Las sillas están donde la gente va. Cómo vivir, trabajar y jugar en la ciudad
Misha Glouberman y Sheila Heti
Barcelona, Alpha Decay, 2014
232 pp. 18,90 €

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Tal como se aclara en el prólogo, Las sillas están donde la gente va es la transcripción a cargo de Shelia Heti de una serie de ensayos verbales de su amigo Misha Glouberman sobre temas que versan desde lo complicado de hacer amigos en una ciudad nueva hasta la gestión del correo basura, pasando por los problemas con los ruidos procedentes del bar que uno tiene justo debajo de casa y haciendo especial hincapié, a lo largo de varios textos, en las vicisitudes en que Glouberman se ve envuelto como profesor de improvisación y teatro, lo que le lleva a reflexionar en profundidad sobre aspectos relacionados con la comunicación humana y las relaciones grupales.

Una manera satisfactoria de entrar en estos ensayos, elogiados por la revista The New Yorker como proyecto de «filosofía conversacional», sería similar a la que nos facilitaría la entrada al resto de obras que componen el proyecto literario de Sheila Heti: pensar que son textos escritos «desde la vida», tal como reza el subtítulo de la novela de Heti ¿Cómo debería ser una persona? Ingresamos, por tanto, en un universo compuesto por un collage de fragmentos donde la cotidianidad cobra un valor importante, por no decir esencial.

La canadiense, nacida en 1976 en Toronto, ha sido frecuentemente elogiada por ser una escritora «inclasificable», adjetivo ante el cual muchos fruncen el ceño por considerarlo discutible. Pero esta vez sí parece cierto, porque, si bien la obra de Heti gira en torno a las prácticas de la cultura de yo, lo que la acerca en ocasiones –tanto a ella como a sus personajes– a la obra de la artista francesa Sophie Calle, un recorrido por sus proyectos nos hace ver lo variado de su propuesta: comenzó con relatos breves, The Middle Stories, muy al estilo de los punzantes textos de Lydia Davis, continuó con novelas, escribió también para la escena y se divirtió bastante creando en plena campaña electoral estadounidense de 2008 el blog The Metaphysical Poll, en el que invitaba a cualquiera a compartir todo aquel episodio onírico que tuviese en relación con Hillary Clinton, Barack Obama o John McCain.

Pero lo más cercano a este libro es su proyecto The Turbine Hall Series, unas sesiones de conferencias sobre temas diversos impartidas por advenedizos en dichos asuntos, también pensadas por Heti al alimón con Misha Glouberman y celebradas habitualmente en Toronto. Repasando la lista de conferencias, nos encontramos con una charla sobre tartas de queso, otra sobre dentistas y otra acerca de quedarse a dormir en la oficina. Es decir, sobre aspectos vitales altamente «cotidianos» a primera vista y, por tanto, muy emparentados con los ensayos de este libro. Las sillas están donde la gente va (me atrevería a traducir el título original, The Chairs Are Where the People Go, como «Es a las sillas adonde va la gente», pues, a mi juicio, el original se refiere a aquellas como entidad a la que la gente acude, no como mero mobiliario situado casi por casualidad en un recinto donde se hallan un grupo de personas) es, en efecto, una excelente excusa para pensar sobre la cotidianeidad, pero no tal como la concebiría Henri Lefebvre, preeminente sociólogo de lo cotidiano, y pesimista ante lo que él consideraba un mero sitio de pasividad, de rutinización alienante regido por el mercado y por el consumismo. En los ensayos de Glouberman transcritos por Heti detectamos, en cambio, un potencial de resistencia y subversión y no tanto una pérdida de consciencia crítica fundamentada en nuestra propia subordinación. Precisamente, y para escapar de esa pasividad, del aburrimiento y alienación provocados por lo cotidiano, Glouberman, a través del teclado de Heti (y la propia Heti en sus otros proyectos), nos propone convertir en experiencial ese pequeño ritual anodino, esa acción infraordinaria que ni se tiene en cuenta: las reuniones de vecinos para quejarse del exceso de ruidos son un buen ejemplo que recorre varios ensayos del libro, así como las ideas que desarrolla Glouberman para dotar de sofisticación al juego de las charadas, en el que ha de adivinarse el título de una película o novela que un jugador comunica a su equipo por medio de la mímica.

