ARTÍCULO

De «una democracia poco democrática» a una guerra civil

 

Stanley Payne es uno de los mejores conocedores de la España contemporánea. En sus dos nuevos libros completa su visión de la Segunda República –«cuando tuvo lugar la desunión de la sociedad civil española, el punto de inflexión de su historia más reciente»– y se interna en el origen de la Guerra Civil. Nos ofrece un retrato de Niceto Alcalá-Zamora y su influencia en el devenir de la República y escrudiña el proceso que conduce al 18 de julio. Se trata de dos libros densos, minuciosos, rigurosos y bien documentados, referentes ya para el estudio de esta etapa histórica. En ellos, este hispanista norteamericano hace gala, una vez más, de su condición de gran historiador pues, como se dice en el Quijote, puede escribirse como poeta o como historiador: «el poeta puede contar o catar las cosas, no como fueron, sino como debían ser; y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna».

Alcalá-Zamora, perfil biográfico

Don Niceto es un personaje poco y mal conocido. Contra él surgió toda una leyenda negra azuzada por el franquismo. Estos versos que cantaba la tropa durante la guerra, en 1936, son buena muestra del poco aprecio que suscitaba su persona:

El sinvergüenza de «El Botas»
a Noruega quiso ir.
Le dijeron los noruegos
que se marchara a París.
En París lo recibieron
los del Frente Popular,
entre tanto sinvergüenza
¿qué importa un canalla más?

¿Qué papel desempeña Alcalá-Zamora como presidente de la Segunda República? Estas son algunas de las respuestas de Payne en este libro: contribuyó más que nadie a la caída de la Monarquía y a la instauración de la Segunda República; fue la figura pública más importante de la España de aquellos años; influyó más que nadie en los asuntos públicos; tuvo más responsabilidad que ninguno en la quiebra de la democracia parlamentaria y en que el sistema se derrumbara y, como consecuencia, «fue más responsable que ningún otro individuo del estallido de la Guerra Civil».

La vida de Alcalá-Zamora (Priego, 1877) ayuda a entender mejor su actuación política. Su historia personal es una historia de éxito. Son notas relevantes en su biografía su formación como autodidacta, su precocidad mental y aguda inteligencia, su extraordinaria memoria fotográfica, su capacidad de trabajo y su extraordinaria salud. Estudió como alumno libre, siempre con resultados deslumbrantes, el bachillerato –viajaba «en un borriquillo» a examinarse al instituto de Cabra– y la carrera de Derecho en Granada. Sus triunfos continuaron en el doctorado –era un alumno favorito de Gumersindo de Azcárate–, en la oposición a letrado del Consejo de Estado –fue el número 1– y como brillante orador y jurista. Es el arquetipo de persona que se hace a sí misma. Nacido en una familia modesta, fue capaz de situarse magníficamente en Madrid gracias al ejercicio de su profesión en su bufete de abogado (1912), donde ganaría mucho dinero. Vivió –incluso en sus años de presidente de la República– en un «hotelito» que se compró en el número 30 de la calle Martínez Campos, con su mujer, Doña Pura, y sus seis hijos, y siempre mantuvo su finca «La Ginesa» en su pueblo. Tuvo una vida intelectual muy activa como miembro de tres Academias (Jurisprudencia, Ciencias Morales y Políticas, de la que fue presidente, y de la Lengua). Y en su carrera política, tras romper con su monarquismo (fue dos veces ministro de Alfonso XIII), llegaría a liderar el Comité Revolucionario, nacido del Pacto de San Sebastián, y a presidente de la nueva República. Don Niceto, un hombre de «aspecto vulgar con una prosa saturada de gongorismo», al decir de Wenceslao Fernández Flórez, era meticuloso, austero, escrupuloso, honesto; «modesto y vanidoso, desconfiado y rencoroso», subrayaba Azaña. «Para explicar aquel originalísimo ejemplar de andaluz hay que apelar a las cuatro razas que han hecho a Andalucía: don Niceto era un bético-hebreo-árabe-gitano»: tal vez sea exagerado este juicio de Salvador de Madariaga, pero es oportuno tener en cuenta su condición de cordobés-senequista. Y entendemos mejor a Don Niceto si lo ubicamos en su Priego natal, un pueblo fragmentado entre nicetistas y valverdistas, partidarios de Don Niceto o de José Tomás Valverde, que personalizaban dos maneras de ejercer el caciquismo y el poder local. Su actuación política con su desafortunado final crearon un «antinicetismo» transmitido oralmente: «Ay, Nicetillo / qué mal te veo / sin tu Ginesa, / sin tus enchufes / y ya tan viejo... / Vendiste a tu Patria / por dinero... / Vete a Moscú, / lejos de aquí». Pero, al margen de esta leyenda negra, la imagen pública de Alcalá-Zamora ha quedado marcada no sólo por su caciquismo y autosuficiencia, sino también por valores como su honestidad, trabajo y austeridad.

