Interminables memorias
Siendo Adolfo Marsillach un director escénico –a mi entender, el puesto, dentro de las múltiples ocupaciones que ha ejercido, que la pequeña historia le reserva– contenido, no excesivamente barroco (para español, ya se entiende) y un punto frugal, parece que en tanto que memorialista se le ha ido la mano. Es decir, ha estirado un libro que, tirando por lo alto, podría dar como mucho trescientas páginas, hasta la desconsiderada extensión de las casi seiscientas. Desconsiderada, digo, porque la mitad de las cosas que aquí se cuentan no parecen de gran interés para nadie, excepto el ego de Marsillach y su afán de ajustar cuentas con quienes se cruzaron en su camino, laboral o simplemente humano, con hostilidad cierta o






