La líder política Alexandria Ocasio-Cortez declaró recientemente: «El woke 1.0 era una locura». Con miras a posicionarse para las elecciones presidenciales de su país en 2028, la icónica activista de la izquierda radical estadounidense tiene claro que no se puede conquistar a una mayoría del electorado exigiendo que los hombres «identificados como mujeres» puedan competir en la categoría que les plazca en las competiciones deportivas. Y ella sabe que el eslogan «Defund the Police!»1, tan popular en 2020 en los apacibles campus universitarios, ni siquiera convenció a las familias negras, que también aspiran a vivir con seguridad.
Fue ese año cuando el movimiento woke alcanzó su apogeo en Estados Unidos. Tras el asesinato a sangre fría de un delincuente negro, George Floyd, a manos de un policía blanco, estallaron disturbios en varias ciudades importantes. Los jóvenes manifestantes decidieron que este asesinato era la confirmación de que un «racismo sistémico» anidaba oculto en las instituciones estadounidenses. La reactivación, en aquel momento, del movimiento Black Lives Matter brindó la ocasión propicia para un delirio colectivo que asombró al mundo. El movimiento woke, que algunos creían confinado a las aulas, desfilaba por las calles, molestaba a los clientes de los restaurantes al grito de «No justice, no peace!»2 e incendiaba edificios públicos.
Hacía tiempo que la consigna «Stay woke!»3 circulaba entre los afroamericanos. Un documental de 2016 que glorificaba el movimiento Black Lives Matter lleva ese título. Significa: mantente atento, al acecho de las manifestaciones de racismo, incluidas las más anodinas y discretas, calificadas de «microagresiones». Ser woke significa mucho más que estar «despierto». Significa «estar siempre alerta», concienciado y vigilante.
Tres palabras cristalizan la ideología primordial del movimiento, y las tres se emplean de una manera que altera su significado original: diversidad, equidad e inclusión.
Diversidad alude a la prioridad de las personas pertenecientes a las minorías celebradas por el wokismo, es decir, en función de la pertenencia étnica, el sexo o las preferencias sexuales (no por proceder del ámbito rural o de un entorno desfavorecido). La «discriminación positiva», condenada por el Tribunal Supremo, sigue vigente en una serie de sectores en Estados Unidos y no solo en cuanto a la admisión universitaria. La «diversidad» establece inequívocamente que los méritos personales y las aptitudes individuales van después de la pertenencia comunitaria.
Equidad, para los liberales como Rawls, es igualdad de oportunidades. En el léxico woke, por el contrario, la palabra remite a una exigencia de igualdad de resultados en función, de nuevo, de la «pertenencia»: en los órganos directivos de las empresas se requiere un porcentaje de directivos que sean mujeres, negros, homosexuales, etc.
Inclusión significa lo contrario de asimilación. Es el «Ven tal como eres»4 de McDonald’s, equivalente al «Sé tú mismo». Los recién llegados son bienvenidos en tanto que son diferentes. Es el entorno el que debe adaptarse a sus costumbres y no a la inversa. De ahí la incomodidad de los militantes woke ante la mutilación genital femenina. Como feministas deberían combatirla pero, en nombre de la «inclusión», sucumben a la tentación de tolerar las costumbres del «Otro».
El movimiento se apoya en una noción tan particular como simplista de las sociedades occidentales. La totalidad de las relaciones sociales se reduce a un sistema de poder que opone a los dominadores y los dominados, coincidiendo en gran parte con una contraposición de las mayorías y las minorías «victimizadas»: blancos/personas de color; heterosexuales/homosexuales; hombres/mujeres; descendientes de colonizadores/descendientes de colonizados, etc. Esta desconfianza hacia el principio mayoritario alimenta una sospecha hacia la democracia misma. Los woke, como en su momento los comunistas, se imaginan miembros de una élite «avanzada» en la toma de conciencia respecto a las masas alienadas; y responsables, por tanto, de reeducar a una sociedad recalcitrante.
