Queridos lectores, suspendemos las publicaciones, como en años anteriores, hasta el 5 de Septiembre. ¡Feliz Verano!

Bendita obsesión

Franz Schubert compuso Viaje de invierno, un ciclo de canciones para voz y piano sobre el texto homónimo del poeta Wilhelm Müller, hacia el final de su corta vida; y con el tiempo ha llegado a convertirse en uno de esos monumentos de la música clásica que tiene un número grande de devotos solitarios y silenciosos. Los amigos del compositor reaccionaron extrañados cuando este lo interpretó ante ellos, ya cerca de la muerte. Él les advirtió: «Amo esta música más que ninguna otra de las mías, y vosotros llegaréis a amarla igualmente». La amaron, desde luego, y hoy son numerosos sus sucesores, al menos en una cierta escala intelectual y social. Cuando se ofrece el ciclo completo de los veinticuatro Lieder, los auditorios se llenan y, al menos desde hace medio siglo, se han multiplicado las ediciones discográficas. Son seguidores silenciosos y solitarios, porque llevan su devoción de un modo discreto, tal vez con mutuas confesiones sobre su belleza y el escalofrío que produce su escucha, mientras que ninguna de sus canciones se ha visto expropiada –como sí una gran cantidad de piezas de música clásica– para añadirse al incesante muzak que se ha convertido en la banda sonora del capitalismo globalizado. No ha ocurrido, creo, todavía, encontrarse con una de estas canciones en un anuncio televisivo o al subirse a un avión. Demasiado depresivas y tristes, dirá alguno; aunque todo puede llegar. De modo que Viaje de invierno es una música que se disfruta pura, sin contaminaciones ni interferencias; a ser posible, de manera integral. Sería, por eso, tanto más interesante preguntarse qué es lo que escuchan y perciben los devotos de esta pieza de culto, qué clase de resonancias y referencias le encuentran: tanto más cuanto que el texto alemán es asequible sólo para una parte de ellos, y muy pocos pueden hacerse cargo de sus complejidades formales en lo musical. 

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Más Adorno para empezar

Está más o menos claro por qué se leen biografías, y parece definible la mixtura de amor al personaje, curiosidad intelectual e incluso morbo que mueve a alguien al trabajo, a veces monumental, de escribirlas. Mucho menos claro está, en cambio, qué es lo que debemos esperar de ellas. Menos aún en el caso de Adorno, quien parece que no manifestó nunca gran aprecio por este género literario y se adhería también al usual argumento de que lo que importa no es el hombre, sino su obra. A pesar de que la suya –por demás especulativa y «teórica»– estuviera generosamente salpicada de imágenes autobiográficas, más o menos implícitas, pero extraordinariamente significativas: las disquisiciones sobre el matrimonio y la fidelidad en

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Aprendiendo a ser mortal

Desde Sócrates al menos, desde el relato de las últimas horas de Sócrates, la muerte ha sido una de las cartas de presentación preferidas de la filosofía: que filosofar es aprender a morir –como ponderaba Montaigne en un célebre capítulo de sus ensayos–, que el filósofo es aquel capaz de morir decorosamente –como testimonian legendariamente Sócrates y Séneca–, que asumir la muerte, de los otros y propia, es lo que más hondamente constituye la existencia –como le enseñaba Heidegger, sobre todo, al siglo XX ––. Aprendizajes ya casi primarios, envueltos en tal maraña de trivialidades trascendentales que se hace muy difícil tocarlos sin borrar o cubrir vergonzosamente a la muerte misma. Se tocan, seguramente, para eso. Sin olvidarlos en ninguna

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La estupidez y la vida: dos enciclopedias

La vida y la estupidez no merecerían más de una enciclopedia para las dos, pues son, en realidad, indistinguibles. Tal sería la tesis del libro de Van Boxsel. La vida humana, o al menos un cierto modo de entender la vida humana, puede merecer la pena porque puede no ser sólo estúpida. Esta hipótesis subyace, seguramente, al diccionario de Brenner y Zirfas. Al menos en este sentido se complementan estas dos pequeñas «enciclopedias» de orígenes, tono y propósitos sumamente distintos que la Editorial Síntesis ofrece simultáneamente al público. La Enciclopedia de la estupidez es una sucesión de ingeniosos, y a veces hilarantes, ensayos breves, parábolas, chistes o ilustraciones sobre la estupidez humana, una especie de Elogio de la locura contemporáneo

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Poética de lo incontemporáneo

De los buenos comentarios no hay que esperar gran cosa, aparte de que lleven a su lector a volver a leer el poema, y el comentario, y otros poemas, y otros comentarios al poema, y otros libros ajenos que de pronto reciben y dan una nueva luz. Hay que esperar que sepan dejar indescifrado lo indescifrable, y que, como toda verdadera interpretación, lean, dejen leer y hagan leer. La palabra tardía. Hacia Paul Celan es de ese orden. Cuatro ensayos, sin numerar pero guardando un orden estricto, recorren la poética y cruzan por la poesía del «judío-rumano-de-lengua-alemanaafincado-en-París» que dejó dicho que la poesía ya no se impone, se expone. El pretexto que guía estos textos es el discurso «El meridiano»,

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Una vida filosófica

No es fácil justificar la biografía de un filósofo vivo. Menos aún en un entorno como el mundo académico alemán, donde no se suelen mirar con simpatía esta clase de trabajos. Heidegger limitaba su presentación de la persona de Aristóteles a decir que «vivió, trabajó, murió», y seguramente le gustaría ver así limitada cualquier presentación de la suya. La autobiografía ya escrita de Gadamer Años de aprendizaje filosófico, Barcelona, Herder, 1998., sus cien años cumplidos o el hecho de haberse convertido en autor de referencia de la filosofía actual tras haber presenciado todo el siglo, pueden ser un aliciente, pero quizá no basten para legitimar la empresa de contar su vida. Jean Grondin lo sabe, y lo confiesa desde la

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Historia y conversación

De entre todas las respuestas a la larguísima crisis de la racionalidad moderna, lo que se suele llamar hermenéutica parece haberse asentado como la más sólida y extendida en este final de siglo. Ciertamente, hay quien, creyendo aún en esa racionalidad, se exaspera ante ella por considerarla una nueva forma de irracionalismo antilustrado, o por sospechar que el término «hermenéutica» se ha convertido en salvoconducto del pensamiento más rancio y reaccionario; pero el modo de abordar los problemas que plantea ha llegado a ser una especie de terreno común para todos los pensamientos de hoy. Ello se debe en gran medida al alemán H.-G. Gadamer (1900), quien en su larga vida ha podido alcanzar el peligroso privilegio de verse clásico

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