RESEÑAS

España según Payne

Stanley G. Payne
En defensa de España. Desmontando mitos y leyendas negras
Barcelona, Espasa, 2017
312 pp. 19,90 €

La historia de España ha sido, desde antiguo, una de las historias nacionales que más interés han suscitado a lo largo del tiempo. Una nómina enorme de historiadores se ha ocupado de ella y algunos de los acontecimientos que han tenido lugar en la Península se encuentran entre los episodios de la historia mundial que más atención han recibido por parte de la historiografía nacional e internacional. Los lectores tienen donde elegir a la hora de interesarse por el pasado de este país. Y, sin embargo, a pesar de que los anaqueles estén repletos de títulos interesantes, no puede afirmarse que todo lo que se ha escrito sobre los españoles merezca la misma consideración. Uno de los motivos: la leyenda negra que ha acompañado a nuestra historia durante siglos. Su origen y las distorsiones que ha ocasionado en la comprensión del pasado español no tiene sitio en esta reseña, entre otras cosas porque los lectores conocen sobradamente el interés y el impacto que está teniendo el libro de María Elvira Roca, titulado Imperiofobia y reseñado ya en esta misma revista. Pero sí hay que hacer alusión a ella, aunque sea de pasada, porque el libro que nos ocupa viene a ser un conjunto de reflexiones destinadas a arrojar luz allí donde esa leyenda negra, unas veces, y los lugares comunes, en otras, han causado mayor deformación.

Stanley G. Payne lleva sesenta años interesándose por nuestro pasado. Su relación con España comenzó a partir de 1958, cuando obtuvo una prestigiosa beca de investigación predoctoral concedida por el Social Science Research Council. Por aquellas fechas, Payne conoció a Juan José Linz, acaso uno de los más grandes historiadores, sociólogos y politólogos que ha tenido este país, entablando ambos una amistad que duraría hasta la muerte del español. Tal y como se recoge en la interesante semblanza biográfica que acompaña al primer volumen de las obras escogidas de Linz (p. cix), «en Madrid, además de charlar largas horas sobre el tema de su tesis ‒el norteamericano había venido a España a estudiar a la Falange‒ Juan facilitó a Payne la realización de entrevistas con figuras destacadas del mundo falangista». Poco tiempo después, Payne defendió su tesis doctoral en la Universidad de Columbia y fue así como la historiografía sobre el falangismo español echó a andar. Su Falange. Historia del fascismo español, publicado en 1965 por Ruedo Ibérico, fue durante décadas, junto con los estudios de su amigo Linz, la obra de referencia para todos los que se adentraron posteriormente en la historia del fascismo español. De ahí Payne pasó a interesarse por la historia del fascismo internacional, llegando a convertirse con el paso del tiempo en uno de los principales referentes de la historiografía internacional sobre la materia. Volviendo al libro que nos ocupaba, éste, convertido en un clásico de nuestra historiografía, fue, finalmente, superado gracias, una vez más, a otra monografía del propio Payne, titulada Franco y José Antonio. El extraño caso del fascismo español. Acaban de cumplirse veinte años de su publicación y, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo una de las mejores obras de conjunto para conocer desde arriba la trayectoria que siguieron tanto la organización nacionalsindicalista como la propia dictadura de Franco.

Después de tantas décadas, el profesor norteamericano es hoy un historiador internacionalmente reconocido por sus estudios sobre el fascismo y, sobre todo, uno de esos autores de referencia con los que cualquier estudiante de Historia o investigador suele encontrarse antes o después. La primera democracia española. La Segunda República, 1931-1936, además de los títulos anteriormente citados y otros muchos que no podemos mencionar aquí, es otra de las mejores visiones de conjunto que se han escrito sobre el período y, por ello, uno de los primeros libros que los alumnos suelen leer en las facultades de Historia para satisfacer la enorme curiosidad que sigue despertándoles el quinquenio republicano. En este texto, demostró una de sus principales virtudes como historiador: la de componer sólidos retratos de conjunto sobre los períodos que ha estudiado a lo largo de su vida. Muy conocido y muy citado, también, en el sentido que comento, fue otra de sus obras más conocidas: la Historia del fascismo, aparecida en 1995, en la que Payne nos ofreció un estudio de conjunto sobre los fascismos históricos que, en poco tiempo, se convirtió en otra referencia historiográfica. Escribir sobre los fascistas nunca fue una tarea sencilla: formaron parte de unos movimientos enormemente complejos, muy heterogéneos, las más de las veces contradictorios, hijos del final de la Gran Guerra, pero también de las enfermedades que se incubaron tanto en el último tercio del siglo XVIII como en el transcurso del siglo XIX. Que la dificultad a que se enfrentó era máxima lo prueba el hecho de que la historiografía actual siga sin contar con una definición exacta, en cuatro líneas, que explique todas las características de aquello que fue el fascismo. Y, sin embargo, con todas las dificultades inherentes al tema, Payne supo ver los elementos que los fascistas de todos los países tuvieron en común, las peculiaridades que los diferenciaron, al tiempo que rescataba la historia particular de cada uno de los movimientos a que pertenecieron; de todo lo cual se sirvió, a la postre, para volver a firmar una de las visiones de conjunto más importantes de cuantas tenemos a nuestra disposición. En pocas palabras: Payne es uno de los historiadores más importantes del siglo XX.