Un presidente intervencionista y caciquil

Payne comienza su libro afirmando que, en contra de lo aceptado, la Segunda República fue mucho más revolucionaria que democrática pues, más que concentrarse en la democratización política, abrió un proceso revolucionario que culminó en una guerra civil. Los primeros fallos fueron de los republicanos fundadores, marcados por el radicalismo, sectarismo y personalismo, así como por su sentido patrimonial de la República, que les llevaba a defender que era de izquierdas y únicamente de la izquierda. Respecto a Alcalá-Zamora, explica las múltiples contradicciones que vivió como presidente católico en una República anticlerical y cómo y cuánto contribuyó a la polarización de España. Retomando lo escrito en su día por Javier Tusell, Payne se reafirma en que la República «era una democracia poco democrática».

Sus defectos de personalidad y su falta de visión y juicio político lo convertirían en «uno de los principales enterradores de la República»

En 1931 se proclamó una República democrática que, aunque carente del aval de un referéndum o de unas elecciones legislativas, vio aceptada su legitimidad por la mayor parte del espectro político. De los tres grupos que impulsan el nuevo régimen –los republicanos de izquierda, los socialistas y los radicales de centro–, sólo estos últimos, defiende Payne, otorgaban un valor intrínseco a la democracia liberal y a las normas del sistema electoral parlamentario. Para el resto, el concepto de revolución aplicado a la República no era tanto un sistema político como un determinado programa de reformas culturales e institucionales para el cual era indispensable eliminar permanentemente a los católicos y a los conservadores de cualquier participación en el Gobierno. Eso ocurrió tras las elecciones de junio: elaboraron una Constitución que no reflejaba la opinión pública española al rechazar el consenso y restringir algunos derechos de los católicos. La insurrección revolucionaria de 1934 tiene como punto de partida, según Stanley Payne, la radicalización del socialismo español durante 1933 y 1934. Se trataba de recuperar el poder a toda costa. Y, como no era posible por medio de unas elecciones democráticas (1933), que legítimamente ganó la derecha, había que lograrlo por la revolución. En este libro, Stanley Payne abunda en el hecho de que Azaña y otros líderes de izquierda pretendieran convencer al presidente de la República para que se buscaran alternativas y «se olvidaran» los resultados logrados democráticamente, lo que resultaba de una gravedad inusitada (para las elecciones de 1933 y de 1936 se basa en trabajos que cita de Roberto Villa y Manuel Álvarez Tardío). Este fue, para nuestro autor, «su gran momento como presidente: su firme negativa a cancelar los resultados de las primeras elecciones verdaderamente democráticas en la historia de España, como le reclamaba la izquierda». Es decir, su gran acierto fue, insiste el autor del libro, resistir la presión de Azaña para que formase un gobierno extraparlamentario que pudiera manipular unas elecciones, y su mayor error, denegar el poder a la CEDA; no quiso seguir la lógica de la democracia parlamentaria y permitir que el partido más votado formase gobierno. Alcalá-Zamora hizo uso de sus prerrogativas como presidente para acabar con gobiernos que eran claramente mayoritarios e interfirió en el funcionamiento del Ejecutivo. Además –apostilla Payne–, precipitó el comienzo de la crisis con las elecciones de febrero de 1936, «totalmente innecesarias e incendiarias», que se convirtieron en una especie de plebiscito entre el proceso revolucionario abierto en 1934 y la contrarrevolución. En definitiva, le faltó coraje moral y político para enfrentarse con la izquierda en el poder, del mismo modo en que lo había hecho con la derecha. Y, en cualquier caso, todo respondía a su modo caciquil de entender la política y a la sobrevaloración de su papel como garante de la República liberal.

La tesis final de Stanley Payne es que las profundas raíces provincianas y su formación en la cultura política elitista y predemocrática de la Restauración hicieron de Alcalá-Zamora un personaje decimonónico que nunca llegó a entender la política de masas del siglo XX. Se decía por ello que era «Alfonso en rústica», una edición de bolsillo de Alfonso XIII. Don Niceto, añade nuestro autor, no supo ver que «la revolución es un proceso, no un acontecimiento». Su personalismo y egocentrismo le llevaron a concebir «un papel heroico en la jefatura del Estado, como el artífice de un nuevo equilibrio a través de la manipulación constante». Pero en la práctica no respetó del todo la Constitución. Sus defectos de personalidad y su falta de visión y juicio político lo convertirían finalmente en «uno de los principales enterradores de la República».

El drama del exilio

Tras ser cesado como presidente de la República, Alcalá-Zamora tuvo que vivir exiliado el resto de su vida. Fue una etapa dramática, que Stanley Payne expone en el libro con todo detalle. El día 6 de julio –el mismo día en que cumple cincuenta y nueve años– Don Niceto, libre de cargos y responsabilidades, decide hacer realidad su sueño de conocer los países del norte de Europa acompañado de su familia. Un barco les llevaría de Santander a Hamburgo y a Islandia. En Reikiavik le llega la noticia del estallido de la guerra. Queda consternado. Obtiene en Francia el estatus de refugiado y se instala en Pau, cerca de la frontera. Tras el desenlace de la guerra decide exiliarse en Argentina, hacia donde se embarca en noviembre de 1940. El viaje fue una horrible odisea: Marsella, Dakar –donde son retenidos 128 días en condiciones penosas–, Casablanca, de nuevo Dakar y La Habana, hasta que el 28 de enero de 1942 llegan a Buenos Aires. En aquellos 441 días de éxodo, Don Niceto y su familia experimentan lo que significa ser exiliados.

