ARTÍCULO

Stalin: esperando a Hitler

Nueva York, Penguin, 2017
1.154 pp. $40.00
Stanford y New Haven, Hoover Institute y Yale University Press, 2016
Trad. ing. de Steven Gilbert, Ivo Komljen y Samantha Jeanne Taber
512 pp. $40.00
 

Cuando hace tan solo tres años, en 2014, apareció el primer volumen de la monumental trilogía de Stephen Kotkin sobre la vida y las políticas de Stalin, quedó claro que esta obra sería una de las más exigentes de entre todas las numerosas biografías de los dictadores del siglo XX. Las dimensiones del proyecto son impresionantes. El primer volumen había cubierto la vida de Stalin hasta su quincuagésimo primer cumpleaños en 1929 y se extendía durante casi novecientas páginas con un cuerpo de letra cada vez más reducido, con las notas al pie compuestas en páginas de triples columnas y texto muy compacto. El segundo volumen sigue el mismo formato, pero es incluso más largo. Casi un millón de palabras integraban el primer volumen, mientras que las casi mil doscientas páginas del segundo contienen bastantes más de un millón.

La investigación es exhaustiva. Kotkin parece haber consultado todos y cada uno de los documentos disponibles y ha examinado todo lo que escribió Stalin que se ha conservado, así como todo aquello que está documentado que dijera. También ha estudiado lo que Stalin leyó, e incluso lo que subrayó con lápices azul, rojo y verde en documentos de Estado. El empleo de la literatura secundaria es muy abundante, aunque no exhaustivo. En algún sitio hay que poner el límite.

En mi recensión del primer volumen señalé que se trataba de la biografía mejor contextualizada que había leído nunca. Se dedicaba el equivalente de un pequeño libro a los problemas históricos en la Rusia de finales del siglo XIX y comienzos del XX, antes incluso de que Stalin entrara a formar parte del cuadro. En el segundo volumen encontramos la misma extensa contextualización, aunque aquí se traduce en prestar una detallada atención a los asuntos mundiales durante estos años, y particularmente al ascenso de Hitler.

Los dos principales temas del primer volumen eran los problemas de Rusia a comienzos del siglo XX y el ascenso de la carrera política y el poder dictatorial de Stalin. Su biografía personal ocupaba únicamente una pequeña parte de su casi un millón de palabras y algo muy parecido podría decirse del segundo volumen. Cuando la segunda mujer de Stalin se suicidó en 1932, se oyó decir al dictador (que tenía entonces cincuenta y cuatro años): “Mi vida personal se ha terminado”. Y parece que así fue en realidad. Stalin no era ni un gran mujeriego como Mussolini y muchos otros dictadores, ni un relativo asceta, como Hitler, Franco o Salazar, pero a partir de aquel año hay poco que registrar sobre su vida personal aparte de sus relativamente apacibles vacaciones y los ocasionales banquetes públicos, además de las mucho más numerosas cenas, con borracheras incluidas, a las que sometía a su séquito personal. Una vida privada y social tan restringida, junto con los tormentos e insultos que infligía a sus más estrechos colaboradores, se combina perfectamente con la narración política. Por lo demás, obligar a los invitados y amigos a beber demasiado y hacer el ridículo era una costumbre que contaba con una larga tradición en el gobierno ruso desde antes del siglo XIX. A partir de 1932, la vida política de Stalin fue esencialmente su vida personal. Convocaba a innumerables personas (que habían de pasar por exhaustivos controles de seguridad) a su despacho en el Kremlin y lo cierto es que gran parte de la acción documentada en este volumen bien se produjo, bien surgió de ese mismo despacho.

