ARTÍCULO

ANTONIO TABUCCHI. Sostiene Pereira

 

Más de una docena de ediciones en España. Incontables en Italia. Ni se sabe en Europa. He querido sinceramente sumarme a la fiesta y confieso que no he podido hacerlo. El vocablo sostener, que vale por reafirmar, tiene también el valor de un declarar enfático. Énfasis que se refuerza todavía más al evocar el mundo de los foros, en el que encuentra su mejor sentido: el fiscal sostiene su acusación o el acusado sostiene la versión propia contra la de otros en un careo, o también se sostiene algo contra viento y marea, que es lo que parece hacer Pereira página tras página desde la primera línea a la última, sostener lo que por naturaleza no precisa de tal sostén, porque nadie sostiene que tomara tal día del año una omelette a las finas hierbas, salvo que tal ocupación sirviera de prueba exculpatoria de un crimen, ni se sostiene que en tal otro día se tomó una cerveza o se fue al cine o se quitó el abrigo o se ató el cordón de los zapatos que es lo que continuamente sostiene Pereira. El ritmo, o sea la musicalidad, es lo que, según argumentan algunos, lo justifica. Acaso sea culpa de mi oído, pero a mí como lector me perturba tanto que me impide alcanzar una lectura mínimamente sosegada y, claro, me quedo a dos velas. Dudo además de que vocablos más apropiados –declara, mantiene, relata, asegura o refiere– aminoraran el inconveniente. Tanta reiteración, no menos de dos o tres veces en cada página, me sonaría siempre como un aldabonazo impertinente. O sea que a mi oído tanto le daría una palabra como otra, un sostiene como un declara, un mantiene como un refiere, no sería ritmo sino ripio. Y el ripio, a mí, al menos, no me deja ver el bosque.

Sigamos no obstante adelante y hagamos un esfuerzo por verlo. La visión que Tabucchi ofrece de la dictadura de Salazar no parece obedecer a vivencias portuguesas sino italianas. No digo que no sean portuguesas, digo que no lo parecen. Y es que cuesta creer que Tabucchi haya conocido el Portugal de la dictadura de Salazar. Los que vivimos la paralela del franquismo –Tabucchi y yo somos prácticamente de la misma edad–, envidiábamos a quienes como él pudieron observarla a distancia, en aquella Italia del plan Marshall democratizada por la victoria de los aliados. Para nosotros el franquismo, como el salazarismo, no es un territorio de la imaginación, sino de la memoria. Y la imaginación no alcanza siempre donde llega la memoria.

Imagine el lector a un periodista en la Portugal de 1938 un poco bobalicón y fofo, o, si quieren, simple y falto de carácter, que, viudo, y en la pronunciada cuesta abajo de su vida, habla a diario con el retrato de su difunta. Pues bien, un buen día, tras la lectura del artículo embrollado y confuso de un joven colaborador espontáneo, alocado y muy rojo, que es casi como decir que por arte de birlibirloque, comienza a experimentar trascendentales cambios de opinión tanto sobre la realidad política circundante como sobre la vida en general. Si ya el motivo de tan repentina mudanza resulta harto sorprendente, más sorprenden, y hasta pasman, las incoherencias del propio Pereira como personaje. De heraldo y testigo de su propia decadencia física y moral, pasa a ser importante animador de la vida cultural portuguesa merced a unos artículos sobre literatura francesa. Abúlico y casi desfalleciente, es capaz, sin embargo, de darse un baño en las aguas del Atlántico y llegar hasta las boyas para poder mirar por encima del hombro a un musculoso bañista con el que se pica. Timorato y huidizo, se decide a desafiar a la aterradora policía salazarista, protegiendo a un muchacho cuyas ideas no comparte y cuyos escritos apenas comprende.