Niceto Alcalá-Zamora en la cárcel de Madrid, principios de 1931Transterrados –conterrados dirá Juan Ramón Jiménez–, exiliados, olvidados –palabra con resonancias buñuelianas– traducen la misma realidad vivida por cerca de medio millón de españoles como consecuencia de la Guerra Civil. Realidad más dura, si cabe, en el caso del expresidente de la República, al que no se le paga su pensión presidencial, se le embarga su patrimonio personal, se prohíbe que se le hagan transferencias de fondos y se saquean las cajas fuertes que tenía en bancos. Don Niceto tuvo que empezar una nueva vida y pasar de ser un hombre acaudalado a tener que trabajar a diario para mantener a su familia. Pudo sobrevivir gracias a sus colaboraciones en prensa: su amigo Adolfo Posada le había conseguido una columna en La Nación de Buenos Aires y también colaboraría en L’Ere nouvelle de París. Fruto de su trabajo de aquellos años nacerían libros como 441 días, Confesiones de un demócrata, Régimen político de convivencia en España. Lo que no debe ser y lo que debe ser, La Guerra Civil ante el Derecho Internacional o La paz mundial. Payne, a pesar de la dura crítica que hace de su papel como presidente de la República, reconoce noblemente que «esta última etapa de su vida revela las más admirables cualidades de Alcalá-Zamora». Explica que fue fiel a los ideales de la República y sus hijos Pepe y Luis lucharían en el ejército popular. Alcalá-Zamora, a diferencia de otros intelectuales, jamás apoyó a Franco y el dictador nunca devolvería sus bienes a su familia «por haber hecho posible la revolución». Rechazado y abandonado por ambos bandos, muere a los setenta y un años; sería enterrado, siguiendo sus deseos, envuelto en la bandera republicana junto con un puñado de tierra española.

El camino hacia la guerra

Payne narra con gran detalle El camino al 18 de julio. La erosión de la democracia en España (diciembre de 1935-julio de 1936), es decir, los hechos que, en cadena, conducen a la guerra, aunque –afirma– fue evitable hasta el 15 de julio. Se detiene en muchos de los líderes. Ratifica su visión de un Azaña que se había declarado sectario, radical, y no un liberal, y que funcionó como los socialistas esperaban, como un Aleksandr Kérenski que acabaría plegándose a ellos, como ocurrió el 19 de julio. E insiste en que su apuesta de apoyarse en los partidos revolucionarios del Frente Popular fue demasiado arriesgada en vísperas de la Guerra Civil y que Azaña pecó de ingenuidad y le sobró soberbia al creer que con el tiempo renunciarían a sus pretensiones revolucionarias. Le culpa, sobre todo, de no haber creado un gobierno de concentración. Es cierto, dice Payne, que Azaña se dio cuenta de su error el mismo 18 de julio, cuando ofrece a Martínez Barrio formar un gobierno de concentración, pero ya era demasiado tarde. En cualquier caso, concluye Payne, el error fundamental cometido por Azaña y Casares Quiroga fue que no se tomaron lo bastante en serio el peligro de rebelión militar.

Este libro ofrece un estudio, paso a paso, del proceso revolucionario. Explica que, según las instrucciones del Comité Revolucionario, la insurrección debía tener «todos los caracteres de una guerra civil» y seguía planes del manual La insurrección armada, del mariscal Mijaíl Tujachevski para el Ejército Rojo en 1928. «Sorprende –añade– la ligereza con que los socialistas –y antes los anarquistas– contemplaban la posibilidad de guerra civil». Y refrenda a Santos Juliá: los socialistas pretendían no una revolución preventiva, sino un proyecto de responder a una supuesta provocación con el propósito de conquistar todo el poder para el partido y el sindicato socialista. En El Socialista del 25 de setiembre de 1934, puede leerse: «Renuncie todo el mundo a la revolución pacífica, que es una utopía. Bendita sea la guerra».

El Gobierno de centro-derecha cae a fines de septiembre de 1935 como consecuencia del escándalo del estraperlo, que aprovecharía Alcalá-Zamora para manipular y forzar la dimisión de Alejandro Lerroux, a quien deseaba destruir, algo bien distinto a su proclamado deseo de «centrar la República». En esta misma línea sitúa Payne el caso de José María Gil-Robles, que no logra formar gobierno porque el presidente –que retrata al líder derechista como un «epiléptico y frenético caudillo» cuya política era reaccionaria– se lo impide. La envidia y el resentimiento de Don Niceto, unidos a su obsesión por restaurar el poder de la izquierda, fueron fatales para el destino de la República, según Payne, que cita a Cambó en sus memorias, cuando dice que Alcalá-Zamora tuvo gran parte de culpa de que llegara la República y «fue el principal responsable de que estallara la revolución y en ambas ocasiones obró por resentimiento».