Los dos temas principales del segundo volumen son, en primer lugar, las políticas nacionales como dictador soviético, poniendo el énfasis en la colectivización de la agricultura y la construcción de un complejo industrial militar socialista estatal y, en segundo, la política exterior de Stalin, de una complejidad cada vez mayor, hasta 1941. La interpretación que hace Kotkin de los motivos que animaron a Stalin ya quedó definida en el volumen anterior, donde aparecía cortado por el mismo patrón que Lenin, un revolucionario impulsado por una interpretación extremista de la teoría marxista, atemperada por un pragmatismo absolutamente amoral que podía también llevarse a grandes extremos. Uno de sus antiguos colaboradores bolcheviques observó en cierta ocasión que Lenin, a veces, “elevaba el oportunismo a la categoría de genialidad”, y lo mismo podría predicarse de su sucesor. Sin embargo, el principio rector fue, en última instancia, su manera de comprender la doctrina revolucionaria leninista: Stalin siguió releyendo los escritos de Lenin durante toda su vida.

Stalin fomentó una psicosis de crisis y amenaza externa para ejercer una gran presión sobre sus súbditos. El frenesí totalitario era el único modo de completar el sistema

La Unión Soviética se convirtió muy pronto en una sociedad cerrada que parecía reacia a asumir riesgos y, sin embargo, las grandes políticas de los años centrales de Stalin ‒colectivización económica e industrialización estatal vertiginosas, una purga masiva de un carácter virtualmente genocida y una política exterior audaz y aparentemente contradictoria‒ llevaban aparejadas riesgos y unos costes enormes. Un precio así sólo pudo pagarse gracias a la docilidad de la esclavizada población soviética, además de poder contar con sus grandes recursos humanos y naturales, suficientes para sostener políticas que suponían un dispendio y una destrucción enormes.

La «segunda revolución» de Stalin de 1928-1941 no contaba con ningún precedente en la historia mundial y, aunque suponía una elaborada planificación, además de una masiva burocratización, fue exactamente lo contrario de rentable. No existía ninguna garantía de que una política tan implacable y precipitada pudiera funcionar, ni siquiera en Rusia, pero la hicieron funcionar la voluntad de hierro de Stalin y la imposición de una coacción totalitaria, así como la persistente llama del idealismo revolucionario entre una minoría de la población.

Kotkin subraya que su imposición no resultó tan sorprendente en el contexto soviético, ya que algo parecido al modelo estalinista era la única vía de acceso a una rápida y total colectivización y una industrialización de producción estatal acelerada y masiva. Es decir, el estalinismo era el único camino para implementar plenamente el leninismo. A lo largo del proceso, Stalin fomentó una psicosis de crisis y amenaza externa para ejercer una gran presión sobre sus súbditos. El frenesí totalitario era el único modo de completar el sistema. Kotkin resalta que

era un ideólogo y aspirante a estadista que forzó el surgimiento del socialismo por medio de una violencia masiva ‒el único modo en que podía conseguirse un anticapitalismo completo‒ y esta construcción del socialismo hizo de él, a su vez, el sociópata en que acabó convirtiéndose.

La colectivización forzosa de la agricultura requirió el uso de una violencia sistemática y extrema que se tradujo en centenares de miles de arrestos, una enorme expansión de las colonias de trabajos especiales y los campos de trabajos forzosos, así como millones de muertes, por más que la gran mayoría de estas últimas fueran consecuencia más de una hambruna masiva y de unas condiciones de vida de una dureza inhumana que de ejecuciones directas. El objetivo era tener a la gran mayoría campesina de la población bajo control gubernamental, a pesar de lo cual la producción de alimentos descendió vertiginosamente. Sus enormes costes, junto con el precio de la masiva industrialización forzosa, fueron pagados por la drástica reducción de los niveles de ingresos y de la calidad de vida. Esto dio lugar a un proceso de acumulación de capital estatal («ganancia excedente», por decreto oficial) que no tenía ningún equivalente en la industrialización capitalista del siglo anterior.

El otro punto de inflexión de la «revolución estalinista» fueron las descomunales purgas que produjeron las ejecuciones masivas de miembros de la elite comunista y de miembros de las minorías nacionales, así como de muchos delincuentes comunes reincidentes, que se extendieron de 1936 a 1939. Hace muchos años, Robert Conquest bautizó este fenómeno como el «Gran Terror», un término inscrito ya de forma permanente en su historiografía. Las dos principales cuestiones que suscita son, en primer lugar, por qué lo hizo Stalin ‒ya que incluso los dictadores extremos no asesinan normalmente de modo deliberado a centenares de miles de sus propios partidarios‒ y, en segundo, ¿cuántas personas fueron asesinadas?

