La biología en las artes plásticas

Subíamos bajo la lluvia por el paseo de entrada del palacio de Miramar. A nuestra derecha se alineaban grandes esculturas de Eduardo Chillida y a nuestra izquierda se extendía el hermoso panorama de la playa de la Concha. De pronto dejó de llover y vimos sorprendidos cómo, del interior de una de las esculturas, surgía el propio Eduardo, que había estado resguardado en ella. Nos acogió amablemente y estuvimos charlando con él. En algún momento nos señaló la privilegiada situación de su casa, por encima de El peine de los vientos, y recuerdo que pensé expresarle mi opinión de que varias de sus esculturas parecían representar proteínas globulares. Ahora no sé si acabé diciéndoselo, pero durante un tiempo pensé enviarle una representación por ordenador de la proteína que yo estaba investigando, aunque al final no se la envié.

La presencia de las imágenes de la Biología en la representación plástica tiene una larga tradición. Ahí están, sin ir más lejos, la infinidad de pintores botánicos que tan bien han retratado la diversidad vegetal a lo largo de los últimos siglos. Aunque más reciente, la influencia de lo microscópico y lo molecular en el arte tampoco ha sido nada desdeñable. Nuestro Ramón y Cajal, con sus numerosos dibujos de distintos tipos de neuronas, ha sido sin duda uno de los científicos que más fuertemente ha influido en la creación artística en el pasado siglo, en el que la imagen de la neurona y la de la doble hélice del ADN se han situado entre los iconos más relevantes. En los dibujos de Lorca, en los cuadros de Dalí y en las obras de cientos de pintores asoman las imágenes de las neuronas como elementos inquietantes, aunque ninguna de estas representaciones haya causado en mí una emoción estética tan fuerte como la contemplación de los propios dibujos originales de nuestro sabio.

Entre los investigadores –sobre todo entre los biólogos– hay ahora un prurito estético. Las portadas de las revistas científicas –incluso las de Biología– solían consistir en algo tan prosaico como el índice y eran poco atractivas. Ahora, en cambio, de los centenares de imágenes que contiene un número, el equipo artístico de la editorial elige aquella que ilustra su portada y aunque, por supuesto, la selección no tiene necesariamente que ver con el mérito científico de la figura, a los investigadores les hace una ilusión enorme que una ilustración suya sea seleccionada para aparecer en portada. Ahora se oye de vez en cuando: «Pues yo tengo cinco portadas». ¡Como si fueran modelos! Claro, que no salen en Vogue. Muchos de los grandes grupos de investigación biológica contratan como parte del staff a artistas que presenten de una forma estéticamente atractiva sus resultados, entre otras cosas porque esto influye psicológicamente en la ulterior aprobación y recepción del trabajo.

Roderick MacKinnon, premio Nobel de Química en 2003, investiga cómo los iones de potasio atraviesan la membrana celular. Al igual que Chillida en su escultura, el potasio debe entrar y salir de ciertas proteínas de esta membrana para cumplir sus funciones biológicas. Cuando el artista Steve Miller visitó el laboratorio de MacKinnon en Brookhaven (Estados Unidos), quedó prendado de las imágenes que representaban a las proteínas responsables de la traslocación del citado ión y, en general, de la proyección plástica que emanaba del diario de laboratorio del investigador. Ahora, convertidas en cuadros de gran formato, esas imágenes han formado parte de una exposición de Steve Miller, titulada Crossing the Line, que se ha exhibido en la National Academy of Sciences de Estados Unidos. Ante las imágenes magnificadas de las estructuras proteicas, determinadas por difracción de rayos X, supongo que uno puede sentirse como Eduardo Chillida el día en que lo conocí o como un perplejo y humilde ión de potasio en el laberinto.

Ficha técnica

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