En este nuevo libro, Payne ha vuelto a demostrar su interés por la historia de España; con la particularidad de que su atención en esta ocasión no ha girado alrededor de un episodio concreto de nuestro pasado, sino en torno a una serie de acontecimientos fundamentales de nuestra historia, sobre los que ya se había escrito mucho, pero de los que aún podían decirse cosas diferentes si se aplicaba un juicio crítico a todos esos mitos, leyendas negras y lugares comunes a los que se alude en el subtítulo la obra que comentamos. Este no es, por consiguiente, un libro de historia general al uso, como el que escribió hace ya algunos años Antonio Domínguez Ortiz. Que no lo es lo explica el propio autor en la introducción. Es importante que el lector conozca estos detalles y esa intención crítica del profesor de Wisconsin porque, de lo contrario, al ojear el índice, puede que la estructura del libro le resulte algo confusa. Significa esto que esa intención de crítica historiográfica con la que fue concebido se ve directamente reflejada en la propia concepción de la obra: primero, porque la selección de los acontecimientos viene determinada por el mayor o menor grado de deformación historiográfica que puedan haber experimentado y, segundo, porque ese mismo criterio selectivo ha llevado al autor a priorizar unos períodos y acontecimientos sobre otros, lo cual, por otra parte, es normal si un ensayo se concibe de este modo. Lo que apunto se comprueba rápidamente en el índice: de los trece capítulos más la introducción de que consta, Payne dedica siete a analizar críticamente lo que se ha escrito sobre la centuria pasada, es decir, casi el cincuenta por ciento del libro se centra en el análisis de un solo siglo. Esta llamativa descompensación tiene, como decía, una explicación: a juicio de Payne, el siglo XX español ha sido uno de los períodos que más pasiones ha levantado y sigue levantando entre los historiadores y, por supuesto, entre el público en general, habiéndose convertido, además, según el profesor norteamericano, en el centro de interesantes y, en ocasiones, agrios debates. Esa revisión del pasado, qué duda cabe, le confiere ese carácter diferente del que hablaba antes y por eso lo ha titulado En defensa de España.

Pero esa pretensión crítica conlleva algunos riesgos. Probablemente, el más importante de todos consista en el hecho de que el lector pueda sacar una idea equivocada sobre algunos aspectos complejos, en los que ni siquiera hay un acuerdo unánime en la historiografía. Significa esto que, en aras de unas reflexiones planteadas en términos muy generalistas, quedan desdibujadas una serie de matizaciones que son fundamentales a la hora de abordar estos asuntos. Esto se aprecia muy bien cuando Payne aborda uno de los asuntos que mejor conoce y sobre los que más ha escrito: el del impacto que causaron las posturas excluyentes sobre la competencia democrática y partidista. Así, al descender al terreno de lo concreto y analizar la trayectoria de uno de los líderes políticos con los que se muestra más crítico, Payne comenta cuestiones como las siguientes: «la presentación de Manuel Azaña como el símbolo de la “República democrática” es una de las grandes equivocaciones, supercherías y falsedades de la historiografía española contemporánea» (p. 60). Aun teniendo esta afirmación un sustento empírico indiscutible, tampoco es menos cierto que la historiografía española nunca ha sido ese bloque homogéneo que Payne dibujaba hace unos instantes. Porque, ciertamente, como bien ha mostrado en algunos de sus últimos trabajos, no todos los historiadores españoles han abordado estos asuntos del mismo modo. Es más, si prescindimos de los debates más recientes, ni siquiera puede considerarse que los historiadores extranjeros hayan coincidido en una única posición, entre otras cosas porque esos mismos investigadores han ido matizando sus propias interpretaciones a medida que fueron apareciendo nuevos trabajos sobre estos temas. Así pues, no puede concluirse que, en la valoración de la trayectoria política de Azaña, como en otras cuestiones candentes que se repasan en estas páginas, exista una postura unánime en una historiografía española que, aunque ciertamente se ha mostrado bastante benévola con el personaje, nunca ha sido unánime en el encumbramiento gratuito del alcalaíno. 