La principal descripción en un solo volumen de las atrocidades de Estado cometidas durante la época de Lenin y Stalin es Scorched Earth, de Jörg Baberowski, cuya edición revisada y ampliada se publicó en 2016. Valiéndose de toda la amplia literatura secundaria, y presentando una cantidad limitada de investigación de nuevo cuño, sus quinientas páginas incluyen descripciones de todas las principales atrocidades cometidas por el Estado soviético de 1917 a 1953. Leer este relato detallado e implacablemente lúgubre del historiador alemán es tan deprimente como leer una historia del Holocausto. Por lo que respecta a la cuestión de la motivación, la respuesta de Baberowski no se diferencia gran cosa de la de Kotkin. Ambos historiadores coinciden en que el propósito del Terror era sencillamente aterrorizar, intimidar absolutamente y quebrar por completo la voluntad tanto de la elite soviética como de los ciudadanos de a pie.

La documentación soviética registra la ejecución de casi setecientas mil personas en los dos años 1937-1938, el mayor exterminio en tiempos de paz que ha conocido la historia europea. Kotkin sugiere convincentemente que los registros conservados son incompletos y que probablemente al menos ochocientos mil ciudadanos soviéticos fueron liquidados durante estos dos años. Las purgas se centraron de manera especial en las elites soviéticas (en las que, en términos proporcionales, fueron asesinadas más personas cuanto más elevado era su rango) y las minorías nacionales, sobre todo polacos y finlandeses de Karelia, e incluso coreanos en el Extremo Oriente soviético. De las ejecuciones registradas oficialmente, casi la mitad eran miembros de las minorías. Esto sugiere que Stalin desconfiaba especialmente de los no rusos, más incluso de lo que recelaba de los rusos, y, en segundo lugar, que la purga se concibió fundamentalmente para asegurar las fronteras orientales y occidentales de la Unión Soviética.

¿Se produjo en la práctica alguna resistencia o existió alguna conspiración contra el poder estatal soviético? El régimen llevó a cabo elaborados «juicios ejemplares» de la antigua elite para intentar demostrar que así había sido, pero, incluso en el siglo XXI, ningún historiador ha encontrado ninguna prueba de la existencia de algo semejante.

Stalin, al igual que Hitler, ha sido despachado con frecuencia como un «loco», un maníaco homicida ultraparanoico. Esta última descripción es, supuestamente, un diagnóstico correcto de ambos dictadores, pero ninguno de los dos estaba loco en el sentido clínico del término. Si hubieran sido simples locos, podrían haber sido relativamente inofensivos. Stalin poseía un variado abanico de talentos. Al contrario que Hitler, era enormemente trabajador, el burócrata número uno de un sistema extremadamente burocrático. Estaba todo el tiempo leyendo, más que Hitler. Ambos tenían una memoria extraordinaria e impresionaban a sus subordinados con la cantidad increíble de detalles que eran capaces de recordar. Stalin, sin embargo, poseía un mayor sentido del humor, si bien era intermitente y sardónico. Aunque interesado por las artes, jamás se tuvo por un artista de ningún tipo, al contrario que Hitler, pero sí se veía como un intelectual y teórico revolucionario. Los escritos teóricos que acometió eran farragosos y fueron redactados a veces por negros, pero son en su mayor parte pobres y poco convincentes.

La perspectiva de Kotkin es clara y de amplias miras. Jamás ofrece excusa alguna para el dictador, al que se refiere con mucha frecuencia sencillamente como «el déspota». Una represión muy severa había sido, por supuesto, la política soviética casi desde el principio del régimen de Lenin. Stalin no había inventado esto, pero sí fue el responsable de su exacerbación y él fue el artífice directo de las represiones masivas de los años treinta, a pesar de haber contado con un gran número de cómplices dispuestos a todo, deseosos de «sobrepasar la norma» en lo relativo al número de personas arrestadas y ejecutadas. Al final de la década, el «estalinismo» había logrado formar su propia sociedad y su propia cultura, de tal modo que participar en asesinatos masivos era algo aceptado sin pestañear por sus subalternos, que con frecuencia intentaban eclipsarse unos a otros en el rigor de la represión. La premeditación de Stalin fue vital para el proceso, pero su implementación dependió de millones de estalinistas.

