Confieso que, para lo gran aficionado que soy a todo lo creado en el país del sol naciente y, por otro lado, el irredento enamorado de la ciencia ficción que se escribe en los márgenes, descubrir que no tenía ni papa de la existencia y obra de Izumi Suzuki y, además, hacerlo a partir del entusiasmo unánime de la crítica literaria de este país me hizo sentir lento, torpe y burro. Llegaba tarde, como otras tantas veces, pero a algo que sabía que era mi territorio. ¿Cómo se me había podido escapar algo así?
Una primera búsqueda sobre quién fue la autora alivió un poco mi laguna, aunque sin poder huir de aquello que dicen de mal de muchos, consuelo de tal: en Occidente nadie sabía de ella hasta que en 2021 se tradujo la primera de sus obras al inglés. Menos mal. Así supe que Izumi Suzuki (1949-1986) no solo fue escritora, sino también modelo de fotografía y actriz de pinku eiga, un subgénero de cine erótico japonés popular en la década de 1970. Habitual de los círculos artísticos más progresistas de Tokio, primero, y directamente oscuros y punk, después, Suzuki se mudó a la capital en 1969 y casi de inmediato empezó a publicar libros. Ese mismo año obtuvo una mención en el Premio a Nuevos Escritores de la revista Shōsetsu Gendai. No fue hasta asentarse en Tokio, sin embargo, cuando su producción de relatos se multiplicó, probablemente espoleada por una generación que deseaba olvidar el dolor de sus progenitores a base de rebeldía, revolución y contracultura.
Así que para entender a Suzuki hay que entender antes ese Tokio en el que se formó y los mundos que ese Tokio habitaba simultáneamente. La autora pertenece a la segunda generación de escritores japoneses de ciencia ficción activos en los años setenta. Una generación que, a diferencia de la primera, se propuso liberarse de la poderosa influencia de la ciencia ficción estadounidense para desarrollar un estilo propio y muy particular. Ay, pero hablamos de Japón y hablamos del siglo pasado. Ser mujer significaba por aquel entonces ser tratada como ciudadana de segunda, lo que llevó a Suzuki a tener encontronazos como no ser admitida en el Nihon SF Sakka Club (organización de escritores japoneses de ciencia ficción) por ser aquello un reducto masculino.
Lo interesante del universo cultural de Suzuki es que sus influencias no eran principalmente literarias, o al menos no solo del género en el que destacó. Su obra bebe sobre todo del pensamiento radical de los setenta, y en particular de La dialéctica del sexo de Shulamith Firestone. Que la canadiense imaginara un futuro donde, por mencionar una de sus polémicas más conocidas, la reproducción biológica debía ser sustituida por el desarrollo de embriones de manera artificial, resuena con enorme fuerza con la misma pregunta que recorre la mayoría de los relatos de Suzuki: la posibilidad de un mundo reorganizado desde el género. Pero mientras las ideas de Firestone pretenden acercarse a lo utópico, Suzuki construye una distopía incómoda que no toma parte.
Siguiendo con esa radicalidad, pero alejándonos del mundo literario, Suzuki trabajó con figuras de la vanguardia cultural japonesa como el fotógrafo Nobuyoshi Araki, que la retrató durante años; el director Shūji Terayama, que la incorporó a su compañía de teatro experimental Tenjō Sajiki y la llevó de gira a París y Ámsterdam; o Kōji Wakamatsu, director de cine que la dirigió en varios filmes. Y claro, no podemos dejar de mencionar a Kaoru Abe, saxofonista de free jazz con quien se casó en 1973, de quien se dice que su música fue quizás la influencia más directa en el ritmo de su prosa, pero quien sobre todo fue el responsable de los mayores desequilibrios emocionales de la autora. El carácter autodestructivo de Abe arrasó de tal forma con la vida de la autora que, cuando el hombre murió de sobredosis en 1978, dejó a Suzuki con una hija y una enorme sombra que oscureció el resto de su tiempo en este planeta. Esa presencia puede explorarse en su obra (que no el duelo), tanto en lo que concierne a la maternidad y el vacío existencial como lo que fue propiamente la presencia de la música en sus relatos. Suzuki no se preocupaba por lo habitual del género, sino que quería profundizar en las mentes de sus (desequilibrados) protagonistas.
Tal vez por esa razón se hable de su estilo como algo que se mueve entre el cyberpunk feminista con el que se le ha vendido por estas tierras y lo que podría denominarse costumbrismo del futuro. De ahí que se tienda emparentar a la autora antes con la producción literaria de Ursula K. Le Guin o Joanna Russ que con algunos de sus contemporáneos japoneses más conocidos: las coordenadas de Kobo Abe estaban en ese absurdo kafkiano que le caracteriza, Murakami (Haruki) siempre ha sido demasiado amable y el otro Murakami (Ryū) caía en un nihilismo mucho más violento.
Pero hablando de la obra propia, Aburridísima reúne siete relatos escritos entre los años setenta y ochenta, casi todos en el periodo que siguió a la muerte de Abe. Las historias transcurren entre propuestas distópicas de Tokio, en planetas remotos, en simulaciones demasiado perfectas de la juventud, en comunidades donde los hombres llevan generaciones recluidos en zonas de exclusión o donde los partos ya no requieren de ningún hombre para nada. Lugares del todo diversos, aunque con un potente factor común: un hastío que no es tanto aburrimiento como agotamiento vital, o espiritual. Sucede de todo, pero todo ha dejado de importar.
