Apuntes parlamentarios
VÍCTOR MÁRQUEZ REVIRIEGO
Congreso de los Diputados, Madrid, 1996

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Por fortuna están de nuevo en las librerías las crónicas parlamentarias de Víctor Márquez Reviriego en Triunfo. Se salva así –ahora en un solo volumen– la mejor expresión de nuestro periodismo parlamentario, crónica general también de la clase política en los primeros años de la democracia. Siguiendo la inteligente consigna de Monterroso, Víctor Márquez escribió sus crónicas no sólo para el presente, como es obligado en un periodista, sino también para el futuro; sorprende su vigencia casi dos décadas después. El paso del tiempo no ha rebajado el interés de los textos sino que les ha comunicado ese morbo intelectual de lo certero, de lo presentido y cumplido.

El tiempo ha dado la razón a las ironías de Márquez sobe la clase política, a sus críticas al sistema electoral, a sus denuncias al funcionamiento cupular de los partidos. Si Max Aub había señalado como un fallo de los hombres de la Segunda República no haber conocido bien el siglo XIX español, ¿qué podía decir de estos de hoy el empedernido lector de nuestra historia, el buen conocedor de los clásicos y los modernos de la ciencia política, que es Víctor Márquez?

Y como ocurre siempre con todo buen texto, a estas crónicas le han salido nuevos significados y nuevas dimensiones, aspectos que no se consideraron en su día y de los que posiblemente el autor no tuvo conciencia o, al menos, no la tuvo plenamente. Es una razón más para la supervivencia de estas crónicas parlamentarias, aunque el secreto de su éxito, a mi entender, estriba en la construcción narrativa o dramática que da Víctor Márquez a su periodismo parlamentario. Introduce en sus crónicas argumento, personajes, clima… y de este modo las ideas y los conflictos se encarnan en individuos. Por el libro corren personas, con manías, con pasiones, con defectos, con virtudes. Por cierto, casi todos han muerto políticamente: ¡qué lección! La lectura resulta inquietante no sólo por esto: queda muy clara esa peligrosa propensión de la vida pública española a convertir la representación política en teatral, esa tendencia a la ensoñación colectiva, esa atracción por el surrealismo vital. No en vano tuvieron que entrar en el Parlamento los bárbaros una tarde de febrero para que los diputados recuperaran el sentido de la realidad. Escéptico siempre, Víctor Márquez pudo advertir que aquella tarde las gentes habían seguido haciendo sus cosas.

Realmente, llamar «apuntes» a todo esto es demasiado modesto.

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