En el segundo volumen, la política exterior se reviste de una importancia cada vez mayor, empezando la cuenta atrás para el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, y ese es el motivo de su infrecuente título, aunque Kotkin no siempre enmarca esto tan claramente como podría hacerse. «Esperando a Hitler» se refiere a la doctrina básica estalinista y soviética de la inevitabilidad de la «Segunda Guerra Imperialista», algo que el propio Stalin había anunciado ya en una fecha tan temprana como 1925. De acuerdo con esta concepción, la Primera Guerra Mundial había sido la «Primera Guerra Imperialista», en la que los antiguos imperios continentales se habían destruido entre ellos, permitiendo a los comunistas hacerse con el poder en Rusia, pero las potencias capitalistas habían triunfado en Occidente. Dado que el capitalismo alimenta la guerra, tendría que librarse inevitablemente una Segunda Guerra Imperialista, y en 1925 Stalin había señalado que el objetivo de la política soviética sería evitar verse implicada en ella y mantenerse a un lado, permitiendo que los imperios capitalistas europeos se destruyeran entre ellos. En la fase final, una Unión Soviética no debilitada podría intervenir con toda la fuerza, destruyendo el capitalismo y extendiendo el comunismo por toda Europa. (También se especulaba, aunque nunca llegó a convertirse en dogma, con que entonces se necesitaría una Tercera Guerra Imperialista para derrotar a Estados Unidos y establecer el comunismo en todo el mundo.) A pesar de que Kotkin nunca lo deja del todo claro, Stalin había estado desde 1925 esperando la oportunidad de que se produjera algo semejante al pacto nazi-soviético.

Tratado de no Agresión entre Alemania y la Unión Soviética, 1939

La Internacional Comunista, o Comintern, habría de desempeñar un importante papel, pero los comunistas extranjeros hacían aflorar fácilmente la paranoia de Stalin, y Kotkin no presta a esta organización una excesiva atención. Las maquinaciones de la Comintern alcanzaron su cenit en España, y el historiador estadounidense sí se ocupa, si bien brevemente, de la política de Stalin en la Guerra Civil. En esto, como en la mayoría de los temas, Kotkin acierta en gran medida, aunque no logra transmitir algunos de los matices más importantes.

Durante el «Segundo Período» de la Comintern (1924-1928), los partidos comunistas de todo el mundo se circunscribieron en su mayor parte a políticas moderadas, ya que hacia 1924 el capitalismo occidental había vuelto a consolidarse. Luego se declaró un «Tercer Período» en 1928, cuando los líderes de la Comintern hicieron la única predicción que demostró ser cierta. Un año antes del gran desplome de Wall Street, anunciaron que el mundo capitalista estaba a punto de vivir una importante crisis socioeconómica, y que los partidos comunistas habían de promover una revolución inmediata y violenta. Este fue el programa seguido por el Partido Comunista de España (PCE) durante el principal período de la República española (1931-1935), pero no logró nada hasta que los socialistas españoles recurrieron a la revolución violenta en 1934. Después de que fracasara, la política socialista pasó a ser más ambivalente, permitiendo que los comunistas se envolvieran en la bandera de la insurrección asturiana, ensalzada como una «victoria defensiva». El gran desastre del revolucionismo del Tercer Período se produjo en Alemania, donde el antagonismo revolucionario comunista hacia los socialdemócratas moderados desempeñó un importante papel en el triunfo de Hitler.

Hicieron falta dos años y medio para que cambiaran la política soviética y de la Comintern, pero el congreso de esta última de agosto de 1935 anunció finalmente una nueva política del «Frente Popular», que buscaba establecer amplias alianzas con otros grupos izquierdistas (por moderados que fueran) e incluso con demócratas burgueses con el fin de derrotar al «fascismo». Kotkin no hace referencia a que el anuncio de la táctica del Frente Popular resaltaba que no renunciaba a la revolución, sino que declaraba que estaba introduciendo un ajuste táctico con el fin de acelerar el estallido de la revolución. Esto fomentó una estrategia en tres fases en la que un Frente Popular victorioso sustituiría a la «democracia burguesa» con una «República Popular» con múltiples partidos, todos de izquierda, bajo tutela revolucionaria, que luego daría paso a un «Gobierno Obrero-Campesino» más radical, que se vería seguido en última instancia en la tercera fase por un régimen estrictamente comunista.