El Gobierno de Manuel Portela, que excluye a la CEDA, no se sometería a una votación parlamentaria porque Alcalá-Zamora echó mano de la prerrogativa presidencial para cerrar las Cortes durante treinta días. Este tipo de decisiones caciquiles hicieron que se viera a Don Niceto como un enemigo implacable de las Cortes. Poco después decreta las elecciones de febrero de 1936. Afirma Stanley que sectores socialistas y comunistas pensaban emplear la violencia y el fraude para garantizar el resultado electoral. Payne revisa en este libro el importante y controvertido tema de las irregularidades que se produjeron en las elecciones de 1936: «Todo este proceso constituyó la etapa más decisiva de la erosión de la democracia en España». Finalmente llegó el momento de prescindir de Alcalá-Zamora. El 5 de marzo, Indalecio Prieto escribía en El Liberal un artículo en el que decía que debía ser sustituido por un presidente netamente izquierdista. Diez días después, las Cortes se abrían entonándose La Internacional, muestra del ambiente que allí existía. El Frente Popular habla ya claramente de poner en marcha la dictadura del proletariado. Azaña desea que Don Niceto dimita y así se lo sugiere el 7 de abril. El presidente renunciaría finalmente tras la votación de las Cortes en su contra. El 10 mayo de 1936, Azaña será elegido Presidente de la República. Encarga a Indalecio Prieto que forme gobierno, pero, al pretender que fuera una coalición socialista-republicana, se topa con el radicalismo de Largo Caballero. Le llega el turno a Casares Quiroga, hombre leal a Azaña. Los problemas entre prietitas y caballeristas se acentúan: aquéllos buscan alianzas con los republicanos de izquierda y éstos reclaman la revolución marxista. Para lograrla, Largo Caballero estrecha sus relaciones con los comunistas, intentando forzar a Azaña y a Casares para que den paso a un gobierno socialista revolucionario. Es en este contexto donde el Partido Comunista, con diecisiete diputados, podía por primera vez desempeñar un papel significativo, gracias al apoyo de los caballeristas.

El libro dedica un minucioso análisis a la trayectoria del Partido Comunista. Tras las elecciones de 1936, una delegación del PCE recibía de la Comintern un documento que habría de servir de guía para «la revolución que estaba desarrollándose en España». Payne afirma, en contra de lo habitualmente aceptado, que la posición del PCE en el Frente Popular no era moderada, sino extremista, en pro de una República popular. Recuerda también que el Partido Comunista recibía de la Unión Soviética ayuda financiera y pautas políticas: debía rechazar el insurreccionismo y la violencia de masas, asumiendo una variante de la táctica fascista en Italia y Alemania para hacerse con el poder, paso a paso, y siempre en nombre del antifascismo. El objetivo era que el Gobierno republicano dejara paso a «un Gobierno obrero y campesino». En este entramado, Stanley Payne analiza el papel desempeñado por Luis Araquistáin, principal teórico del caballerismo, que defendía un paralelismo histórico entre las revoluciones rusa y española, y que escribiría en Claridad que «el dilema histórico es fascismo o socialismo, y sólo lo decidirá la violencia». Y recuerda la pretensión de Largo de crear un partido único con los comunistas: «¡No hay ninguna diferencia!», proclamaba. Este proyecto era inviable, pero animó a las Juventudes Socialistas a unificarse, el 5 de abril, como Juventudes Socialistas Unificadas. Su líder, Santiago Carrillo, escribía en Mundo Obrero el 10 de mayo que las Alianzas Obreras se convertirían en la versión española de los soviets revolucionarios, en órganos para la dictadura de una clase.

En los meses de mayo y junio, Stanley detecta una fuerte erosión de la democracia. Desórdenes públicos, violencias, aceleración de la reforma agraria y del terror en el campo andaluz, arrestos arbitrarios, violencia creciente, etc. Cada vez se habla más de guerra civil en aquella España que proseguía su «triste anárquico caminar», que diría Sánchez-Albornoz. La sesión del 16 de junio en la Cortes fue dramática. Gil-Robles hizo recuento de asesinatos (269) y otros desmanes. Son bien conocidas las intervenciones en las Cortes de Calvo Sotelo y Casares en medio de gritos y amenazas. Todo se precipita. A comienzos de julio, la conspiración no era un secreto, pero el Gobierno optó por esperar a que se produjera la sublevación para yugularla y restablecer la paz.

Según Payne, la envidia y el resentimiento de Don Niceto, unidos a su obsesión por restaurar el poder de la izquierda, fueron fatales para el destino de la República

El libro dedica un capítulo entero (acude a los trabajos de Alfonso Bullón de Mendoza) al asesinato de Calvo Sotelo que, para Payne, es el «equivalente funcional al asesinato de Giacomo Matteotti en Italia en 1924» y porque anticipaba el modus operandi de las checas revolucionarias en Madrid durante los cinco meses siguientes. Aquel magnicidio fue el catalizador necesario para transformar una conspiración en una rebelión violenta. La Segunda República había dejado de ser un sistema parlamentario constitucional. Claridad, el día 16, publicaba la «Técnica del contragolpe de Estado» para iniciar «la dictadura del proletariado o del Frente Popular»; su director, Luis Araquistáin, habla de que una revolución violenta requería una guerra civil para triunfar. «Largo Caballero –concluye Payne– conseguiría crear su dictadura revolucionaria, pero después de un gran torbellino de confiscaciones de propiedades de todo tipo y un programa de asesinatos en masa que acabaría con la vida de más de cincuenta mil personas».

