva consolidación de la posición israelí, debido esencialmente a su preponderancia militar y a la impunidad de que disfruta a nivel internacional. En contraste, los palestinos han debido «abandonar la solución que juzgaban justa para buscar la que parecía alcanzable» (p. 53), como recuerda Shafiq al-Hout, miembro fundador de la OLP que dimitiría de su Consejo Ejecutivo como protesta por los Acuerdos de Oslo. Y ello a pesar de una opinión pública que frecuentemente simpatiza con los palestinos no sólo en el mundo árabe, sino también en Europa occidental y, crecientemente, en Estados UnidosEl cambio de actitud es particularmente llamativo dentro de la propia comunidad judía, como lo muestran artículos con títulos como «Why Fewer Young American Jews Share Their Parents’ View of Israel» («Por qué menos jóvenes judíos estadounidenses comparten la opinión de sus padres sobre Israel) y «Are American Jews Giving up on Israel?» («¿Están los judíos estadounidenses dejando de tener fe en Israel?»), en la prensa estadounidense; o «Has It Become “Vogue” for American Jewish Millennials to Hate Israel?» («¿Se ha puesto de moda odiar a Israel entre los jóvenes mileniales judíos estadounidenses?») y «Liberal American Jews’ Feelings Towards Israel Now Include Conspicuous Contempt» («Los sentimientos de los judíos liberales estadounidenses hacia Israel incluyen ahora un manifiesto desprecio»), en la israelí.. A nivel gubernamental, los déspotas árabes todavía expresan su inquebrantable apoyo a la causa palestina pero, en la práctica, han aceptado la presencia de Israel, con el que colaboran cada vez más estrechamente (en particular, a nivel de inteligencia)La estrecha cooperación de Israel con Egipto y Jordania, países con los que ha firmado tratados de paz, no es ningún secreto. Empero, en los últimos años se ha hecho pública su colaboración con países del Golfo como Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos. Véanse, por ejemplo, «Israel’s Secret Arab Allies» («Los aliados árabes secretos de Israel»), o «Israel Is Strengthening Its Ties With The Gulf Monarchies» («Israel está estrechando sus lazos con las monarquías del Golfo»).. Los líderes europeos condenan su desproporcionado uso de la fuerza y su progresiva colonización de Cisjordania con una vehemencia que sirve de alternativa a la toma de medidas significativas en su contra. Y los estadounidenses, que podrían ejercer presiones efectivas, no tienen interés alguno en hacerlo debido a la importancia geopolítica de Israel y a la influencia del poderoso lobby sionista.

Así, Israel carece de aliciente para modificar un statu quo que le es eminentemente favorable, sobre cuando cualquier compromiso pondría en peligro la paz social, debido a la oposición del exaltado bloque que propugna la colonización de «Judea y Samaria». Mientras, los palestinos se encuentran política y geográficamente fragmentados, se sienten intensamente desmoralizados por los magros resultados de su lucha y se saben abandonados por la comunidad internacional, empezando por sus correligionarios árabes. Sin embargo, la ficción del proceso de paz se prolonga porque es útil a todos los interesados. La Autoridad Palestina y las diferentes organizaciones no gubernamentales que operan en Cisjordania dependen de la financiación de los países donantes, que fingen estar invirtiendo en la construcción de un futuro Estado para evitar replantearse su postura. Israel, por su parte, continúa las negociaciones a fin de aplacar a sus críticos, a la vez que denuncia la ausencia de un interlocutor válido para la paz.

Tras su análisis sobrio y realista de esta desalentadora situación, Thrall no ofrece conclusiones trascendentales, sino que se contenta con añadir un epílogo de tres párrafos resumiendo la decepción que supuso Barack Obama. La moraleja es que incluso los presidentes estadounidenses favorables a las reivindicaciones palestinas terminan por rendirse a consideraciones pragmáticas. Nuestro autor cita a un alto funcionario de seguridad nacional durante las presidencias de George W. Bush y Barack Obama, y que, comparando ambas experiencias, concluye: «No sé qué es peor: trabajar para un gobierno que implementa las políticas del [grupo sionista de presión] AIPAC de manera entusiasta, por convicción; o hacerlo para uno que las implementa a regañadientes, por miedo» (p. 39). Con Donald Trump en la Casa Blanca, nunca ha estado más justificado considerar a Estados Unidos como parte del problema y buscar una solución separadamente de Washington. Pero, para ello, Europa tendría que estar dispuesta a asumir esa ingrata tarea.

Ana Soage ha vivido en varios países europeos y árabes, y tiene un doctorado europeo en Estudios Semíticos. Enseña Ciencias Políticas en la Universidad de Suffolk, coedita varias publicaciones académicas y colabora como analista senior en la consultoría estratégica internacional Wikistrat.

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