Nosotros, los franceses, tenemos nuestra parte de responsabilidad en la elaboración de este delirio colectivo anglosajón.
El concepto de dominación le debe mucho al sociólogo Pierre Bourdieu. Mi compatriota teorizó, en particular, las ideas de una «violencia simbólica» y de una «interiorización, por parte de los dominados, de las normas de percepción dominantes», que se reencuentran en la ideología woke. De la «French Theory»5 los woke estadounidenses tomaron prestado el concepto de la deconstrucción, en cuyo nombre se invita a revocar la razón por considerarla un defecto del eurocentrismo y, por extensión, de la cosmogonía centroccidental. La obsesiva fijación de los woke con el lenguaje procede, en buena parte, del posestructuralismo, doctrina que asume que las palabras son las que crean la realidad y que esta no existiría fuera de ellas.
Lo políticamente correcto, con su manía de corregir el vocabulario para eliminar cualquier rastro de «exclusión», puede considerarse la prehistoria del wokismo. Al igual que sus antecesores, los woke imaginan metamorfosear la sociedad corrigiendo su lenguaje. De ahí un celo censor que pretende redefinir el canon aceptable de las obras del pasado, excluyendo los textos clásicos que contradigan los principios woke del momento.
El wokismo ha dado un verdadero golpe de fuerza al pretender «deconstruir» la totalidad del pilar conceptual erigido por la izquierda intelectual durante los siglos XVIII y XIX y ampliamente adoptado por la derecha en la segunda mitad del siglo XX. Este revisionismo tacha el universalismo de la Ilustración de artimaña de la Razón occidental para minorizar aún más a las culturas extraoccidentales y justificar el proyecto colonial. La razón queda relegada como prerrogativa de los «machos blancos». En su lugar, se valoran los testimonios personales de las minorías, basados en sus «sentimientos». En estas condiciones, es evidente que cualquier cuestionamiento por parte de un interlocutor que no pertenezca a la misma minoría queda invalidado de entrada.
Al mismo tiempo, el wokismo mantiene una duda invariable entre dos proyectos manifiestamente contradictorios. Por un lado, esencializa a ciertas comunidades que juzga discriminadas y las reinventa como culturas específicas (hoy el objeto central de los cultural studies)6. Por otro lado, pretende, en nombre de lo que llama «fluidez», deconstruir las oposiciones binarias. En los hechos, lo primero se aplica en lo que concierne a los asuntos «raciales»: está fuera de discusión identificarse como negro si no se es biológicamente, como demostró el caso Rachel Dolezal, condenada por «apropiación identitaria». Lo segundo se utiliza en el ámbito sexual: la ideología queer pretende que existe una infinidad de «géneros» y que la oposición masculino/femenino responde a una «construcción social» sin la base de una realidad biológica. De ahí que las «transiciones de género» sean la imagen del momento.
Si algo irrita particularmente al boomer que soy es que el wokismo quiera llevar la antorcha de las luchas emancipadoras de los años sesenta: el antirracismo, el feminismo, los derechos civiles y demás. Es lo que sostienen tanto los propios militantes woke, supuestos herederos de aquello, como los conservadores, para quienes «todo esto empezó en 1968». Es falso. Nuestras luchas se hacían sobre una base universalista y a favor de la emancipación del individuo. Los woke combaten este universalismo en nombre de un particularismo cultural estrecho. Adscriben a las personas unas «identidades» culturales imaginadas. Nosotros ya éramos colour-blind, es decir, indiferentes al color de la piel. Los woke hoy lo ven todo a través de estas historias del color de piel. Nuestro feminismo era universalista, buscaba la igualdad entre los sexos. El suyo es diferencialista: tiende, de manera contradictoria, a poner el género femenino en «reserva», como territorio específico a proteger, mientras pretende «deconstruir» las pertenencias de género para hacerlas «fluidas». Por último, nuestras luchas eran laicas; los woke son aliados de los santurrones islamo-izquierdistas.