Aunque el régimen de Franco siempre achacó a los comunistas la responsabilidad de la guerra civil española, el PCE puso freno en realidad a una radicalización extrema en la primavera de 1936, ya que la victoria del Frente Popular permitió a la izquierda controlar casi todas las instituciones. Desde el punto de vista de la Comintern, esto proporcionaba la oportunidad de instituir cambios revolucionarios en un país europeo occidental por medio de la legalidad parlamentaria, privando a los países capitalistas de cualesquiera motivos para plantearse una intervención. Criticaba acerbamente, de manera especial, a los anarquistas como extremistas que podrían provocar el desencadenamiento de una guerra civil, una empresa arriesgada justamente cuando una izquierda disciplinada podía introducir cambios drásticos por medio de las instituciones establecidas. Kotkin ignora en su totalidad esta dimensión de la política de la Comintern, si es que en algún momento ha tenido conciencia de ella.

Una guerra civil en España era algo que la Comintern quería evitar por todos los medios y, cuando estalló, supuso un serio dilema para Stalin, algo que Kotkin describe muy someramente, pero, en general, con exactitud. La limitada pero crucial intervención soviética en apoyo de la República revolucionaria durante la contienda (según fuentes soviéticas, le proporcionó seiscientas mil toneladas de material de guerra) se halla descrita sucintamente, aunque no con total precisión, ya que la política de Stalin en España operó en dos niveles diferentes. Dentro de la zona republicana, la política de la Comintern se dedicó a priorizar el esfuerzo militar, pero canalizando y controlando la revolución anarquista-socialista. El nuevo gobierno republicano revolucionario se consideró el equivalente de una Democracia Popular (el único ejemplo anterior a lo que fue la Mongolia bajo dominio soviética) y la política económica del gobierno de Negrín en 1937-1939, el equivalente de la Nueva Política Económica de un semicapitalismo temporal de 1921 a 1928He examinado estos temas con cierto detalle en mi Unión Soviética, comunismo y revolución en España (1931-1939), trad. de Francisco J. Ramos, Barcelona, Plaza & Janés, 2003..

La otra dimensión fue la política exterior soviética, para cuyas prioridades, por supuesto, la República española no era más que una estratagema. La política soviética en España tenía tres objetivos: permitir que la izquierda ganara la guerra al tiempo que se fortalecía todo lo posible al PCE, disuadir y debilitar estratégicamente a Alemania, y fortalecer un tratado soviético de defensa con Francia no ratificado, alentando a París a adoptar una posición más firme contra Alemania y el fascismo. Las tres políticas fracasaron, la única derrota sin paliativos que sufrió Stalin hasta el Bloqueo de Berlín en 1948Kotkin señala que la política comunista en España estaba obsesionada con la denuncia de «traidores» y «quintacolumnistas», algunos de los cuales existían realmente, y menciona la especulación por parte de algunos historiadores en el sentido de que esto alentó aún más la propia paranoia de Stalin sobre el peligro perpetuo de «traición» en la Unión Soviética. Esto sigue resultando discutible, ya que su paranoia requería pocos estímulos externos..

En 1938, Stalin estaba deseoso de contemplar algún tipo de compromiso que pudiera permitir que los soviéticos salieran de España, pero no pudo encontrarse ninguna alternativa aceptable. Todo lo que quedó fue la posibilidad de que podría seguir siendo útil mantener una presencia estratégica en la península Ibérica. De ahí las órdenes que se transmitieron a los comunistas españoles en una fecha tan tardía como febrero de 1939 para que siguieran ofreciendo resistencia a Franco con todas sus fuerzas. El juicio final de Kotkin sobre el conflicto español es que «debido a la inexorable ascendencia de los comunistas en prácticamente cualquier situación extrema en la que se encuentren presentes en gran número, una victoria de Franco se había convertido en el mal menor (como demostraría la historia española en su totalidad). La historia raramente proporciona claridades morales».

