Del 11 al 17 de abril, la revista descansa por Semana Santa

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¡Qué mes de febrero llevamos, damas y caballeros!

En la tragicomedia que es la realidad cotidiana, Vladimir Vladimirovich sigue interpretando su personaje con un sesgo cada vez más hamletiano. Al menos este es el caso a la hora de escribir estas líneas, al punto de que acaben los JJ OO de invierno en China, momento que esté marcando quizás el fin de la abstinencia que Xi Jinping parece haber impuesto a su homólogo ruso. Putin deshoja la margarita de la invasión de Ucrania, añadiendo cada día que pasa una o dos violaciones de la paz y tratando de provocar un conflicto que justifique, en su perturbada y desesperada mente, una invasión en toda la regla. Boris Johnson nos quiere convencer de que la situación es gravísima de toda gravedad, posiblemente para quitársela a su propia y precaria situación, en una de esas piruetas de transferencia tan queridas de líderes como él. El presidente Biden y miembros destacados de su administración intentan hacer lo mismo día tras día, no solo porque muy bien esa puede ser la realidad que sus informaciones confidenciales y top secret les revelan, sino posiblemente también para mantener una coalición amplia de países unidos frente a la agresión del gobierno cleptocrático ruso.

Elementos de la política española se están adentrando, y no por primera vez aunque no sean los mismos, en una descarnada y especialmente cochambrosa lucha por el poder, con minúscula, en sus feudos particulares. Otra forma de invasión, mucho menos cruenta, pero, a su nivel, paralizante, desmoralizadora para los votantes –que sin embargo seguimos votando, ¡el Averno nos confunda!, a los elementos de turno– y reveladora de la degradación de nuestra clase política. Francamente, Sapientísimo, si estos novilleros sin picadores tuvieran que trabajar para la clase de clientes con los que ambos hemos tenido el privilegio de colaborar, francamente, repito, estos monosabios (les bajamos de categoría en menos de un párrafo, ¿no?) duraban poco más de un telediario (¡qué decimos monosabios, maletillas de dehesa nocturna y alevosa!). Esta situación no tiene ninguna gracia.

Tampoco tienen gracia las recientes noticias de que Trump (the former guy, o tfg) trató de destruir documentos oficiales de su administración (un crimen en los Estados Unidos) arrojándolos en la taza del WC y tirando de la cadena. El comité que investiga la instigación y preparación del ataque terrorista del 6 de enero pasado al Capitolio en Washington, DC, está sumamente interesado en llegar al fondo del asunto, con perdón, o de aclarar cómo y por qué unas quince cajas llenas de documentos oficiales aparecieron en Mar-a-Lago, la residencia en La Florida de tfg. No tienen gracia estas noticias, ninguna gracia; pero son como para desternillarse de la risa.

Y, para terminar, este sábado pasado los medios internacionales daban la noticia de que Jean-Luc Brunel, un asociado del pedófilo Jeffrey Epstein, amaneció ahorcado en la cárcel de París donde estaba siendo investigado por acusaciones de abuso y tráfico sexual de menores. Epstein murió en agosto de 2019, por causa que se dictaminó como un suicidio, en la cárcel de NY donde también estaba en espera de juicio, acusado de similares y abominables hechos. El círculo de amistades y asociados de Epstein era amplio e incluía a expresidentes de los Estados Unidos (Trump, Clinton), financieros, profesores y hasta altezas reales como el, de momento, Duque de York, hijo favorito, de momento también, de la reina Isabel II de Inglaterra, que acaba de llegar a un acuerdo legal con su acusadora, posiblemente para evitar males mucho mayores.

Los sórdidos crímenes de individuos como Epstein y Brunel son una tragedia para las víctimas reales, mujeres menores de edad en el momento de los hechos, y uno confía en que a pesar de la autoeliminación por suicidio de testigos principales, las autoridades competentes no dejarán pista sin investigar, e informarán con todo detalle del resultado de sus investigaciones a los ciudadanos que pagan impuestos para costear dichas investigaciones, entre muchas otras cosas. Hay tantas lecciones importantes que aprender de tragedias como esta, causadas por hombres poderosos, como de las tragedias de mayor escala que hombres poderosos también causan una y otra vez. Y deberían ser aquellas tragedias de escala más reducida –nos resistimos a utilizar el término «menores»– las que podrían evitarse con el mayor consenso y peso de la ley. Lo muy grave de todo lo relacionado con el asunto Epstein es que lo privado y lo público se engranan en una alianza diabólica que sacude en lo más profundo la fe en la sociedad civilizada.

