El corazón antiguo
Ramón Buenaventura
Debate, Madrid, 278 págs.

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En un libro, recientemente publicado en nuestro país, Ricardo Piglia comentaba, a propósito de su paisano Macedonio Fernández, la peculiar necesidad de ciertos escritores de integrar el tiempo vital y el de la escritura en uno solo, en el que resultaría indiscernible la experiencia biográfica de la artística. Este vivir para la escritura (y viceversa), que poco tiene que ver con el desafuero neorromántico del escritor desnudándose ante su lector, da lugar a una sola obra en la que los volúmenes o títulos resultan mero accidente. Ramón Buenaventura parece acercarse a esa idea de la obra única y total, al declarar en la «Explicación» inicial de esta nueva entrega narrativa que la suya forma «un libro solo, que todos mis personajes habitan las mismas regiones de ficción y realidad», observación que legitima el hecho de que El corazón antiguo sea una «falsa segunda edición» (falsa, al parecer, por las profundas transformaciones) de Ejemplo de la dueña tornadiza, un viejo y olvidado titulo de Buenaventura.

Esa continuidad de la que habla el autor (sobre todo respecto a su anterior novela, El año que viene en Tánger, 1998) se manifiesta en la aparición de los mismos personajes (Pablo Huarte, León Aulaga, el propio Buenaventura), así como en la insistencia en la misma concepción de la novela como cordial receptáculo de los más heteróclitos materiales y modos de la escritura: narración, poemas, reflexiones y noticias eruditas, extravíos gráficos… El planteamiento formal de estas «novelas» nos devuelve a la etapa del experimentalismo narrativo de los años sesenta y ––sobre todo— setenta, precisamente las décadas que el narrador del libro que nos ocupa, Pablo Huarte, intenta trasvasar desde su confusa memoria a un no menos confuso, desesperado e irónico discurso.

Este repaso de casi toda una vida (desde la adolescencia hasta las puertas de la senectud) se presenta mediatizado por dos aspectos que lo diferencian de tantos textos actuales con similares planteamientos e intenciones. En primer lugar, hay un notable esfuerzo por emancipar la narración de la servidumbre a la linealidad y la coherencia (también de la condescendencia) con que la voz narradora suele tratar el asunto de su propia peripecia biográfica. Muy al contrario, el propio narrador parte de la convicción de que los esfuerzos ordenadores del relato, la necesidad de protagonistas y trama, conducen al falseamiento de la verdadera sustancia de la realidad, al tiempo que reflejan la «necia petulancia del hombre». Sin llegar a la plena satisfacción de estas premisas, el libro se acerca bastante a ese ideal de espacio plural en el que la trama, sometida a los vaivenes y dilaciones de la memoria narradora, acaba por volverse casi imperceptible y, desde luego, un elemento secundario.

El otro aspecto que otorga peculiaridad a la novela es su condición de radiografía sentimental de una existencia. No estamos hablando del convencional repaso de amores y vaivenes emocionales, si bien es cierto que el espinazo temático lo constituye la azarosa relación entre Pablo Huarte y Carmen (tal vez el personaje más logrado de la novela). Para el narrador, el sentimiento es más que un objeto de su discurso: es el punto de vista vital y literario desde el que él intenta comprender su pasado. La reiterada celebración de la ternura y del erotismo, la inculpación por el hallazgo de rastros de fingimiento en el dolor, la necesidad de eternidad en el amor y, al mismo tiempo, el temor a ese vínculo, son sólo algunos aspectos de una rica diversidad de manifestaciones de y sobre el sentimiento, manifestaciones que logran zafarse de lo cursi y lo previsible gracias a un efectivo distanciamiento irónico.

El corazón antiguo es, como se puede comprobar con un vistazo superficial de sus páginas, una novela beligerantemente distinta de lo que los actuales parámetros de nuestra narrativa nos suele ofrecer. Más que a sus despliegues de ingenio verbal y la pirotecnia tipográfica (tan ingenuos como arbitrarios y privados, tantas veces), tal condición responde a su libérrima composición estructural, así como al talante lírico y reflexivo de una prosa en la que la creación de una impronta personal no oculta los ecos de nuestra tradición clásica. Sin embargo, y sin que ello vaya en detrimento de lo que el libro tiene de respiro en el viciado aire de las vigentes convenciones literarias, la búsqueda de una voz propia a través de la experimentación conduce, paradójicamente, a un texto canónicamente experimental. Nada, o muy poco, ofrece Buenaventura que no se encuentre entre los aparejos usuales de cierta novela vanguardista: diversidad de materiales, guiños culturalistas, incursiones en el terreno de la metaliteratura…

Esto, por sí mismo, no constituye demérito alguno, a no ser que, como es el caso, todo ese instrumental codificado se emplee indiscriminada y reiteradamente hasta su agotamiento, que se produce muy pronto, apenas el lector advierte que la novela no cuenta con importantes razones internas que justifiquen tanta exuberancia formal. Buenaventura tiene, qué duda cabe, un poderoso arsenal lingüístico y un mundo propio, pero en esta ocasión no ha conseguido sortear los escollos que surgen cuando aquellas virtudes no están bien embridadas por la coherencia y la necesidad.

J. Carlos Peinado es crítico literario.

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