Finalmente, Azaña convenció a Diego Martínez Barrio para que formara un gobierno moderado de centro-izquierda. Si se hubiera planteado antes esta solución, según Payne, tal vez se hubiera evitado la guerra. Pero ya no interesó a nadie. Y llegó el Gobierno de republicanos de izquierda con José Giral. Tras los cinco meses de Frente Popular, se había vivido una etapa prerrevolucionaria de transición hacia la revolución directa y comenzaba la Tercera República (Burnett Bolloten), la «República popular española» (Comintern y Partido Comunista de España) o la «Confederación republicana revolucionaria de 1936-1937» (Carlos M. Rama).

Algunas conclusiones

Para Payne, el 18 de julio fue una rebelión provocada por una oleada de atropellos, actos ilegales y violencias. Dos factores fundamentales determinaron que sobrevendría una guerra civil: la división dentro del ejército y la entrega de armas a los revolucionarios. Es falso, añade, que nadie deseara entonces una guerra civil, pues todos los marxistas revolucionarios la consideraban una inevitabilidad histórica y el general Emilio Mola veía que un golpe de Estado sería totalmente imposible y que una insurrección militar sólo podría vencer a través de una guerra civil. Sin olvidar que durante la República –insiste Payne– se repitió una actuación consistente en ignorar la realidad, dejar que los acontecimientos se desbordaran y luego responder con una hiperreacción.

En estos libros, el autor, echando mano de los resultados de nuevas investigaciones, completa y matiza sus tesis de antaño. Defiende con contundencia «el carácter revolucionario y radical» de la realidad republicana y se muestra más crítico con la izquierda. Prohibido antaño por el franquismo, Stanley Payne es hoy acusado por algunos de ser benevolente, e incluso lo llaman converso. Lo que para unos es traición, para otros y para él mismo es «mayor equilibrio» al disponer de más datos. Para entender esta evolución, tenemos que remontarnos a su libro La revolución española, que, según explica él mismo, «fue una especie de hito para mi concepción de la política española». Su diagnóstico sobre los procesos revolucionarios ha cambiado. Lo antes aceptado de que «la derecha era inicua, reaccionaria y autoritaria, mientras que la izquierda (a pesar de ciertos excesos lamentables) era fundamentalmente progresista y democrática» se ha trocado, a la luz de nuevas investigaciones y reflexiones, en que «la izquierda no era necesariamente progresista ni, desde luego, democrática, sino que en realidad, en la década de 1930, había ocasionado un retroceso de la democracia relativamente liberal instaurada entre 1931 y 1932». Sus tesis hoy son, sin duda, más arriesgadas pero, como ya se dice en el Quijote, «es grandísimo el riesgo a que se pone el que imprime un libro, siendo de toda imposibilidad imposible componerle tal que satisfaga y contente a todos los que le leyeren».

Luis Palacios Bañuelos es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad Rey Juan Carlos. Sus últimos libros son El franquismo ordinario (Astorga, Akrón, 2012) y ¿Por qué llega la Segunda República y hacia dónde va? (Madrid, Dilex, 2015).

13/07/2016

 
COMENTARIOS

pedro carlos gonzález cuevas 28/07/16 14:31
Ahora, el mito de la Tercera España. Los liberales tampoco fueron inocentes en el desarrollo de los acontecimientos que llevaron a la guerra civil. Y es que, como ha señalado el propio Payne, el liberalismo español fue un fracaso a lo largo del siglo XIX y principios del XX. La sociedad española se caracterizó por la ausencia de "nacionalización de las masas", por la debilidad del Estado y por la falta de representividad. En ese sentido, resulta del todo explicable la persistencia del anarquismo y de la opción revolucionaria en el socialismo español. A franco y su régimen hay que contextualizarlo debidamente, como la respuesta a esa situación. Los liberales, como Ortega, Lerroux, García Morente, Marañón, Cambó y la Lliga, los representantes del Partido Agrario, herederos del Partido Liberal de la Restauración, apoyaron a Franco. Y es que no tenían otra opción, porque en el otro bando se les masacraba como burgueses. Hablar de Tercera España es un despróposito a nivel social e histórico. Sólo represntó una minoría. La burguesía española no cumplió su función histórica como agente del desarrollo y del progreso social y lo pagó en la guerra civil. Lo de la Tercera España es sólo un membrete de carácter ideológico que no sirve para nada a nivel social e histórico.

Mario 13/07/16 21:28
Lamentable, triste y descorazonador dar la mínima credibilidad a un historiador que consideraba a Franco "prudente y profesional".
http://www.eldiario.es/sociedad/Defensa-destruccion-democracia-II-Republica_0_492401858.html

Considero que este país necesita una reflexión profunda sobre el genocidio fascista que desencadenó el "prudente" dictador. En una realidad paralela, en la que no hubiera habido un intento de exterminio de parte de la población por motivos ideológicos, podría tener sentido investigar sobre la equidistancia o reparto de culpas en el estallido del conflicto; sin embargo, viendo lo que vino después resulta poco ético sesgar el análisis únicamente en el reparto de culpas sobre la chispa inicial.