Ya sé que la ambigüedad está en la vida y es un valor de más que sirve para habilitar a muchas obras de arte. Pero la ambigüedad no tiene por qué ser contradicción ni mucho menos disparate. Nuestro novelesco sostenedor, el tal Pereira, habla, por ejemplo, con un camarero cualquiera sobre sus cuitas de neonato antisalazarista y lo que encuentra es –pásmense–, no una denuncia, o la boca cerrada a cal y canto de su interlocutor, sino algo que va más allá de la mera comprensión. Encuentra camaradería, compadreo, solidaridad. Y así también cuando habla con el médico, y con todo aquel con el que Pereira habla contra el Régimen. Por ejemplo, con un cura, don Antonio, su cura de siempre, que de esa guisa es Pereira. ¿No imaginan la respuesta del cura? Le viene a decir que no se mortifique por su antifranquismo, que Franco es condenable porque persigue a los curas vascos. ¿De qué país, de qué dictadura nos habla Tabucchi? Ni siquiera en mis años universitarios –aunque poco después todo el mundo fuera ya antifranquista–, era posible expresarse así entre compañeros de facultad, mucho menos con los camareros, nada digamos con los curas, si no querías que los grupos fascistas te rompieran la cabeza o la policía te detuviera. Hablo de los primeros años sesenta. Qué decir del Portugal de treinta años antes. Si no es una broma es un cuento de hadas. Y en ese sentido debo decir que Sostiene Pereira funciona a la perfección. Un pequeño cuento de hadas, donde un tal Pereira, cincuentón, fondón, conservador y timorato, recibe la visita de un delicuescente Pepito Grillo y se vuelve vigoroso, valiente, osado, guasón y revolucionario. En el capítulo final, antes de huir, Pereira deja, listo para publicar, su artículo antisalazarista, Pero ¿a dónde huir, para escapar de la terrible PIDE, con las fronteras cerradas por la guerra de España?: no se me ocurre otro sitio que a Europa. Pero no a la de entonces, sino a esta de finales de siglo que ha logrado la unidad de mercado en lo universal y desarrollado un gusto por lo amable muy propio de la tercera edad, gusto que se hace devoción si además de amable es aparente.

La dictadura salazarista evocada por Tabucchi es tan meliflua que muy poco tiene que ver con la del frío camastrón de Coimbra, aquel Oliveira Salazar que tanto se solazaba, ante la gran indiferencia de Europa, con el juguete cruel de su dictadura en ese olvidado rincón de la península ibérica. Ahora, tras la lectura, de Sostiene Pereira, todos contentos. Lo dicho: amable y aparente. O sea, que sigamos siendo felices y comamos muchas perdices.

01/02/1997

 
COMENTARIOS

gevazquez 08/08/15 18:01
Pues como artefacto literario, creo que Sostiene Pereira funciona a la perfección. Ha cautivado a lectores de todo tipo, y eso tiene mucho mérito. Comparto que la reconstrucción de la dictadura salazarista es la parte más floja del libro, pero ese "sostiene", es todo un acierto en muchos sentidos, le da un aire de confesión, de crónica periodística, que pone en vilo al lector. Me parece más una manía personal o el clásico prejuicio hacia el libro "del que -casi- todo el mundo habla bien". La ligereza de "cuento de hadas" (yo hablaría de fábula), el lenguaje coloquial, la complacencia, casi simpatía con la que está escrito, es otra de las virtudes del libro, además del entorno físico y la ambientación, que es excelente. Y sobre todo, la toma de conciencia de un hombre común, los acontecimientos y las personas que nos transforman, la necesidad de tomar partido, y otras cosas que al menos a mí, me ha aportado su lectura.

Mercedes Alvarez 21/07/18 23:48
Yo entendí perfectamente lo que Tabucchi contó en Sostiene Pereira. He reído y he llorado todas las veces que lo he leído, que es la vida misma, comedia y tragedia. Y a nivel literario, de lo mejor que hay. Pudiera ser que no se ajuste a la realidad o el contexto histórico como dices, pero las contradicciones, la filosofía, la cotidianeidad del personaje y de la novela son indiscutibles. Podría ser que los demás personajes sean idílicos, lo serán, pero son también grandiosos, y lo idílico también es real. Se puede hacer una crítica de algunos aspectos de una novela como ésta, pero lo que es incomprendible es hacer una crítica negativa sin haber entendido ni tan siquiera la calidad literaria.

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