Estos proyectos y reflexiones están emparentados con ciertas ideas del también inclasificable Miguel Noguera –que no es ni monologuista ni performer, aunque siempre se mantiene cerca de esta modalidad artística–, básicamente por el tipo de preguntas que éste se formula sobre la realidad pero, sobre todo, estos ensayos se encuentran en la estela del Georges Perec de Pensar/Clasificar y de Lo infraordinario, libro cuyo hilo conductor, según el propio escritor, era cómo dar cuenta, cómo interrogar, cómo describir lo que ocurre y vuelve cada día, lo trivial, lo cotidiano, lo evidente. Desde Las sillas están donde la gente va, Heti y Glouberman nos invitan a interrogar el día a día revolucionándolo, pero también a atravesar el tedio sin negar o acallar su fuerte presencia en nuestras vidas. Y como la cotidianeidad y la no ficción suelen ir de la mano, en estos textos aparecen Margaux, amiga íntima de la escritora y a su vez novia de Glouberman, los estudiantes de los cursos que este imparte y otros seres que pueblan Toronto y, al mismo tiempo, el día a día de los coautores de estos escritos. Porque, al igual que Alejandra Pizarnik, según cuentan, no escribía prosa para no tener que poner en boca de personajes un «Hola, cómo estás. ¿Querés una taza de café con leche?», Heti declaró en una entrevista que no encontraba sentido a inventar personajes, debido a su interés por las conversaciones de sus propios amigos. Como ella misma afirma en el prólogo de este libro, «si quería retratar a Misha con todas sus peculiaridades, ¿por qué me dedicaba a crear un Misha de ficción? Si quería trabajar con Misha, ¿por qué no salía de mi cuarto y bajaba a la calle?»

El principal mérito de esta colección de ensayos, probablemente el mismo que el de las charlas Turbine Hall, radica en su habilidad para no caer en la fácil tentación de convertirse en monólogos costumbristas obvios, que se recrean en la complicidad con un lector que ha vivido situaciones muy parecidas y que, por tanto, reconoce de inmediato. El exitoso tono del tándem Glouberman-Heti es que reproduce la voz de un ser seguro de sí mismo pero que, al mismo tiempo, conserva una actitud de curiosidad e inocencia ante las cosas. Desde esa voz, afirmaciones como «la gente quiere conseguir cosas en las fiestas; es importante recordarlo», o consejos sobre cómo formular una buena pregunta, logran generar pasarelas entre el arte, el juego y la vida.

Para concluir, vuelvo aquí a la idea de collage que mencioné más arriba, pues la cubierta del libro, un collage de fragmentos de objetos en colores alegres, podría servir como metáfora del conjunto del texto. Ese desdén que a veces genera el collage, que llevaría a algunos a afirmar «Esto lo hace mi sobrino de diez años», podría ser la primera impresión que se obtenga al leer el índice de este libro. Lo que ocurre es que ese sobrino estará siempre demasiado ocupado jugando con la Wii como para ponerse a realizar un trabajo de reconstrucción de lo cotidiano tan fino como el que nos ofrecen estos ensayos.

Mercedes Cebrián es escritora y traductora. Sus últimos libros son El malestar al alcance de todos (Barcelona, Caballo de Troya, 2004), Mercado común (Barcelona, Caballo de Troya, 2006), 13 viajes in vitro (Madrid, Blur, 2008), Sala de máquinas (Zaragoza, Librería Cálamo, 2009), Cul-de-sac (Barcelona, Alpha Decay, 2009), La nueva taxidermia (Barcelona, Mondadori, 2011) y El genuino sabor (Barcelona, Literatura Random House, 2014).

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