Un febrero caliente, por lo tanto, ya sea por la amenaza de guerra abierta en Europa, la cochambrosa degradación de la clase política en uno u otro país que ya no es la democracia que se creía que era, la criminalidad de un líder político (que solo se ha difundido ampliamente, y perseguido, porque salió elegido presidente sin quererlo) que encontró el amor de los traicionados por las élites de ambos lados, o la impunidad y venalidad de otros hombres poderosos. Lacras, todas ellas, que siguen impidiendo la importante y urgente tarea de encontrar e implementar soluciones realistas y duraderas a los problemas económicos y sociales que acosan a la sociedad en todos los países. De la medida en que estamos avanzando en la solución de algunos de estos problemas, hablamos a continuación.

ooOoo

Las muchas propuestas de estímulo fiscal y monetario ya implementadas tras el inicio de la pandemia, el asombroso desarrollo de vacunas de gran eficacia y su no menos asombrosa difusión, las cada vez más alentadoras reuniones internacionales para atajar los efectos del cambio climático –somos veteranos del club Amigos del Vaso Medio Lleno– son un buen contrapeso a los impulsos beligerantes, ignominiosos, criminales y repulsivos como los que destacamos al comienzo de esta entrada.

Mas no todas las medidas que se han propuesto hasta hoy se han implementado, en parte porque no han sido aprobadas por los gobiernos de muchos países. Entre ellos y en posición principal, se encuentran los Estados Unidos. En concreto, destacaremos algunos de las propuestas de la administración Biden que se encuentran en el dique seco o, peor todavía, en la planta de desguace. Las razones de este estado de cosas son varias, siendo la paralización política, ¡vaya por Dios!, una de las más evidentes.

En una entrada anterior (Gobernar a lo grande) el pasado mes de abril, cuando se estaban perfilando los ambiciosos planes de la incipiente administración Biden, nos manifestábamos poéticamente optimistas acerca de la nueva era que se nos venía encima. Y no éramos únicamente estos humildes analistas de lo económico y social quienes apostamos por la llegada de realidades más ambiciosas de las que hasta hoy se han venido manifestando (destacamos, por su interesante contenido y las referencias adicionales que contiene, este artículo). Apenas ha transcurrido un año desde que se anunciaran con gran entusiasmo estos planes. Es pronto para emitir un veredicto. Pero hemos de admitir que los derroteros por donde transitan, si es que transitan, algunos de ellos, llevan a un pozo sin fondo. Es posible que algunas piezas se desprendan de la maquinaria antes de llegar al abismo, pero íntegras, lo que se dice íntegras, van a llegar pocas a buen puerto. Identificaremos en primer lugar varios de estos semovientes, para esbozar a continuación las, a nuestro entender, principales causas de esta vía dolorosa.

No es el caso de que una buena parte de los planes de estímulo ya implementados por la administración del presidente Biden, y hasta de los implementados por tfg, no hayan surtido el efecto que se esperaba de ellos. Estas intervenciones –fundamentalmente centradas en cheques personales– han sido muy efectivas para mantener los ingresos del sector de la población que más necesitaba ayuda. Pero la ventana de oportunidades para crear una más amplia red social –especialmente para reducir substancialmente la pobreza infantil–, mejorar la cantidad y calidad de todo tipo de infraestructura incluida la digital, y crear soluciones realistas a escala suficiente para frenar y reducir las consecuencias del cambio climático se está cerrando. Enumeremos algunos ejemplos concretos de esta lamentable realidad.

Tres en uno. El plan de baja por maternidad/paternidad y la educación preescolar gratuitos han descarrilado, al menos de momento (nos referiremos al «momento» en breve). El crédito fiscal por hijo expiró a finales del año pasado. Con respecto a los dos primeros, recordemos que Estados Unidos es uno de los pocos países avanzados en que la baja gratuita por maternidad o paternidad (o ambas) no existe (véase este artículo). El coste de las guarderías, incluida educación preescolar, es abrumador para la mayoría de las familias y las ayudas propuestas hubieran representado un gran alivio. Y la extinción del crédito fiscal por hijo ha elevado la tasa mensual de pobreza de menores del 12,1% en diciembre de 2021 al 17% en enero de 2021 (parece mentira, pero es así). ¡En tan solo un mes! Más de tres millones y medio de menores volverán a la pobreza.

No solamente han descarrilado algunos planes, sino que medidas fiscales ya existentes se han lanzado a una senda insostenible e irresponsable. En el sistema impositivo estadounidense, existen impuestos estatales y locales (sobre la renta en el primer caso y sobre la propiedad en el segundo) cuyo importe se puede deducir de los impuestos federales sobre la renta, hasta un cierto límite. Pues bien, una propuesta de ley se ha aprobado recientemente con mayoría de ambos partidos para aumentar el límite de dichas deducciones (se resume aquí) hasta, por lo menos 2030. Los beneficiarios de esta reducción de impuestos –por la vía de aumentar las deducciones al impuesto federal– son los habitantes de estados con mayores impuestos estatales (California y Massachusetts, entre otros) y, en cualquier estado, los habitantes de mayores rentas.

Lo insostenible e irresponsable de esta medida es que el coste del límite de las deducciones fiscales representa una pérdida de renta impositiva que se estima podría llegar a seiscientos mil millones de dólares en diez años. Este es, aproximadamente, el coste de los planes para luchar contra el cambio climático del presidente Biden que hoy están en peligro de quedarse en planes.

