Lecciones de extrañeza

Cuentos de los días raros

JOSÉ MARÍA MERINO

Alfaguara, Madrid

230 págs.

17,50 €

Exactamente en la mitad de esta colección de quince cuentos, allí donde llega a su fin el mejor de sus relatos (Papilio Síderum) , se desgranan las palabras que concretan y definen el sentido último no sólo del libro que tenemos entre las manos sino, quizá, de la poética de Merino en su conjunto y, por qué no, de la esencia misma de la escritura: «En otros momentos de la vida, he descubierto en la literatura algunas claves para comprenderme, y creo que la literatura puede ayudarme también a entender mejor lo que me ha sucedido». Y es que, como el personaje que sueña ser una mariposa o, tal vez, como la mariposa que sueña ser personaje, vamos desgranando, una a una, estas perlas de extrañeza, relatos de lo cotidiano impregnados de cosas inauditas, rarezas, en fin, camufladas en envoltorios de cotidianeidad. En efecto, dos aspectos sobresalen en la sugestiva propuesta de Merino, ambos hilos conductores que pueden seguirse, sin dificultad, a través de los diversos relatos, por muy diferentes que éstos sean: de un lado, la vehemente creencia en el hecho artístico –y más concretamente en el literario– como medio de transmutar y embellecer la realidad (El inocente), cuando no acto de comunión intelectual con todos aquellos que lo visitan (El viaje secreto) , y siempre, en fin, terapia quijotesca contra lo anodino de nuestras existencias (Mundo Baldería); en segunda instancia, la fe militante en la palabra relatada como ámbito de permanencia de la memoria (La hija del Diablo) y vehículo que permite la irrupción de la fantasía en esos nuestros días «raros» (Maniobras nocturnas).

A partir de estos elementos comunes, Merino exhibe una notable variedad de registros, que, como en él es ya habitual –recuérdense El caldero de oro o Cuentos del barrio del refugio –muestran siempre una prosa de fácil digestión, grande en su sencillez, desprovista de alardes innecesarios, tal y como es preceptivo en el relato breve. No es difícil percibir la base costumbrista, de sutil regodeo en el recuerdo que renace en la palabra, común a no pocos de los cuentos de la colección; sin embargo, el anclaje en un espacio y tiempo determinados no es sino excusa para ofrecernos otros muchos posibles, reales o imaginarios, soñados o vividos. Así, en Sinara, cúpulas malvas , las calamidades de la posguerra española, sufridas a golpe de pobreza entre los muros de una decrépita pensión, no pasan de ser un recuerdo lejano, evocado en la palabra dicha, que sirve para entender en el ahora eterno las luminosas cúpulas que surgen ante los ojos del soñador; de forma similar, los viajes sin fin en los trenes de la dictadura, en busca del calor hogareño del terruño leonés, son tan solo el caldo que cuece al compás de los cuentos, mágicos a fuerza de ser relatados –a mejor decir, interpretados– una vez tras otra; o así también, las aventuras de los rapaces en el internado, cuando el estudio era cosa de unos cuantos, son pretexto para zambullirnos en los ricas atmósferas de la literatura infantil, tan remotas y, a la vez, tan cercanas en nuestro espíritu.

En otras ocasiones, la fantasía irrumpe sin disimulo, como esa otra cara de la moneda capaz de mostrar las carencias, no por asumidas menos sangrantes, de nuestra realidad cotidiana. No ha de extrañarnos, por tanto, que las civilizaciones de ficción que alimentaron nuestra infancia regresen a pedirnos cuentas por nuestro creciente adocenamiento (Mundo Baldería) , ni que podamos volar, al fin libres, en busca de otros mundos donde podamos desvelar al fin la verdad de nuestras existencias (Papilio Síderum). Con todo, quizás sea en los relatos «simbólicos», tal y como el propio Merino los bautiza en la «Nota» que precede la colección, donde la pluma del leonés alcanza las cotas más altas, puesto que a los difusos límites entre realidad y ficción se suman gotas de fina ironía, cuando no de hiriente sarcasmo. Es el caso de El apagón, cuento en el que el discurso apocalíptico de Curro –narrador que, para más inri, responde al mismo nombre que la mascota de la Expo de Sevilla– sirve de excusa para arremeter contra los fastos del año 92, símbolo de una España que quería ser grande siendo todavía tan pequeña, y que son comparados, no con poca sorna con la batalla de Lepanto. Y así también El fumador que acecha, relato en el que se sienten cercanas las influencias –no sé si conscientes o no– de algún cuento de Antonio Pereira (Así empezó Lourido) y, tal vez, de Michel Tournier (El fetichista), y que constituye una fina diatriba contra la esquizofrenia culpable que se cierne contra aquellos que, todavía hoy, retan a la sociedad bienpensante enrocándose en su vicio de fumar.

Que alguno –muy pocos–- de los cuentos resulte fallido (La impaciencia del soñador y, en menor medida, Lamemoria tramposa) no empaña, en ningún modo, esta muestra de buen hacer literario, que no sólo es «crónica de la extrañeza» por relatar experiencias de soñadores y sueños de quijotes, sino también por ser cualitativamente rara en su especie.

Ficha técnica

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