Pues eso, la cita del Quijote, "sin ...quitar a la verdad cosa alguna", cúmplase.

Antonio 14/07/16 11:45
Totalmente de acuerdo con el comentario anterior. Resulta demasiado paradójico querer defender que los vencedores de unas elecciones fueron los verdaderos causantes de la guerra civil por antidemócratas...
Este historiador carece de credibilidad, no supera el más mínimo juicio crítico.

Pedro Carlos González Cuevas 14/07/16 17:13
Lo que resulta descacharrante es la estupidez de estos críticos. Parten de apriorimos políticamente correctos, sin profundizar en los argumentos del autor y de su crítico. Franco era malo, estúpido y feo, y se van a dormir tan tranquilos. No tienen ni idea; hablan por boca de ganso. ¿Como cosniderar demócratas a los que dos años antes se había alzado contra el gobierno legítimo salido de las urnas?. El propio Tuñón de Lara, a quienes estos esquizoides no harán leído, reconocía, en su libro sobre la II República que la revolución de octubre de 1934 había sido la primera revolución socialista de la historia de España. ¿Como confiar en gentes que habían recurrido a las armas dos años antes?. ¿Como confiar en aquellos que quemaban iglesias y asaltaban fincas y casas?. Las izquierdas deberían hacer autocrítica de su trayectoria histórica. Y pensar cómo un señor como Franco, tan malo y mediocre, pudo gobernar, como le dio la gana, durante cuarenta años; y morir en la cama en olor de multitud. Todo lo demás es retórica gauchista.

Vasili 14/07/16 22:12
Al sr. González Cuevas: es cierto que ha habido una interpretación políticamente correcta, que está siendo matizada en las últimas investigaciones, sobre la pureza de unos y la vileza de otros. Ahora sabemos con bastante claridad que en el bando de los "buenos", muchos deseaban una conflagración para desarrollar su revolución e hicieron cuanto pudieron por provocarla. El ejemplo más claro es Largo Caballero. Pero permitame indicarle que hay ciertos aspectos que han resistido la critica con solidez. Las revoluciones de 1934, violentas, fueron provocadas en muchos casos por situaciones de auténtica emergencia social, y fueron reprimidas con una brutalidad seguramente desproporcionada, con el mismo revanchismo que movió a los revolucionarios, pero con más armas. Franco no fue ni antes, ni durante, ni después de la guerra un ejemplo de democracia y, sobre todo, humanidad, ni contribuyó a la concordia en absoluto. La represion en la zona nacional fue brutal y sistemática. No hubo el más minimo intento de dotar a los procesos de justicia y derechos. Cierto, las chekas tampoco; pero el gobierno republicano si hizo esfuerzos para acabar con ellas, y en muchos casos las paró y procesó a los responsables. Fue una Guerra Civil y como tal fue brutal y despiadada, fue injusta y fue arbitraria, pero hubo un bando cuyo grupo dirigente actuó como un bloque, no hizo ningún esfuerzo por mantener la legalidad y enfocó la lucha como una lucha de exterminio. Ahora sabemos que murieron mas rojos a manos de curas armados, que monjas violadas por rojos (uno de los muchos mitos que han resultado falsos). Eso, con esa contundencia, no puede decirse del bando republicano en bloque, y e especial del gobierno republicano, por mucho que hubiera elementos igualmente crueles y salvajes en sus filas.

Juan Carlos 17/07/16 10:53
Antes de haber leído el artículo todavía, solamente los comentarios, quisiera decir, a unos y otros, que tengan en cuenta, a la hora de legitimar "democráticamente" el conflicto, que unos y otros, izquierda y derecha, estuvieron siempre muy a la par en las elecciones de esos años, y ninguno respetó del todo el triunfo del otro. Es decir que había, igual que sigue habiendo, dos Españas con un similar peso político, que todavía deben aprender a convivir una con otra, o mal iremos.
Por otro lado, yendo al primer comentario de Mario, decir que no se deben siquiera, que no se deben, dice con cierta autoridad, analizar los motivos del estallido porque solamente es válida la visión del perdedor (como si la izquierda no hubiera sido la perdedora de una guerra cruenta, sino una pobre víctima del lobo nacional), negarse a entender lo sucedido solamente porque se ha perdido la batalla, es un disparate intelectual de tal magnitud que no merece más comentario.
Tanto Vasili como Mario hablan de "genocidio" o "exterminio" nacional sobre el bando republicano. Claramente desconocen, como puntos de comparación, casos de verdaderos exterminio o genocidio en la historia universal.
La falta de rigor, la ignorancia, y el empobrecimiento conceptual del discurso de izquierdas es algo alarmante.