La izquierda, en mi juventud, proponía programas orientados a mejorar la situación de los trabajadores en su conjunto. La nueva izquierda, inspirada en la de Estados Unidos, segmenta a la sociedad en clientelas cautivas de promesas específicas: la «política de las identidades». La izquierda de mi juventud luchaba contra la censura y buscaba ampliar el ámbito de lo posible; la izquierda woke censura, prohíbe, limita y, en definitiva, «cancela». El wokismo no radicaliza las luchas de los sesenta: las contradice.
En Estados Unidos, de donde salió el movimiento woke, este se encuentra en retroceso. Me temo que en Europa aún no hayamos terminado con este delirio colectivo.
Brice Couturier es un destacado periodista y escritor francés, con 25 años de trayectoria en medios como la emisora France Culture y publicaciones como Le Monde, Globe, Marianne, Le Figaro, Le Point y Revue Commentaire. Además, fue profesor asociado en el Centro Hannah Arendt de Geopolítica Europea de la Universidad de Marne-la-Vallée (2001-2008). Durante su carrera, Couturier ha protagonizado una notable evolución ideológica, desde sus orígenes en la militancia, vinculada al espíritu del Mayo del 68 y a la «segunda izquierda» francesa, hacia posiciones liberal-conservadoras, críticas con la deriva de la izquierda contemporánea. Es autor de OK Millennials! Puritanisme, victimisation, identitarisme, censure (L’Observatoire, 2021) y coautor (con Erell Thevenon-Poullennec) de L’Entreprise face aux revendications identitaires. Des réponses au wokisme (PUF, 2023).
Traducción del artículo a cargo de Gonzalo Pradera.
- La campaña «Defund the Police», lanzada en 2020 por Black Lives Matter, exigía retirar o reducir drásticamente los fondos públicos destinados a las fuerzas del orden estadounidenses, para poder aumentar el gasto social. La traducción del eslogan sería «dejar de dar dinero a la policía» o «desfinanciar a la policía». (Nota de RdL). ↩︎
- Eslogan político que empezó a escucharse en Estados Unidos a partir de 1986, tras el asesinato por motivos raciales de un joven negro llamado Michael Griffith en Nueva York. Desde entonces, se corea en las ciudades estadounidenses durante las manifestaciones por los derechos civiles, incluyendo las protestas organizadas por el movimiento Black Lives Matter contra la violencia policial. (Nota de RdL). ↩︎
- La expresión surgió en la comunidad negra en la primera mitad del siglo XX. El músico de blues Lead Belly popularizó la frase en 1938 al alertar del peligro que corrían los afroamericanos en el Sur de Estados Unidos bajo las leyes de Jim Crow, aconsejando «mantenerse alerta» (stay woke) frente a los prejuicios raciales. (Nota de RdL). ↩︎
- Alusión al reclamo publicitario «Venez comme vous êtes» de una campaña publicitaria de McDonald's creada por la agencia BETC, lanzada en Francia en 2008 y difundida en 2010 con una notable repercusión mundial. (Nota de RdL). ↩︎
- La French Theory (en español literalmente «Teoría Francesa») es un término acuñado en el sector académico de Estados Unidos para agrupar las obras de los pensadores posmodernos franceses de la segunda mitad del siglo XX, que transformaron la filosofía, la literatura y las ciencias sociales. Entre ellos destacan Foucault, Derrida, Deleuze y Baudrillard. Una mejor traducción sería la «Teórica Francesa», pero en Europa se usa con frecuencia el término en inglés. (Nota de RdL). ↩︎
- Campo de investigación nacido en Inglaterra a mediados de la década de 1950 y hoy instalado en las universidades estadounidenses, que analiza cómo se producen, circulan y consumen los significados en una sociedad, en relación con el poder, la política y la identidad. (Nota de RdL). ↩︎