Otra de las cuestiones que más han preocupado a Payne a lo largo de su trayectoria investigadora, y que han quedado plasmadas en su libro, ha sido todo lo relacionado con las posibilidades de supervivencia que tuvo la libertad allí dónde fue asaltada. Esto le lleva, en primer lugar, a analizar críticamente lo que, de una u otra forma, contribuyó a la obstaculización de la convivencia y el pluralismo durante el quinquenio republicano. Las negociaciones que condujeron a la formación de la coalición electoral frentepopulista y las medidas y decisiones que se adoptaron tras el triunfo de ésta en febrero de 1936 son objeto de una atención especial porque lo que Payne persigue, en fin de cuentas, con los análisis y reflexiones críticas que recorren las páginas de esta obra es que sus lectores entiendan que las decisiones políticas siempre acarrearon consecuencias y que nada ha sido gratuito en la acción de los hombres. Esto le lleva a enfrentarse a más dificultades, derivadas de esa intención crítica que vengo comentando. Porque no es lo mismo narrar los acontecimientos históricos de forma factual y sin ninguna ambición analítica que establecer los hechos acontecidos y aplicarles ese filtro analítico ‒que es lo verdaderamente difícil‒ con objeto de que los lectores puedan tener más herramientas para extraer unas conclusiones mucho más complejas de lo que es posible en el primer caso. Todo lo cual, trasladado al siglo XX español, significa que es mucho más sencillo ocuparse de la historia de las víctimas ‒pues cuenta de inicio con la comprensión de los lectores‒ que intentar explicar cuáles fueron los fundamentos en que se apoyaron el poder y el dominio de los verdugos.

Que esto siempre fue un asunto problemático pudieron comprobarlo, por ejemplo, en los años setenta los primeros historiadores que se adentraron en los archivos de la Gestapo. Con aquellos papeles entre sus manos comenzaron a comprobar que aquella imagen de Estado policial y control social nacionalsocialistas no concordaban en absoluto con lo que guardaban los legajos. Así, en cuanto empezaron a analizarlos, se dieron cuenta inmediatamente ‒tal y cómo contó Timothy Garton Ash en El expediente. Una historia personal‒ de que allí se habían conservado las pruebas que acreditaban cómo importantes contingentes de alemanes habían colaborado voluntariamente, con sus denuncias, con la Policía Secreta del Estado. Y pasa, también, en el caso español, cada vez que se ha intentado explicar qué fue el franquismo y por qué duró casi cuarenta años. Debido a esta dificultad, no pocos historiadores se han visto en la obligación de hacer aclaraciones para evitar, muchas veces sin demasiado éxito, que sus lectores llegasen a conclusiones erróneas. Entresaquemos un ejemplo de este libro que comentamos para comprenderlo. Cuando Payne está analizando qué fue el régimen de Franco y cuáles fueron las principales consecuencias de una dictadura tan longeva, llega un momento en el que sostiene que «la democratización posterior funcionó bien». Esta afirmación resulta, a primera vista, algo muy llamativo, que no pocos considerarán escandaloso. Pues bien, para evitar que el lector concluya que Franco fue el padrino del Régimen del 78, lo que sin duda sería, como mínimo, una inexactitud imperdonable, Payne argumenta poco después esto otro: «de lo anterior, sin embargo, no puede inferirse, como algunos proponen, que Franco planificara la tolerante y democrática España de los años ochenta. Una dictadura no es ninguna escuela de democracia, y Franco no fue responsable de la democratización de España» (p. 244). Es una obviedad, pero una obviedad necesaria para no quedar a los pies de los caballos y, sobre todo, para que el lector comprenda cuál es el objetivo que se persigue a lo largo de la obra.