En abril de 1939, la política exterior de Stalin parecía haber fracasado por completo, dejando a la Unión Soviética más aislada que antes de la intervención en España. Sin embargo, en el ámbito doméstico había desarrollado un sistema totalitario de obediencia ciega y, a costa de raciones virtualmente de hambre, había generado los recursos para construir uno de los tres mayores complejos militares-industriales del mundo. El estalinismo plenamente formado se asemejaba a la movilización militar en tiempos de paz y dedicó proporcionalmente más recursos que ninguna otra potencia a la preparación de una gran guerra. Stalin había conseguido imbuir al sistema de un estado permanente de crisis y amenaza externa. En ninguna parte, ni siquiera en la Alemania nazi, ha existido un «Estado bélico revolucionario» estructural semejante, aunque la calidad proporcional de su masivo ejército estaba aún sin demostrar.

Las últimas trescientas páginas del libro se dedican a las relaciones Stalin-Hitler de 1938 a 1941, aunque también se examinan otros aspectos destacados de la política exterior soviética. Antes de adentrarse de lleno en esto, Kotkin dedica toda una página a analizar las semejanzas y diferencias entre los sistemas creados por los dos rivales. Ambos se basaban en una dictadura total, una ideología revolucionaria, movilizaciones masivas y el principio del liderazgo.

Las diferencias, sin embargo, fueron igualmente importantes, ya que los papeles de los dos partidos eran muy distintos. El Partido Comunista de la Unión Soviética tenía más bien un carácter de elite, con estructura propia en todas las instituciones y niveles, entregado directamente a la tarea de administrar un sistema plenamente totalitario. El Partido Nacional Socialista era más bien una organización de masas, pero no administraba directamente el Estado alemán, aunque sí desarrolló determinados órganos paralelos. La otra principal diferencia fue que el Estado soviético era propietario de la totalidad del país, mientras que el nacionalsocialismo dejó la mayor parte de la economía en manos privadas y permitió una cierta autonomía social, por lo que no podía alcanzar el equivalente absoluto del totalitarismo soviético.

Stalin siempre había tenido cuidado de no quemar sus puentes con Alemania. El comercio mutuo entre las dos potencias seguía revistiendo gran importancia. Importar tecnología occidental había sido indispensable para la rápida industrialización soviética (los dos principales proveedores eran Alemania y Estados Unidos), al tiempo que las materias primas y las exportaciones de cereal eran importantes para Alemania. Mientras que Gran Bretaña y Francia no querían incluir a la Unión Soviética en una alianza antifascista con unas condiciones beneficiosas para Stalin, él deseaba volver a la política leninista de 1918 y firmar otro acuerdo con Alemania.

En un principio, Hitler no tenía ninguna intención de hacer nada parecido y consideraba a la Unión Soviética un archienemigo, aunque la principal oposición a sus planes para una expansión militar procedía de Gran Bretaña. Para las democracias occidentales, la lógica de esa situación fue la alianza con la Unión Soviética, con la restauración de la Entente de 1914. Sin embargo, Londres y París desconfiaban e incluso tenían miedo de Moscú, por razones obvias, mientras que la purga masiva del cuerpo de oficiales del Ejército Rojo que había llevado a cabo Stalin invitaba a pensar que podría no tratarse de un aliado militar eficaz.

Stalin siempre había tenido cuidado de no quemar sus puentes con Alemania. El comercio mutuo entre las dos potencias seguía revistiendo gran importancia

En cuanto Hitler cambió de opinión, se firmó el pacto nazi-soviético en poco más de dos semanas. Aunque ninguno de los dos dictadores confiaba en el otro, ambos carecían de escrúpulos morales. La diferencia era que para Stalin tenía más sentido, porque le permitía implementar la política que había esbozado en teoría ya en 1925, desviando la agresión alemana hacia las potencias capitalistas occidentales e incitando a Hitler a dar comienzo a la «Segunda Guerra Imperialista» mientras la Unión Soviética se mantenía al margen, quedándose a la espera para sacar provecho de la situación. Además, Hitler ofrecía unas condiciones generosas, dando a Stalin carta blanca en Europa Oriental, desde Finlandia hasta Polonia, e incluyendo asimismo atractivas oportunidades comerciales y tecnológicas.