La muerte súbita del plan de inversiones en infraestructura física y digital (Build Back Better Plan) fue declarada, tras violenta oposición por su parte, por el senador Demócrata Manchin, de West Virginia. Sí, lo han leído ustedes bien, el senador Demócrata Joe Manchin. Esta es una paradoja que nos conduce a las causas del impasse en que se encuentran estas iniciativas legislativas de la administración Biden.

La realidad política en los Estados Unidos es tan pertinazmente polarizada como lo es en España, pero allí se manifiesta más en forma de daño directo para muchos de sus habitantes que en la cochambre e incompetencia directa (con su fiel acompañante, la corrupción) con que se manifiesta aquí. Es bien cierto que, indirectamente, la paralización y el irse por las ramas en nuestro desvalido país también repercute negativamente en los bolsillos de los ciudadanos españoles. Pero, al fin y al cabo, España pertenece a la Unión Europea, que es una tabla de salvación.

La polarización política en los Estados Unidos perjudica directamente a sus ciudadanos con menos bienestar e indirectamente al resto del mundo con menos seguridad.

Pensemos en la distribución del poder legislativo en los Estados Unidos, para ver la causa principal del peligro en que se encuentran los planes de la administración Biden que venimos comentando. En la cámara baja del Congreso, The House of Representatives, los Demócratas «disfrutan» de una precaria mayoría de once representatives (sí, once). En la cámara alta, The Senate, los cien senadores están igualmente repartidos entre demócratas y republicanos, con el voto decisivo de su presidente, que es la vicepresidenta Kamala (pronunciado Kámala) Harris. Para más inri, especialmente en lo que respecta a la amarga situación que hoy comentamos, dos senadores Demócratas, el mencionado Joe Manchin (muy conservador) y la senadora Krysten Sinema de Arizona (un verso suelto o una bala perdida, por ponerlo fino), han sido materialmente definitivos en el momento del descarrile. De hecho, dado que los senadores republicanos votan en bloque sin fisuras, los senadores Manchin y Sinema han proporcionado a los republicanos la mayoría que perdieron en las elecciones de noviembre de 2020.

Lo sangrante de esta situación es que Joe Manchin representa a un estado que es uno de los últimos en cualquier métrica de calidad de vida y prosperidad que pueda invocarse. Educación, renta per cápita, salud, esperanza de vida, malnutrición, you name it. Ah, e infraestructura. Paradójicamente, los habitantes de West Virginia favorecen los planes de infraestructura de plan Build Back Better en su abrumadora mayoría. What gives?

West Virginia, un estado en los montes Apalaches, es una de las regiones históricamente más pobres y subdesarrolladas de los Estados Unidos. Allí, el carbón es rey y Joe Manchin recibe generosas donaciones para sus campañas electorales de los empresarios del carbón, un mineral herido de muerte. El «otro Joe», como ya se conoce al senador Manchin, es hoy tan poderoso como Joe Biden en importantes aspectos.

Lo incomprensible del caso es que los aproximadamente setenta mil trabajadores en la industria del carbón, que además tienen los días contados como tales, podrían muy fácilmente ser absorbidos por jubilaciones en los próximos años –son de edad avanzada y sus hijos quieren algo mejor– y por los cientos de miles de empleos que la expansión de energías alternativas posibilitará, muchos de ellos en la región de los montes Apalaches

¿Y Bidenomics mañana?

Se hace notar en la prensa americana que los votantes se están volviendo en contra de algunas medidas de gasto, que la inflación se está convirtiendo en una consecuencia no deseada de tanta generosidad fiscal (debatible y a debatir en una futura entrada), que muchas de estas medidas se desarrollaron de forma imperfecta o sin controles de gasto claros y sin metas inmediatas, o que la Administración Biden no ha sabido vender sus indudables logros en poco más de un año (todo ello comentado en este artículo).

Además, las fortunas electorales del partido Demócrata son más que inciertas. Las encuestas sobre las elecciones midterm en noviembre, en que se renueva totalmente la cámara baja (cada dos años) y un tercio del Senado (un senador se enfrenta a elecciones cada seis años), vaticinan que los demócratas perderán la House of Representatives y podrían también perder su mayoría de un voto (el de Kamala Harris) en el senado. Mientras tanto, la administración Biden puede hacer un trabajo mucho mejor en explicar y educar a los votantes sobre lo que está en juego y los logros hasta hoy obtenidos. Pero si, a pesar de todo, los demócratas pierden control de una o las dos cámaras del Congreso este noviembre, los planes de la administración Biden hoy en peligro de muerte, se convertirán en zombis. No morirán, pero habrá que esperar a noviembre de 2024 para confirmar o no su defenestración definitiva. En lo que a nosotros respecta, tanto este noviembre como en el de 2024, Biden o quien quiera que sea el candidato o candidata demócrata, tiene ya en su haber un voto legítimo y apasionado. Por algo se empieza.

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