Ely 17/07/16 21:00
Creo que perdemos la oportunidad de un rico debate. Más allá de las tesis que difiende Payne no podemos ignorar su magnitud como historiador, al igual que otros con visiones contrapuestas a la suya totalmente, como Preston. La visceralidad de España sale aqui a la luz una vez más. No hay debate, solo reproches y ataques.
No nos paramos a ver si sus tesis son ciertas, si no es la misma república antes y durante la guerra. La democracia ante todo, pero no es igual izquierda a democracia, ni derecha a golpismo.
Y mucho menos merecidos los ataques al historiador Luis Palacios, quien solo analiza ambas obras y no vierte su opinión.
Recordar a todos los que opinan que leer 10 libros de una misma corriente no nos hace saber de historia, nos hace saber leer 1000 libros de diferentes corrientes.

pedro carlos gonzález cuevas 18/07/16 14:31
Estoy abochornado por la incapacidad de cierta gente para pensar de forma histórica y no con prejuicios del presente. Para opinar sobre estos temas, hay que conocer el contexto en el que se producen los hechos. De lo contrario, caemos en un inoperante moralismo sublime, que, sin duda, puede satisfacernos a nivel individual, a la hora de mirarnos al espejo y decir: "Pero que bueno, que excelente soy". Sin embargo, esta actitud carece de contenido pedagógico y resulta, a nivel histórico, completamente estéril, amén de grotesca. En los años treinta del pasado siglo, muy pocos creían en la democracia liberal. Ahí está para demostrarlo, a nivel español, la obra de Salvador de Madariaga, "Anarquía o jerarquía", o el Manifiesto al servicio del personalismo, de Mounier, o La democracia en crisis de Harold Laski. Por otro lado, se había producido la revolución rusa, que había llegado, en un primer momento, hasta Varsovia. Y que había triunfado, aunque por poco tiempo, en Hungría, con Bela Kun. Igualmente, en Italia y Alemania habían existiro conatos revolucionarios. Hoy, al menos en España, se banaliza el comunismo, pero fue una alternativa monstruosa, que perseguía acaar con los fundamentos más sólidos de las sociedades europeas: la religión, la familia, el mercado, el Estado; y, además, con una crudeza absoluta, terrible. ¿Han leído algunos de los contradictores de Payne Terrorismo y comunismo de Trotsky?. Se trata, a mi juicio, de una las obras más aterradoras del pensamiento político del siglo XX. Ahí está en verdad el totalitarismo: la violencia sistemática, los campos de reeducación y de concentración, el control de la clase obrera, que, a falta de iniciativas de mercado, debe ser coaccionada permanentemente para la producción industrial; la movilización permanente del partido, etc.Contra este proyecto despiadado, había que reaccionar; y en España la democracia no parecía lo suficientemente fuerte. El miedo estaba más que justificado. Se dirá que el comunismo en España era débil y es verdad. Pero los socialistas actuaban como auténticos revolucionarios; y no digamos los anarquistas. España era el único país europeo que padecía una organización anarquista de masas, la CNT. De ahí que el historiador marxistas Eric J. Hobsbawn afirmase, en su libro Revolucionarios, que "España es diferente" . Ante este contexto, no valen moralismos. Las guerras civiles no son justas o injustas; simplemente, ocurren cuando el Estado desfallece y es incapaz de garantizar el orden y la seguridad. Ya lo decía Thomas Hobbes. Todo lo demás es retórica. Y ya es hora de que las izquierdas españolas hagan su propia autocrítica. Hace ya dieciseis años publiqué una Historia de las derechas españolas. De la Ilustración a nuestros días. Todavía estoy esperando algo semejante en las izquierdas.

Max Bar 21/07/16 22:30
La bibliografía sobre la Guerra Civil es oceánica. No vale la pena duplicar una controversia que se manifiesta con regularidad entre los historiadores al calor de una izquierda deseosa de reforzar su inveterado narcisismo mediante de una –falsa- superioridad moral basada en la mistificación de una República de parte, convertida así en ideologizada causa sectaria. Cualquier postura puede hallar un papel en que fundar una u otra afirmación. En general, las cosas están claras desde hace mucho tiempo y sólo el afán de la izquierda profesional con prurito historiográfico por enturbiar el campo de estudio con matizaciones marginales y discusiones interpretativas puede obnubilar la visión del no especialista. Un servidor no pretende haber nadado en todas las calas de ese océano libresco pero sí conoce la docena de bahías más relevantes, desde Tuñón a De Lacierva, desde Thomas hasta Preston, desde Jackson hasta Payne, y cierto número de obras sobre aspectos parciales de la cuestión.

Que la izquierda tenía un carácter mayoritariamente revolucionario es imposible negarlo. Hasta el mismo Besteiro denunció esa deriva socialista, con la que no estaba de acuerdo. La insurreción antidemorática de socialistas y nacionalistas en el 34 aparece en no pocos textos de izquierdas precisamente con el nombre de Revolución; y quizá haya quien pueda sostener que la abundancia de crímenes, asaltos y huelgas tras las elecciones de febrero del 36 no constituía el intento organizado de ocupar un poder que la izquierda ya poseía pero de lo que no cabe duda es que ese conjunto de sucesos tenía un carácter subversivo que el Gobierno no quiso atajar. Ha habido hasta una modelización sociológica de la situación creada en aquellas fechas que pone de manifiesto la semejanza de cuanto aconteciera con la interpretación marxista del conflicto sociopolítico:

https://www.google.es/#q=ramiro+cibrian+violencia+1936

Por otra parte, el asesinato de Calvo Sotelo acaso no fuera desencadenante fundamental pero lo que sí fue, desde luego, es síntoma claro, demostración palpable, de la realidad política que condujera al levantamiento militar: la falta de legitimidad de un gobierno que era responsable del imperio de la Ley. No se trataba sólo de que hubieran accedido al poder en condiciones de dudosa legalidad (anulación de elecciones en provincias ganadas por la derecha, amedrentamiento de la población, abusos y fraudes en la Comisión de Actas…) los mismos que unos meses antes se habían alzado contra la legalidad republicana sino de que esos mismos individuos daban muestras claras de usar los resortes del estado para acosar y destruir a la oposición. La muerte de Calvo Sotelo fue la demostración de que lo que se había venido comprobado en las calles desde febrero había alcanzado el límite de lo intolerable. Si el gobierno del Frente Popular hubiera querido existir en completa legitimidad, le habría bastado con detener y condenar a los responsables del asesinato de Calvo Sotelo (miembros de las ¡Fuerzas de Seguridad! y pistoleros socialistas con carné) y, asimismo, depurar las responsabilidades políticas correspondientes en las personas que los ampararon desde el poder. Eso es lo se esperaría de cualquier democracia digna de tal nombre; sin embargo, nada de eso se produjo.

En cuanto a la controversia de las cifras, lo cierto es que no cambian el juicio histórico y la valoración moral la elevación o reducción del número de represaliados por uno u otro bando. Ambos mataron a decenas de miles de no combatientes durante la guerra y el bando ganador mató a otra cantidad semejante tras el fin de las hostilidades, como suele ocurrir en todo conflicto civil entre totalitarismos. Parece haber cierto consenso en que la represión perpetrada por las izquierdas acarreó alrededor de 55.000 muertos y la del bando franquista una cantidad semejante durante los años de guerra; cifra esta última a la que habría que añadir otros 30.000 en la posguerra.

Hace un tiempo que fueron reeditados los cuentos en que Manuel Chaves Nogales relata sus experiencias de la Guerra Civil. "A sangre y fuego", que tal es el título del libro, sigue a los "héroes, bestias y mártires" que padecieron aquellos años cainitas. Y una conclusión clara se extrae de esas estupendas piezas narrativas, de inmediatez casi periodística: que esos tres tipos humanos abundaron por igual en las dos españas; que ni el valor conocía de legitimidades, ni las ideologías amenguaban la vesania de los malvados, ni las víctimas perecían por un odio menos cruel a manos de sus verdugos cualquiera que fuese el uniforme que éstos llevaran.

La República fue un fracaso histórico sin paliativos porque las derechas y las izquierdas no querían convivir sino prevalecer. Y ya en 1937 Chaves Nogales interpretó con lucidez esa realidad que estaba viviendo: "No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el triunfador que al final ha de asentar las posadras en el charco de sangre de mi país...puede salir indistintamente de uno u otro lado". Era la tercera España, la de los liberales desencantados que abandonaron por asco aquella contienda entre fascistas y marxistas para acabar sus días en los distintos exilios, interiores y exteriores.

Pero, por fortuna, aquel tiempo pasó y no debe servir sino como causa de vergüenza colectiva. Quien hoy siga pensando y sintiendo con las categorías de entonces, no es que únicamente viva en una realidad ficticia sino que amenaza con transformar este tiempo nuestro, que venturosamente ha superado los enconos de ayer en la inmensa mayoría de la población, en un nuevo crisol en que fundir fatalmente nostalgia y arribismo partidista.

Como síntesis de la cuestión, un servidor se atrevería a recomendar otro libro de Stanley Payne, que tiene la virtud de contextualizar la Guerra Civil Española en el entorno que le corresponde: "La Europa revolucionaria. Las guerras civiles que marcaron el siglo XX" (Planeta,2011).

peter 07/09/16 11:32
España lleva más de 40 años dominada por una historiografía de izquierdas que controlaba casi todas las Universidades. Elaboró un relato monolítico y exculpatorio (el tratamiento del 34 es un ejemplo). A pesar de eso, lo compaginó con un victimismo cuando ellos controlaban todos los resortes.

Esto explica el éxito de propagandistas como Moa que escarbaron, acientíficamente, en las múltiples contradicciones de ese relato izquierdista. Fue una llamada de atención que obligó a una reconsideración, aunque fuera parcial, de sus interpretaciones y, en otros casos, a llamar neofranquista a quien no opinara como ellos (Viñas es el caso más soez de todos).

Afortunadamente, y a pesar de que siguen controlando casi toda la Universidad, han ido saliendo cada vez más estudios que ponen de relieve que el gran problema de la República fue la falta de demócratas, a un lado y otro. Con una izquierda que parecía venir reformadora y modernizadora, frente a la derecha carpetovetónica, pero que enseguida giró hacia la revolución y el jacobinismo intransigente (caso Azaña), no digamos ya desde el 33 cuando se comprobó su concepto patrimonial del régimen.

Y claro, decir esto es ser considerado neofranquista por muchos de ellos. Da una idea del nivel de la historiografía

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