Hasta ese momento, el comunismo se había hecho con el poder únicamente en Rusia, a costa de una gigantesca guerra civil que se cobró más de diez millones de vidas y destrozó temporalmente la economía. En el extranjero, la Comintern no había triunfado en ningún país, con el fracaso tanto del ultrarrevolucionario «Tercer Período» como de su sucesor, el Frente Popular.

Lo que sí pareció funcionar de un modo espectacular, por el contrario, fue la agresión militar llevada a cabo en paralelo con Alemania. Del mismo modo que el Ejército Rojo había conquistado anteriormente Mongolia a expensas de China (1921), a lo largo de un período de diez meses en 1939-1940 ocupó las tres repúblicas bálticas, toda la mitad oriental de Polonia, todo el noreste de Rumanía y una parte importante de Finlandia. El primer intento de expandir el comunismo en Europa Oriental por medios militares en 1918-1920 había fracasado, pero el segundo fue extraordinariamente fácil, gracias a Hitler, con excepción de un sangriento enfrentamiento con Finlandia. El Ejército Rojo, no la Internacional Comunista, fue el agente de la expansión soviética, y así seguiría siéndolo hasta la muerte de Stalin.

En 1940, Stalin alabó la flexibilidad y una «nueva manera de pensar» y se mostró dispuesto de considerar la más amplia «alianza continental» que le ofreció Hitler a finales de aquel año. Se había alarmado con la repentina caída de Francia y con la rápida conquista de toda la Europa continental europea al norte de los Pirineos por parte de Alemania, con España como una suerte de aliado de Hitler. Kotkin subraya, no obstante, que en este momento Stalin cometió un grave error al dejarse llevar por un exceso de confianza. Seguía estando convencido de que Hitler no se revolvería militarmente contra él hasta que Inglaterra hubiera sido finalmente derrotada y, en consecuencia, insistió en que Hitler permitiera el avance de la expansión soviética en Europa Oriental, los Balcanes e incluso Turquía. El error fue casi fatal, pues la muestra de avaricia de Stalin acabó con cualquier atisbo de duda por parte de Hitler.

El dictador alemán llegó a la conclusión de que la única cosa que impedía a Londres sellar la paz era la esperanza de que, de alguna manera, la Unión Soviética acudiría en su ayuda. Había prometido a sus generales que no involucraría a Alemania en otra guerra desesperada con dos frentes como en 1914, aunque insistió en que, en términos militares, Inglaterra era lo más parecido a un país derrotado. Una invasión de la Unión Soviética equivaldría, por tanto, a poco más que una breve guerra con un solo frente que Alemania podría ganar en menos de seis meses, tras lo cual incluso Churchill no tendría otra alternativa que conceder la paz aceptando las condiciones alemanas.

Durante años los historiadores han sabido que Stalin recibió todo tipo de informes de sus servicios de espionaje y advertencias diplomáticas sobre los planes de Hitler para atacar. La mayor ironía de su carrera fue que el dictador que trataba a sus propios compatriotas con semejante paranoia permitiera ser burlado por su dictador rival, que era posiblemente el hombre menos fiable del mundo. Esto se debió a que el jerarca soviético supuso, muy equivocadamente, que Hitler actuaría con una prudencia y sentido práctico equivalentes a los de Stalin (quien, aunque deseoso de correr riesgos, era mucho menos imprudente que el Führer alemán). Así, el gigantesco Ejército Rojo fue sorprendido desprevenido el 22 de junio de 1941, mientras que la insistencia doctrinaria de Stalin en llevar a cabo contraofensivas inmediatas enviaría a la totalidad del ejército soviético a su propio cerco y aniquilación. Al mismo tiempo, él había estado viviendo en un estado de tensión creciente durante todo un año y, como era de esperar, sufrió un colapso emocional temporal cuando quedó claro que Alemania había logrado un primer triunfo militar.

