En defensa de la izquierda ilustrada

Izquierda no es woke

Susan Neiman

Barcelona, Debate, 2024

Traducción de Victoria Gordo del Rey

196 págs.

Pocas veces sucede, aunque sucede algunas, abrir un libro y no soltarlo hasta el final. Ha sido el caso. Había oído hablar del libro, incluso había leído alguna entrevista con la autora, y quizás por eso cuando cayó en mis manos, aun no sabiendo bien lo que me iba a contar, su título me hizo colocarlo el primero en la montaña de libros para leer que siempre me acompaña. Ya saben, lo woke, tan perjudicial para la inteligencia y tan de moda entre nuestra izquierda líquida… El término nació en las comunidades negras para alertarnos de las discriminaciones y ha acabado siendo el brazo armado de unas minorías que tratan de sobreponerse a las mayorías. El libro prometía —promesa cumplida— una larga explicación crítica del desarrollo desde la izquierda clásica hasta llegar a su versión woke que, por desgracia, nos domina. A día de hoy, el tema apenas necesita introducción para conseguir que nos posicionemos a favor o en contra, pero sí requiere de cierto distanciamiento de los planteamientos de la izquierda tradicional, por llamarla de alguna manera.

Neiman, filósofa adscrita al socialismo, como ella misma confiesa desde el principio del libro, sostiene con claridad que la izquierda no es woke, y que asociarla a ese movimiento solo conduce a un inmerecido descrédito de esta. El libro, como digo, trata de la evolución desde la izquierda tradicional a su versión woke. Para evitar los malentendidos: «Este libro va dirigido a cualquiera que confunda la “izquierda” con el wokismo, error que desacredita a la izquierda». Las diferencias, sostiene, son abundantes y, a su juicio, de gran calado. Frente al universalismo de la izquierda, el movimiento woke opta por el victimismo personalista de las «políticas identitarias» que nos llevan a volver la vista atrás, anclándonos en el pasado. Frente a la defensa que la izquierda hizo de la Ilustración y su legado, etapa crucial que sienta las bases del universalismo, el movimiento woke estaría apostando por lo local; y en cuanto a la existencia de la propia verdad, el wokismo se cree capaz de alterar la realidad, incluso a sabiendas de que es un proyecto insostenible.

A partir de esas diferencias, Neiman construye su argumentación en torno a cuatro grandes bloques temáticos: universalismo y tribalismo, justicia y poder, progreso y ruina y, finalmente, qué significa hoy ser de izquierdas. Esta reflexión le permite revisar algunos de los principios que, a su juicio, la izquierda habría ido abandonando. No son debates nuevos. Al contrario: la autora regresa a la Ilustración para reivindicar grandes ideas como la razón, el universalismo y la posibilidad del progreso moral, precisamente aquellas señas ideológicas que hicieron imaginable que el mundo pudiera transformarse y que las condiciones sociales no fueran un destino inevitable.

El universalismo, para la autora, ocupa un lugar central en esa defensa. Neiman distingue entre el verdadero universalismo —la aspiración a reconocer una humanidad común— y el «falso universalismo», un instrumento ideológico que históricamente habría ido imponiendo los valores de una cultura dominante, presentándolos como universales. «El universalismo está en jaque, porque la izquierda actual lo mezcla con el falso universalismo, es decir, con el intento de imponer ciertas culturas a otras en nombre de una humanidad abstracta que al final solo refleja la época, el lugar y los intereses de una cultura dominante». Al confundir ambos, sostiene Neiman, una parte de la izquierda se refugia en identidades cada vez más particulares, sustituyendo el universalismo por lo que ella denomina tribalismo.

Algo semejante ocurre con el poder. Neiman cuestiona la tendencia a interpretarlo desde lo woke como la fuerza que explica por sí sola las relaciones humanas y políticas. «La insistencia en que el poder es la única fuerza motriz va inexorablemente unida al desprecio de la razón». En la medida en que la cuestión deja de ser una discusión abstracta, suscita una pregunta política fundamental: si todo queda reducido a las dinámicas de poder, ¿desde dónde podemos afirmar que algo es justo o injusto?

También la idea de progreso le resulta imprescindible a Neiman. La Ilustración necesitó combatir la noción cristiana del pecado original, porque, si la naturaleza humana estaba irremediablemente corrompida y las condiciones sociales respondían a un orden natural, cualquier aspiración a cambiarlas quedaba condenada de antemano. Creer en el progreso moral significa creer que los seres humanos y las sociedades pueden ser mejores de lo que son. Y esa confianza en la transformación constituye para la autora uno de los fundamentos históricos de la izquierda.

