ARTÍCULO

ÁLVARO POMBO. Donde las mujeres

 

Eso pasó, todas las cosas que pasan a la vez que pasa algo a cada cual y que suelen pasar inadvertidas, pasaron también aquella tarde dentro y fuera de la casa nuestra. Y, ahora, en la memoria, se aísla cada una, como una melodía independiente, como un dibujo independiente, como un aria...» Una mujer, de la que no conocemos ni el nombre, sólo la voz, habla en esta novela de principio a fin. Hace hablar a su memoria por una sola razón: porque desea saber desde dónde habla ella misma; y ese lugar desde el que habla es ni más ni menos que su conciencia; necesita saber, por eso habla. Y su habla sólo tiene un fin: ordenar su experiencia.

Alvaro Pombo juega desde el principio una baza que requiere a un escritor de verdad: busca el efecto de que el lector esté atento casi desde el primer momento a descubrir desde dónde le habla la voz protagonista. Es una expectativa cuajada por la propia voz, en primer lugar, y por el tejido de la trama, compacto y detallista, en segundo lugar. Lo verdaderamente interesante es comprobar cómo entrelaza ambos sin equivocar la jerarquía de lo primero sobre lo segundo; si diera prioridad a lo segundo, la novela no pasaría de ser un brillante ejercicio costumbrista; por el contrario, la manera en que esa voz llena la trama –yo diría: fecunda la trama– consigue la tensión adecuada para lograr esa intriga íntima que convence al lector de que debe ir por sus pasos para que la lectura alcance su sentido.

Sería pueril decir que este libro indaga o se interna en el mundo femenino; semejante superficialidad empezaría por indignar al propio autor. Antes que otra cosa, esta mujer se está buscando y tiene miedo, pero no es cobarde: ésa es su virtud; hasta tal punto es su virtud que será capaz de pasar de una realidad cerrada a una realidad abierta por su propio deseo de entender. Esta mujer vivirá en una realidad cerrada, en un mundo de mujeres, hasta que una revelación la saque bruscamente de allí y de sí misma. Con verdadera habilidad, Pombo nos deja ver que ese suceso, que es casual por el modo en que se produce, no lo es en realidad sino que está ahí, esperando, desde el principio, a que ella lo reciba.

El modo en que lo reciba, las consecuencias que extraiga, la violencia sobre sí misma a que la obliga la revelación del secreto..., eso es lo que el autor busca, eso es lo que significa el relato, la existencia del relato en esa voz: ahora, cuando habla desde el presente, todo está volviendo a pasar bajo su mirada, pero esta vez con una intención, no, como antes, por el mero acontecer.

Todo ello lo mantiene una voz muy bien construida, que cuenta lo que vivió, pero que ahora ve las zonas de sombra. Y no es que antes no las viviera, es que no se percató de su importancia; ahora, por el contrario, al verlas las subraya «como una melodía independiente, como un dibujo independiente, como un aria». Las subraya, pero no las descubre al lector, de manera que es éste el que va entrando en la mirada de la que habla y, de ese modo, es como va aceptando acompañar a la voz hasta el punto de conciencia desde el cual habla. Sencillo, siempre que uno tenga mano para narrar y sea capaz de crear una mirada. La novela no se interna en el mundo del comportamiento femenino como fin sino que es en ese medio, en ese mundo, donde transcurre la historia de alguien que al fin ha logrado verse. Por ahí comienza su importancia.

«Quizá sea éste el momento de explicar lo que yo sabía y lo que yo no sabía de mis padres a los quince años.» Con esta confesión (pág. 50), la novela apunta pronto a señalar la dirección al lector –quiero decir: fija la dirección de la narración, no aún el momento y razón desde los que la protagonista habla–. Admirémonos del saber hacer de Pombo: con sólo eso, más la visión que el personaje tiene del mundo de las mujeres, basado sólo en una revisión de su memoria, nunca en una alteración de la misma; más la interferencia que la acción de tres hombres –el padre, Tomás Igueldo, Tom– crean dentro de ese mundo; más el deseo de ella (que se muestra en esa pág. 50, pero que sólo se justifica a partir del momento de la revelación del secreto) de ordenar lo vivido ahora que sabe a dónde la ha llevado..., el autor mantiene en el lector el interés por alcanzar al personaje central en el punto en el que éste se encuentra. Y ahí, y sólo entonces, entregará de verdad Pombo la novela al lector.

Debo decir que me han disonado los discursos finales de tía Lucía y Tom, que se despiden cual actores sobreactuados antes de hacer mutis; quizá, incluso, la historia de ambos esté un tanto forzada; no porque lo sea en sí, sino por tal y como se muestra. Y algo de lo mismo diría de la relación entre el padre y la madre, que se despacha dando demasiadas cosas por hechas. Pero la potencia del libro no disminuye un ápice por ello: cuando algo está bien planteado, lo está con todas sus consecuencias. Sólo quisiera añadir la satisfacción que produce el hecho de poder encontrar y leer una novela española verdaderamente buena, ahora que la novela española se ha puesto tan de moda.

01/03/1997

 
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