Stalin cometió un error garrafal en vísperas de la invasión alemana, pero en la década anterior no había estado en absoluto perdiendo el tiempo. Había creado un nuevo y mastodóntico complejo militar-industrial, capaz de producir armas de gran calidad de forma masiva, un inmenso ejército y una población dócil y absolutamente sometida que podía ser movilizada hasta el último hombre y la última mujer. El totalitarismo demostró adaptarse de manera ideal a la guerra total y a finales de 1941 las fuerzas soviéticas ya se habían recompuesto. Stalin había estado realmente «esperando a Hitler» y, con la ayuda indispensable de Estados Unidos y Gran Bretaña (sin los cuales la Unión Soviética no podría haber obtenido nunca una victoria plena), acabó por conseguir aplastar al nacionalsocialismo, incorporando al comunismo a toda Europa Oriental y a la parte central-oriental del continente durante casi el medio siglo siguiente.

Los años de la guerra y la fase final de la vida de Stalin constituirán el contenido del tercer volumen de este magno estudio. Un relato individualizado de un tema tan complejo, al margen de su extensión, no puede ser absolutamente exhaustivo, mientras que, al contrario, una biografía tan absorbente y tan excelentemente detallada se convierte más en una obra de referencia que en una simple lectura circunstancial. Aun así, en cuanto estudio rebosante de autoridad en varios volúmenes sobre un tema capital redactado por un solo experto, esta obra no se ha visto superada en el ámbito de la historia europea contemporánea.

Traducción de Luis Gago

Este texto ha sido escrito por Stanley G. Payne
especialmente para Revista de Libros

Stanley G. Payne es historiador y catedrático emérito en la Universidad de Wisconsin-Madison. Sus últimos libros publicados son ¿Por qué la República perdió la guerra? (trad. de José Calles, Madrid, Espasa, 2011), Civil War in Europe, 1905-1949 (Nueva York, Cambridge University Press, 2011; La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX http://www.revistadelibros.com/articulos/la-europa-revolucionaria-y-las-guerras-civiles-analizadas-por-stanley-g-payne; trad. de Jesús Cuéllar, Madrid, Temas de Hoy, 2011), Franco. Una biografía personal y política (con Jesús Palacios; Madrid, Espasa Calpe, 2014), El camino al 18 de julio (Barcelona, Espasa, 2016), Alcalá-Zamora. El fracaso de la República conservadora (Madrid, Gota a gota, 2016) y En defensa de España. Desmontando mitos y leyendas negras (Barcelona, Espasa, 2017).

02/05/2018

 
ENVÍA UN COMENTARIO
Nombre *
Correo electrónico *
Su comentario *
 
 
 
 

Normas de uso
Los comentarios en esta página pueden estar moderados. En este caso no aparecerán inmediatamente en la página al ser enviados. Evita las descalificaciones personales, los insultos y los comentarios que no tengan que ver con el tema que se trata. Los comentarios que incumplan estas normas básicas serán eliminados.

 
Deseo mostrar mi email públicamente
 
He leído y acepto la cláusula de privacidad.
 
 
 
Por favor, para evitar el spam necesitamos que resuelvas la siguiente operación matemática:
9 - 6  =  
ENVIAR
 
 
OTROS ENSAYOS DE STANLEY G. PAYNE
RESEÑAS

 

BÚSQUEDA AVANZADA

Te animamos a bucear en el archivo de Revista de Libros. Puedes realizar tus búsquedas utilizando los siguientes criterios.

Todas las palabras
Cualquiera
Coincidencia
ENVIAR


Apúntate al boletín de Revista de Libros
ENSAYOS ANTERIORES
la Revista de Libros vuelve a publicarse en papel n. 198
RESEÑAS
 
  Apúntate a RdL
BLOGS
 
  Archivo RdL
 
Patrocinadores RDL

Esta web utiliza cookies para obtener datos estadísticos de la navegación de sus usuarios. Si continúas navegando consideramos que aceptas su uso.
Más información ACEPTAR