El relato que abre el libro, Un mundo entre mujeres, construye una sociedad donde los genes masculinos se han visto dañados por la contaminación y los pocos hombres que nacen viven confinados en una mezcla de zoos y cárceles que revelan la incomodidad de un mundo liberado de un problema (el patriarcado), pero todavía insatisfecho. En You May Dream, una criogenización obligatoria para regular la tasa de población lleva treinta años en vigor y los personajes la han integrado en su vida con pura resignación. Lo interesante, sin embargo, está en que la conciencia del criogenizado migra durante la congelación al sueño de otra persona, quien regresa contaminada por sus emociones, algo que emparenta indiscutiblemente el texto con Ojo en el cielo o Los tres estigmas de Palmer Eldritch, de Philip K. Dick. Y más en sintonía con las Crónicas marcianas de Ray Bradbury —e incluso del Siempre hemos vivido en el castillo de Shirley Jackson— está Picnic nocturno, donde una familia que vive lejos de la Tierra acaba por descubrir que, bueno, nada es lo que parece, ni fuera ni dentro (y lo dejaremos así de críptico para que puedan disfrutar de un giro que no impresiona tanto por lo que revela como por lo que no cambia: antes y después son la misma familia disfuncional).
El bloque central del libro es tal vez el más áspero e íntimo. En El inolvidable club náutico, una simulación de mundo perfecto para gente de entre quince y veinticinco años se convierte en una suerte de Desafío Total de emociones donde los personajes repiten sus errores con la fidelidad de quien no ha aprendido nada y tampoco espera hacerlo. En El humo en tus ojos, los partos virginales y una droga que te hace envejecer a velocidad brutal conviven con conversaciones sobre Coltrane, Eric Dolphy y el Tiempo, con mayúscula, una muestra paradigmática de la forma en que Suzuki usa la música pop y el jazz de vanguardia con una naturalidad que ningún escritor de género de su época tenía. En Olvidado, un poeta drogadicto y unos extraterrestres de pelo verde (detalle relevante, aunque no lo crean) dialogan sobre identidad nacional, arquetipos culturales y la guerra fría entre Japón y Estados Unidos, uniendo pasado y futuro para el lector del presente.
Por último, Aburridísima, el relato que da título, nos cuenta que las grabaciones de los momentos finales de los suicidas son éxitos de ventas, que los asesinatos y las bodas se organizan para que los testimonios no sirvan, y el supuesto amor campa entre algo muy parecido a una mezcla entre el sadismo y la apatía, que nos recordará a obras como Videodrome de Cronenberg, Funny Games de Haneke o Los simulacros de (sí, de nuevo, disculpen la obsesión), Philip K. Dick.
La traducción de Tana Oshima merece mención aparte. Hay traductoras que adaptan de un idioma a otro y traductoras que se esfuerzan al máximo por preservar la extrañeza del original; creo que Oshima hace lo segundo, y el resultado es una prosa que (de nuevo, creo que) suena a Suzuki: con altibajos, un poco punk, y aprovechando cierto ritmo desganado que permite al conjunto de relatos quedar unidos en forma y fondo, algo que toda buena obra literaria debería conseguir. El aburrimiento se cuenta con aburrimiento, pero nunca aburriendo.
Aburridísima no es un libro para todos, pero la línea divisoria no discurre donde uno esperaría. Los lectores habituales de ciencia ficción pueden encontrarse incómodos ante una propuesta tan excéntrica, tan poco interesada en las convenciones del género: aquí no hay cosmogonías satisfactorias ni arcos narrativos que se cierren, y el placer del what if tecnológico en futuros posibles brilla por su ausencia. Quienes se acerquen atraídos por su dimensión feminista o contracultural pueden toparse con unos escenarios especulativos que exigen cierta disposición a suspender la incredulidad en direcciones inesperadas. Suzuki no le pone las cosas fáciles a nadie, y esa es exactamente su gran virtud.
Porque podría sonar a defecto, siendo esa precisamente la principal razón para leerla. No necesitamos más libros que nos muevan en la comodidad de lo esperado o incluso de lo exigido por el momento cultural. Necesitamos libros que nos abofeteen con ideas que no pedimos, que nos lleven a explorar ese lado propio que preferiríamos no examinar demasiado de cerca. Las sombras también forman parte del cuadro y Suzuki lo sabía mejor que nadie. Y nos avisó allá por los años ochenta, no nos olvidemos.
Jose Valenzuela es ingeniero y doctor en humanidades y en neurociencia. Colaborador habitual de Jot Down Magazine, Revista Mercurio y otros medios culturales, es autor de los ensayos Todos nacemos locos (Editorial UOC, 2018) y Hacia tierras lejanas (Ediciones Complutense, 2019), guionista del cómic Locura. Un elogio de la diferencia (Norma Editorial, 2023) y autor de la novela Una (Mutatis Mutandis, 2025).










