Yo y compañía

Una vez en Argentina

ANDRÉS NEUMAN

Anagrama, Barcelona, 256 págs.

Definitivamente, la ficción no está de moda. No, al menos, la idea de ficción que cualquier lector de literatura tiene en mente, aunque sea en agraz y desprovista de aditamentos teóricos con los que pueda formularla sin desdoro. Lo que sí está de moda es traspasar los límites de lo ficticio situando la narración en este lado de acá, según postulan con asombrosa simetría las consignas de cierta crítica y las del mercado. Nada habría que reprochar a esta actitud de ruptura con los límites convencionales de la ficción si obedeciera al impulso honesto de la búsqueda estética. Pero hay suficientes indicios para alimentar la sospecha de que, ante todo, lo que predomina es el deseo de estar ahí, en la imprecisa y prestigiosa (a veces lucrativa) brecha de lo moderno, entendido siempre como lo que sedebe hacer. Prueba de ello es la coincidencia de casi todas las obras inscritas en esta tendencia a la hora de buscar en la crónica la vía de escape de ese presunto callejón sin salida que es la ficción. Una crónica más o menos complementada por algún expediente de la imaginación, pero sólo como contrapunto, ornato o circunstancial apoyo de la actividad del cronista: la exhumación histórica, la biografía de un personaje real o la indagación autobiográfica.

En su tercera novela, Andrés Neuman parece haber asimilado a la perfección las ventajas de esta forma, más novedosa que nueva, de entender el artefacto novelesco, y se suma a ella sin reservas, sin desviarse un ápice de sus principales rasgos distintivos. Uno de ellos es la necesidad de que la obra sea ambigua en cuanto al género, como consecuencia lógica del abandono de la pura ficción. En este caso, tal naturaleza híbrida o ambigua se sostiene en la apuesta por un narrador que comparte nombre, origen, edad y, posiblemente, peripecias con el propio autor. ¿Qué es lo que separa, entonces, este libro, incluido en una colección de narrativa de ficción y distinguido en un premio de novela, del género de las memorias? Pues quizá sólo eso y, en todo caso, el pacto tácito con un lector que esté dispuesto a aceptar esa ambigüedad como un valor en sí mismo. Pero para quien sea reticente a aceptar esa supuesta virtud, poco tiene de atractivo ese juego con las expectativas que, por otro lado, ni está al servicio de una ambición estética ni aporta nada al significado de la fábula.

Se trate, pues, de unas memorias noveladas o de una novela autobiográfica, lo cierto es que es inevitable que la presencia del autor se interponga en todo momento entre el texto y su receptor. Esta circunstancia, que es connatural al relato autobiográfico, puede resultar algo irritante cuando éste se confunde con la novela, pues ésta, apoyada en las facultades de la ficción, puede y debe buscar un sentido trascendente y universal a partir de la peripecia de sus personajes. La autobiografía sólo puede dejar constancia de lo irrepetible y lo concreto: en las ataduras de la experiencia real encuentra sus limitaciones y también sus hallazgos. Neuman, sin embargo, pretende elaborar una crónica familiar con la plantilla de la novela, y el resultado es –independientemente de las intenciones– un ditirambo surgido de su ego y dirigido a él, un ejercicio de autocomplacencia que frivoliza con temas bastante serios y, lo que es peor, un relato reiterativo y tedioso.

Lo del narcisismo tiene muchas y muy variadas manifestaciones. La más notoria tiene que ver con la estructura de la narración, organizada a modo de abigarrado contrapunto de secuencias breves que abordan, de forma paralela, los recuerdos del joven narrador, las semblanzas sumarísimas de sus ancestros (de los bisabuelos a los padres) y un repaso a algunos de los acontecimientos más relevantes de la historia de Argentina en el siglo XX . Con un planteamiento como éste es muy fácil dejarse llevar por la grandilocuencia y las ínfulas épicas. Neuman no opone resistencia a esta tentación; muy al contrario, la alimenta y le insufla buenas dosis de egolatría. No hay que ser muy malicioso para interpretar que el repaso de la historia familiar tiene mucho de argumento a favor del propio narrador, como si el valor de todas las vidas de sus antepasados se redujera sólo a ser eso: prolegómenos, vaticinios y precedentes de quien habría de llegar. El mismo talante de argumentación a favor del yo autobiográfico tienen todas las alusiones dedicadas a la realidad histórica en que se desenvuelven los personajes. Injertadas a veces con dudosa pertinencia, convalecientes de didactismo ramplón, las páginas que aluden a la historia argentina son la banda sonora de la experiencia privada del protagonista, una fanfarria tan estruendosa como inverosímil orquestada para proyectar una aureola de prestigio y ejemplaridad sobre el niño y el adolescente Neuman.

Hay algo de obsceno en estas estrategias de un narrador que no deja de agradecer a todos (familiares vivos y muertos, amigos, profesores) la huella que han dejado impresa en su persona y que, de forma implícita aunque muy evidente, utiliza a los demás personajes para mayor gloria de sí mismo. Esta actitud tiene sus incidencias también en el plano del lenguaje y en el manejo de los recursos narrativos. Así, la necesidad de pasar revista a todos los ancestros reduce el dibujo de los personajes a un esbozo somero, y sus vidas a un resumen entre telegráfico y edulcorado. El empleo del contrapunto, por otro lado, además de enmarañado, es bastante arbitrario y, en consecuencia, viene a confirmar la impresión de que el utillaje técnico del relato obedece más a un prurito efectista que a las exigencias de la eficacia y la coherencia. Esos mismos calificativos pueden definir la prosa de Neuman, aunque en esto no hace más que proseguir el camino ya trazado en anteriores entregas suyas. El lenguaje se desarrolla, en general, en un tono menor, neutro, en el que se perfilan de vez en cuando el párrafo lírico, la meditación lacónica, la metáfora ingeniosa o el guiño literario (a veces un poco lamentable: «Mi infancia –declara el narrador– son recuerdos de un patio con gravilla»). Un estilo, por tanto, que acata las disposiciones de la modernidad descafeinada: no arriesgar, no incomodar al lector poniendo a prueba su competencia lingüística; reducir el lenguaje a un sonajero que, por si acaso, se hace sonar a veces, y luego se guarda, no sea que alguien pueda colgarle el sambenito de literario.

Ficha técnica

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