Todo este recorrido desemboca en la pregunta que da sentido al ensayo Izquierda no es woke: ¿qué es hoy la izquierda? Aquí Neiman entra en el terreno más polémico y aborda directamente el término woke. Le interesa, para empezar, la propia transformación del término: cómo una palabra nacida para designar la conciencia frente a la injusticia ha terminado convertida en un término despectivo e incluso en un arma arrojadiza. Pero su crítica no se dirige únicamente a la palabra ni a los abusos cometidos en su nombre. Su tesis es mucho más incómoda, porque asegura que un sector amplio de la izquierda contemporánea habría abandonado los principios que históricamente fueron suyos.

Es en este contexto donde aparece una de las cuestiones más conflictivas del ensayo: la centralidad de la víctima y el identitarismo. Neiman cuestiona una cultura que, a su juicio, ha convertido el trauma en elemento constitutivo de la identidad y ha desplazado el valor que tradicionalmente se concedía a su superación y a lo colectivo. La víctima ocupa el lugar que antes correspondía al héroe, y el reconocimiento del daño corre el riesgo de transformarse en una identidad de la que ya no es posible desprenderse: «Hoy ese caché ha sido sustituido por otro: pregonar un origen más desafortunado que el de los demás, lo que de hecho garantiza una nueva forma de estatus».

«Puede que la derecha sea más peligrosa, pero la izquierda actual se ha privado a sí misma de las ideas que necesitamos para resistir el brusco viraje hacia la derecha», declaraciones como esta facilitaron que la crítica fuera instrumentalizada desde la derecha. Por eso, Neiman se encontró con dificultades para publicar el libro, incluso en Francia. Sus editores franceses habituales, que ya habían publicado dos obras suyas, rechazaron Izquierda no es woke por temor a que su contenido pudiera favorecer a la extrema derecha en un momento en que Marine Le Pen aspiraba al poder. Para Neiman, sin embargo, es necesario que no renunciemos al debate: «El hecho de que los políticos de derechas pronuncien con desprecio la palabra woke no debería ser óbice para su análisis». Sobre todo, explica, porque en el origen del wokismo están las ideas y las pasiones intelectuales características de la izquierda tradicional: «la empatía con los marginados, la indignación ante la difícil situación de los oprimidos y la determinación de que los errores históricos deben ser corregidos». El problema, sostiene la autora, es que estas visiones primordiales han acabado relacionándose con presupuestos filosóficos hoy considerados reaccionarios y contrarios a los principios fundamentales de la Ilustración.

La historia del propio libro, por suerte, tuvo un segundo capítulo con un final feliz. Después de aquel rechazo inicial, Susan Neiman encontró otro editor francés y La gauche n’est pas woke se publicó finalmente en septiembre de 2024. El libro entró así de lleno en el debate intelectual francés.

Un pero que sí que le puedo poner al libro es no abordar el tema trans, que tantas divisiones ha causado desde la izquierda. En alguna entrevista de Neiman he leído que lo hizo para evitar que ese asunto fuera el centro del debate, consciente, sin embargo, de que elegir el propio género es «un completo sinsentido», y posicionándose en contra de las teorías de género.

Es cierto que también puede reprochársele a Neiman que no identifique con mayor precisión a los representantes de aquello que denomina woke, ni acompañe siempre su crítica de nombres, citas o ejemplos concretos. Esa ausencia puede debilitar algunos pasajes del ensayo y deja al lector con ganas de saber contra quién discute exactamente. Sin embargo, resulta más difícil aceptar que por ello el libro caiga en el mismo «espíritu etéreo» que pretende denunciar.

Neiman no se propone tanto cartografiar un movimiento que, por otra parte, carece de líderes, manifiesto ni estructuras reconocibles, como examinar determinadas ideas y tendencias que considera incompatibles con la tradición de la izquierda occidental. Su discusión se sitúa fundamentalmente en el terreno filosófico. Tal vez pudiera exigirse más concreción empírica, pero esa abstracción no invalida un argumento que Neiman plantea deliberadamente en el terreno de las ideas y que haríamos muy bien en tener en cuenta porque efectivamente: la Izquierda no es woke.

Carmen Domingo es escritora y colabora con distintos medios. Su último libro, La soledad fue el precio. Vida de Carmen Díez de Rivera (Ediciones Tusquets, 2026) ha sido galardonado con el XXXVIII Premio Comillas.

El cuarto estado, de Giuseppe Pellizza da Volpedo, 1901. Museo del Novecento
El cuarto estado, de Giuseppe Pellizza da Volpedo, 1901. Museo del Novecento

Ficha técnica

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