El siglo XX y la enorme atención que le presta en esta obra, en cualquier caso, son dos cuestiones sobre las que Payne ha escrito mucho en el pasado y de las que, sin duda, sus lectores más fieles estarán perfectamente al tanto. Lo que probablemente no conozcan sea otra historia en la que el historiador norteamericano se vio envuelto. Se produjo en junio de 1975, pocos meses antes de que Franco falleciese. Por aquel entonces, un lobby norteamericano, en contacto con la Junta Democrática de la oposición española, organizó un encuentro en uno de los grandes salones del Congreso de Estados Unidos. En aquella reunión participaron, además de los miembros del mencionado lobby y unos cuantos congresistas, tres miembros de la Junta y algunos investigadores norteamericanos especializados en los asuntos de España. Uno de estos últimos fue el propio Payne. Pues bien, tal y como nos relata casi al final de la obra, el objetivo de aquella reunión fue convencer a los miembros del Congreso estadounidense de que España estaba encarando una situación muy peligrosa. Según pensaban los responsables del evento, el sucesor del dictador era poco menos que una mera marioneta. Así las cosas, le llegó el turno a Payne, el cual, al tomar la palabra, no dudó en contradecir todo lo que se había dicho allí hasta aquellos instantes. Y afirmó, siempre según su propio testimonio, lo siguiente: «Juan Carlos había sido nombrado heredero por Franco porque no había otra manera de acceder a la Corona, pero ya había dado señales convincentes de que, en el futuro, no sería una marioneta, sino un guía para llevar a cabo una profunda reforma democrática. Además, señalé que había mucha gente dispuesta a apoyarle y que el Ejército español era una institución disciplinada [...]. Afirmé que, mientras se procediera de acuerdo con la ley y el orden, lo más probable sería que no hubiera problemas imposibles de superar, e incluso hablé en términos positivos del Partido Socialista como actor principal para movilizar a una izquierda responsable, algo que en ese momento no estaba del todo claro. Puede decirse que fue un cálculo arriesgado, pero en la primavera de 1975 esa situación me parecía la más probable». En el párrafo que sigue al fragmento que acabo de reproducir, Payne explica que, con esa anécdota, no pretendía poner de manifiesto sus dotes de profeta, sino resaltar algunas de las líneas generales de la futura Transición que ya estaban en marcha. Es comprensible que quisiera alejar la inmodestia de su lado y resaltar lo que ya entonces eran elementos perceptibles en la política española. Pero a mí, que no soy el autor del libro y a quien no puede afectar, por tanto, la consideración de inmodesto, esta confesión, aparte de la importancia implícita que tiene, me parece una prueba de la perspicacia con que Payne se ha ocupado siempre de nuestra historia. Buena parte de esa dedicación y esa capacidad podrá encontrarlas el lector entre las páginas de este libro.

José-Antonio Parejo Fernández es profesor de Historia del Pensamiento Político y Social en la Universidad de Sevilla. Sus últimos libros son Las piezas perdidas de la Falange. El sur de España (Sevilla, Universidad de Sevilla, 2008) y Señoritos, jornaleros y falangistas (Sevilla, Bosque de Palabras, 2008).

16/04/2018

 
COMENTARIOS

Francisco 18/04/18 14:19
Soy un seguidor, casi incondicional, de Stanley Payne y le leo desde hace años. Pero me gustaría saber por qué alguno de sus colegas, más bien nacionales, le tachan poco menos que de fascista y, desde luego, de la derecha extrema. ¿Hay razones objetivas para ello, o estamos en la pose habitual de los "progres" intelectuales de izquierda?

Arroyo de Lara 18/04/18 17:44
Yo también, como Francisco, soy y he sido un seguidor incondicional de Payne y creo haber leído casi todos sus libros. No soy ni quiero ni puedo ser imparcial respecto a su obra. Como historiador de primera fila, no conozco un solo razonamiento, afirmativo o negativo, ni un solo acontecimiento, que no esté justificado por abundantes citas bibliográficas o documentales. Payne opina poco o muy poco,: demuestra abrumadoramente lo que afirma o lo que rechaza; me da igual que sea de derechas o de izquierdas, Si a un lector no le gusta lo que escribe, piense primero si es por motivos ideológicos o porque opina que se equivoca flagrantemente. Me temo que en casi un 100% de los casos, es por lo primero.

Peter 20/04/18 13:10
Debería ser conveniente que estas recensiones fueran comentadas por gentes algo más críticas con el pensamiento del reseñado. No hablo de extremistas como Viñas que tienen poco que aportar. La visión de conjunto sería mucho más completa porque resulta evidente que sobre estos asuntos el pensamiento, digamos progresista, domina de forma abrumadora nuestra historiografía desde el inicio de la democracia y está enfrentado a la línea de Payne.

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